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El deber de la sangre

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El deber de la sangre.jpg

Preámbulo:Editar

Antes de que comencéis la lectura, quiero avisar de que lo que leáis aquí no responde necesariamente al canon oficial del WoW, sino que se aprovecha de lagunas del mismo para poder desarrollar la trama; incluyendo visiones, términos, personajes o historias creadas por mí. Especial atención merece la mención constante al Culto Mistérico del Sol Eterno en los capítulos 11 y 15. Esta religión (que aquí muestro como una especie de secta muy minoritaria en la sociedad sin'dorei) es invención mía y está basada en la concepción thalassiana de un ente creador detrás de la Luz Sagrada. Si quereis saber más sobre este Culto Mistérico, haced click aquí.

Sois totalmente libres de aceptar o rechazar estas interpretaciones/añadidos según vuestro criterio.

Capítulo 1: Un asedio inesperado.Editar

La Aguja Furia del Sol era el avispero político de Quel’Thalas. Se hallaba albergada en un complejo de torres altas y espigadas separadas según la distinta función que las caracterizaba. En el lado occidental se encontraban residencias y bibliotecas dedicadas para aquellas personas que se embarcaban en la senda del sacerdocio. Por contrapartida, la sede oriental estaba ocupada por salones y cámaras para los magistri, donde instruían a una élite muy selecta para convertirse en un futuro en lo más cremado de la sociedad. En aquel mismo lugar, los magos más poderosos se encontraban con sus semejantes para discutir sobre los asuntos más elevados relacionados con el arte arcano, aunque en sus pasillos también podían escucharse para aquellos que tuviesen finos oídos – y en la corte de Lunargenta más valía tenerlos – cuchicheos y rumores de naturaleza política o social.

En el centro de la gran estructura, se alzaba como una lanza solar la gran aguja que dividía el complejo. En ella se observaban entre los brillos dorados que el sol de la tarde arrancaba en sus planchas de oro bruñido y de mármol, diversos estandartes con los emblemas nacionales y cariátides con la forma de hermosas mujeres thalassianas. En aquel fastuoso edificio, que derrochaba una extravagante majestad, se encontraba el palacio de la Regencia, donde anteriormente permanecía el corazón de poder de la Dinastía de los Caminantes del Sol. Una larguísima alfombra de terciopelo carmesí ribeteada por una banda dorada guiaba a los nobles, querellantes y grandes autoridades del reino hacia el umbral de la entrada, donde se apostaban en fila india, flanqueando a los entrantes, una unidad de la Guardia del Regente, siempre vigilante en que ningún visitante portase armas, ni artefactos mágicos prohibidos en el recinto y que cada uno aportase la documentación necesaria para poder pasar.

Más adentro, un gran vestíbulo con una iluminación más acogedora contrastaba con el fulgor y la opereta del exterior. El epicentro de la corte estaba cuidadosamente decorado con matices oscuros, tanto en tonos rojos como azulados, consecuencia este último de las lámparas flotantes encajadas en piezas de orfebrería de oro de forma romboidal, que facilitaban la visión. En el aire combatían una multitud de aromas procedentes de las personas que allí transitaban, en su mayoría, denotando una mezcla de perfumes caros y exquisitos.

Separados por cortinajes translúcidos que se acomodaban al color de las luces y de las paredes, la estancia quedaba dividida en tres áreas: Dos de ellas laterales se orientaban hacia los portones de entrada a los recintos de sacerdotes y magistri; mientras que el otro, central, conducía al palacio; donde se encontraban la Sala de Audiencias, la residencia de los Reyes (que el Regente no había ocupado), el Sagrario Interior y despachos administrativos, a los cuales se accedía a través de un sofisticado sistema de orbes de traslación. En una de aquellas oficinas, una elfa de sangre de largos cabellos dorados y vestida con una llamativa toga de color blanco con brocados de motivos vegetales entregaba una caja repleta de informes y escritos a un sorprendido funcionario de melena cobriza y rostro enjuto, que veía ante semejante montaña que debía tramitar cómo sus esperanzas de pasar el próximo día de descanso a orillas del Elrendar junto a su mujer e hijas se evaporaban.

- Con esto ya están todos los informes de la Guerra de Kalimdor. – Seldune sonrió de forma cordial al funcionario de la Regencia, que comenzó a palpar la documentación. Ante cualquier otra persona se hubiese permitido el gusto de separar cuidadosamente los papeles para comprobar minuciosa y lentamente la naturaleza de cada uno de ellos, tratando de señalar errores e imprecisiones para que el interesado tuviese que volver a iniciar un largo y pesado proceso burocrático.

- Muy bien. Lady Namardan. Veo que os habéis apresurado mucho en presentar toda la documentación que el Lord Regente ha requerido. – El funcionario sabía que disgustar a los nobles, especialmente a los que habían probado cierta competencia militar y política era jugarse su cómodo puesto de forma innecesaria, de modo que prefirió añadir aquella pila de trabajo en una de las anchas y robustas estanterías de madera que rodeaban la sala circular de aquella oficina.

- Lady Namardan es adicta al trabajo. – En ese mismo instante entró un sin’dorei portando otro manojo de papeles. Era alto y de complexión fuerte. Vestía con un austero pero elegante traje negro ajustado de dos piezas, donde se podía observar el símbolo de los Caballeros de Sangre en el pecho. Portaba guantes y botas altas de la misma tonalidad oscura, de cuero. A su espalda, llevaba una capa de color escarlata que revoloteaba con el mismo orgullo que su portador. Como contraste, el pelo del hombre se presentaba suavemente ordenado hacia atrás, rubio platino, de un color ligeramente más suave que el de las cejas. Su rostro era anguloso y marcado, varonil. Los ojos, achinados, brillaban con una leve luz verdosa, como todos los de su pueblo, y las orejas picudas eran largas, presentando una bella posición vertical. La boca, fruncida en una sonrisa prepotente a la par de amable mostraba unos labios carnosos.

- ¿Nos conocemos? – Seldune se volteó y contempló al varón largamente. Su mirada escrutadora escondía algo que su tono de voz ya había revelado, una nota de escándalo y de curiosidad.

- Soy Lord Vaedhros Valagyr. Mucho me temo que no me conocéis, señora. Pero yo a vos sí. Tuve el gran infortunio de comandar a un escuadrón en Pandaria lejos de vuestra posición. Para mi mayor desgracia, también me asignaron otros frentes distintos al vuestro en Kalimdor. El mismo Sol parece haber querido que me mantuviese lejos de vuestra buena influencia. Mi confesor ha señalado que soy algo incorregible. – El elfo hizo una reverencia algo socarrona y plantó su pila de papeles sobre el escritorio del funcionario, quien observaba la escena de forma incómoda y en cierto modo, irritada.

- Reconozco vuestro apellido. Conocí a vuestro padre en Quel’Danas tras la restauración de la Fuente del Sol. Ambos participamos en el Culto Mistérico del Sol Eterno. Recuerdo que os mencionó con cierta afección. – La mujer elfa se mesó el pelo de forma instintiva, al tiempo que posaba sus ojos en los de él, que parecían divertidos por el comentario.

- Mi padre tiende a exagerar su entusiasmo hacia mi persona. Mucho me temo que he estado enorgulleciéndole demasiado a lo largo de mi vida. Algún día lo decepcionaré para que no hable tan bien de mí a mis espaldas. – Vaedhros soltó una risilla jovial que provocó un bufido por parte del funcionario, que parecía querer dejar el mensaje de que si tan excelentes personalidades no tenían nada más que entregar, podían retirarse y dejarle trabajar en paz. Los dos elfos, captando la indirecta, abandonaron la estancia dejando al atareado trabajador encargándose de sus abundantes quehaceres.

- Debo confesar que no os imaginaba así, Lady Namardan. – Empezó Vaedhros mientras la acompañaba por un largo pasillo que conducía las instancias inferiores de la Aguja, decorado con diferentes tapices thalassianos, que representaban juegos de caza de los Reyes del Sol en los bosques patrios.

- ¿Y cómo me imaginabais? – Preguntó ella, preparándose para algún tipo de cumplido que ensalzase su belleza, tal como dictaba el formulismo.

- Os imaginaba hermosa como un amanecer, pero más bien diría que sois como el anochecer. – Dijo el varón, permitiéndose unos instantes para desviar la atención a las superficiales obras de arte del palacio.

- ¿Como el anochecer? – La mujer frunció de forma imperceptible el ceño, confusa por aquella respuesta.

- Sí, el anochecer es más bello para mí que el amanecer. Pues cuando el sol se hunde en el horizonte, la oscuridad baña todo el cielo. Así os veo yo, Lady Namardan, como una luz que cuando desaparece, deja un vacío y una añoranza en el corazón. – Aclaró el caballero con su mejor sonrisa.

- ¿No seréis acaso esa rara combinación de poeta y soldado, Lord Valagyr? – Inquirió la mujer divertida finalmente por la contestación de su acompañante.

- Sinceramente, espero que no. La poesía no es lo mío, soy un negado absoluto en ese arte tan elevado. Pero os confieso, que gusto de leer los más magníficos de los poemas, pero sobre todo, adoro aún más admirarlos cuando los tengo delante de mí. – El caballero inclinó la cabeza con gentileza a la vez que le apartaba un cortinaje a Seldune para que pasase ella primera a una sala continúa, donde se encontraban dos filas de peticionarios que pretendían poder hablar con el Consejo de la Regencia. Generalmente, eran nobles de casas bajas que trataban de alguna manera de conseguir para sus familiares alguna plaza en la administración del reino o en las academias de enseñanza. Sin prestarles demasiada atención, Vaedhros aceleró el ritmo para alcanzar a Lady Namardan, que iba enfilada hacia el camino de la salida.

- Espero no haberos incomodado. – Le dijo el hombre posando su mano sobre el brazo de ella, quien negando con la cabeza, no parecía mostrar el más mínimo rubor que normalmente generaba en otras damas con semejantes cumplidos. Quizás era cierto lo que decían, que Seldune Namardan carecía de sentimientos

- No os preocupéis. Me complacen vuestros halagos. Tan sólo que hoy estoy muy ocupada. – La thalassiana esbozó una sonrisa formal, aunque no hizo ningún movimiento para apartar la mano de él de su brazo.

- ¿Nunca pensáis en descansar? – Preguntó Vaedhros con intriga.

- Ya me han hecho esa pregunta en otras ocasiones. Nuestros enemigos no descansan. Yo tampoco lo hago, no hay que darles ventajas. Es mi deber. – Dijo ella de forma seca, apartando esta vez con un gesto delicado la mano del caballero.

- No pretendo ofenderos, Lady Namardan, pero ya no nos quedan más enemigos. Los hemos matado a todos. – El elfo de sangre la siguió acompañando una vez ambos dejaron atrás el umbral de entrada a la Aguja Furia del Sol, cuando descendían por la pasarela hacia la gran fontana de la Corte del Sol, donde habían unos niños jugueteando junto a sus madres, que charlaban distraídamente entre ellas, viendo a los peces y disfrutando del atardecer.

- Sois muy ingenuo si pensáis que hemos acabado ya con todos ellos. Que de momento estemos en paz no significa que dentro de poco no vaya a estallar otro conflicto. – Le aseguró Seldune, sin reparar en la mueca que hacía el hombre.

- Lady Namardan, sabed que desearía con todas mis fuerzas ser vuestro enemigo. – Dijo él de pronto, cuando se aproximaban al barrio residencial de las altas casas de Lunargenta.

- ¿Por qué me decís eso? – Ella lo miró extrañada, comenzando a analizar un millón de posibilidades en su mente.

- Para que me prestaseis más atención. Me gustaría cenar con vos. – Dijo Vaedhros, aun manteniendo ese tono de voz tan enérgico y alegre.

- Os agradezco la propuesta. Pero ya os he dicho que tengo muchas cosas que hacer, hay asuntos que reclaman mi atención. – Trató de excusarse la mujer, parándose frente a las verjas doradas de su palacete, donde se podía leer el apellido familiar flanqueado por una pareja de fénix sobre la cual había un sol. Tras ella, se encontraban dos miembros de seguridad de su casa, quienes observaron al individuo que la había acompañado con cautela.

- Entonces no me dejáis otro remedio que el de asediaros hasta que aceptéis cenar conmigo. – Señaló con seriedad el hombre.

- ¿Cómo que asediarme? – Seldune observó con incredulidad cómo el caballero se acomodaba en uno de los bancos cercanos a su vivienda y asentía con convencimiento.

- Tengo la intención de esperar aquí lo que sea necesario. Os informo que los de mi familia pueden llegar a superar los ochocientos años de edad, y yo apenas alcanzo los doscientos. Soy muy paciente. – Vaedhros sonrió mientras pasaba sus brazos por detrás de su asiento, en una postura zalamera.

- Haced como gustéis. – La dama se dio media vuelta y entró dentro de su propiedad una vez los guardeses le abrieron las puertas. Ambos se miraron extrañados, pero ninguno comentó nada al respecto. Lord Valagyr los saludó con un ademán de cabeza que no obtuvo respuesta.

[…]

- ¿Todavía no se ha ido? – Seldune se acercó al ventanal de su salón, dejando a un lado una copa de vino Toquesol, prácticamente sin tocar. – No sé a qué juega. Lleva horas allí, y ya es de noche cerrada. – Dijo tras comprobar que Lord Valagyr estaba cantando una cancioncilla en el exterior, contemplando las estrellas, dulcemente tumbado en el banco en el que se había instalado.

- Pues yo creo deberíais cenar con él, es muy apuesto. – La anciana ama de llaves de los Namardan, Alurel Nieblasol, le dio un suave codazo en el costado a su señora, un gesto muy familiar que le hacía desde que era una niña pequeña cuando le salía un pretendiente. Para Seldune, Alurel era lo más parecido a una segunda madre, y siempre solía tener en cuenta sus consejos. Desde que había regresado de Kalimdor tras la victoria de la Rebelión contra Garrosh, había notado que estaba más envejecida. Los surcos de arrugas que surcaban su rostro beatífico se acentuaban hasta agravarse en las ocasiones en las que ella partía a la guerra, como una madre preocupada. Cada vez tenía el pelo más blanco, aunque seguía recogiéndoselo en un severo moño. Estaba bastante delgada, aunque desde su regreso a casa la había visto comer con un renovado apetito.

- No sé, tengo mucho que hacer. – Repuso Seldune, suspirando.

- Me gustaría tantísimo veros con él, haríais muy buena pareja. Además, ¿es un Valagyr, no? Y por lo que parece, también es un caballero. De buena familia y con una posición importante. ¿Qué tiene de malo? – Alurel volvió a darle el característico codazo, acompañado esta vez de un guiño.

- Al final no son lo que aparentan. Seguro que tiene algo malo. No sé, quizás sea un filósofo decadente, haga pactos con demonios abisales o tenga gustos liberales. No me gusta esa clase de hombres. – Seldune dejó de contemplar a su pretendiente y se sentó en un diván acolchado de color rojo, cerca del cual había una suave lumbre que calentaba y ayudaba a iluminar la habitación junto a lámparas de tonalidad aloque que colgaban desde diferentes puntos del techo.

- Deberíais dejar de pensar tanto en vuestras obligaciones y pensar más en vos. – El ama de llaves le frotó los hombros cariñosamente. – A vuestros padres les hubiese hecho felices veros feliz y gozando de la paz que ahora tenemos, y no tan involucrada en esos asuntos políticos y militares que os mantienen tan absorta.

- Padre también trabajaba mucho en el Sagrario, y madre pasaba muchas horas en la Corte. – Se justificó la reservada noble.

- Sí, pero vos queréis hacer lo que ellos dos hacían a la vez, y con el doble de intensidad. Por favor, os lo pido yo. Id a cenar con él y tratad de pasároslo bien. Os lo merecéis. Hacedlo por vuestros padres y por mí. – Alurel la miró con cara de perrito tristón, arqueando las cejas.

- Me lo pensaré. – Seldune trató de evitar mirarla y suspiró brevemente. – Me voy a dormir. Hasta mañana si el Sol lo quiere.

- Tened dulces sueños, mi señora. ¡Tenedlos con el caballero! – La anciana elfa soltó una de sus risotadas de clase baja que tanta gracia le hacían a su hermano Gelandras, y que en ocasiones le lograba contagiar a ella. Aunque en esta ocasión no se sumó a las risas, no pudo evitar sonreír.

Capítulo 2: Capitulación.Editar

- ¿Se puede saber qué es esto? – Seldune, vestida con sus ropas de entrenamiento de malla de la Orden de Sangre y con el cabello recogido en una cómoda coleta, se detuvo atónita tras salir temprano de su palacete por lo que estaba observando.

- Un desayuno. – Vaedhros se encontraba disfrutando de un pastelito de merengue mientras lo que parecía ser un miembro del servicio de su propia casa, ataviado con un uniforme de color granate y con el emblema de dos espadas curvas cruzadas con un sol de fondo que representaba a los Valagyr a su espalda, le escanciaba té en una taza de porcelana, al mismo tiempo que otro asistente de igual guisa le acicalaba el cabello. - ¿Queréis un poco? – Le ofreció el noble.

- No. Ya he desayunado. – La dama no pudo evitar mudar su semblante frío y desapasionado por uno de honda sorpresa. Desde luego, había visto pretendientes insistentes, algunos tímidos, que mandaban románticas cartas, otros más francos que le hacían proposiciones decentes o indecentes, e incluso los había que la abordaban por la calle. Pero nunca, ninguno, había asediado su casa ni establecido un campamento a sus puertas.

- ¿Cenaréis conmigo esta noche, Lady Namardan? – Le preguntó él, mientras untaba mermelada en un panecillo, con aire distraído.

- No es tal mi intención. ¿Pensáis seguir aquí todo el día? Puedo avisar a la guardia sobre esto. – Señaló la mujer, aún incrédula por lo que estaba viendo.

- No estoy incumpliendo ninguna ley. Tan sólo hago uso del inmobiliario urbano, propiedad de todos los Hijos del Sol. Además, no os seguiré, tan sólo permaneceré aquí hasta que accedáis a cenar conmigo. No os preocupéis por mí, mis trabajadores me mantendrán bien cómodo para soportar este asedio. Mientras tanto, tengo la intención de convertirme en el mejor elemento decorativo de la ciudad. – Le informó él, sonriente.

- ¿No tenéis nada mejor que hacer? Sois de la Orden, me imagino que algo os habrán encargado. – Dijo ella, mirándole de forma torva.

- No, ahora mismo tengo descanso. Y quizás, incluso deje todas mis ocupaciones y me centre exclusivamente en este asedio. – Contestó el caballero, ufano.

- Haced lo que gustéis. – Contestó ella de nuevo, como la tarde anterior, y partió a cumplir con sus tareas diarias.

[…]

Aquella mañana, el instructor Toras Enaldion se percató de que Seldune golpeaba con menos fuerza que en sesiones anteriores y que también vigilaba menos su defensa. Incluso en ocasiones, parecía distraerse.

- Lady Namardan, ¿queréis dejarlo por hoy? – El caballero de Sangre plantó su mandoble en tierra y se retiró la celada, dejando ver su cabello rapado, un estilo muy inusual entre los elfos, que valoraban y gustan de dejarse crecer el pelo y cuidarlo primorosamente. El hombre, la estudió con su ojo izquierdo, pues del otro tan sólo quedaba un iris blanco que era atravesado por una cicatriz que iba de la frente hasta el labio.

- ¿Qué sabéis de Lord Vaedhros Valagyr? – Le preguntó de sopetón.

- Es un caballero muy señalado. Tiene un historial ejemplar. – Respondió sucintamente. - ¿Por qué me lo preguntáis?– Inquirió, pétreo.

- Me gustaría conocerlo. – Contestó ella, sin más.

- ¿Es una orden? – Preguntó sobrio el instructor.

- Lo es. Pero os lo pido más bien como favor personal. – Afirmó Seldune, dejando las armas en la estantería del pabellón de entrenamiento de la Orden de Sangre, donde también había otros caballeros de diverso rango entrenándose.

- De acuerdo. Venid conmigo, señora. Avisaré a Dorath para que agilice los trámites. Lord Valagyr tiene vuestro mismo rango en la Orden, y hacen falta ciertos pasos para poder consultarlo. - El elfo rapado hizo un gesto para que lo siguiese, sin dejar de ladear el cabeza, pensativo, preguntándose probablemente a qué se debía tal petición.

- Gracias, Toras. – La mujer se recolocó la coleta, que había perdido el control de varios mechones de pelo que caían desordenados sobre las sienes, debido al ejercicio realizado. – Con esto estamos en paz. – El incólume instructor le dedicó una última mirada de comprensión y asintió.

Años atrás, ella le había ayudado a extraviar cierta documentación que lo señalaba como capitán Furiasol, el cuerpo de los leales siervos del Príncipe Kael’thas en Terrallende, para facilitar el indulto que el Lord Regente les proporcionó. Se había arriesgado con aquella decisión, pero Toras fue su primer maestro de esgrima cuando él aún conservaba una melena espesa y negra que le caía a hasta la cintura, y sus dos ojos centelleaban con tonos azules. Siempre era necesario tener contactos en cualquier nivel social del Alto Reino, y los favores se devolvían con otros favores.

