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El despertar

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El silencio de la sala se veía interrumpido por un quedo rezo. La luz que se colaba a través de los cristales de diversos colores le cegaba los ojos, dificultándole el abrirlos. Se cubrió con una mano y miró donde se hallaba, sin reconocer el lugar. Intentó recordar cómo había llegado hasta allí, pero por más que buscaba entre sus recuerdos no encontraba ninguno. ¿Qué había pasado? ¿Quién era? ¿Cómo había llegado hasta aquel sitio? Un hombre de mediana edad, cabeza afeitada y blancas togas se acercó. Sin mediar palabra, la tomó de la muñeca para comprobar su pulso, pero la mujer la apartó con desconfianza.
—Tranquila, ya estás a salvo —sonrió.
¿"Ya", significaba eso que había estado en peligro en algún momento? Luchó contra el adormecimiento de su cuerpo y se incorporó en el cabestrillo, uno de tantos de la sala. Parecía un lugar de curación, aunque estaba sola junto a aquel hombre. Ahora que se daba cuenta, el rezo había cesado, así que debía ser él el que murmuraba aquellas palabras que no había logrado entender.
—¿Cómo te llamas?
Miró de nuevo al hombre e intentó recordar algo, lo que fuera. El miedo se apoderó de ella, aunque no sabía muy bien porqué. Un millar de dudas azotaron sin piedad su mente.
—¿No recuerdas nada? —arrugó el entrecejo—. No creíamos que la herida hubiera provocado nada más.
—¿Herida? ¿Qué herida?
La mujer llevaba dos días en cama desde que la habían traído. Según le había contado el sacerdote, la habían encontrado inconsciente a unas calles de la catedral. Tenía una herida en la cabeza y algunas magulladuras. Aunque habían sanado y pronto le podrían quitar los puntos de la cabeza, no habían logrado que recuperara el conocimiento. Nadie la conocía ni había denunciado su desaparición. El golpe que había recibido había borrado su memoria, pero confiaba en que pudiera recuperar sus recuerdos.
—Puede tratarse de días, semanas, meses... Puede que vuelvan poco a poco o que mañana te despiertes y ahí estén, pero no puedo decirte nada con seguridad.
Se palpaba la cabeza, allí donde tenía los puntos. Pasó la yema de los dedos con suavidad allí donde el hilo cerraba la herida y luego se la cubrió con el pelo. No sabía qué decir ni qué hacer, ¿pero acaso importaba ahora?
Si bien el sacerdote le había llevado algo de comer, tenía que pensar en lo que iba a hacer a partir de ese momento. Una vez fuera de la catedral, se sentó en el borde de la fuente que había en la plaza. No llevaba dinero encima. Aparte de la ropa que llevaba puesta, lo único que tenía era un colgante de plata con un nombre y una fecha. Supuso que aquel era su nombre y su fecha de nacimiento. Si era verdad o no lo acabaría descubriendo tarde o temprano, igual que quién era o a qué se dedicaba. Debía averiguar qué se le daba bien para poderse ganar unas monedas con ello. Al menos para comer y dormir en algún sitio que no sea en la calle, pensó para sí. Tenía una infinidad de preguntas en su cabeza, pero prefirió silenciarlas y centrarse en el presente. De nada serviría preocuparse por responderlas cuando el tiempo lo haría por ella.

Había estado toda la mañana buscando trabajo aquí y allí, pero nadie parecía necesitar una nueva empleada. Rechazó a un par de tipos que le habían prometido pagarle bien a cambio de un buen rato, hasta que paseando por una de las calles del distrito de los enanos vio a una joven llorando. Aunque debía seguir buscando algo para poder dormir en alguna posada como mínimo aquella noche, sintió lástima por la muchacha y se acercó.
—Quería entregarle un regalo a mi novio, pero le han desterrado. ¿Cómo voy a verle siquiera? Le había prometido que le daría su regalo pronto —había dicho entre sollozos.
—Puedo entregárselo por ti.
La joven alzó los ojos esperanzada y los clavó en Ivy. La acompañó fuera de la ciudad hasta una fortaleza. Durante el camino le había comentado que acababa de saber que su amado había sido desterrado a Tol Barad junto a un antiguo compañero de armas, y que ella no podía marcharse de aquella fortificación para entregarle el regalo por su cuenta.
—Se ha dirigido a Forjaz, así que tal vez le encuentres allí.
Se apresuró a entregarle las cosas mientras le describía al hombre. No sería difícil de encontrar en una ciudad repleta de enanos. En cuanto hubo recibido el pago, se puso en marcha hacia la capital para coger allí el tranvía subterráneo. Ahora tenía tiempo para pensar en todas aquellas preguntas que asolaban su mente. Aunque no obtuviera respuestas y sintiera vértigo, de alguna forma le reconfortaba pensar en ellas.

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