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El despertar en la noche

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Relato escrito por Morgosh. Hilo original aquí.



La oscuridad, algo que pude vivir y sentir, o eso es lo que creo ahora. Pero la realidad es que cuando estaba inmersa en ella cualquier idea o palabra no tenía sentido. La primera vez que me plantee esto fue el primer día de este horrible nacimiento, cuando la basta negrura me abrazaba desde una perfecta semiesfera. Entonces me di cuenta de que estaba moteada por una infinitud de puntos que luchaban por brillar más que el de al lado y no tardé en entender que aquel velo de hipnóticos parpadeos era la bóveda celeste, nocturna y distante sólo custodiada por el Niño Azul.

Me invadía la somnolencia propia de un largo despertar de una manera que nunca antes había sentido, y el silencio se desvanecía cuando mi oído captaba los sonidos del bosque nocturno, perfectamente audibles en la normalidad, pero tan lejanos para mi en aquellos instantes que no hubo manera de distinguirlos hasta más tarde.No recordaba cómo el sueño ganó batalla a la vigilia en un lugar tan alejado de mi lecho, ni siquiera me importaba, pero sí sentía en mi pecho un nudo, un vacío similar al que se siente tras despertar después de una larga noche de llanto desconsolado, cuando los ríos de lágrimas se secan y se apoderan del alma el abatimiento y la depresión.

Aun tenía el cuerpo rígido, y por un instante tuve la sensación de que todo aquello era un sueño, uno de esos vívidos y reales donde tus párpados se abren pero tu cuerpo paralizado yace inmóvil, burlón ante cualquier orden de moverse. Esperé largos instantes a despertarme súbitamente, con mi ahora extrañamente calmado corazón palpitando frenéticamente ante la sensación de ahogo y claustrofobia. Pero sin embargo, no me importaba sentir la falta de aire, me era en aquel instante algo fútil y banal. Cuando pude empezar a mover los brazos, que de alguna manera permanecían sobre mi cuerpo en una forzada posición, sentí que estaban sumamente entumecidos y eran pesados. Pero esa sensación fue ignorada por mi mente cuando una vívida alucinación se manifestó ante mí. La figura de un ser alado que se alzaba a mis pies, y que a pesar de que sus ojos permanecían cegados por un yelmo —cuyo brillo resultaba eclipsado por el de la propia criatura—, sentí su mirada sobre mí.

Mi visión se empezó a a amoldar al entorno, y la oscuridad que antes envolvía a las estrellas y la resplandeciente silueta de aquella mujer alada me mostraba cada vez más matices del lugar donde me encontraba. Lo primero que vi fue que el lugar del bosque donde me encontraba parecía ser un claro salpicado de borrosos objetos alargados en el suelo y en ese instante mi despertar se tornó en la experiencia más traumática que recuerdo en toda mi existencia. Cuando mis ojos fueron capaces de enfocar aquellos objetos, vi que algunos de ellos se movían y su aspecto empezó a revelarse como el de figuras antropomorfas que caminaban, sin un patrón, sin un sentido único ni ritmo particular. Cada una de aquellas personas parecía deambular en su propia dirección errática y confusa. En un último esfuerzo por intentar comprender aquella extraña escena entre la que había despertado forcé mis ojos a abrirse en su plenitud y contemplé colmándome del mayor de los horrores que las figuras que se movían entre las sombras de la noche correspondían a los cuerpos sin vida, auténticos cadáveres animados por fuerzas que desconocía y no quería conocer. El pánico que estalló en mí me hizo salir de mi aturdido despertar y me levanté haciendo acopio de mis escasas fuerzas para correr tan rápido como el maltrecho camisón que llevaba dejara a mis piernas, en cualquier dirección que me alejara de aquel claro lleno de horrores inconcebibles e inimaginables incluso en las más retorcidas y grotescas pesadillas nocturnas. Recuerdo sentir que mis pies se hundían en el barro reciente y el esfuerzo excesivo que mis miembros demandaban. Mi vista aun no se había acostumbrado a la oscuridad del lugar y el miedo que me colmaba de pies a cabeza me impidió eludir un foso que apareció en mi carrera por escapar de una muerte segura.

Este hecho me llevó a entender la horrible realidad, aunque no fue en ese momento cuando mi maltrecha mente pudo atar todas las causalidades —o quizá mejor dicho, no fuera aquel mi deseo— que revelaban la espantosa ironía que el destino había preparado para mí. Conseguí apoyar mis manos en las empantanadas tierras del charco donde había caído, y por primera vez fui capaz de contemplar con total nitidez en medio de aquella espesa negrura una parte de mi propio cuerpo. Desde la punta de mis dedos hasta mis muñecas, la piel había adquirido un tono verde pálido salpicado de llagas y pústulas de aspecto horrible. Algunos de mis dedos estaban desprovistos totalmente de piel y casi de músculo, solo los tendones y algo de tejido mantenían las falanges unidas unas a otras. Cuando el agua estancada y cenagosa se calmó, vi en su superficie el rostro al que pertenecían esas manos con su piel desprovista de color, aquella mandíbula desencajada salpicada de unos pocos dientes podridos. Esas cuenca hundidas, desprovistas de ojos, tan sólo iluminadas por un débil resplandor amarillento y grotesco, fantasmal y ultraterreno. El cabello muerto, marchito y enredado caía a ambos lados de aquel rostro devorado por los gusanos, aquel rostro que no era otro que el reflejo del mío sobre las reveladoras y espantosas aguas.

No recuerdo muy bien los sucesos a partir de ese momento, quizá el espanto, el miedo y la conmoción por aquella visión retorcida de mi misma provocaron mi desvanecimiento. Desde aquel día llevo intentando recordar algo en estos veinticinco años transcurridos entre mi vida y esta especie de existencia, cuya naturaleza !@#$% los principios mas férreos de la Fe. He intentado recordar cualquier detalle del lugar y tiempo que experimentara mi alma —si es que el tiempo o el espacio son formas propias de ese estado— antes de que fuera atada a esta cárcel de inmundicia en descomposición, pero no recuerdo nada, tan solo en mas absoluto vacío en la oscuridad.

¿Cuándo empecé a estar equivocada?

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