Los archivos de la Orden de Sangre se encontraban bien custodiados en una sala inferior del Cuartel de Sangre, protegida en su umbral por cuatro caballeros que deambulaban con aire ausente. No solía haber problemas en aquel lugar. Todo aquel no perteneciente a la organización tenía vetada la entrada, salvo ciertos magísteres de alto rango. Después de todo, ellos ayudaron a conformar la articulación de aquel cuerpo de élite.

- ¿A quién buscáis? – Dorath Nemeviel, archivero principal de la Orden de Sangre no tenía aspecto de guerrero, ni de caballero. Se trataba de un ratón de biblioteca al cual el mismo tabardo de la Orden de Sangre le iba grande. Era muy menudo para ser elfo, e incluso su rostro parecía acusar de cierta asimetría que lo apuntaba como un individuo feo. Tenía el pelo muy ralo, de color castaño claro y una nariz asombrosamente fina y acabada en punta, levemente hacia arriba, de aspecto quebradizo. Sus manos, en cambio, presentaban unos dedos largos y delicados, que chocaban por la falta de proporción con el resto de su cuerpo. Cojeaba de la pierna derecha, y al andar se arqueaba ligeramente hacia adelante. Era evidente que tenía alguna enfermedad de nacimiento. Sin embargo, esta no había afectado a su rápida y astuta mente.

- Vaedhros Valagyr. – Dijo Seldune en un tono franco y directo. El archivista entornó los ojos como finas rendijas y asintió, contento con la idea de investigar en el expediente de aquel caballero de alta cuna.

- Está aquí. – Dorath subió a una escalera móvil, por la cual se desplazó sobre las estantería superiores del archivo, donde no llegaba dada su corta estatura, hasta alcanzar un librito encuadernado con los símbolos de la Orden. – Maestro Vaedhros Valagyr. ¿Supongo que está en problemas nuestro valeroso Lord? – Agregó el archivista en un tono sibilino.

- No es asunto tuyo, Doriath. – El instructor Toras le dedicó una mirada cruel, que hizo retroceder al hombrecillo, que pronto volvió a la seguridad que su alta mesa de trabajo le proporcionaba. – Lady Namardan, aquí tenéis lo que buscabais. - La dama tomó el librito y lo abrió en uno de los escritorios de estudio que existían en la sala. Encendió una vela mágica de luz amarillenta y se dispuso a leer la ansiada información.

- “Armado caballero en Lunargenta, año 26 D.P. Servicios prestados en la Guerra de Rasganorte como refuerzo a las tropas de la Horda en Tundra Boreal, año 27 D.P. Ascendido a Maestro y enviado con una unidad tras el cataclismo al frente de Vallefresno, año 28 D.P. Participación en Zul’Aman contra el levantamiento Amani, año 29 D.P. Servicio en Pandaria en el regimiento del Lord Regente; es herido de gravedad en Moguija. Se reincorpora en la Isla del Trueno. Servicio en Kalimdor durante la rebelión en las fuerzas de la regencia, año 30 D.P.” – Seldune comenzó a leer en voz baja, lo suficiente para que Toras lo escuchase una vez se sentó a su lado.

- Os dije que era un caballero excelente. – El elfo rapado se cruzó de brazos, escuchando quizás con un ápice de envidia lo que el texto decía.

- Parece ser que también posee medallas al mérito militar y cuenta incluso con una recomendación de Lord Ebir Jaspesol. Un aval de un señor magíster es algo a considerar. – Señaló Seldune apostillando.

- No es muy difícil, señora. Su propio padre es gran amigo de ese magíster. Se sabe que gracias a él consiguió meterlo en la Orden. Aunque visto está, que el caballero ha demostrado su valía en tan… brillante carrera militar. – El tuerto la miró de nuevo sin denotar ninguna emoción en particular, señalando sencillamente algo que era el caso de otros militares thalassianos.

- Creo que ya he visto suficiente. – Lady Namardan cerró el expediente de su pretendiente y se lo devolvió a Toras, quien a su vez, se lo entregó al archivista, al cual volvió a taladrar con la espeluznante mirada que su ojo bueno sabía transmitir.

- ¿Está vuestro interés satisfecho, señora? – Toras formuló la pregunta sin ningún tipo de ironía o sarcasmo. Sino con la franqueza de un veterano de guerra dispuesto a servir o a retirarse en caso de no ser requerido para nada más.

- Sí. Eso era todo. Tan sólo debía realizar ciertas averiguaciones. – La Dama de Sangre se abrochó bien las correas de la coraza de malla que había empleado para entrenar y posó los ojos sobre el instructor. – Podéis retiraros. – Finalizó.

- Con el Sol Eterno. – Toras se dio un golpe marcial en el pecho, inclinándose con respeto, y desapareció entre un recodo de las cámaras del Cuartel, a paso firme, tal como acostumbraba hacer. Cuando Seldune abandonó el cuartel se sorprendió al ver que estaba anocheciendo, las nubes siempre coloridas por una luz primaveral se presentaban ahora teñidas de un color rosado muy oscuro, con franjas azul marino. Las horas se habían pasado volando en su curiosa investigación. Lord Valagyr no parecía presentar por el momento ninguna anomalía, de lo contrario, habría figurado en el informe. Pero ella seguía sin fiarse del todo. Probablemente, podría sonsacarle algo adicional si se acercaba más a su campo de confianza.

[…]

Para cuando llegó al ‘campamento de asedio’, a Seldune no pareció sorprenderle encontrar a su pretendiente provisto de una almohada de plumas de dracohalcón y una manta de soberbia calidad elaborada con la codiciada piel de los linces del bosque de la Canción Eterna.

- ¡Ah, Lady Namardan, espero que vengáis a desearme buenas noches! – Exclamó el noble nada más verla acercarse por la calle que daba al barrio residencial.

- No. Pero he accedido a cenar con vos esta noche. – Le dijo ella con un tono más frío de lo que había ensayado momentos antes.

- Sabía que al final me aceptaríais. – Vaedhros retiró la manta con la que se cubría y se puso en pie, mostrando una toga de gala, de color bermellón con bordados áureos en las mangas y en la cintura. A continuación y perfectamente preparado, aparecieron los dos sirvientes que por la mañana le servían, tocando unas elegantes arpas a la par que la verja del palacete Namardan se abría dejando a la vista la presencia de la ama de llaves, que parecía conchabada en todo el asunto y que sonreía de oreja a oreja.

- La cena está lista, mi señora. – Anunció Alurel, dejando escapar una nota más elevada por la emoción. Seldune negó con la cabeza, sabiendo que tan sólo tenía que capitular ante semejante traición desde dentro.

Capítulo 3: El enemigo en casa.Editar

No sabía qué ponerse. Vaedhros ya llevaba media hora esperándola en el comedor principal de su casa, pero ella se había excusado para poder cambiarse la ropa de entrenamiento que llevaba. Todo aquello estaba sucediendo demasiado deprisa, y no le parecía del todo apropiado que él estuviese dispuesto a cenar con ella cuando tan sólo había pasado un día y pocas horas desde que se conocían. Lo habitual era que antes coincidiesen en algún apartado y exuberante parque de la capital, donde poder charlar durante un tiempo para poder ir descubriéndose el uno al otro, poco a poco. Pero aquel cortejo se le hacía vertiginoso. Tenía que reconocer que el caballero era desde luego bien parecido, y en el fondo, no le disgustaba aquella sonrisa burlona pero gentil que le mostraba. ¿Pero por qué le pasaba esto a ella ahora? Con la de cosas que tenía aún que hacer.

- Este mismo. Le hará entender que soy recatada, y que tampoco estoy dispuesta a mostrarle mis mejores atuendos. – Se dijo al mirarse en un espejo oblongo del vestidor de su cuarto, sostenido por un marco de plata con figuras de ocas entrelazándose. El vestido que había elegido era de un gris azulado, ceñido en hombros, cintura y pierna, pero que dibujaba volantes al final de los pies y las muñecas. Era de su madre, no sabía si le sentaba mejor a ella. Recordaba haber visto cuando vivía que el cabello pelirrojo de su progenitora contrastaba bien con la tonalidad de la vestimenta. Pero Seldune tenía el pelo como el de su padre y su abuelo, rubio dorado, por lo que el resultado no era el mismo. Dedicó unos minutos más a hacer posturas frente al espejo y a retocarse el pelo, tratando de domar un bucle que se le resistía. Cuando por fin lo consiguió se dio cuenta de que llevaba más de una hora arreglándose. Salió del vestidor dejando de lado una montaña de vestidos, zapatos y accesorios sin recoger que había descartado por ostentosos o atrevidos para la ocasión.

Yendo de camino hacia la salida de su dormitorio, se fijó instintivamente en su cama. Que a diferencia de muchos lechos que se veían en el país, redondos y provistos de cojines coloridos y cortinaje, este tenía forma rectangular, con un cabecero ornamentado con estrellas y otros astros celestiales, con gemas y piedras preciosas que hacían de diferentes cuerpos estelares. Medía más de tres metros de ancho y dos de largo, algo que le iba bien, pues muchas veces daba vueltas y se movía mientras dormía, desordenando las sábanas y las colchas para desazón del servicio, que a la mañana siguiente tenía que recolocar todo lo que su ama había removido. No sabía muy bien por qué, pero se imaginó a Vaedhros allí sentado, esperándola… y sin ropa.

Aquel pensamiento cruzó su mente de forma fugaz, pero le bastó para avergonzarla. Desvió la mirada hacia un pequeño santuario que tenía en el extremo opuesto de la habitación, débilmente iluminado por la luz de las dos lunas de Azeroth, que permitía la visión de un pequeño altar de mármol donde había encendido un pábilo de incienso sobre una bandejita a los pies de una esculturilla de oro que representaba a un hombre elfo que sostenía un sol coronado sobre la cabeza. Representaba a una deidad mistérica a la que tanto ella como algunos otros thalassianos (entre los que se encontraba la Casa Valagyr) adoraban, la cual era conocida como Sol Eterno o Gran Sol.

- Dame fuerzas. Las voy a necesitar. – Haciendo un gesto de respeto con la cabeza, y aún algo escandalizada por su pensamiento abandonó sus aposentos y siguió el corredor que conducía a una escalera de diseño bramantino que conducía al comedor. Descendió lentamente, fijándose en los detalles de la barandilla, que representaba un grupo de unicornios jugando con dracohalcones cerca de un lago. Ensimismada, no vio a una criada de la casa que tropezó con ella.

- Disculpadme, señora. – Dijo con una nota de temor y respeto Sadria, una joven elfa de ojos grandes y boca sugestiva. Tenía el cabello rubio oscuro, recogido en una trenza que echaba por encima del pecho, que se entreveía bronceado como el resto de la piel, cuando se agachó a recoger unas servilletas de tela que se le habían caído. – Lo lamento. Estáis muy hermosa esta noche, señora. Como siempre. – Apuntó como si se le olvidase, para no hacerla enfadar. Seldune sabía que aquella muchacha era muy deseada entre el cuerpo de seguridad de la casa. En más de una ocasión tuvo que fruncir el ceño ante los guardianes cuando estos se quedaban embobados mirándola. La joven no tenía una belleza perfecta y etérea como la noble a la que servía, sino que sus formas curvas y prietas carnes eran del tipo terrenal y pecaminoso que tanto complacían a los hombres decadentes para deshacerse en sus artes amatorias.

- Mira bien por donde vas. – Le espetó Seldune con un timbre de enfado. Por un momento, la observó con desprecio y pensó en despedirla en ese instante. Probablemente fuese una de esas rameras, por eso la miraban tanto. – Va provocando al servicio, tu madre no lo habría permitido. Ya la habría mandado a algún sucio burdel del Frontal de la Muerte. – pensó para sus adentros.

Saldria no se atrevió a mirar a su señora a la cara y siguió recogiendo las servilletas, humilde y sumisa. Eso agradó a la Matriarca de la casa, que volvió a calmarse y devolvió sus pensamientos a la cena. Según bajaba los escalones, escuchaba cada vez más cerca voces alegres procedentes del comedor principal. Reconocía la de Alurel, chillona y dicharachera, junto a algunos comentarios entonados por una nota masculina y grave, de Vaedhros.

- Ya estoy aquí. – Seldune entró en la estancia dedicando una mirada a la mesa de cedro rojo cubierta por un largo mantel blanco, sobre el cual había un juego de velas rosadas con forma de halcón que iluminaban de forma romántica el lugar. A un lado se encontraba su pretendiente, que le dedicó la mejor de sus sonrisas al verla llegar. Cerca de él, el ama de llaves se afanaba por poner todos los cubiertos en el sitio apropiado, de buen humor.

- Lady Namardan. No conozco la palabra para definir vuestra belleza esta noche. – Vaedhros se acercó a ella para retirarle una de las sillas de madera del mismo material de la mesa, acolchada con cojines aterciopelados de tonos carmesíes. – Sentaos, por favor. Y disfrutad de la cena y de mi compañía. He oído decir por ahí que es espectacular. Alurel soltó una risilla discreta por la ocurrencia del hombre y cerró la puerta del comedor para dejarles solos, no sin antes hacerle un guiño a Seldune y dar un codazo al aire.

- Veo que lo teníais todo preparado. Ya no puedo fiarme de mi servicio. – La dama se acomodó alisando su vestido y se fijó en el banquete que habían preparado. - ¿Qué es todo esto? – No pudo evitar preguntar.

- Mi señora, un buen estratega siempre sabe sorprender al ‘enemigo’. Llevo varios días planeando esta cena. Vuestra ama de llaves es amiga de una doncella que cuida a mi sufrido padre, y hace una luna me comentó que habíais llegado vos también de Kalimdor cuando vino a recogerla a mi hogar. Supuse que podría encontraros en la Corte. Por si no lo sabíais, Alurel me informaba de vuestras salidas para poder ‘coincidir’ con vos. Os estima muchísimo. – Vaedhros le reveló aquel plan urdido para poder cenar con ella. Estaba confusa por lo que le contaba. No sabía si sentirse ofendida o halagada. Sentía una mezcla de ambas emociones.

- Ahora lo entiendo todo. ¿Por eso me decía todos los días al llegar si había conocido a algún apuesto aristócrata en la Corte? – Pensó la mujer en voz alta. El pretendiente asintió dejando escapar una mueca en sus labios.

- Ah, ¿soy yo entonces ese apuesto aristócrata de la Corte, Lady Namardan? – Inquirió él con una nota de petulancia mientras acercaba su silla a la de ella. Seldune olió la colonia que el caballero llevaba, su aroma entró de forma embriagadora en sus fosas nasales, como un ladrón. Notó el romero, el sándalo, el ámbar y quizás una pizca de lavanda. Le gustaba el olor.

- ¿Qué habéis dispuesto para la cena, Lord Valagyr? – Preguntó ella cambiando de tema, cosa que no pasó desapercibida por el hombre, que negó suavemente con la cabeza, dirigiendo la mirada hacia los platos.

- De entrantes tenemos: “Delicias de arroz con pato y verduras escalfadas”, de plato principal podéis elegir entre un: “Asado de lechona negra a la thalassiana en salsa trufada y pasta fresca de espárragos” o “Flor de calamar al aroma de cítricos y corazones de alcachofa”. Y por último, el postre que he encargado en especial para vos es un: “Milhojas de frutas al horno con helado de chocolate blanco” junto a un “Trío de sorbetes limón, frambuesa y mandarina”. El vino es especiado, aderezado con un toque de magia que ensalza el sabor de la bebida y de la comida. – Lord Valagyr recitaba el menú como si fuese una poesía, atento a la impávida reacción de la mujer cada vez que le nombraba un plato.

- Tiene un aspecto exquisito. – Dijo Seldune con un tono exclusivamente cortés. – Os habéis tomado muchas molestias.

- Toda molestia es poca para complaceros, Lady Namardan. Deberíamos brindar. Por vos, por mí. Por esta cena. – El sin’dorei tomó la copa de vino con forma de árbol acristalado suavemente, sin dejar el meñique estirado como hacen los cursis, y brindó con la copa de ella, que también la alzó sin demasiado entusiasmo. Se preguntó hasta cuándo duraría ese papel de mujer de acero que Seldune representaba magistralmente. Por algunos momentos le hacía incluso dudar de sus agasajos, pero tenía la esperanza de que la comida y la bebida suavizasen su humor.

- He oído grandes cosas de vos, Lady Namardan. – Empezó el caballero, tras limpiarse los labios con una servilleta una vez acabados los entrantes. – Dicen que habéis recorrido toda Pandaria, rescatando maravillas olvidadas de los mogu, marchado contra innumerables fuerzas de kor’kron en Kalimdor y asaltado los muros de Orgrimmar desde Azshara. Además, no pasa desapercibida vuestra buena relación con la Regencia. Sois una mujer muy reconocida. Aunque debo admitir, que me cuesta imaginaros llena de sangre de orco y repleta del polvo de los Baldíos. Sin embargo, apuesto que incluso aun así desplegaríais en vos una belleza salvaje e indómita. – Concluyó dedicándole una mirada de admiración e interés.

- No es preciso que me sigáis halagando. Ya estáis cenando conmigo. Pero os devolveré el cumplido. Yo también sé que vuestro historial es impecable. Tundra Boreal, Vallefresno, Moguija… - Repitió ella recordando con su memoria fotográfica lo que había leído en el informe.

- ¿Habéis husmeado en mi expediente? – La interrumpió él ahora con una nota de sorpresa, parecía gustarle que ella hubiese gastado su valioso tiempo en investigar su vida y obra, eso era señal de que al menos sentía curiosidad por él, y eso era un buen comienzo.

- “Un buen estratega siempre sabe sorprender al enemigo”. – Contestó Seldune usando la misma cita que él había empleado momentos antes.

- Me sorprende que os lo hayan mostrado. ¿No se supone que el archivo es confidencial y que requiere de unos trámites muy azarosos? – Vaedhros la escrutó en silencio, parecía que la fría dama se iba descongelando poco a poco, incluso era ella ahora la que parecía hacer una mueca burlona.

- Tengo mis contactos, Lord Valagyr. No sois el único que puede permitirse realizar ofensivas sorpresa. – Le dijo la mujer, al tiempo en el que comenzaba a catar el plato principal.

- Claro que los tenéis. – Pareció celebrar él sin poder evitarse preguntarse quién se los había facilitado. Pero no importaba, la cena no estaba saliendo mal y Lady Namardan por lo menos estaba probando la comida, aunque dejando algunos restos para no parecer una muerta de hambre, como solían hacer los nobles de las altas casas de Quel’Thalas.

- ¿Cuál es vuestro vicio secreto? – Seldune dejó caer la pregunta justo cuando comenzaron a servir los postres. Durante un momento lamentó la franqueza de su interrogante. Normalmente se hubiese valido de terceros para ir desenmascarándolas lentamente, pero en esta ocasión era demasiada la curiosidad, y sencillamente no pudo dominarse.

- ¿Qué decís, mi señora? – Vaedhros alzó la mirada de su milhojas y enarcó una ceja, extrañado. - ¿Mis vicios? – Repitió él mascando las palabras.

- Sí. Así es más rápido. Prefiero que me decepcionen cuanto antes para no tener que esperar el turbio desenlace meses o años después. Decidme, ¿chupáis energía vil en un sótano, invocáis demonios y pactáis con ellos? ¿Tenéis alguna hija mestiza escondida? – La mujer expresó aquellas dudas que albergaba en su interior de forma severa, abrupta, exigiendo de manera imperativa una respuesta. La militar que había en ella tomaba ahora posesión de su personalidad.

- Lady Namardan. Creedme cuando os digo que el único vicio que tengo sois vos, y que además no es secreto, pues es un escándalo público la forma en la que os adoro. Al Gran Sol pongo por testigo de que no tengo negocios con demonios, ni comercio carnal con humanas o bestias de similar calaña. Mi sangre es pura, es noble. Tanto como la vuestra. – En esta ocasión, el hombre habló de una forma más seria y formal, dejando de lado el juego socarrón que se traía. – Sé que quizás estoy siendo algo rápido. No creáis que soy tan superficial, me tomo muy en serio mis deberes. Tan sólo quiero conoceros. Quiero aprovechar estos momentos de paz, todos deberíamos hacerlo. Y sí, pienso que es también una obligación. Tanto vos como yo nos exponemos a la guerra, a sus enfermedades, a batallas y a fatigas. Nosotros no somos incontables como los orcos o los humanos, sino escasos y preciados por ello. Nuestra sangre se está diluyendo entre tantos conflictos, y nosotros, los sin’dorei, debemos prevalecer.

- Yo también he pensado en eso. Si Quel’Thalas no puede permitirse un tiempo de descanso, no podremos contribuir al reino con más soldados, magíster, forestales… Nuestros números menguantes son nuestro primer enemigo. – Ella lo miró, comprendiendo a qué se estaba refiriendo.

- Entiendo que vos no encontréis este tipo de halagos y cumplidos cómodos, ni deseables. Que quizás sean propios de seductores inicuos y vacíos. Pero yo no soy así. Permitidme tan sólo conoceros. – Lord Valagyr la contemplaba con un semblante duro pero tranquilo al mismo tiempo. Estaba claro que había algo más en juego que los propios sentimientos. Sus anhelos habían sido expresados de la única forma en la que su interlocutora podría comprender, el deber con su patria.

- Os lo permitiré. Pero antes me gustaría conocer en detalle vuestro linaje. – Desde que él había presentado aquella propuesta como un deber, el corazón de Seldune permaneció aparcado y su mente calculadora y fría entró a analizar la situación. A pesar de no fiarse de él del todo (probablemente continuaría con sus pesquisas particulares) era innegable que Lord Valagyr era un sin’dorei perfecto, tanto en abolengo como en reputación y honor. Su sangre era muy buena, y no podría estar eternamente rechazando oportunidades parecidas. Durante el último año había estado a punto de perder la vida en varias ocasiones, poniendo en peligro no solamente a ella, sino el legado de su familia, que a lo largo de siete milenios había tratado de mantener la sangre limpia, y de mejorarla con cada generación.

Miró un cuadro que adornaba una de las paredes de mármol blanco del comedor, en el que aparecía representado Voldrathir Namaar, el legendario fundador de su casa, junto a su esposa Tashaldra Sahirdan, con la que conformaría la noble estirpe de la que procedía durante el exilio de los altonato. El artista que los retrató había cambiado durante varias capas de pinceladas el aspecto de la soberbia pareja, con el fin de disimular los rasgos kaldorei que los primitivos aristócratas de la Reina Azshara mantenían. Parecía que los ojos inmortalizados en pintura de sus antepasados la observaban con una mirada reprensora.

- Me alegra ver que compartís mi parecer, mi señora. Permitid que os invite a la celebración del cumpleaños de mi padre, el próximo domingo. Esperamos que lo más excelso de la alta sociedad de Lunargenta asista, uno no cumple los trescientos ochenta y cuatro años todos los días. – Vaedhros aguardó la reacción de la dama en silencio, pendiente de un hilo. Aquella propuesta era mucho más seria que la cena.

- Asistiré con mucho gusto, Lord Valagyr. Ya conozco a vuestro padre, y me parece una persona recta y encantadora. Además, me permitirá conocer de primera mano vuestro ambiente familiar. – Seldune sonrió, provocando que al caballero se le deshiciese el nudo que tenía en el estómago, aunque su talante firme no lo transmitiese.

- Espléndido. – Vaedhros se relajó y volvió a asir su copa de vino, alzándola con suavidad y vaciando lo poco que quedaba de caldo en su boca. A continuación, se levantó elegantemente y ayudó a la damisela a hacer lo mismo una vez ella había finalizado también con el postre.

- Ha sido una velada agradable, Lord Valagyr. – Seldune se despidió en el porche de la entrada principal del palacete, compuesto por una galería abierta, aboveda, que presentaba frescos en los que se mostraban escenas bucólicas, de fauna y flora.

- Igualmente. Ha sido un privilegio pasarla con vos. – Vaedhros tomó la mano derecha de la mujer y le dio un suave y casto beso en el dorso de esta, para después acariciarla con suavidad. Notó cómo la sangre de ella se calentaba por el tacto, en el momento preciso que la soltó para reunirse con sus dos sirvientes, que aún sujetaban las arpas, fuera del jardín, detrás de la verja. Seldune permaneció unos instantes más contemplándolo mientras se marchaba, con su mente trabajando a toda prisa tratando de revisar todo aquello que había ocurrido en la cena. Cuando finalmente fue consciente de su propio cansancio se retiró al interior de su magnífica vivienda, donde poder disfrutar de un sueño reparador. Le iba a hacer falta estar con todas sus facultades al máximo si quería afrontar con éxito una fiesta de la alta sociedad.

Capítulo 4: El cumpleaños.Editar

El jardín de los Valagyr era un espectáculo apoteósico de colores, fragancias, formas y sonidos. Las arizónicas del exterior de los muros de entrada se hallaban primorosamente recortadas creando la imagen de una corte de danzantes entre los que se mezclaban esferas mágicas representadas por arbustos y plantas que se erguían como soldados de tonalidades magenta y turquesa. Más allá se hallaba el gran portón de la casa, que daba la bienvenida a parejas y familias de la nobleza thalassiana, ataviados con los vestidos más ricos y barrocos que pudieron seleccionar, de seda, de tejidos mágicos, de paño abisal, de muselina y de algodón. Resplandecientes perlas y finísimas piezas de joyería servían a las damas para que el astro rey sintiese envidia de los fulgores que aquellos deliciosos trabajos de los más sofisticados artesanos elfos formaban cuando la luz solar incidía sobre ellos.

Recogidos imposibles con cintas y lazos encantados de una infinitud de tonalidades ayudaba a soportar los peinados que algunas mujeres nobles habían creado para sorpresa de los demás invitados. Moños sujetos con cítaras de oro, trenzas perladas con gotas de rocío estival acristalado y pinzas talladas en amatistas, rubíes y zafiros hacían brillar con majestuosidad a sus pretenciosas propietarias, mientras que los hombres exhibían trajes de dos piezas o togas de una completa que realzaban sus cuerpos cincelados, incluso de aquellos cuya edad más avanzaba no permitía mantener, o que su gula había deformado creando alguna antiestética bolsa de grasa, que era minuciosamente ocultada. Varios de ellos sujetaban con galanteo parasoles para que las pálidas y suaves pieles de sus esposas no sufriesen la inclemencia de los rayos del señor de los cielos en tan agradable tarde.

Junto a los invitados de honor se encontraba un ejército de sirvientes que se encargaban de ofrecer bandejas rebosantes de aperitivos y bebidas entre los invitados y de recoger los regalos para el señor de la casa; muy variados en cuanto gustos y naturaleza, pues había desde joyas, piezas artísticas, instrumentos musicales, libros, poemas, grimorios de magia, pájaros exóticos, caballos e incluso un aristócrata guasón trató de endosar (con éxito) un gnomo esclavo cantor cuyas cuerdas vocales habían sido manipuladas mágicamente para que alcanzase la gravedad de un tenor, creando un simpático y a la par inesperado contraste en su infantil apariencia con la cavernosidad de la voz.

Justo en el preciso momento en el que un coro de sin’dorei reía y señalaba al gnomo con pedantería y jactancia, que había sido subido a una tarima de ébano para divertir a los invitados, llegó Lady Seldune Namardan, acompañada por dos guardias de su casa. Para aquella ocasión, había elegido un vestido rojo raso que mostraba la desnudez de la curva de su estilizada espalda, dejando asimismo al aire los brazos y sutilmente el escote, que trataba de pasar desapercibido por un collar de oro macizo del que pendía un sol cuyo núcleo estaba conformado por una gema del color de la sangre. Entre las manos, la bella mujer thalassiana llevaba consigo el regalo para el Patriarca Valagyr, una tablilla de arte mogu elaborada en jade que representaba al Rey del Trueno sometiendo a sus enemigos con una larga lanza destacada en lapislázuli. Aquel fragmento era muy caro, y ella misma lo había mantenido a buen recaudo, pues era parte del botín que el Relicario le había permitido conservar al no tratarse de ningún objeto que fuese lo suficientemente importante como para ser transferido al Estado.

Pasando a través de una hilera de tulipanes y magnolias, trató de esquivar a un grupo de aristócratas que murmuraba algún tipo de broma, pues los comentarios acabaron por estallar en carcajadas repletas de engreimiento. Al lado de una estatua de bronce pulido que representaba a un arquero disparando con cierta pose manierista se encontraba una orquesta musical que amenizaba el ambiente con el plañido de violines e instrumentos de percusión que marcaban el compás de la música. Corriendo de un lado a otro vio a dos niños disfrazados con máscaras con forma de lince y dracohalcón, que junto a una niña vestida con un vestido de nácar abullonado jugaban esgrimiendo juncos que habían sacado de un estanque cercano a la obra escultural, donde también era visible un conjunto de rocas que emulaban una montaña, sobre la cual se levantaba una pequeña torre en mármol verde de la que manaba de las ventanas unas finas cataratas que derramaban su limpia agua sobre el pequeño lago artificial.

Varios niveles superiores de terreno permitían la visión del laberinto, donde a algunos miembros de la nobleza les gustaba jugar a competiciones, en las que el primero que encontraba un pastelito en el centro recibía un título tan pomposo como inservible que los ensalzaba como “Buscador de Delicias” o “Dominador del Laberinto”. Sin embargo, la propia Seldune había escuchado algunas historias que se contaban sobre otro tipo de juegos más perversos, como los que realizaba Lord Modrever Pileser, del cual se decía que soltaba trols de los bosques debilitados y desnudos para que a continuación varios invitados (fuertemente armados) los abatiesen cuando los encontrasen. Aquel que abandonaba el laberinto con más cabelleras en señal de trofeo, era en este caso el ganador.

Ella particularmente no se había acabado de acostumbrar a ese tipo de refinada crueldad de la que algunos sin’dorei hacían gala desde que Arthas destruyó Quel’Thalas con su Azote, y se vieron obligados a drenar magia de seres vivos y de cristales insuflados con magia vil, para poder sobrevivir. Quizás, la perniciosa influencia de estos habría provocado un retorcido y malévolo giro en algunos de sus compatriotas. Que, lejos de adoptar la ordinaria actitud de humanos o trols en su bestialidad, la habían transformado en un sutil y concienzudo arte, como cualquier ejercicio que un elfo de sangre practicaba.

- Se comenta que Lord Vahir perdió la nariz en Orgrimmar. Dicen que un orco se la arrancó de un mordisco. – Cuchicheaba una delgadísima aristócrata vestida de heliotropo que daba una calada a una cachimba de oro reluciente, recostada bajo la sombra de un sauce llorón cuyas verdes hojas habían sido mudadas por un hechizo por una tonalidad anaranjada para que armonizase con el color del cielo vespertino.

- Sí, y también dicen que eso le ha mejorado. – Añadió otro noble que portaba un sombrero blanco de ala ancha con una pluma de quetzal, importada de Tuercespina. Aquel comentario fue celebrado por una oleada de risotadas falsas y rancias.

- ¿No es esa Lady Namardan? – Preguntó otro patricio de cabellos albos en un tono lo suficientemente audible para que Seldune lo escuchase.

- ¡Por la Luz del Sol! Sí, sí es que ella. ¿Qué hace aquí? Me sorprende verla fuera de la cama del Regente. – Dijo de nuevo el elfo del sombrero blanco.

- No habléis así de la Veladora. – Dijo otra sin’dorei que llevaba un complicado tocado elaborado con esmeraldas, que ensalzaba su pelo negro recogido en un alto copete.

- A esa sí que la velaba yo. – Volvió a hablar el del sombrero blanco, relamiéndose con lascivia mientras Seldune pasaba cerca de él, haciendo oídos sordos de los procaces comentarios que hacía.

Ni siquiera lo miró, un buen número de esos patanes, necios y tan dechados de sí mismos le debían sus juergas y vicios a aquellos que se tomaban en serio su deber de proteger la nación en el exterior, luchando en guerras y prestando servicios a la Regencia allá donde era necesario. Le hubiese gustado verlos defendiendo la Puerta de Mulgore ante ejércitos kor’kron, rabiosos y sedientos de sangre. O escalando el monte Nieverest en las cumbres de Kun-Lai, ateridos de frío y muertos por el cansancio. Pero no merecía la pena dedicarles más pensamientos, después de todo, no eran más que una caterva de decadentes cuyos nombres se acabarían perdiendo entre sus aficiones puercas e inmundas. Nadie recordaría la gloria de sus casas, y muchos probablemente acabarían mendigando alguna que otra gema de maná entre los callejones más deleznables de la capital thalassiana.

Lejos del corrillo insufrible de chismosos, que criticaban venenosamente a todo aquel que se encontraba en su campo de visión se encontraba un pabellón techado levantado con madera de abeto blanco vetado, que simulaba la forma de raíces entrelazadas en posición ascendente, hacia el cielo. Las baldosas de jaspe rosado relucían suavemente, límpidas, pero sin ser demasiado molestas para los bailares que danzaban muy pegados los unos a los otros. En aquel recinto había un estrado sobre el cual se encontraba Lord Elehir Valagyr, sentado sobre un portentoso trono de marfil y oro, tallado como si fuese una hoja curva con los nervios resaltados con polvo de plata.

El gran aristócrata observaba el espectáculo con una mirada ausente. Sus ojos verdes estaban bañados por una acuosidad nostálgica, y su prominente nariz masculina parecía levemente enrojecida. Llevaba el pelo suelto, de una tonalidad similar al de su hijo, pero más escaso y lacio, derramándose como un hilo fantasmal sobre su tórax, que se entreveía falto de músculo y débil. En su boca, unas meras líneas que trataban de esbozar una sonrisa complacida se podía adivinar el cansancio y el tedio. Parecía ser el único que no se lo estaba pasando bien mientras alternaba la mirada entre el espectáculo que se ofrecía ante él y un anillo de ágata con dos espadas curvas grabadas.

- Señor. Os deseo que tengáis un feliz cumpleaños, que el Gran Sol os guarde durante muchos más. – Seldune hizo una reverencia perfecta, tal como dictaba el protocolo, y aguardó la respuesta con la cabeza aún inclinada.

- ¡Lady Namardan, qué gusto teneros aquí! – El semblante mortecino y apagado del cumpleañero desapareció tan deprisa que la mujer temió habérselo imaginado. Ignorando cualquier dictamen social, como solían hacer las personas de avanzada edad, se levantó de su asiento y fue a besar las manos de Seldune, ante la mirada perpleja de los bailarines, que se habían quedado sin saber muy bien qué hacer tras semejante indiferencia hacia su arte. – Vaedhros me contó que ibais a venir. Estáis cada día más bella.

- No podía dejar pasar por alto la ocasión de volver a veros. Nadie ha olvidado en Quel’Thalas la grandeza de vuestro linaje. Y por la gran celebración que habéis organizado, queda probado que su esplendor continúa en nuestros días tal como lo hacía en el pasado. – Continuando con el intercambio de formulismos sociales la dama le hizo entrega de la tablilla de jade mogu. – Espero que sea de vuestro gusto, señor.

- ¡Vaya! ¡Qué cosa tan curiosa! ¿Es de Pandaria? Sois la primera que me regaláis algo que verdaderamente no tengo en mi colección de arte. Ya no sé ni dónde poner tantos cuadros de mujeres desnudas. Los tengo de todas las razas, géneros y en cualquier tipo de postura. También me sobran espejos, violonchelos, y crías de dracohalcones. Pero decidme, ¿qué es esta criatura que empuña una lanza tan grande? – Lord Elehir Valagyr hizo un gesto a la mujer para que se sentase con él en un banco de piedra tallada donde había unos cojines para mayor comodidad de las posaderas.

- Es Lei Shen, el primer Emperador de los mogu. Fue un gobernante tiránico y cruel que esclavizó a todas las razas de Pandaria usando el poder extraído de artefactos titánicos que le proveyeron de un imperio inmenso. En esta escena se le muestra sojuzgando a un grupo de pandaren. – Seldune deslizó uno de sus finos dedos sobre los humanoides oseznos para indicárselos.

- Ah, el Rey del Trueno, sí. No se hablaba de otra cosa cuando el Lord Regente y los Atracasol amasaron las fuerzas del país para hacerse con sus tesoros y reliquias. ¿Conseguisteis en esa isla esta tablilla? – Lord Elehir estaba verdaderamente interesado en el relato, asentía con comprensión en cada palabra que ella le decía, engullendo con avidez un tipo de conocimiento ajeno a él.

- No, la encontramos en la Tumba de Lei Shen, en un complejo de criptas subterráneas que había en una garganta entre las altas montañas de Kun-Lai, llamado el Valle de los Emperadores. Había muchas trampas con sellos mágicos que si se pisaban, activaban una ráfaga de flechas o generaban conjuros eléctricos o fogonazos. También había estatuas de piedra que cobraban vida cuando detectaban intrusos. Fue muy peligroso. – La dama recordó ahora con una sonrisa la azarosa incursión durante la expedición a Pandaria, a principios del año anterior.

En el fondo le gustaba que la gente supiese de las excitantes y gravosas aventuras por las que había transcurrido para mayor gloria del Alto Reino… y de ella misma. Sin embargo, no era algo exclusivo de ella, sino que por regla general los sin’dorei sabían conformar auténticas campañas de propaganda alrededor de sus personas, exaltando sus triunfos y éxitos de forma verdaderamente teatral.

- Apuesto a que esos chorlitos insoportables que tratan de halagarme con vanas adulaciones que ni siquiera ellos mismos se creen huirían espantados ante la sola mención de esas criaturas. – El elfo dedicó una mirada desdeñosa a los fiesteros, que permanecían en su pompa de lujos y excesos, ignorando los peligros y acontecimientos del exterior, o bien quitándoles peso para seguir con sus vidas artificiales. – Yo no tengo la salud de cuando era joven, sino hubiese ido gustoso a luchar contra los enemigos del reino. Afortunadamente, el Gran Sol me ha bendecido con un hijo que ya lo hace, y mucho mejor que yo a su edad.

- Vuestro hijo es un ejemplo para toda la nación. – Añadió la mujer para contentar al orgulloso padre, cosa que consiguió al verle sonreír con sinceridad.

- ¿Hablando bien de mí otra vez, padre? – El hijo del cumpleañero apareció por detrás de ellos, sin que se diese cuenta. Iba peinado del mismo modo que su progenitor, vestido con una camisa ancha de seda naranja y pantalones negros de cuero. Cualquiera diría que padre e hijo parecían copias de la misma persona pero con diferentes edades. Fue entonces cuando Seldune recordó no saber nada de la esposa de Lord Elehir Valagyr, tan sólo alguna noticia marginal de que falleció durante el Azote, al igual que sus padres. Se preguntó qué aspecto tendría, ya que Vaedhros sólo difería en su padre en los labios y ligeramente en la altura, que superaba por escasos centímetros.

- Ah, amado hijo. Por fin. Lady Namardan ha tenido la gentileza de rescatarme de ese hatajo de patanes cojos que bailan peor que un enano borracho. – Vaedhros apretó los labios y desvió la atención a los bailarines, que habían reanudado sus danzas para entretenimiento de ellos mismos bajo la dirección de un cellista que tocaba una melodía lenta y pegajosa. – Pero será mejor que os deje solos. Tengo que ir preparando ya el discursito del cumpleaños. Os reconozco que suelo repetir el mismo cada diez años, pero el de este es inédito. – El señor elfo se retiró tras depositar un beso formal en la mejilla de Seldune y de palmear de manera cómplice a su hijo en la espalda, casi al mismo tiempo en el que otro invitado le ofrecía un cuadro de una elfa semidesnuda que tapaba sus vergüenzas con un telar rojo pasión.

- Al final habéis venido. – Vaedhros trató de contenerse y parecer formal, pero sus ojos querían comérsela con la mirada.

- Me gusta cumplir mis promesas.

- Hace un buen día. – El caballero se arrepintió al instante de haber dicho semejante tontería. Claro que hacía buen día, en Quel’Thalas podía llover graciosamente para nutrir la vegetación, pero nunca arreciaban tormentas de granizo ni ventiscas de nieve que pudiesen etiquetar un día como malo. Los magistri se habían encargado de ello desde la fundación del Reino para suspenderlo en una primavera sempiterna. ¿Qué le estaba pasando? La tenía enfrente de él, y se había pasado los dos últimos días preparando lo que iba a decir, pero ahora su mente le presentaba un guión en blanco.

- Sí, hace buena tarde. – Dijo también ella, para dar paso a continuación a un silencio incómodo que se prolongó por unos segundos. – Vuestro padre es encantador.

- Ah, sí. Está muy gruñón últimamente – Señaló él contento de que aquel instante tenso hubiese pasado ya. – ¿Habéis visto ya al acróbata piromante? – Volvió a preguntar el hombre, de nuevo lamentando la segunda estupidez de la tarde en un espacio de tiempo tan corto.

- Pues no, temo que me lo he saltado. ¿Dónde está? – Seldune miró en derredor, tratando de detectar al artista al que había hecho referencia, sin conseguirlo.

- Está por aquí, acompañadme. – Vaedhros le ofreció el brazo con gentileza, el cual ella tomó entrelazándolo con el suyo propio. Al menos esta jugada sí le había salido bien.

Mientras paseaban juntos notaban cómo otros corrillos de nobles generaban murmuraciones a su paso. Se podían distinguir con claridad (aunque a una persona desentrenada le hubiese costado identificarlo) miradas de soslayo cargadas de envidia, de curiosidad, de aprobación e incluso de desdén. Para Lady Namardan aquello era nuevo, dejarse ver ante la alta sociedad yendo del brazo de un hombre, aunque fuese uno de sus pares. De no ser por su férreo autocontrol, habría empezado a exudar como una adolescente por los nervios.

Saludaron a Lady Tanatha, que se había teñido el pelo de púrpura con un gran mechón blanco en el centro, y la desearon buena suerte en la nueva confección de la nueva temporada de su firma de moda. Rehuyeron a Javel, uno de los jardineros entusiastas de las flores que explicaba de manera cansina y apasionada las propiedades de cada uno de los especímenes del vivero de la familia Valagyr sin percatarse del atroz sopor que ocasionaba en sus interlocutores. Finalmente, dieron con el esperado prestidigitador, que por seguridad, estaba comenzando a actuar en una pista cuadrada de tierra batida que la señalaba como uno de los picaderos donde los miembros de la casa preparaban sus corceles y los instruían.

- ¡Acercaos, damas y caballeros! Venid y contemplad las maravillas ocultas de la piromancia. ¡Soy Salamandra el Ardiente! Yo soy el que fue bautizado en fuego, el que surcó los cielos a lomos de los dioses fénix, el que evaporó a Neptulon de los océanos, el que dio el biberón a Ragnaros y el que desentrañó los misterios del plano del fuego. – El ilusionista sin’dorei hizo una reverencia burlesca hacia su público, tocando el suelo con su nariz, a la cual le había añadido una prótesis para hacerla en extremo puntiaguda. Iba completamente de rojo, con bandas anaranjadas y amarillas en forma de llamas. Estaba maquillado de tal forma que la piel parecía arder en una mezcla rojiza y dorada, mientras que sus cabellos peinados de punta hacia arriba, consiguiendo una altura de un metro, presentaban distintas tonalidades amarillentas y coloradas que se asemejaban al movimiento de una llamarada cuando lo movía. Los ojos, enormes y destacados por unas largas pestañas postizas blancas eran de un vivo amarillo con los cuales escrutaba a los espectadores, entre los que alternaba la mirada. Entre los asistentes Seldune reconoció a algunos magistri que observaban al individuo con ciertas reservas. A ningún mago le gustaba que otra persona con talento arcano mostrase públicamente sus habilidades, quizás por temor a que demostrase alguna valía que desconocían. Sin embargo, en este caso, parecía más bien que estaban evaluando lo que tardarían en apagar un infierno incontrolado en el caso de aquel payaso de circo emplease mal algún conjuro piromántico.

- ¡Mis caros y nobles señores! – Volvió a exclamar el piromante. - ¿No les entra a vuestras excelencias hambre tras tanta verborrea? ¡A mí sí! – Para demostrar su incontenible apetito, Salamadra el Ardiente asió una barra de hierro candente, que tenía preparada en una pequeña fragua móvil que había instalado para el número. Mirándola con deseo y relamiéndose, le dio varios chupetones de manera grotesca, provocando que algunos invitados pudorosos bajasen la mirada abochornados, mientras que otros lo miraban asombrados.

Una vez dejó de lamer la barra, tomó con las manos una brasa de la forja y se la metió en la boca como si fuese un bombón. El crujir del rescoldo mientras lo mascaba llegó al público, que empezó a aplaudir cuando el ilusionista abrió las fauces, para dejar escapar una columna de humo negro en espirales para posteriormente, permitir ver a los espectadores que no tenía nada más en la boca.

- Ahora que he saciado mi apetito, creo que es hora de llamar a mis amiguitas. ¡Lucecita, Llamita, venid a jugar conmigo! – El piromante asió un callado con runas mágicas que brillaban con un tono rojizo sobre el fondo dorado de la pintura del bastón, que estaba rematado por la cara de una lengua de fuego sonriente esculpida en la propia madera. Tras dar unas palmadas comenzó a girar sobre sí mismo dando vueltas con rapidez al bastón, en círculo, provocando que en la tierra de su alrededor comenzasen a nacer volutas de humo ascendentes mientras la temperatura aumentaba. Poco a poco, la danza frenética propició una ráfaga de llamas que envolvieron al prestidigitador. La audiencia estaba expectante, pero sin mostrar aún ninguna emoción, como si estuviesen en vilo aguardando al momento espectacular.

El piromante no les decepcionó, cuando un torbellino de fuego parecía estar abrasándole, Salamandra el Ardiente se detuvo en seco, presentándose rodeado por dos fénix que batían sus alas y volaban entre los brazos y piernas del invocador.

- ¡Mis amigas, qué feliz me hace veros! – El acróbata del fuego hizo una señal para que los dos pájaros llameantes se colocasen bajo sus pies y lo alzasen varios metros por encima del suelo, ante el asombro del público. Lady Namardan volvió a mirar a los magíster, que cuchicheaban nerviosos entre ellos, uno especialmente anciano parecía estar indignado por lo que estaba viendo, y escuchó varias veces las palabras ‘necio irresponsable’. Fuese quien fuese aquel ilusionista, no era ningún novicio, ya que había demostrado un talento sin igual. En muy pocas veces Seldune había visto la invocación de semejantes criaturas, que eran el símbolo nacional de la raza thalassiana, y tan sólo en un contexto bélico. Ante tal prodigio, el público se arrancó en vítores y aplausos al tiempo en el que el piromante descendía en picado desde lo alto asido a las crestas de fuego que las dos aves fénix dejaban en el cielo cuando lo surcaban con petulancia.

Cuando volvió a aterrizar con clase sobre la tierra batida del picadero, Salamandra el Ardiente repitió la reverencia teatral, obligando seguidamente a los seres invocados a posarse sobre su espalda, creando la ilusión de ser un dios alado cuando desplegaron sus alas, con plumas largas y fogosas. La cercanía del acróbata de alguno de los asistentes provocó chorros de sudor, que no parecían importarles (o ni siquiera eran conscientes de ello). Vaedhros no pudo evitar mirar el escote de Seldune, perlado de sudor e iluminado con una tonalidad naranja por las llamas que subía y bajaba sutilmente al ritmo de la respiración de su codiciada dueña.

La mirada del caballero escaló por su cuello de la doncella, el cual deseó morder, para fijarse rápidamente en sus labios, levemente entre abiertos mostrando sorpresa ante el espectáculo. Trató de dejar de contemplarla, pero no pudo, sus dedos partieron involuntariamente para tocar la cálida piel de la mujer que tanto deseaba. Sus sensitivas yemas le transmitieron el calor que emanaba de la dama, quien lo miró de reojo con cierta sorpresa. Notó que ella se acercaba, dejando tocarse.

Eso le encendió aún más.

El tiempo pareció detenerse, los ojos de ambos coincidieron, para apartarse fugazmente cuando tras un par de segundos de juegos y acrobacias, el piromante volvió a referirse al público.

- ¡Damas y caballeros, Lucecita y Llamita están muy cansadas y asombradas por la gallardía de vuestras excelencias. Espero que no me toméis por descortés, pero amo mucho a mis amiguitas. Así que aquí me despido, ¡pues me marcho ya con ellas! – El prestidigitador chasqueó los dedos y alzó un brazo, en cuya mano sujetaba una especie de ceniza negra que, al ser arrojada al suelo, creó un fogonazo con su respectiva humareda que, tras disiparse a los pocos segundos después, dejó a la vista las zapatillas rojas del ilusionista. Tras la visión, los asistentes prorrumpieron en carcajadas y volvieron a aplaudir, satisfechos por la función.

- Ha sido espectacular, ¿no creéis, Lady Namardan? – Vaedhros sonrió a Seldune, dejando que las palabras fuesen una mera excusa para poder degustar sus brillantes ojos verdes.

- Un despliegue de talento excepcional, sin duda. Debe ser un artista muy cotizado. – Dijo la dama con su cortesía habitual. El caballero sintió de nuevo que la mujer volvía a levantar su muralla de hielo bajo la máscara de la formalidad y el protocolo social, por lo que prefirió darle otro enfoque a la conversación.

- Me pregunto por qué no conté con ningún piromante de semejante nivel en mi escuadrón en Moguija. Quizás incluso me habría evitado la rotura del brazo izquierdo. – Empezó con cierto aire nostálgico.

- ¿Estuvisteis en ese episodio lamentable? – La sin’dorei parecía recobrar el interés. Sabía que eso le funcionaría.

- Oh, sí, sí que estuve. Garrosh no avisó al Lord Regente de que los guerreros de terracota cobran vida, así que nos metimos de lleno en esas ruinas mogu, sin sospechar la emboscada en la que caeríamos a continuación. El muy descerebrado de Grito Infernal selló su enemistad contra los Hijos del Sol aquel día. ¿Vos no estuvisteis, verdad? – El caballero narraba los acontecimientos con un tono de indignación real, que compartió al instante su interlocutora.

- No, yo me encontraba en un pasaje saurok junto a los miembros de la expedición que comandaba. Un mago trol que nos acompañaba descubrió parte del complot que tramó Garrosh contra Vol’jin, y sufrimos un ataque de una unidad de kor’kron que pretendía no dejar testigos. Como podéis ver por mi presencia aquí, no tuvieron éxito. – Seldune volvió a tomar el brazo del hombre thalassiano cuando este carraspeó ofreciéndoselo, para llevarla hacia una gran mesa oval de color blanco como los árboles de Canción Eterna, la cual estaba colocada en el centro del jardín de los Valagyr, donde también se estaban reuniendo los otros invitados.

- Ese trol mago… ¿No es aquel encapuchado que se le ha visto en varias guerras y que habla correctamente?

- Sí, se llama Veruno. Nunca le he visto sin su embozo. Creo que es medio trol, de ahí su habla apropiada y que no se deje ver la cara, me parece que tiene sangre kaldorei. – Dijo ella a la vez que fijaba la vista en la gran mesa, donde ya habían trasladado a Lord Elehir Valagyr en un palanquín ceremonial sin cortinajes, y sobre el cual saludaba con cierta desgana a sus aduladores. En lugar de platos, copas, vasos y cubiertos cada invitado tenía una gema de maná enriquecida con el poder renovado de la Fuente del Sol. Era aquel un manjar mucho más deseado y atrayente para un elfo de sangre que cualquier otro menú de lujo. La piedra arcana tenía forma romboidal y estaba moldeada como si fuese un diamante, despedía destellos azulados y blanquecinos. Sin duda, era maná de primera calidad.

- Nuestros ‘primos’ kaldorei son tan salvajes que no me extrañaría que copulasen con trols. Sobre todo las hembras, cuyos machos se pasaron tantos milenios durmiendo a la sopa boba. Alguna distracción debían tener las pobres ante tan larga espera. – Comentó el hijo del cumpleañeros con sarcasmo.

- Qué malo sois. – Dijo coqueteando Seldune. – Como sigáis así os darán ganas de hablar en eredun y de haceros tatuajes en los brazos.

- ¿Creéis que me favorecerían, Lady Namardan? Por vos me los haría, e incluso abrazaría el multiculturalismo. – Continuó él el flirteo, contento de que sus bromas estuviesen siendo correspondidas.

- Ah, no tenéis remedio, sois un socarrón, me temo. – Señaló la aristócrata en el preciso momento en el que su acompañante le retiraba una silla de un tono blanquísimo y en la cual se habían dejado sin pulir varias ramas, pero acomodadas mágicamente, que emulaban un arco cuyas frondosas hojas servían para reposar cómodamente la cabeza.

- Espero que no, Lady Namardan, espero que no. – Dijo finalmente el otro tomando asiento y desviando la atención a su padre, quien aguardaba paciente a que todos sus invitados permaneciesen en sus asientos para poder dedicarles unas palabras.

Lord Elehir Valagyr se puso de pie, rechazando la ayuda de un sirviente altísimo de cabello rubio trenzado con un ademán despectivo, como si estuviese ofendido por la consideración de no poder hacerlo solo. El cielo vestido de índigo comenzaba a pintar las primeras estrellas de la noche, cuya luz se confundía con los últimos besos rosados que el sol otorgaba a sus hijos predilectos, haciendo resplandecer con un suave fulgor la toga de seda amarilla del gran señor elfo, quien recorrió con la mirada hacia todos los presentes, cambiando la expresión facial desde un hondo disgusto cuando vio a un representante del Sagrario, al de una clara aprobación cuando sus ojos se posaron en su hijo y Lady Namardan.

- Estimados e ínclitos amigos míos. Os doy con gran alegría en mi corazón mis más sinceros agradecimientos por premiarme con vuestra asistencia hoy en el día de mi cumpleaños. Desde que mi noble e ilustre padre dejase el mando de la Casa Valagyr en mi persona para retirarse a estudiar los misterios mayores del Gran Arcano han transcurrido dos largos y estimulantes siglos. He visto cómo nuestra patria brillaba bajo el sabio imperio del Rey Anasterian, quien con gran aplomo y cautela supo tejer las debidas alianzas con el exterior para salvaguardarnos de nuestros enemigos. Sé que varios de vosotros, miembros de excelsas familias luchasteis por nuestra tierra en momentos de necesidad, y aún tengo noticia de que todavía lo hacéis cuando la patria queda ultrajada por los forasteros. He llorado, como la mayoría de nuestra raza la pérdida de mi esposa y seres queridos durante el Azote, pero también he contemplado el resurgir de nuestra sangre aún pese la traición de un antaño adorado Príncipe nuestro. Durante este tiempo también he podido ser testigo de cómo mi buen amado hijo se hacía todo un hombre, superando a su padre en fuerza, valentía, astucia y altura. Con preocupación le vi partir al exterior, a combatir a otro traidor más en Kalimdor, contra aquel ominoso orco cuyo nombre no pronunciaré aquí para no castigar vuestros nobles oídos. – El patriarca hizo una pausa aprovechando las risillas falsas que había ocasionado su último comentario, tomo aire y continuó – Tras tantas desventuras y dichas, he podido constatar finalmente que la Casa Valagyr tiene un digno heredero, y que aquella damisela que logre hacerse con él, será la más envidiada y bienaventurada de toda Quel’Thalas. – Las mujeres solteras presentes se bajaron algo más el escote o dejaron ver sus blancos cuellos para ganarse la admiración del rico heredero, quien mantenía una línea en los labios apretados, señal de que se encontraba incómodo ante tantos cumplidos – Pero no se piensen vuestras ilustrísimas que me voy a morir o a dejar mi posición como patriarca. Tengo la intención de envejecer mucho más y de volverme aún más huraño. – Más risotadas ensayadas resonaron en el ambiente – Seguiré vigilante, contribuyendo a la grandeza de nuestra sangre y proporcionándoos algo de diversión cada año. – Lord Elehir Valagyr volvió a escrutar a su público, esbozando una sonrisa agradable en esta ocasión – Que el Sol os ilumine, queridos amigos.

- Y a vos – Respondieron casi a la vez y con distinta sonoridad los invitados, satisfechos muchos de que el anciano hubiese acabado su discurso y prestando atención a la gema de maná que cada uno tenía enfrente. A continuación, en un despliegue de diversas posturas corporales y gestuales, los presentes comenzaron a succionar el maná de los cristales. Las damas recatadas extendían sus dedos índices, cuyas yemas atraían la energía capturadas en las gemas, canalizándolas y absorbiéndolas. Los más fanfarrones sacaban la lengua de forma obscena o sensual para atraer su contenido mágico. Por otra parte, los de carácter práctico, sencillamente colocaban las manos encima, provocando que estas se iluminasen con un haz azulado al mismo tiempo que las pupilas de sus ojos resplandecían fugazmente tras insumir la esencia arcana. De este último modo lo hizo Vaedhros, mientras que Seldune hizo surgir diversos hilos de maná al hacer una danza con sus dedos sobre la pedrería, con los que atraía y atrapaba la magia.

- Me alegro que ya no tengamos que recurrir a otros métodos – Dijo Lady Namardan, tras finalizar con su gema.

- Yo también. Cuando perdimos la Fuente hubo casos desesperados. ¿Conocéis el del desdichado Amiron? – Le preguntó él, dejando su cristal apagado y vacío sobre la mesa.

- Sí. El que succionó a su esposa e hijos todo el maná del cuerpo hasta matarlos. Hubo más historias como esas. – Seldune hizo una mueca de disgusto. No le gustaba recordar aquellos días tan aciagos, el capítulo más negro de la historia de su pueblo.

- Lo lamento, no quería traeros malos recuerdos a la mente. – Se excusó Vaedhros, poniendo inconscientemente su mano derecha sobre las de ella, que se encontraban entrelazadas y descansando sobre el mantel. Aquel gesto fue detectado por otros miembros de la nobleza thalassiana que al instante intercambiaron miradas y murmuraciones.

- No os preocupéis, no es nada. – Lady Namardan retiró su mano, escapando al contacto del hombre. – Debería retirarme ya.

- Lo entiendo. – El sin’dorei asintió, capitulando. Ya había cosechado un avance notable, y supuso que había obtenido mucho más de lo que ella solía conceder en tan poco tiempo. – Permitidme que os acompañe a la salida. – Dijo mientras le ayudaba a levantarse de su asiento, retirándoselo gentilmente.

La pareja fue del brazo hacia la salida del bello jardín Valagyr, donde un ejército de carrozas y de delicadísimos zancudos de diversas tonalidades aguardaban para llevar de vuelta a sus hogares a sus respectivos dueños de la forma más vistosa y cómoda posible. Los diseños y morfologías de los carruajes, adornados pomposamente con flores y enredaderas enriquecidas con minerales emitían leves destellos bajo la luz de las lunas.

- Lady Namardan, cuánto tiempo hace que no os veo. ¿Tendríais la gentileza de acompañarme, querida amiga? – Una voz débil y temblorosa escapó penosamente de uno de los carruajes más extraños entre los presentes. A diferencia de los demás, este simulaba dos mandíbulas entrelazadas de linces negros que conformaban el coche, de ébano y con ojos esculpidos en rubíes. Apenas había dos líneas a modo de pequeñas ventanas, y los destreros negros que tiraban de él permanecían en silencio, como si fuesen autómatas, apenas realizando algún gesto. El cochero que los comandaba estaba cubierto por un embozo oscuro que no permitía su visualización. Llevaba una capa negra, a juego con el conjunto que portaba, en la que estaba grabada una imagen de un lince de perfil. Otros fiesteros se apartaron lanzando miradas suspicaces hacia la ominosa carroza.

- Lady Tavalsthrza, me hacéis un gran honor. – Seldune alzó la mirada hacia el negro coche. Hacía muchísimo tiempo que no escuchaba a la propietaria de esa voz. De hecho, pensaba que había muerto tiempo atrás. – No sabía que habíais venido a la fiesta. No os he visto.

- Claro que no lo habéis hecho. Por eso sería oportuno aprovechar este momento. Entrad, estamos de paso hacia vuestro palacete. Permitidme que os lleve. – La voz del interior del coche volvió a hablar, en esta ocasión con una nota de amabilidad.

Vaedhros frunció el ceño y miró de reojo a Lady Namardan.

- No es preciso que vayáis con ella. – Le susurró – os puedo llevar yo mismo a vuestra casa.

- Ya os he molestado hoy mucho. Además, puede ser interesante volver a hablar con Ahira. – Seldune se puso de puntillas y entrelazó con sus brazos al caballero para depositarle un suave beso en la mejilla derecha, provocando rápidamente una sonrisa en el sin’dorei.

- Os escribiré y nos volveremos a ver. Me ha gustado mucho estar con vos. – Lord Valagyr tomó de la mano a la mujer y la alzó suavemente para que subiese a la carroza negra, tan lujosa y a la par tan siniestra.

- Que Belore os guarde. – Le dijo ella antes de abrir la puertecita del carruaje y entrar dentro.

- Y a vos también, Lady Namardan. – Logró decir él mientras Seldune se perdía en la oscuridad del coche.

Capítulo 5: Lady Tavalsthrza.Editar

Lady Tavalsthrza.jpg

El interior del carruaje permanecía en total oscuridad, cargado de un aire enfermizo y empalagoso. El aroma de un rancio perfume de vainilla y lavanda trataba de disimular sin éxito el desagradable olor de la dueña del coche.

- Mi querida amiga… - La luz de una vela naranja centelleó repentinamente entre las sombras, iluminando parcialmente la estancia mientras se escuchaba desde el exterior el sonar de los cascos de los caballos, que ya se habían puesto en marcha. Seldune se acomodó en uno de los bancos acolchados con terciopelo negro, de una textura más blanda de lo habitual. Apreció que había cojines que suavizaban el asiento de modo que creaban la sensación de un abrazo. Quizás a la propietaria le agradase, pero a ella le hacía sentir que estaba siendo engullida. Antes de posar los ojos sobre aquella que la había invitado a subir trató de divisar la luz lunar, la cual era bloqueada por un cortinaje austero y denso. Ante ningún lugar más al que dirigir la vista, se alisó el vestido y finalmente la miró.

Lady Ahira Tavalsthrza la sonreía con una mueca débil, lánguida y apagada. Su rostro, demacrado y enjuto mostraban dos hendiduras en las mejillas, rellenadas por pozos negros, debido a la delgadez. Unas horribles ojeras marcadas de tono oscuro enmarcaban dos ojos grandes, cuya dimensión parecía menor de lo que realmente eran debido a la carencia de pestañas y cejas en su dueña, cuya blanquísima piel dejaba relucir a la perfección un riachuelo de venas azuladas por la cara, sorprendentemente joven y sin arrugas, casi de bisoña, aunque sus defectos le hacían parecer mayor. Llevaba una peluca rubia clara, recogida de manera barroca, como si fuese un corazón, a la que había añadido varias plumas de faisán. Su enteco cuerpo era disimulado mediante el uso de hombreras picudas sobre un vestido blanco de cuello alto, con un cierre dorado que ocultaba la garganta, donde Seldune sabía que tenía escamas rojizas cubriéndola. Sobre el regazo, la extraña dama acariciaba ausentemente a un gato doméstico, de pelaje atigrado y con manchitas negras. Estaba visiblemente grueso y llevaba un collar de perlas.

- Hace mucho tiempo que no os veo. – Seldune apartó la mirada de la enfermiza mujer y carraspeó, algo incómoda.

- Me alegra mucho veros, Lady Namardan. Mi corazón late de alegría por gozar de vuestra presencia. La última ocasión fue hace tres años, cuando os nombraron Veladora del Sol. – Ahira continuó pasando sus quebradizas manos sobre el animal, mirando sin parpadear a su huésped. Desde fuera tan sólo se escuchaba el paso suave y constante de los destreros.

- He estado muy ocupada. A mí también me inunda de placer poder estar con vos. ¿Cómo os encontráis? – Sabía que la pregunta era muy general, quizás demasiado cortés, debido al suspiro fugaz que su interlocutora dejó escapar. Sin embargo, el objetivo era indagar sobre el estado de sus múltiples enfermedades que padecía.

- Las pócimas de sanación de mis galenos me sientan bien. Hay días en los que puedo andar un poquito. Pero la pomada para el sol no me hace mucho efecto, siempre que me da su divina luz se me escama la piel y me salen erupciones. Dicen que va a experimentar con un nuevo ungüento más efectivo. Mis otros médicos en cambio siguen dándome lo mismo. Estoy cansada de hierbas e infusiones. Los riñones me siguen doliendo mucho. – La joven desgraciada respiraba entrecortadamente y con dificultad mientras hablaba, creando un sonido similar al de un fuelle agudo cada vez que lo hacía. Seldune se sintió culpable por no haberla visitado en todo ese espacio de tiempo. Cuando era una adolescente, su madre la enviaba a ella junto a su hermano y el ayudante de su padre, un joven elfo con dotes para la magia llamado Tergumel para que la visitasen y se preocupasen por su mala salud.

Este último, que en cierto modo compartía la palidez y la delgadez de la entonces niña pequeña, (pero no los otros síntomas) era el que más se esmeraba en sus cuidados y el que más atención le prestaba. Recordaba los días en el interior de la casa de los Tavalsthrza, siempre cerrada a toda luz del exterior para que su hijita no sufriese daño alguno, perpetuamente en penumbra, en oscuridad. Aquella familia había sufrido un destino similar a la Namardan, quedando únicamente la pequeña Ahira como superviviente y heredera. Aunque nadie apostó que la jovencita lograría superar la adicción a la magia, lo consiguió para sorpresa de todos sus pares. Sin lugar a dudas, la atención que le prestaba el hechicero había continuado en la adultez, como Seldune bien sabía, y eso explicaba en parte el milagro de que continuase con vida.

- Deberíais hablar con Tergumel. Quizás os pueda preparar algo. – Le sugirió Lady Namardan, recordando las ayudas que este le propició en el pasado.

- No sé dónde está. Él tampoco me visita ya. – Lady Tavalsthrza alzó la mano con un gesto triste del cachorro de lince y tanteó un fino vial cuyo líquido rojizo derramó pesarosamente sobre su boca. – Me siento muy sola. - La visión de aquella frágil criatura le sobrecogió el corazón. Era esa precisa sensación la que tanto le disgustaba, la que quería mantener lejos a toda costa.

Seldune no sabía muy bien por qué, pero se veía reflejada en aquella joven tan enclenque y achacosa. Quizás era como ella, pero en su versión fracasada y derrotada. Tal pensamiento le causó una fuerte angustia, sintió un repentino pavor por acabar así, abandonada por todo el mundo y consumida por las sombras.

- Yo no soy así. – Se dijo Lady Namardan mientras descubría las cortinas, dejando que un rayo de luz plateado cruzase la estancia interior del carruaje. – Yo no voy a acabar como ella. – Volvió a repetirse. Entonces pensó en Vaedhros; en su sonrisa, en su zalamería y sus agasajos. Se arrepintió de haber subido al coche, debería haberse quedado con él para disfrutar de su compañía.

- ¿Os encontráis bien, querida amiga? – Ahira posó su enteca mano sobre el brazo desnudo de Seldune, cálido y sano. El frío tacto le provocó un escalofrío, pero fue lo suficientemente formal como para no expresarlo.

- No, tan sólo es el cansancio. Ha sido una fiesta muy movida.

- Sí. Yo he tenido que pasarla todo el rato desde dentro de la casa de los Valagyr. Os he visto por la ventana. Sé que habéis pasado toda la tarde acompañada de Vaedhros. – Dijo Lady Tavalsthrza. A Seldune le pareció que achinaba los ojos, y que la voz cobraba un ápice ambiguo.

- Sí, Vaedhros es un excelente caballero. – Contestó, removiéndose un poco en su asiento y quitando un cojín para no seguir hundiéndose.

- ¿Os gusta? – La pregunta, tan directa y franca le sorprendió. Ahira volvía a acariciar a su mascota, en esta ocasión con más dulzura, mientras le dedicaba a su acompañante una sonrisa suave, cómplice.

- Bueno… Somos amigos, solamente. – Repuso Seldune, que parecía verdaderamente incómoda. Miró hacia la ventana, y escuchó al cochero saludar a dos voces masculinas, probablemente guardias de la ciudad. Se inclinó hacia delante y reparó en que habían dejado atrás el Intercambio Real.

- Qué asco me dan. - Captando el disgusto de su invitada, Ahira posó la mirada en la pequeña ventana y desvió la atención hacia una pareja de renegados que portaban un banderín de la Dama Oscura, a los que señaló estirando su dedo índice derecho, con desdén. - No me puedo creer que aún sigan permitiéndoles entrar en nuestra ciudad. Son gente pudriéndose, sucia... es tan antihigiénico...

- Bueno, afortunadamente cada vez dependemos menos de ellos. A mí tampoco me gustan. - Coincidió la otra dama, agradecida por haber cambiado de tema.

- Me horroriza saber que hay monstruos como esos, y trols y ganado bovino por ahí paseándose en nuestro reino, ante la vista de los niños. ¿Nadie piensa en ellos? Seguramente entren sin desparasitarse ni nada, cargando infecciones con ellos. - Siguiendo el hilo de la conversación, Lady Tavahlstrza continuó despedazando verbalmente a las otras razas inferiores de la coalición, indignada.

- Todo ese cúmulo de bárbaros sin civilizar. No me extraña que al final todo haya acabado en una guerra civil. ¿Y ahora quieren que nos dirija un trol? Les debería estar vetado mirarnos a los ojos directamente, o entrar en nuestros edificios. Yo les pondría en los establos, a dormir con las bestias, así estarían a su nivel. No entiendo por qué tienen que ser tan cochinos. Me parece absolutamente imperdonable lo que estamos haciendo. Esto lo ve mi padre y no se cree. En algunos momentos me alegro de que haya muerto para que no pudiese ver la pocilga en la que se ha convertido Lunargenta.

- Pensad que al menos sin un orco como cabeza la Horda será más manejable y que podremos hacer uso de sus efectivos sin tener que comprometer a nuestras escasas tropas. - Le dijo Seldune, en un tono más optimista y ladino.

- Creo que os entiendo. Estoy de acuerdo en lo que decís, ¿pero aún así no podemos exigirles algún tipo de vestimenta o condiciones sanitarias antes de entrar? - La enfermiza mujer arqueó las cejas, ladeando ligeramente la cabeza y entornando los ojos hasta formar finas rendijas, como si aquel gesto le diese un aire más intelectual o perspicaz.

- No deberíamos esperar peras de los olmos. - Seldune la miró y le hizo una mueca divertida, que provocó una risilla y un ligero rubor en la otra noble.

- Qué cosas tenéis, qué cosas. No, por supuesto que no. - Lady Tavalsthrza hizo una parada para recuperar el aliento que había perdido por la risa. - A propósito. Hablando sobre cosas repugnantes… - Volvió a hablar la débil mujer, adoptando un rostro muy serio. - Hay gente que dice cosas malas de mí, no sé si lo sabéis.

- ¿Qué cosas? - Preguntó Lady Namardan con inocencia, pese a saber sobradamente la respuesta a ese interrogante.

- Me dicen cosas horribles. Me llaman... kaldorei. - Respondió en un tono muy bajito, susurrante y tembloroso. - Y otras todavía peores... Cuchichean mentiras sobre que estoy maldita, de que salgo por la noche a chupar sangre... Que hasta el sol me odia, que por eso no puedo estar bajo él...

- No deberíais hacer caso a las habladurías. Es escarnio de los ignorantes, no penséis en esas cosas.

- La otra noble le quitó hierro al asunto haciendo un ademán con la mano.

- Sí que hago, sí que hago. Me tienen harta. ¿Pero y si es verdad? ¿Vos pensáis que el Sol Eterno me ha maldecido? - La fémina colmada de enfermedades estrujó con fuerza al lince, algo asustada, provocando que el animal bufase y se marchase de su regazo, receloso.

- ¡En absoluto! Si realmente estuvieseis maldita, o fueseis débil, os habríais convertido en desdichada. Sois señal del triunfo racial. - Aquella forzada respuesta pareció convencer a Lady Tavalsthrza, quien sonrió tras abordar sus problemas desde una nueva perspectiva.

- Pues quizás tengáis razón. Eso les diré a mis enemigos... - Dijo sin acabar la endeble aristócrata cuando escuchó a los jamelgos detenerse.

- Vaya, parece que hemos llegado. Qué corto se me ha hecho el viaje. – Mintió Lady Namardan al observar que los caballos se detenían ante su palacete. Ansiosa por bajar de la carroza, se dispuso a despedirse de su famélica huésped, dando un beso al aire a varios centímetros de sus mejillas. – Espero que nos veamos pronto.

- Seguro que sí. – Lady Tavalsthrza contempló a la dama con ojos acuosos, dibujando una expresión afligida en su espantoso rostro. El misterioso cochero abrió la puerta con ceremonia, respetando el protocolo con exquisitez, y desplegando los escalones plegables del carro para que Seldune bajase sin problemas. Cuando sus pies tocaron los adoquines del suelo, la noble enfermiza mostró su mano, moviéndola con pesada languidez a modo de despedida. Lady Namardan contestó con una suave reverencia, antes de encaminarse sin prisa hacia el portón de entrada de su casa, donde ya había sido divisada por los guardeses, que se apresuraban en abrir la verja y a humillar las cabezas en señal de respeto ante su señora.

Mientras el palacete de los Namardan se hacía cada vez más pequeño en el horizonte, confundiéndose con otras espléndidas edificaciones del barrio noble entre montañas de torres altas y centelleantes, Ahira sollozó y murmuró en tono quedo.

- Nos veremos muy pronto, querida amiga. Muy pronto...

Capítulo 6: Flechas fallidas.Editar

- ¿Es aquí? - Vaedhros contempló duramente desde su destrero negro los restos de una aldea trol cercana a Tor'Watha. Iba pertrechado con su armadura negra de la Orden de Sangre y con un yelmo en forma de fénix que dejaba al descubierto la mandíbula y los ojos, con los cuales escrutó cochambrosas construcciones de madera y adobe que se levantaban pocos metros por encima del suelo, embarrizado por las últimas lluvias y cubiertos de algunos restos orgánicos. Algunas de las chozas ardían intensamente, mientras que otras estaban siendo registradas con minuciosidad.

En el centro del enclave había un tótem esculpido en un monolito de piedra grisácea que representaba a Akil'zon, el loa del águila, sagrada para aquellos trols del bosque. En torno al monumento, había dos lanceros amani que habían sido capturados por el cuerpo de forestales, agotados y heridos, suponiendo posiblemente uno de los últimos focos de resistencia en Quel'Thalas. El resto de sus compañeros de tribu se encontraban muertos en distintos puntos del poblado, cubiertos por flechas o luciendo cortes en puntos vitales del cuerpo. Parecía que muchos ni siquiera habían tenido tiempo suficiente para poder pertrecharse, ya que la mayoría iban desarmados, como si les hubiesen sorprendido durante sus tareas cotidianas.

- Habéis hecho un buen trabajo, tiraflechas. - Lord Valagyr miró de soslayo a uno de los Errantes encargados de supervisar el ataque, cubierto por una capucha de color verde oscuro que le permitió esconder un rictus amargo.

- Gracias, señor. Pero prefiero que me llaméis Anasirian. Capitán Anasirian, si no os importa. - Respondió el arquero con un ápice retintín.

- Sin embargo, Capitán Tiraflechas. - Le interrumpió Vaedhros alzando la mano y mandándole callar - Me temo que no habéis cumplido al pie de la letra con las órdenes, ¿verdad?

- El chamán ha sido más rápido, no hemos podido seguirle. Ha logrado derribarnos con un golpe de aire. - El forestal se excusó, pero manteniendo un tono firme. - También se ha llevado a las crías.

- Sí, por esta razón nos han tenido que llamar. - El caballero de sangre miró hacia atrás e hizo un cabeceo a tres compañeros suyos del mismo cuerpo que lo habían acompañado, cada uno ataviado para el combate y sosteniendo afiladas corcescas thalassianas. - No os imagináis lo que me aburre tener que acabar vuestro trabajo. - Pensó en lo furioso que se había puesto al tener que postergar su intención de visitar a Seldune aquella mañana - Primero tenéis que recurrir a la ayuda de traidores y después esto.

El forestal le dedicó una mirada torva, pero se mordió la lengua y dio media vuelta con dignidad, realizando un gesto con el cuchillo largo que llevaba en el cinto a dos de sus soldados que mantenían retenidos a los prisioneros amani, a los que degollaron seguidamente, de forma rápida y precisa. Vaedhros observó el ajusticiamiento con aburrimiento y después hizo una seña a sus compañeros de batalla para que los siguiesen por un sendero cubierto de maleza, por el que transitaron cuesta arriba una vez se apearon de sus monturas.

Poco a poco, los militares de élite se fueron internando en un bosquecillo muy distinto al resto de la región de Canción Eterna. Lejos de comportar frondosos y robustos árboles blancos y estilizados con copas de bermellón, se adentraron en un mar de pinos altos como lanzas, entre los que pudieron divisar algunas jaulas de mimbre colgadas de las ramas más fuertes. En algunas habían restos esqueléticos, quizás de algunos de los infortunados secuestros que antiguamente los amani solían practicar en la frontera tras la caída del Ban'doriel, o de otros trols díscolos que hubiesen ofendido al cacique local.

En aquellas zonas limítrofes y más alejadas del Alto Reino, abrazadas por monte alto y cerros escarpados se habían ocultado los últimos supervivientes de Zul'Aman. Carentes de un poder centralizador que articulase a los distintos jefecillos tribales, estos se habían desperdigado, haciendo más difícil su total erradicación. Los forestales y otros sectores de las fuerzas thalassianas habían restablecido puestos y colonias desde las que se vigilaba la situación de esos focos de resistencia enemiga. Que sin ser una amenaza, de vez en cuando causaban una desaparición o una muerte repentina entre los sin'dorei, y aquello era intolerable.

- Tened cuidado. Estamos en su terreno. Mantened las espaldas contra la pared de roca. - Vaedhros avanzaba en cabeza, empuñando su mandoble, estructurado en una pareja de sólidas hojas que se entrecruzaban en la empuñadura para acabar en dos largas agujas en la punta, poco pesada, rápida, muy manejable y letal. Estaban subiendo por un escarpado camino cubierto de chinas y guijarros que conducía en espiral hacia un montículo donde a lo lejos se podía entrever restos de una vetusta estructura de piedra. - Puede ser que estén allí. Eloveth, Jasda, tomad los escudos y bloquead el camino, colocaos delante mía. Cuando os de la orden, avanzaremos todos corriendo hacia la cúspide, tratad de no resbalar. Sabemos que hay un chamán ahí arriba que sabe lanzar golpes de viento. Procurad tener un árbol cerca para no caer al vacío. - Los otros caballeros asintieron y se dispusieron en la formación ordenada.

El olor a pino y a frutos del bosque se entremezclaba con el inconfundible aroma de una ceiba enorme que se encontraba a los pies de un tramo construido con peldaños de madera a medio podrir, y en donde era visible una especie de caseta en la que había un blandón de piedra sin fuego alguno con la cabeza de un águila, rudimentariamente tallada.

- Esto debió haber sido algún santuario primitivo. - Lord Valagyr calculó la distancia con el promontorio que coronaba el monte por el que habían ascendido lo más silenciosamente posible, pero que debido al ruido de las armaduras al andar, era más que probable que el chamán defensor les había escuchado, teniendo ya todo dispuesto para protegerse.

- Todo listo, señor. - Uno de los subalternos, de cabello blanco trenzado de menor rango se colocó en posición de combate, y a la señal de su superior, subió a toda velocidad junto a otro compañero suyo, con el escudo en alto con el objeto de bloquear algún proyectil desde arriba. La carrera, corta pero intensa no encontró resistencia, y los caballeros de sangre llegaron a la cima sin incidentes.

- Quizás estén dentro del edificio. - Vaedhros contempló la estructura semiderruida. En la fachada podría observarse una falsa bóveda triangular y unos relieves descoloridos que simbolizaban el vuelo de varias águilas sobre una fila de trols oferentes, arrodillados. A cada paso que daban, cautelosos, hacia el templete, era más fuerte el hedor a excrementos de ave, carne quemada y a alguna sustancia amarga que no pudieron identificar.

- Señor, he oído algo. - El militar más joven, un caballero recién armado, pelirrojo y de piel bronceada, movió ligeramente las orejas, como tratando de captar más sonidos. Su comandante frunció el ceño y con un gesto demandó silencio. Orientando sus oídos hacia el santuario, logró escuchar él también una especie de salmodia, como una oración en el repugnante idioma de los trols. Seguro de la presencia del enemigo, paseó la mirada entre sus soldados y señaló tres dedos de la mano, como si aquello supusiera una estrategia.

- ¡Caballeros, al ataque! ¡Bash'a no falor talah! - Exclamó Lord Valagyr, cuyos subordinados en lugar de realizar la ofensiva, le dieron una bolita negra de unos seis centímetros de diámetro que brillaba con un parpadeo violeta, a consecuencia del maná aprisionado en el interior.

Como reacción al grito del sin'dorei, a los pocos instantes, una violeta ráfaga de aire salió del interior del templo hacia fuera, donde supuestamente ya deberían de estar los atacantes. Que, de haberse visto afectados por aquel conjuro, hubiesen sido despedidos hacia el matutino cielo thalassiano, en un mortal viaje de caída fatal. Finalizado el sortilegio, y casi automáticamente, Vaedhros arrojó el artefacto contra la fachada del santuario, que explotó nada más besar la pared, provocando el derrumbe de esta hacia el interior del edificio, forzando así a quien estuviese dentro a salir debido a los cascotes caídos y por la polvareda generada en el estallido.

- Ha funcionado. Vamos, avancemos ahora, atacad según lo veáis. - Los caballeros avanzaron con las armas desenvainadas hacia el recinto sagrado, del que salía tosiendo una alta figura musculada que parecía tener alas pegadas a los brazos.

Jasda Mirasoles fue la primera en emplear su corcesca que dirigió para atravesar la carne de su adversario, quien haciendo gala de unos acusados reflejos, saltó realizando una acrobacia lateral, esquivando el ataque. Sin dejarle tiempo, el otro caballero pelirrojo le golpeó con el escudo metálico negro en el rostro según aterrizaba, despidiéndole a casi un metro de distancia. El chamán, aprovechando la inercia de su caída rodó rápidamente y se puso de pie de un salto. Apenas sin parpadear, dejó que los elfos viesen la máscara de Akil'zon, confeccionada con plumas de águila marrones y blancas que llevaba e hizo sonar una especie de ocarina hecha de huesos que se llevó a los labios desnudos, la cual tocó en una melodía rápida y frenética a la par que realizaba un baile demencial alrededor de los caballeros, que trataban de alcanzarle dibujando estocadas de espada y golpes de lanza, en vano.

- ¡Quitadle la ocarina, está tratando de invocar un elemental de aire! - Lord Valagyr reconoció la estrategia del trol. Sabía que algunos empleaban instrumentos de viento para atraer la atención de los espíritus elementales. La danza furiosa del chamán parecía intensificarse por momentos, girando con cada vez más fuerza en círculos, envolviendo a los sin'dorei. - ¡Caballeros, descargad la luz de la Fuente del Sol a vuestro alrededor!

Los militares escucharon la orden e invocaron el poder de la luz en sus puños, la cual se propagó como una onda expansiva una vez estos golpearon la tierra con fuerza. La estratagema sorprendió al trol, quien pronto fue abrasado en los pies por la luminaria sagrada, forzándole a censar su baile ritual.

- ¡Ahora! - Vaedhros cargó contra el chamán lanzándole un tajo descendente que cercenó el brazo izquierdo del trol, que dio unos saltitos en el suelo al tiempo que un reguero de sangre salía a presión del muñón. El devoto de Akil'zon no se amilanó, aferrando un hacha de piedra con la extremidad restante, la cual blandió con ira repetidas veces contra el hombre elfo que lo había atacado, quien interpuso su arma para bloquear su ataque, mientras que por detrás, la lanza de la dama Mirasol rompía hueso y desgarraba la carne del amani, pasado de parte en parte. Arrodillado, y derrotado, vomitando sangre por la boca y con sus órganos colapsados por dentro, el trol chilló de rabia y murió entre espasmos, hasta que otro caballero de pelo trenzado lo remató descargando su espada contra el cuello, decapitándolo.

- Este monstruo ya no nos causará más problemas. - Vaedhros miró el cadáver con asco y devolvió la atención al santuario. - Vamos adentro, todavía tenemos que encontrar a las crías que ha guardado. Si no han quedado aplastadas por el derrumbe, todavía deben estar allí. - Los soldados, tras asegurarse de que no había ningún enemigo más en la zona entraron en el templete, ahora repleto de cascotes que habían roto varias vasijas funerarias y objetos suntuarios de madera y piedra. En lo más profundo y oscuro de la estructura, escondidos detrás de un murete con un agujero disimulado tras una pequeña columna de refuerzo pudieron reparar en una canasto cubierto con hojas, del que procedía un asustado gimoteo. - Aquí están. - Lord Valagyr agarró la cesta y la sacó al exterior, bajo la curiosa atención de sus compañeros de fatigas.

- ¿Qué hacemos con ellos, señor? - La dama de sangre que manejaba la corcesca ayudó a destapar las hojas, dejando a la vista a unos pequeños trols de piel verdosa que comenzaron a llorar nada más verla, y que apenas tenían unos pequeños colmillitos de leche.

- Eliminarlos. - Vaedhros sacó de un tirón a una de las criaturas y la tiró al suelo, para a continuación romperle el cráneo descargando el peso de su bota de placas, provocando un sonoro crujido, que despertó la risilla del caballero pelirrojo.

- Hacen un ruido muy gracioso al morir. - Comentó el más joven, todavía divertido por la ejecución de las crías.

- Haced vuestro trabajo. - Le espetó Lord Valagyr seriamente, mientras se limpiaba cachitos de hueso y sangre de la bota, sacudiéndola contra un montón de hierba fresca.

Para cuando habían acabado con toda la limpieza, el sol se encontraba en lo alto del firmamento, por encima de las entrelazadas ramas de los pinos, como si les saludase orgulloso por aquel triunfo, en el que habían consolidado aún más la paz social para el Alto Reino. Vaedhros se permitió suspirar mientras contemplaba el astro rey, el cual iluminaba su rostro en una hermosa radiación solar.

[...]

- Tiraflechas, un regalito. - El comandante de los caballeros de sangre arrojó con sorna la cabeza del chamán trol a los pies del forestal, aun conservando su máscara ceremonial, ahora manchada de tierra y cieno. - Espero que en la próxima ocasión sepáis tener el valor para dar caza a estos salvajes vosotros mismos. - Dijo Vaedhros con petulancia, ganándose el asentimiento cómplice de sus otros caballeros, que habían bajado del santuario con sonrisas de vanagloria en sus labios.

- Felicidades, señor. - Respondió forzado el capitán Anasirian, cuyos puños parecían temblar levemente. - ¿Habéis encontrado la camada? Hemos pensado en criarles y alimentarles. Pueden acostumbrarse a nosotros tal como los Lanza Negra lo han hecho.

- Sí, les hemos hallado. Pero mis órdenes eran realizar una limpieza completa, y eso hemos hecho. Además, ya sabéis lo que dicen: "No alimentes al trol." - Añadió finalmente, tirando de las riendas de su caballo, que pifió con descaro ante el grupillo de forestales que observaban crispados la escena, atreviéndose solamente a escupir al suelo cuando los caballeros se alejaban en el horizonte de vuelta a Lunargenta, de buen humor y con la misión cumplida.

Capítulo 7: Los visitantes.Editar

Acunado entre petunias y dalias, oculto entre la semisombra que proporcionaba un flamboyán carmesí se encontraba un complejo de bancos de madera barnizada que se articulaban en torno a una mesa circular de abeto. Sobre esta, eran visibles dos vasos sencillos de cristal rellenos de zumos de macedonia de frutas; escoltando a una bandeja de galletas caramelizadas, la cual permanecía intacta. Ocupando uno de los cómodos asientos, una pareja de elfos de sangre charlaban con distensión.

Ella, vestida con una ancha camisa de lino rosada que dejaba al aire el vientre, liso y definido, permanecía jugueteando con su falda, de color blanco y que le llegaba a los tobillos. Mientras tanto, el hombre que estaba sentado a su lado, vestía con un jubón de cuero negro, y llevaba unos pantalones largos del mismo material, a los que había añadido filigranas plateadas para concederle más dinamismo al moverse. El varón la observaba con deleite, al tiempo que acariciaba su cabello.

- Os he traído algo. – Vaedhros inspiró el aroma de Seldune, que despedía unas suaves notas de jazmín y flores de naranjo entremezcladas con un sutil matiz de cedro, y sumergió su mano en el bolsillo de su pantalón, del que extrajo una larga y bella pluma marrón orlada con bandas blancas.

- ¿Me traéis una pluma? – La mujer tomó el regalo y pasó sus dedos sobre la parte del estandarte, acariciando la textura.

- Sí. ¿Sabríais adivinar de qué ave es? – El caballero esbozó una sonrisa y dio un sorbo a su zumo.

- De fénix y dracohalcón no, desde luego. Diría que de una águila. ¿De dónde la habéis obtenido?

- Perdería la gracia si os lo dijera. Pero creo que como accesorio os sentaría muy bien, dejadme probar. – Lord Valagyr le arrebató cuidadosamente la pluma de las manos y se la colocó entre los bucles que el cabello de la dama dibujaban en la parte de la sien izquierda.

- Debo parecer una salvaje con una pluma en el pelo. – Seldune le golpeó en el brazo, suavemente, mientras reía.

- Sin duda. Pero si todas las salvajes fuesen como vos, renunciaría a la civilización de inmediato. – Vaedhros se acercó a ella unos milímetros más, imperceptiblemente, mientras respondía a su risa con una mueca burlona.

- No os imagino a vos viviendo en una cabaña. Sin sirvientes, ni ropa cómoda. Sois demasiado superficial como para vivir así. Todos lo sabemos.

- Qué poco me gusta que la gente hable mal de mí. Sobre todo cuanto tienen razón. Pero aún así, podría adoptar la barbarie si dispusiese de tan sólo una cosa. – El sin’dorei se acercó un poco más hacia ella, entreabriendo los labios.

- ¿Ah, sí? ¿Y qué cosa es esa? – Tal vez por un acto reflejo instintivo, o por sencilla atracción, la mujer acompasó los movimientos del caballero y se humedeció los labios, buscando sellarlos en los de él. A cada centímetro que avanzaba, sentía con más fuerza su olor, su aliento. Cerró los ojos y…

- Lady Namardan. Tenéis visita. – Sadria, la terrenal criada de la Casa se encontraba mirándoles como un pasmarote. Se había arremangado adrede el uniforme, dejando a la vista las piernas, las muñecas y la curva del escote. Lo único que mantenía de forma protocolaria era el cabello, hacia atrás y recogido con una trenza larga.

- Claro que la tengo, ¿es que estás ciega? – Seldune la taladró con la mirada, sin evitar dirigirse a ella con un dejo autoritario y despótico.

- Mi señora. – Respondió la sirvienta algo avergonzada, pero aprovechando la situación para lanzarle miradas de soslayo a Vaedhros – Lady Tavalshtrza es quien ha llegado. Dice que viene de visita.

- ¿Ahira? – El hombre miró a la dueña de la casa arqueando las cejas. – No me habíais dicho que iba a venir también ella.

- No lo sabía. No ha avisado. – Seldune devolvió la atención de nuevo hacia Sadria, aún más malhumorada tras saber que le habían chafado lo que quedaba de tarde a solas junto a Lord Valagyr. – En fin, dile que pase.

La criada asintió con un ademán y se retiró para acompañar a la visita hacia la parte del jardín de los Namardan donde se encontraban.

- ¿Para qué querrá veros el kaldorei ahora? – Preguntó Vaedhros, también molesto por la interrupción.

- No la llaméis así. Le dije que nos veríamos pronto, pero no se me había ocurrido pensar que se presentaría hoy. Tiene el don de la inoportunidad.

- No la soporto. Siempre me da la sensación de que se va a morir en cualquier momento. – El hombre mordió una galleta, dejándosela a medias, disgustado.

A los pocos minutos, Lady Tavalshtrza hacia aparición justo cuando la última hora del día moría y la noche comenzaba a dar sus primeros pasos. Iba ataviada con un vestido de lana, grueso, blanco, y cubierta por un velo grisáceo que protegía sus ojos de los últimos rayos de luz. Un sirviente de su casa la trasladaba en brazos, delicadamente, como si fuese una inválida que no pudiese andar, mientras que otro portaba un parasol de enormes dimensiones que proyectaba una larga sombra a varios metros alrededor.

- Hola, amigos. – La rancia aristócrata suspiró con cierto pesar cuando la posaron suavemente sobre el asiento, temerosos de que se fracturase sus quebradizos huesos. – Veo que llego en una buena ocasión.

- Saludos, Ahira. No esperaba vuestra llegada. – Seldune hacía un esfuerzo inmenso por esbozar una sonrisa amable, la cual se le resistió de tal manera que únicamente consiguió perfilar una línea curva en los labios.

- Milady. Un gusto veros. – Añadió Lord Valagyr, que no se molestó en sonreírla, sino que apartó sus ojos de ella, con desagrado. La noble captó el gesto, pero no reveló ninguna expresión que lo manifestase.

- Qué pluma más encantadora tenéis en el cabello. Cómo os favorece. – Señaló la fémina enfermiza acabando la frase con una tosecilla.

- Me la ha regalado Vaedhros. No quiere decirme de dónde la ha sacado. – Le contestó con gentileza Lady Namardan.

- Es que es un secreto. Disculpadme un momento, debo ir al aseo. – El sin’dorei se levantó con un poco de brusquedad y cruzó a paso rápido la senda empedrada que comunicaba el comedor de recreo del jardín con la terraza del palacete, donde permanecía atenta Sadria, que se lo comió con los ojos cuando pasó al lado de ella.

- Veo que no soy de su agrado. ¿He interrumpido algo importante, amiga mía? – Ahira hizo un puchero como el de una niña mala mientras se recolocaba la peluca, que en este caso presentaba un cabello postizo suelto, el cual parecía real, aunque con una dimensión excesivamente densa, que hacía aún más fina la cara de su portadora.

- No, no habéis interrumpido nada. No os preocupéis. – Seldune mascó una galleta caramelizada para ganar tiempo.

- Veo que lo vuestro avanza.

- ¿El qué? – Preguntó con inocencia Lady Namardan, tras acabar con el dulce, lentamente.

- Vos y Lord Valagyr. Hacéis buena pareja. Espero que no haya nadie que se interponga entre vosotros. – Dijo Lady Tavalshtrza, sonriendo de forma ambigua.

- ¿Qué queréis decir? – La anfitriona frunció el ceño y la miró con una acritud.

- Oh, nada. Que siempre hay improvistos en el camino. – La estrafalaria aristócrata desvió la mirada hacia Sadria, quien parecía pavonearse en frente de Vaedhros, el cual por algún motivo se hallaba hablando con ella tras haber vuelto del lavabo. A Seldune no le hizo ninguna gracia ver aquello.

- Es muy guapa esa muchacha. Está bien dotada, ¿no os parece? – Ahira echó más leña al fuego tras contemplar la reacción de su interlocutora. – Aunque me parece insultante el descaro con el que flirtea con él.

Seldune no dijo nada, tan sólo dejó que el odio que sentía por esa desvergonzada doncella del servicio aumentase en su interior. Ya la había sorprendido en más de una ocasión camelándose a los guardeses, y alertado sobre su estilo desenfadado de vestir, pero no le había hecho ningún caso. Y aquello, tener la desfachatez de coquetear ante Vaedhros le superó.

- Dadme un momento. – Lady Namardan se aproximó velozmente hacia Lord Valagyr y la sirvienta manteniendo el mentón en alto, una postura que le salía de forma natural cuando se sentía indignada.- Sadria. Ayúdame con unos dulces. – Le dijo con una dureza algo exagerada al alcanzarles, que sorprendió a la criada, la cual asintió tras recuperarse del susto.

- ¿Os echo una mano? – Preguntó el noble, algo descolocado por la aparición repentina de la dama.

- No hace falta. Entretenedme a Ahira, por favor, no le vaya a dar algún sofoco. – Respondió Lady Namardan, cortante. El caballero se dio la vuelta y suspiró al ver que la otra mujer lo saludaba desde los bancos, sacudiendo sus manitas como si fuesen pequeños y entecos abanicos.

- ¿Dónde están los dulces, señora? – Inquirió la asistenta cuando ella y su ama entraron en el vestíbulo, débilmente iluminado por lámparas altas que brillaban con luces blanquecinas. La pregunta no obtuvo respuesta alguna, sino que el silencio que la siguió fue roto por un sonoro bofetón que resonó en la habitación.

- Estás despedida. Fuera de aquí ahora mismo. – Seldune la observó tirada en el suelo mientras se llevaba la mano a la mejilla, colorada en la parte que había recibido el golpe. – En mi Casa no van a trabajar rameras.

Sadria la miró, aún confusa por lo que estaba pasando. Parecía no comprender qué le había pasado en el último segundo de su vida. Apartó la mirada y sintió el calor que emanaba de su moflete. Comenzó a temblar, y se levantó pesadamente, sin atreverse a mirar a su antigua patrona, quien no dejaba de escrutarla. Sintió miedo por las posibles represalias.

- Lo-lo siento, señora. No sé qué… - Trató de excusarse Sadria, tartamudeando, a la vez que se dirigía hacia la puerta de salida.

- Silencio. Lárgate. – Le dijo la otra, fría como el hielo. – No quiero volverte a ver nunca más. – Añadió sin alterar el hilo de su voz. Comunicándoselo como si fuese un mero procedimiento burocrático, tras haber dominado el arrebato de cólera inicial.

La criada casquivana volvió a palparse el carrillo dolorido y abandonó la vivienda precipitadamente, aún desubicada por el devenir de los acontecimientos. Los guardeses de la casa se dispusieron a preguntarle qué ocurría cuando la vieron marcharse con un mohín de angustia en el rostro, pero la visión de su señora, con los brazos en jarras observándoles desde el porche principal les conminó a seguir con sus asuntos y a no husmear donde no debían.

De vuelta con sus nobles pares, Seldune trajo una bandeja improvisada de pastas rellenas con crema de chocolate negro y blanco mientras sonreía como si nada hubiese ocurrido, portando magistralmente la máscara de corrección tras la que se escondía usualmente.

- Os hemos echado de menos. – Le dijo Vaedhros, que retiró una pasta de chocolate negro con cierta repulsión para tomar otra de color blanco.

- Lord Valagyr es muy atento. Ha tenido la delicadeza de preguntarme cómo he encontrado hoy el día. – La mujer parecía contenta, como si absorbiese la energía de cualquier encuentro social, a los que no parecía muy habituada por su total franqueza, algo poco corriente entre la nobleza thalassiana.

- Lo lamento, señora. No había caído en la cuenta de que vos no… - Lord Valagyr carraspeó, centrándose en su pastelillo.

- ¿No puedo ver el día? – Acabó ella la frase por él, soltando una risilla. Seldune sabía que a Ahira le dolían mucho ese tipo de comentarios, pero era muy buena dando a entender a los demás que no era así.

- Supongo que es hora de que me marche. Mañana tengo que madrugar, desgraciadamente. – Vaedhros suspiró teatralmente cuando acabó con su pastita.

- Uy, qué despistada soy. Yo también debo irme, en una hora tengo que tomarme la medicina. – Añadió Lady Tavalsthrza llevándose la mano hacia la frente, simulando como una actriz de baja categoría haber recordado una tarea pendiente.

- ¿Por qué no dejáis a Lord Valagyr en su casa, Ahira? – Le preguntó Seldune, ocultando la sonrisa tras ver por detrás al caballero negar enérgicamente con la cabeza.

- Oh, ¡qué idea más estupenda! – Exclamó con su vocecilla la interpelada.

- No, no. No hace falta, he traído mi zancudo y no quisiera agotar a nuestra adorada amiga con la pesadez de mi presencia. Los sanitarios la desaconsejan firmemente los miércoles pasadas las ocho de la tarde. – Dijo el hombre, quien ya se preparaba para marcharse.

- ¡Pero hoy es viernes! – Volvió a hablar Ahira, quien se resistía.

- Bueno, los viernes el efecto negativo se redobla. Así que es mejor que no corramos riesgos. – Vaedhros se acercó a Seldune para despedirse de ella. – Sois una mujer muy malvada. – Le susurró antes de besarla cerca de la comisura de los labios, ignorando a la otra dama, que hacía una mueca.

- Adiós, señoras. Con el Sol Eterno. – Se despidió el hombre de las dos mujeres.

- ¿A mí no me dais un besito? – Le preguntó Ahira antes de que Lord Valagyr tuviese tiempo de desaparecer, señalando con un dedito su escuálido moflete, hundido y pálido.

- Claro, cómo no…- El aristócrata se acercó a ella con reticencia y le depositó un ósculo brevísimo en la huesuda mejilla, cuyo olor empalagoso lo repelió. – Buenas noches, de nuevo. – Aún asqueado por el ominoso contacto con la piel de Lady Tavalsthrza, practicó una reverencia formal y se retiró confundiéndose con la oscuridad de la noche.

- Siento lo de Vaedhros, es un poco brusco… - Dijo Seldune mientras ayudaba a Ahira a ponerse de pie, tomándola de la cintura. Le sorprendió lo poco que pesaba, podía levantarla en volandas sin ninguna dificultad.

- Gracias, amiga. No pasa nada, estoy acostumbrada. – Le Respondió la otra, quien le guiñaba un ojo en el momento en el que un guardia del palacete Namardan la tomó en brazos hacia el exterior, donde su carruaje negro aguardaba. – No os preocupéis. – Volvió a decirle a Seldune. – La próxima vez os escribiré para no estropear el momento.

- Será lo mejor. Cuidaos. – Lady Namardan se despidió de ella detrás de la verja de su casa, sin arriesgarse a hacer contacto final con ella. Cuando finalmente el coche de Ahira se perdió en el cruce de la calle aledaña, se permitió soltar un bufido.

[…]

Sadria deambulaba con la mirada perdida por el Camino de los Ancestros. Ya era de noche, y no quedaba nadie decente en las calles. Se había pasado las últimas horas llorando desconsoladamente, estaba asustada, y no sabía qué hacer a continuación. Le había sido difícil comprender que había sido despedida. Pero no entendía del todo por qué. No había hecho nada malo. Siempre cumplía con su deber. ¿Era por haberse arremangado? Otros también lo hacían. Quizás se sentían envidiosos. ¿Habían confabulado los demás contra ella y envenenado los oídos de su patrona hasta conseguir que la echasen? Seguro que la vieja de Alurel tenía algo que ver. ¿O es que Seldune la tenía manía por ser bella?

- Qué daño me ha hecho esa zo.rra – La ex-sirvienta se acercó a un ventanal iluminado por una luz roja para observar el reflejo de su rostro. Ladeó la cara hasta poder ver la marca de la mano de Lady Namardan impresa en su mejilla. Tendría que maquillarse para ocultar esa humillación.

El sonido de cascos de caballos a su espalda le hizo girarse apresuradamente. De las sombras de un negro callejón emergió una carroza con la forma de dos mandíbulas de felino entrelazadas, del color de la noche, y adornada con dos rubíes que simulaban los ojos de las siniestras bestias. El carro se detuvo ante ella, ante las órdenes del cochero, cuya voz rasgada asustó a Sadria, que tropezó al dar unos pasos hacia atrás, inconscientemente.

- Entra, querida, tengo algo para ti. – Un timbre agudo y frágil emanó del interior del coche, para a continuación, mostrar la puerta de entrada abrirse lentamente con un quejido. La asustada mujer miró en derredor y se acercó vacilante.

-¿Lady Tavalshtrza? – La asistenta subió el escalón de la carroza y bizqueó los ojos para entrever el interior una vez sumergió la cabeza dentro.

- Siéntate, cielito. Tú y yo tenemos muchas cosas que hacer… - Sadria vaciló. Se estaba poniendo muy nerviosa. Trémula, dio marcha atrás y trató de volver a la calle. Sin embargo, notó un aliento frío golpeando su nuca. El cochero, que estaba detrás de ella la empujó con fuerza al interior y cerró la puerta de golpe, para que no pudiese salir.

Pocos segundos después, el carruaje volvió a ponerse en marcha, amortiguando a cada segundo que pasaba los golpes desesperados que alguien ocasionaba en su interior, para confundirlos con el paso rápido de los corceles…

Capítulo 8: La sangre es vida.Editar

La última vela fue apagada, dejando en oscuridad total la habitación. No había ventana que no hubiese sido sellada y tapiada para que ningún rayo solar intruso se adentrase en el interior. El olor a cerrado, viciado y cargante se confundía con el rancio aroma de la podredumbre y la enfermedad. Entre aquel nauseabundo festival de hedores, se encontraba una nota fresca, a carne y a sangre, a piel y a muerte.
Ahira se sumergió en la bañera, desbordante, cuidadosamente, empleando a tientas una barandilla colocada en el centro del cuarto para que no tropezase. Aunque no podía ver nada cerró los ojos y suspiró, relajada. A solas, y sin que ninguna otra persona pudiese juzgarla se sentía verdaderamente cómoda. En su desnudez, fea, apenas con un par de mechones ralos blancos que no alcanzaban a ocultar su calvicie y con costras marrones y rojizas a lo largo del cuerpo, que acariciaba con obsesión, lograba momentos de intimidad en los que se olvidaba de su vida, para adentrarse en un mundo oculto que sólo le pertenecía a ella.

Sonrió en silencio a la par que introducía la cabeza en la sangre que contenía la tina. El elixir de aquella joven la purificaba, la rejuvenecía. Hacía años que no se daba un baño como ese, y sus dolencias siempre lo acababan agradeciendo. Solía encontrarse más bella, más atractiva y más poderosa cuando finalizaba aquellas abluciones. Tenía que ser muy discreta y selectiva para proveerse de la mejor materia para que su maltrecho cuerpo se fortaleciese. Y esta tan sólo se conseguía mediante rápidos y precisos crímenes, en los que escogía a los más desprotegidos y solitarios. Aquellos a los que nadie echaría de menos. No quería levantar sospechas. Sadria había probado ser un excelente ejemplar. Tan deseada, hermosa, lasciva y turgente. Con suerte, lograría encadenar sus encantos a su cuerpo; aumentarían sus pechos, el cabello le crecería fuerte, un desconocido vigor la renovaría, y su carne se robustecería. O al menos, eso es lo que ella pensaba.

Estaba muy excitada, se moría de ganas por mirarse al espejo y observar los resultados. Si funcionaba, no tendría que esconderse bajo la sombra nunca más. Dejaría que todos la viesen, que todos la amasen. Los poetas escribirían poemas sobre su beldad, y los arpistas compondrían canciones inolvidables acerca de su gracejo. Rió, extasiada, produciendo burbujitas que ascendieron a la superficie. La sangre estaba caliente, líquida. Sacó el rostro para respirar y se apartó de la frente algún tejido orgánico que no había sido depurado correctamente, para arrojarlo desopinadamente fuera de la bañera.

- Tu belleza es mía. Tu belleza es mía. Tu belleza es mía. – Repitió tres veces la mujer. Permaneció en silencio varios minutos más, hasta que escuchó un fuerte golpe procedente de las paredes. – Tu belleza es mía. Tu belleza es mía. Tu belleza es mía. – En esta ocasión, dos golpes secos volvieron a resonar, en la oscuridad. – Tu belleza es mía. Tu belleza es mía. Tu belleza es mía. – Volvió a decir Lady Tavalshtrza, entre susurros seseantes. Tres golpes la respondieron, produciendo un eco escalofriante.

No estaba sola. Alguien más ocupaba la bañera. Notó el cosquilleo en los dedos de los pies, en los tobillos. Sintió que ascendía, recorriendo sus rodillas, los muslos, el vientre, el pecho y su garganta, que fue acariciada por una corriente fría. Por último, algo pareció lamer sus labios para acabar susurrándole al oído. – Ya soy tuya.

Un fuerte hormigueo le recorrió el cuerpo, seguido de un pitido muy fuerte en los oídos. Comenzó a sentir vértigo, como si todo a su alrededor diese vueltas. Adoraba esa sensación, parecía que su alma se fuese a despegar de su cuerpo. Alzó los brazos, tratando de abandonar su cárcel de carne. Poco a poco, aquel frenético desvanecimiento se fue intensificando, y las voces que la hablaban comenzaron a ser más audibles. Escuchó timbres femeninos, masculinos, jóvenes, viejos, tristes, alegres, lejanos, cercanos. Todos pronunciaban su nombre, la ensalzaban.

- Eres hermosa, Ahira, eres hermosa. – Las voces corearon en su cabeza, incrementando las vibraciones con las que su cuerpo se sacudía en la bañera, chapoteando sangre, manchando el suelo. Cuando aquella sensación ya era irresistible abrió los ojos de golpe y vio a los espíritus de aquellos a los que había matado; besándola, tocándola, rozándola, frotándola, a su alrededor, amontonándose y confundiéndose sus caras los unos con los otros, con leves resplandores etéricos.
No estaban allí, físicamente, pero podía verlos. Contempló la habitación, ahora iluminada por una irreal luz gris tenue que dejaba a la vista cuerpos ensangrentados que desaparecían y reaparecían intermitentes, difuminados, deformando su tamaño, en escabrosas posturas, sobre el lavabo, bajo la cómoda, detrás del inodoro, por todas partes.

De pronto, un brillo verde parpadeó en el techo, blanco y vacío, del que comenzó a gotear una saliva negra, cuyas gotas cayeron sobre la bañera. El chorreo se acrecentó, hasta crear un agujero del que emergió lenta y torpemente un larguísimo brazo verduzco, venoso y raquítico, el cual se apoyó en la propia fisura producida para sacar con dificultad las otras partes de su cuerpo. Una cabeza inmensa, vieja, y con media cara vendada, sucia, desorejada, desnarigada y repleta de manchas negras y rojas miraba con un ojo saltón y amarillo la sala, para posarse finalmente en Ahira, quien empezó a chillar presa del pánico. Los otros fantasmas abandonaron la bañera hundiéndose en el interior, entre espasmos terroríficos, doblando sus extremidades de manera grotesca.

- Tu belleza es mía. – La terrible entidad que emanaba del techo salía de él lentamente, mostrando su tronco, en forma de larva blanca, viscosa, descendiendo hasta posar su detestable mirada sobre la mujer desnuda, a escasos centímetros de ella mientras que chillaba pataleando, aterrada.

- ¡No! ¡No! ¡No! – Sus gritos resonaron en el cuarto, reproduciendo un eco que le taladró los oídos. - ¡No me la quitarás! ¡No me la quitarás! – Lady Tavalshtrza se tapó las orejas y cerró con fuerza los ojos. Su mente seguía dando vueltas. – No es real, nada de esto lo es. – Se dijo, tratando de controlar los vértigos, hasta que estos disminuyeron, para cesar completamente.

Ahira volvió a abrir los ojos. No vio nada, tan sólo oscuridad. No escuchaba las voces, volvía a estar sola. La sangre de la bañera estaba fría. Alargando los brazos, palmeó la barra central del cuarto, sobre la que se asió para salir, con alguna dificultad, cojeando. Fuera de la tina, tanteó sobre la repisa del lavabo, donde encontró un fósforo que empleó para encender una vela que sabía se encontraba a su lado. Una primera luz iluminó débilmente el cuarto de baño. La mujer no se atrevió a mirar hacia atrás, sino que siguió encendiendo más velas, todas ellas amarillas. Poco a poco, la luz despejó las sombras, hasta presentar una habitación salpicada de sangre por doquier, sobre el mármol rosado de las paredes. El suelo, de baldosas albas estaba empapado, con restos de sangre coagulada que se había desbordado. La mujer se forzó a mirar hacia el techo. No había nada, ni agujeros ni monstruos saliendo de él. Tan sólo la pintura de unos pececitos felices bañándose en el lago en una hermosa y alegre escena faunística, en los que estaban representados otros animalitos alrededor, especialmente linces y algunos simpáticos retoños arbóreos que parecían jugar distraídamente.

Suspiró, aliviada, y dirigió la mirada hacia el espejo, cubierto por una tela negra. En la casa, cualquier superficie reflectante se encontraba en sombras o apropiadamente tapada para que no le recordase a su dueña cuán desgraciada era. Aquella costumbre se la inculcó su madre, quien nunca la mostraba en público, y si lo hacía, era en alguna festividad en la que pudiese cubrirle el cuerpo con algún disfraz. Ahira nunca se sintió querida por nadie debido a su apariencia, todos la rehuían, la rechazaban. Pero estaba dispuesta a cambiar aquello. Aún temblado a consecuencia de la horrible visión que había tenido, Lady Tavalshtrza posó las manos sobre el oscuro telar que pendía sobre el espejo y lo apartó en un movimiento rápido, para no tener que arrepentirse si lo hacía lentamente, dejando que cayese suavemente sobre un charco sanguinolento. La luz de las velas, que creaba unas sombras irregulares sobre su figura la reflejó en el temido espejo, rectangular, de cuerpo entero y elaborado en plata.

Sus ojos se abrieron de súbito, de tal manera que parecían salirse de sus órbitas. En él vio a una mujer, que tiritaba de frío, cuya macilenta piel permanecía cubierta por cortinas carmesíes, entre las cuales había tiras negruzcas. La contempló resollar, entrecortadamente, notando el vientre hundido a cuyo alrededor se marcaba el costillar, que parecía ensancharse y escogerse al ritmo de la respiración. Difícilmente se podría decir que tuviese pechos, salvo unos pequeños bultitos ridículos enmarcados bajo una banda de huesos que acentuaban las clavículas. Y aquella faz, siempre enjuta y lánguida, no manifestaba otra cosa que fracaso y pavor.

- ¿Por qué no funciona? – Preguntó al espejo, palpándose el rostro, el cráneo, que permanecía tan escuálido como siempre, pero ahora pegajoso por la sangre adherida a él. La mujer prosiguió tocándose, tratando de constatar algún cambio, por mínimo que fuese. - ¿Por qué no funciona? – Repitió, balbuceando, continuando el autoexamen. - ¡¿Por qué no funciona?! – Acabó gritando y aporreando el espejo con rabia, en un ataque de histeria.

Los golpes de la mujer, continuos pero con poca fuerza, apenas consiguieron realizar unas muescas en la superficie del cristal, aumentando su frustración. Debilitada y sin fuerzas, se dejó arrastrar al suelo mientras deslizaba sus manos por el espejo, dejando una traza rojiza descendiente y produciendo un agudo chirrido. Comenzó a llorar amargamente y a arañarse los brazos, hasta que su propia sangre se confundía con la de Sadria. Después, soltó una carcajada nerviosa, consumida y espeluznante.

- Señora. ¿Estáis bien? – Al otro lado de la puerta se escuchó una voz masculina, profunda, que manipulaba el pomo, para entrar.

- No ha funcionado… - Dijo Ahira boqueando al hombre cuando entró, cubierto por un traje negro de lino y cuero, en el que había dos linces enfrentados bordados. - ¿Qué estoy haciendo mal? – Volvió a preguntarse mientras el sirviente la alzaba en volandas, aguantando el vómito en el estómago y sin mirar al macabro espectáculo que se había encontrado en el baño.

- Señora. Tenéis que dejar de hacer esto. Está mal. – El elfo la observó con preocupación. Sus cabellos negros rozaron la piel de su ama cuando la posó sobre el lecho, tapándola con suaves mantas. – Mi fidelidad a vuestro linaje tiene un límite. He hecho cosas por las que creo que me he condenado. No paro de pensar en esa chiquilla… - Le confesó el cochero, cómplice de todos sus crímenes. En un principio, no vio mal una posibilidad alternativa para que la joven enferma pudiese recuperar sus fuerzas. Pero a medida que los años pasaban, fue testigo de que la demencia de la mujer iba incrementándose. Cada vez le pedía cosas más oscuras y repulsivas. El juramento que le prestó a su padre le obligó moralmente a continuar obedeciéndola, pero aquello había sido la gota que colmaba el vaso.

- ¿Te preocupa más esa que yo? – Lady Tavalsthrza achinó los ojos, mientras sus manos se perdían entre las sábanas de la cama. No parecía sorprenderle. Después de todo, siempre acababan volviéndose contra ellos. – No era más que una…

- ¡No! No quiero seguir con esto. Estáis loca, señora. Debería atenderos un especialista. – El criado la contempló horrorizado y angustiado, agudizando el efecto rasgado de su voz. – Me voy a entregar. No soporto más ser cómplice de estos asesinatos. Tiene que acabar. – Acabó diciéndola mirándole a los ojos, con cierta desesperación.

- ¿Acabar…? Pero si no ha hecho nada más que comenzar. – Ahira agarró el cuchillo largo que tenía escondido debajo de la almohada y se lo clavó al hombre en el cuello en un movimiento fugaz, que apenas tuvo tiempo para evitarlo. Se quedó paralizado, catatónico. Eso sí que no se lo esperaba. La mujer no desperdició la confusión del hombre y lo volvió a apuñalar. Una vez, y otra, y otra, hasta que se sorprendió a sí misma acuchillando a un cadáver, inerte. – Ahora sé en qué me equivocado. – Musitó, agotada por el esfuerzo del homicidio. – Un solo baño no es suficiente…

Además. No tenía pelucas de color negro.

Capítulo 9: Hacia Quel'Danas.Editar

El Beso del Sol surcaba las olas plácidamente, en un vaivén sutil que creaba al tomar las dulces mareas que separaban la isla de Quel’Danas del resto del Alto Reino. La tarde era espléndida. El sol desde lo alto creaba brillantes reflejos en las aguas mientras que gaviotas y pájaros con plumaje granate y azul revoloteaban alrededor de los pasajeros piando con alegres tonos musicales. Apenas había en el cielo un par de esponjosas y blanquísimas nubes, que formaban espirales y bucles que, según el que las miraba, adoptaban ora el cuerpo de un fiero rocín ora la forma de un ramo de flores.

Aquel catamarán thalassiano, construido con la alabastrina madera de los árboles de Canción Eterna resplandecía magnífico y hermoso. Su único mástil, largo y del mismo material sujetaba un velamen teñido de rojo, en el que se podía ver un fénix en el centro, aludiendo al símbolo nacional de la raza sin’dorei. La cubierta estaba repleta de pasajeros y marineros. Los primeros mostrando una diversidad de ropajes dependiendo del grupo social al que pertenecían, mientras que los segundos portaban chaquetones carmesíes, ligeros, con pantalones largos de tela que facilitaban los movimientos en el barco. El capitán lucía unos galones negros y una banda que cruzaba el pecho del mismo color, con bordados escarlatas en los que aparecían soles y parejas de fénix entrelazadas. No llevaba ningún tipo de sombrero, sino que dejaba a la vista el cabello rubio oscuro, suelto y levemente rizado por la humedad marina. En el lado opuesto a él, cercano a la barandilla de estribor, se encontraban Vaedhros y Lady Namardan, acompañados por un personaje de apariencia delgada, encapuchado y cubierto por una toga roja con brocados gris y negro. Este último permanecía callado, escuchando la conversación sin demasiado interés y mirando ocasionalmente la apertura de la bodega.

- Qué buena idea tuvisteis. No hay nada que me apetezca más que poder visitar vuestra villa. He oído decir que es una auténtica maravilla. – Lord Valagyr se acercó subrepticiamente a Seldune y la tomó de la cintura mientras miraba al personaje embozado, queriéndole dejar claro a quién le pertenecía la mujer.

- Nos sentará bien pasar allí unos días lejos del bullicio de la ciudad. Paz y tranquilidad. Podréis aprovechar pasa visitar la Fuente del Sol y mirar por encima del hombro a los forestales. – Le contestó la dama, sonriente, arremangándose la túnica blanca y dorada, la cual centelleaba bajo la luz de la tarde.

- Eso haré, por supuesto. Lo único que me duele es que no podamos estar solos. – Vaedhros volvió a posar la mirada en el enigmático acompañante que iba junto a ellos, el cual despedía un extraño olor, del que se distinguía el aroma a frutos del bosque, rosas y un toque rancio difícil de precisar.

- No os preocupéis por mí, señor. – Respondió de repente el aludido con una bella voz masculina y profunda - Mi único objetivo es robarle unos códices que tiene vuestra adorada Lady Namardan en la biblioteca de su villa. Lamento tanto como vos que nos tengamos que haber conocido. Pero ya sabéis, uno en ocasiones tiene que soportar procesos desagradables para conseguir lo que quiere. – Finalizó con una nota sarcástica, para dibujar seguidamente una sonrisa divertida ante el caballero de sangre, quien le devolvió un rictus prepotente acompañado de un repaso con los ojos que no ocultaba un claro desprecio.

- Y que lo digáis. – Apostilló el militar, duramente, sin aparatar la mirada de él, desafiante. Al personaje togado aquella situación parecía divertirle, pues se acomodó en la barandilla para seguir contemplándoles.

- No le hagáis caso. Tergumel es muy bromista. – Seldune, consciente de la tensión posó su mano sobre la espalda de Vaedhros y se la frotó cariñosamente. – Al principio es un poco irónico pero os acabará cayendo bien. – Apostilló, jovialmente.

- Será mejor que os deje solos. Ahira tiene mejor conversación y debe estar mareada. – El hechicero hizo una reverencia al caballero muy mal hecha, como si no le importase en absoluto su opinión y se encaminó hacia la bodega, cuya trampilla abrió perezosamente, para molestar a los marineros, quienes no dejaban de mirarle soslayadamente.

- Qué personaje más odioso. – Resopló Vaedhros al verle marchar. - Tampoco sé si es buena idea haber traído a Lady Tavalshtrza, realmente temo por su salud. Esto es demasiado soleado, no le sentará bien. – El noble se dejó acariciar por Seldune y siguió protestando en un tono acaramelado. - ¿Por qué no dejamos a esos dos en tierra y seguimos nosotros?

- Quería aprovechar para que se juntasen Tergumel y Ahira. Se llevan bien los dos, quizás porque son una especie de marginados sociales y entre ellos se entienden. Piensa que si entablan contacto de nuevo no tendréis que verles durante mucho tiempo. Además, la pobre lleva toda la semana escribiéndome porque su criado preferido la ha abandonado y se ha ido de casa para alistarse al ejército de la Horda. Creo que estaba enamorada de él. Prefiero tenerla cerca para que no haga ninguna tontería. – Le respondió la dama, también dulcemente.

- Sois demasiado buena. Os encariñáis con las criaturas más débiles. Pero supongo que tenéis razón. Además, necesitaréis mi ayuda para controlar a ese par. – El galante aristócrata se acercó a la mujer, melosamente.

- Sí, sí que os necesito. – Le confesó ella, encantadoramente.

- Entonces me tendréis. – Vaedhros enlazó los brazos alrededor de la cintura de Seldune y la atrajo hacia él. Ella no opuso resistencia, dejándose llevar al tiempo que notaba que él se agachaba para nivelar la altura de sus rostros. Ya cercada por el tierno contacto del hombre se puso un poco de puntillas para que los labios de ambos se fundiesen en uno solo. Sabía que había más gente en el barco, que los mirarían y que comentarían. Le daba igual, que mirasen si es lo que querían y que se deshiciesen en habladurías. Se sentía feliz, y no quería ocultarlo.

- ¡Hemos llegado! – El capitán comenzó a vociferar, alertando a los pasajeros para que comenzasen a desembarcar. Aquel grito desconcentró a la nobiliaria pareja, que se reincorporó tras el fallido intento de beso como si aquello hubiese sido un mero espejismo. Ella se alejó unos pasos de él, algo contrita, y se encaramó a la barandilla para observar el puerto en el que acababan de atracar. Lady Namardan contempló varias naves amarradas en los muelles, con tablones de madera que iniciaban estructuras de mármol en las que se agolpaban diversos marineros desembarcando las mercancías y objetos que los distintos barcos portaban consigo.

El gran fondeadero del Tramo del Sol era la pieza clave de aquel entamado portuario. En él había una diversa cantidad de balandros, buques, rápidas cocas, veleros, y otros catamaranes abarloados en exquisito orden. Su estructura principal a modo de bastión se alzaba hacia el cielo, imponente, dominando todas las embarcaciones a su alcance. La plataforma exterior que lo envolvía en una espiral de caracol reflejaba la luz solar como si fuese un faro, a la par que su cúpula rubí relucía como un diamante en la distancia.

A poca distancia suya, se apreciaba un fulgor intenso que rompía las nubes y que procedía de un complejo distante. La tripulación del barco en el que navegaba Seldune se sobrecogió con respeto y admiración tras reparar en el resplandor que emitía. En aquella isla todo parecía más mágico, más maravilloso. Las luces brillaban con mayor esplendor, las olas del mar eran más fuertes, la hierba se vestía con un verdor más intenso, los árboles eran más altos y gruesos, el cielo más azul, los olores eran más penetrantes y especialmente, todos los elfos de sangre captaban la gran base de poder mágico que atesoraba la isla. Era la Fuente del Sol la que hacía vibrar a la propia realidad física y la incrementaba hasta extremos desconocidos, como si los sentidos cobrasen verdadera vida según se acercaban a ella. Era el corazón que nutría de sangre arcana a todo el Alto Reino, su núcleo más preciado.

Todo a su alrededor era la síntesis de lo que los sin’dorei amaban, lo que representaban. Inmensas torres colmadas de estandartes nacionales, banderas flameando al viento con el icono de la sangre bordado, estatuas de los grandes reyes del pasado presidiendo las plazas públicas junto a representaciones de enormes soles en lo alto de las agujas que parecían querer tocar al astro rey con su punzante altura. Se podían ver Sagrarios ya prácticamente reconstruidos, antiguos hogares que se difuminaban en el horizonte como puntitos brillantes entre la rojiza foresta, e incluso divisaron el apartado templo de los Misterios del Sol Eterno, donde se escuchaban a los devotos ya entonando las últimas letanías al sol de poniente junto a exuberantes parques con obras artísticas que hacían las delicias de los paseantes.

- Si me preguntasen qué imagen representa a Quel’Thalas, diría que es esta. – Vaedhros inspiró el aire vespertino, hinchando su pecho. Contemplaba todo en derredor orgulloso, extasiado, con auténtica devoción. – Gracias al Sol por haberme hecho sin’dorei. – El caballero de sangre se dispuso tras emocionarse con la visión a ayudar a Lady Namardan con su equipaje, para trasladarlo todo fuera del navío mientras ella se subía a lomos de un esbelto zancudo blanco. Lord Valagyr estaba dispuesto a conquistarla definitivamente durante aquellos días de retiro en la villa de recreo de la dama. No pensaba fallar, él la deseaba y estaba seguro de que ella sentía lo mismo.

- Gracias, pero vamos a esperarles antes de continuar. – Le dijo Seldune volteándose en dirección al barco donde aún permanecían sus dos acompañantes. Se figuraba que saldrían los últimos debido a la peculiaridad de Ahira, que sufría intolerancia a la luz solar. – Me pregunto qué estarán haciendo…

[…]

- ¿Cómo estás, cielo? – Lady Tavalshtrza sonrió tiernamente al ver llegar a Tergumel cargado de pociones y hierbas curativas mientras descendía elegantemente por la escalinata de acceso. – Te he echado mucho de menos.

- Yo también, pequeña. – El hechicero esquivó un baúl y barrió la estancia con la mirada. La pequeña habitación era austera, con un camastro empotrado a la pared forrada de madera de roble, del que sobresalía un colchón de aspecto esponjoso, con un edredón enrollado a un lado. Sobre el lecho identificó una figura frágil como el cristal, hacia la que se aproximó quedamente, con cuidado de no chocarse con nada debido a la penumbra que imperaba en el lugar. Finalmente, se sentó a su lado y pasó cariñosamente su delicada mano por el rostro de la mujer, dedicándole una sonrisa, algo muy poco frecuente en él. – Te veo mejor, ¿sigues tomando la sopa que te receté?

- Sí, me ayuda mucho. El otro día pude andar medio kilómetro yo sola, hasta que me flojearon las piernas. – Ahira bostezó y posó su cabeza regaladamente, sin ningún tipo de peluca, sobre el regazo del elfo, quien la acarició suavemente, sin mostrar ningún tipo de asco.

- Tienes que fortalecer los músculos de las piernas. Mis pócimas pueden contribuir a dotarte de más energía, pero el esfuerzo lo tienes que hacer tú. También deberías tratar de exponerte un poco a los últimos rayos de la tarde, puede que tu piel acabe acostumbrándose. – Le dijo el taumaturgo, mientras sus ojos se acostumbraban a las sombras del camarote de la dama. – Ah, y come más. A tu lado parece que estoy gordo.

- Me da vergüenza que me vean… ¿No existe algún hechizo para que me ayude o algún ritual? – Le preguntó ella con inocencia.

- ¿En qué estás pensando tú, enana revoltosa? – Tergumel se apartó unos largos mechones blancos que le caían sobre la frente y se los colocó hacia atrás, observándola con sus irises grises, en los que titilaba un brillo verdoso. – Ni se te ocurra practicar magia, el mínimo conjuro podría suponer un gasto enérgico que te mataría al instante.

- Bueno, puedes hacerlo tú por mí. He leído que hay conjuros… magia de sangre.

- Deja de leer esas cosas, están lejos de tu comprensión. Hay diversas escuelas en las que se encuadraría la magia de sangre. Para unas representa un lado oscuro de la magia, insuflada por pasiones y emociones exaltadas que permite el uso de energías caóticas, incluida la vil. En cambio, hay otra disciplina mucho menos frecuente, que usa la sangre como catalizador… - El hechicero dejó de hablar, consciente de la trascendencia de su explicación – De igual modo, tu cuerpo no podría resistir un conjuro así sobre él, aunque no lo realices tú misma.

- Pues hay quien dice que si bebes la sangre de alguien hermosa tú también te vuelves así. – Respondió Ahira, molesta al ver otra de sus posibilidades hecha añicos.

- Eso es ridículo. Quien lo haya dicho es un ignorante. Fíate de mí y que no se te ocurra llevar a la práctica esas absurdeces. ¿De acuerdo? – El hechicero arrugó la nariz. La aristócrata permaneció en silencio, como una chiquilla traviesa que prefiere eludir con la mudez una comprometida respuesta. – Te he hecho una pregunta. – Tergumel le dio un toquecito en la naricilla.

- Sí, sí, de acuerdo. – Respondió enfurruñada. - ¿Pero veremos juntos las estrellas y les pondremos nombres por las noches?

- Lo haremos. – El mago accedió suspirando y la apartó cuidadosamente para ponerse en pie. Tras estudiarla fugazmente con la mirada, volvió el rostro y se encaminó hacia la ventanilla del camarote, la cual permanecía cerrada.

- No la abras, me hace daño a los ojos. – Protestó Ahira, tapándose la cara con las manos.

- Sí la abro, y te aguantas. – El hombre retiró una cubierta de madera que bloqueaba la luz, dejando que esta se infiltrase con una tonalidad anaranjada en el interior, iluminando el rostro de Tergumel, quien en ocasiones era confundido con el hermano de Lady Tavalsthrza. Ambos eran muy blancos de piel, delgados, de facciones huesudas y retraídos. Sin embargo, el hechicero había desarrollado con los años una constitución fibrosa que proporcionaban a sus movimientos una insospechada firmeza y energía. Todo lo contrario había sucedido con la joven noble, quien no había superado la languidez de su niñez.

- ¿Por qué dejaste de visitarme, cariño? – La vocecilla aflautada de Ahira volvió a sonar, cuando esta se retiró gateando al rincón más sombreado, tapándose con una manta marrón. - ¿Ya no me quieres?

- Mi vida ha cambiado mucho. Ahora tengo un hogar propio. Y hay otros asuntos que requieren mi atención. Pero no te he olvidado. – Le respondió él, dulcemente, caminando hacia su posición y retirándole la mantita con la que se cubría, para a continuación posar sus dedos sobre el mentón de ella, alzándolo con el fin de que sus ojos coincidiesen. – No quiero que pienses así.

- Seldune no me hace caso, se pasa todo el día con Vaedhros. Son los tortolitos felices. – Se quejó ella, apartando la mirada, haciéndose la herida. – Me gustaría que vivieses conmigo.

- No puede ser, mi vida. Voy a emprender un largo viaje.

- Llévame contigo, me muero de aburrimiento y estoy muy sola. – Murmuró ella, todavía con un timbre quejumbroso, como si aquella táctica le fuese a ablandar.

- Me voy a una tierra abrasada por el sol y repleta de desiertos. No puedes ir allí. Morirías nada más llegar. Y eso no puedo consentirlo. Además, tienes una misión importantísima que realizar aquí, ¿no te has dado cuenta? – El mago arqueó sus cejas blancas, dándole énfasis a sus palabras, sin dejar de mirarla.

- ¿Qué misión es esa? – Lady Tavalshtrza ladeó la cabeza, y se llevó un finísimo dedo a la barbilla, con aire pensativo. – No sabía que tenía una misión que cumplir.

- Bueno, tienes que cuidar de Seldune. Salir con un idiota tiene que ser agotador. Y viendo al ejemplar con el que está, tiene que acabar las jornadas extenuada. – El hombre soltó una risilla cálida, verdaderamente atrayente y contagiosa que fue coreada por la enferma damisela, la cual asintió totalmente convencida.

- Qué razón tienes, haré lo que me pidas.

- Buena chica. – Tergumel le dio una palmadita suave en el moflete y le tendió una mano, para que se incorporarse. - Y ahora hay que prepararse, el sol se está poniendo y ya deben estar esperándonos fuera. – Cuando la mujer logró ponerse de pie, el hechicero la rodeó con el brazo, afectivamente, para que servirle de apoyo.

- Lo vamos a pasar muy bien otra vez. – Dijo Ahira, haciendo un esfuerzo para andar mientras se inclinaba hacia el elfo, descargando su peso en él y dando pasitos cortos, vacilantes.

- Claro que sí, mi vida, ya lo verás. Estos días van a ser muy entretenidos. – El hechicero la guió hacia una cómoda con un espejo circular en el medio, a cuyo lado se encontraban varias de las pelucas de Lady Tavalshtrza colocadas sobre bustos de cera. - ¿Qué te apetece ser esta noche? ¿Rubia? ¿Morena? ¿Pelirroja? ¿Peliazul? – Preguntó tanteando con la mano las cabelleras postizas.

- La morena. Hace juego con el cielo nocturno, y además no la he estrenado, es nueva. – La aristócrata sonrió tímidamente, rehuyendo mirar al espejo, pese a que permanecía cubierto por un paño de seda color carmín.

- Como prefieras. – Tergumel alzó con esmero la peluca deseada y la posó con sumo cuidado sobre la delicada testa de Ahira, quien permanecía rígida y sin moverse ni un milímetro, en suspense. Tan sólo se permitió sonreír cuando sintió los cabellos ocultar sus imperfecciones, ajustándose perfectamente a la forma de su cráneo, al tiempo que su amigo de la infancia peinaba los mechones más rebeldes valiéndose de los dedos de las manos.

- ¿Qué tal estoy? – Le inquirió con curiosidad, casi tentada de ver su reflejo.

- Estás guapísima. El negro te favorece. – El arcanista dio unos pasos hacia atrás para examinarla, revelando una sincera sonrisa de aprobación en su austero rostro. - ¿Quieres mirarte? – Añadió señalando el espejo.

- Vale, pero ponte a mi lado, así saldremos los dos. – Musitó la dama, algo mohína.

- Qué tramposa eres, junto a mí hasta un múrloc destaca. – El hombre esbozó una mueca y se situó a la vera de la mujer, quien comenzó a respirar entrecortadamente, nerviosa por el resultado. – Tranquilízate, estás preciosa. – Agregó él destapando teatralmente el paño, para dejar a la vista la imagen de ambos. Cuando el trozo de tela se derramó sobre la mesilla, Lady Tavalshtra dejó escapar un gritito, cerrando los ojos con fuerza.

- ¡No quiero mirar, tápalo! – La mujer se ocultó entre los brazos del mago, quien la abrazó en actitud protectora.

- Vamos, vamos. Si no se rompe es que es buena señal. – Le dijo él, animándola, al mismo tiempo que giraba sobre sí mismo para que ella pudiese observarse de reojo.

Finalmente, la curiosidad venció el miedo y Ahira vio rápidamente su imagen. Lo que allí distinguió le desconcertó. Lo único que advertía era una desconocida ataviada con un vestido abultado de tonalidad violeta oscuro y de pelo negro, que abrazada a un hechicero de aspecto albino, casi tan enteco de cuerpo como la fémina, pero más alto y saludable. ¿Era ella? Apenas se reconocía, ya que era la primera vez que iba de morena. Aquel color le daba más vida, más fuerza. Tras retirar la mirada por si aquella escena cambiaba a una más truculenta, se obligó a posar la vista de nuevo en el espejo, sin rechazarlo en esta ocasión.

- ¿Ves como no es nada malo? – Tergumel la estrechó con cuidado, siguiendo con su mirada el trayecto de la de su acompañante, satisfecho por la reacción. – Qué poca confianza me tienes.

- Lo siento. – Lady Tavalshtrza sonrió por primera vez en muchos años al contemplarse en el espejo y sollozó, aún acunada entre los brazos del taumaturgo. - ¿Puedo preguntarte una cosa?

- Claro.

- Si alguna vez me pasa algo… ¿Vendrás a cuidar de mí? – La damisela lo miró a los ojos, emocionada, tratando de descubrir en ellos un salvavidas al que acogerse en la soledad de su vida. – Necesito saber que pase lo que pase, alguien estará preocupado por mí.

- Lo haré. – Respondió él, sucintamente, sin desviar la atención de su mirada, tan repelente y ominosa para el resto de la gente, que encontraba en ella un insoportable atisbo de desesperación.

- Prométemelo. – Le rogó, apretando sus dedos sobre el brazo del hombre, aún insegura por la contestación.

- Te lo prometo. – Le dijo Tergumel, al tiempo en el que depositaba un suave ósculo sobre la frente de Ahira, quien estaba vez rompía a llorar de felicidad. - No dejaré que te pase nada malo…

Capítulo 10: La Villa Namardan.Editar

Arropados por la noche y observados desde lo alto por incontables legiones de estrellas, la comitiva llegó finalmente a la Villa Namardan de Quel’Danas. Erigida sobre una hermosa colina verdeante que dominaba una pequeña finca costera con árboles frutales, jardín de recreo y un apartado de playa para el disfrute personal, la construcción thalassiana mostraba una logia con columnas en forma de cariátides que se intercalaban entre otras de aspecto curvo que acoplaban capiteles florales para mayor embellecimiento en los cuatro lados de la fachada. Sobre ellas, frontones semicirculares representaban cada uno el recorrido del sol sobre el cielo; desde el amanecer hasta el anochecer, en forma de carro tirado por fénix y unicornios flamígeros grabados en relieve.

Desde la distancia se observaba un alto tambor recubierto con filigranas y bandas doradas que hacían resaltar el mármol blanco. En él se habían abierto ventanas ovales de las que colgaban pendones con el símbolo de la Casa y del Alto Reino. Por encima de esta estructura intermedia, emergía una imponente cúpula bulbosa carmesí que respetaba el diseño de otros edificios existentes en la isla, y que buscaba una estudiada armonía de tonalidades con otros elementos de la flora silvestre.

El camino principal que comunicaba la entrada con la fachada principal, de mayores dimensiones que las restantes, permanecía empedrado y escoltado por una larga bóveda de copas de árboles que se arqueaban los unos con los otros, dejando escapar suavemente algunas hojas que alfombraban cuidadosamente el camino con pétalos blancos, rosados y escarlatas. Vigilantes, y a poca distancia, se encontraban esculturas artísticas de tritones, músicos y bailarines elaboradas en bronce y oro, que brillaban bajo la luz de las antorchas nocturnas que marcaba la dirección a seguir por los viandantes.

Cuando los visitantes ya alcanzaban el pórtico de acceso se encontraron con el séquito de sirvientes de la villa aguardando sonriente y en perfecta formación. A cuyo frente se encontraba el mayordomo Ciorel Cantoblanco, conocido por su imperturbabilidad y sus ademanes discretos. Era de edad madura, pero no anciana, de estatura media, cabello castaño a media melena, ondulado, ojos marrones con tono verdoso como cualquier sin’dorei, y nariz ligeramente aguileña. Llevaba un traje con justillo largo decorado con cintas, acompañado de chaleco largo, bermellón, que le caía hasta las rodillas y que lucía brocados vegetales resaltados en amarillo. La camisa bruna la lucía con las mangas vueltas, rematada con guantes blancos de seda, que armonizaban con los pantalones del mismo color, impolutos, cubiertos por botas altas negras hasta el empeine.

A su alrededor, otras criadas con faldas carmesíes brocadas y partidas dejaban ver enaguas completamente azabaches. La parte superior del vestido se ofrecía ajustado con encajes pompadour que estilizaba su silueta. Todas sin distinción llevaban el pelo recogido en moños altos decorado con una red de hebras plateadas que se ajustaba a sus cabellos y los hacía titilar sutilmente. Era visible que habían estado ensayando la puesta en escena para quedar mejor que los otros miembros del servicio de la Casa Namardan que trabajaban en el palacete de la familia en la Ciudad de Lunargenta. Las dos cuadrillas mantenían una suerte de guerra para demostrar a la matriarca quién cumplía con mayor precisión el protocolo y tendían a competir con fiereza en el caso de que hubiese en juego un aumento de sueldo o unos días de vacaciones extra.

La mayor tensión se daba entre el mayordomo de la villa, Ciorel, y el ama de llaves del palacete urbano, Alurel. Siempre que coincidían acababan discutiendo por cuestiones nimias, hasta alzar la voz en tonos poco decorosos para un servicio de un linaje de la aristocracia thalassiana. En una ocasión, ambos perdieron los papeles y se intercambiaron impresiones personales en las que se traía a colación el parecido de cada uno con un paje humano y una cortesana enana respectivamente. Ante este conflicto irresoluble, Lady Namardan había separado completamente los espacios de trabajo de cada uno para que nunca más tuviesen que coincidir bajo ningún concepto.

- Bienvenida, mi señora. – El mayordomo principal realizó una reverencia impecable y sonrió con gentileza. – Esperábamos vuestra llegada con impaciencia.

- Gracias, Ciorel. ¿Está todo listo? – Seldune se detuvo ante el servicio y les dedicó miradas de aprobación al comprobar que todo estaba en orden. – Veo que mantenéis todo en buen estado. Así es como debe ser.

- Sí, señora. Hemos preparado los cuartos de invitados y acondicionado uno en especial para que Lady Tavalshtrza disfrute de todas las comodidades.

- Muy bien, que se les acompañe a cada uno a sus habitaciones. Yo iré instalándome en mis aposentos. – Lady Namardan entró al recibidor de la villa acompañada de la cohorte de sirvientes mientras los huéspedes se demoraban en el camino observando la decoración.

- Qué bonito lo tiene todo, ¿verdad? – Ahira caminaba despacio, relajada, apoyada en Tergumel, quien la guiaba con suavidad.

- Pues aún no has visto el observatorio astronómico que tiene oculto en la cúpula. Es obra mía. – Le respondió el interpelado, ante la mirada estupefacta de Vaedhros, que no daba crédito a la complicidad del mago con la rancia aristócrata.

- ¿Sois magíster, señor Xarostrah? – Lord Valagyr realizó la pregunta con cierto interés, pues aún no comprendía muy bien el papel de aquel enigmático hechicero en aquel lugar ni en la vida de su amada.

- No, no lo soy. Me instruyó Lord Althan Namardan, fui ayudante suyo cuando vivía, pero nunca creyó conveniente inscribirme en una academia para lograr ese título. A decir verdad, le estoy agradecido. Muchos usuarios de la magia arcana piensan que llegan a la cumbre del conocimiento cuando los nombran magíster y se vuelven acomodaticios. Gracias a mi mentor al menos no sabré dónde está mi límite, por lo que eso me azuza para seguir incrementando mi comprensión de los arcanos mayores. – Le contestó Tergumel sin ni siquiera mirarle, dirigiendo a la mujer que llevaba del brazo para que no tropezase.

- Entonces no sois más que un mero ayudante. – Determinó Vaedhros, con cierta sorpresa al descubrir ese dato. – No sé por qué Lady Namardan os confió entonces la construcción de su observatorio. Creo que esa tarea la debería haber llevado a cabo un magíster con altos avales.

- Bueno, si soy un ayudante, ¿no sería entonces propio de mi naturaleza ayudar? – El hechicero posó su mirada en el caballero instantáneamente y le dedicó una mueca burlona. – Además, no deberíais dudar de los juicios de Seldune. Aún no sois su marido para poder criticarla de esa manera. – Añadió mordazmente.

- Os estáis excediendo, mago. No voy a permitir una insolencia así de nuevo. – Lord Valagyr se plantó frente a él con el mentón erguido. El noble era casi una cabeza más alto que el taumaturgo y bastante más corpulento, pero Tergumel no se achantó, sino que se limitó a bordearle y continuó su camino sin prestarle más atención, encargándose de que Lady Tavalshtrza pudiese finalizar el trayecto sin problemas.

- Creo que no le caemos bien. - Ahira tosió quedamente y negó con la cabeza cuando observó que el caballero de sangre le devolvía una mirada torva y aceleraba el paso para dejarles atrás.

- Parece un individuo muy orgulloso, sí. – El hechicero le hizo una seña a una criada anodina que les observaba llegar en la logia de entrada para que le ayudase a llevar a su acompañante a su estancia.

- ¿Han disfrutado los señores de un buen viaje? – Les preguntó la criada de forma protocolaria, con una nota de fisgoneo ineludible.

- Sí, un viaje muy regular. Sin kraken ni nagas atacando. – Le respondió Tergumel, provocando una risilla falsa en la asistenta.

- Por cierto, cariño, ¿vas a dormir conmigo? - Inquirió Lady Tavalsthrza mientras se dejaba alzar en volandas por el mago y la criada, quienes la transportaban hacia una silla acolchada a la que habían incorporado ruedecitas en las patas traseras para poder trasladarla con comodidad.

- Puedo pedirle a Seldune que nos deje subir dos colchones al observatorio y pasar la noche allí. Instalé un cristal en el techo junto a un mecanismo que retrae la cúpula unos metros para dejar a la vista el cosmos sobre el observador. Te encantará, así podremos ver las estrellas y los planetas sin que cojas el frío del exterior.

- ¡Es una idea magnífica! – Lady Tavalshtrza aplaudió la ocurrencia como una niña ilusionada y movió sus piernecitas repetidamente, emocionada.

- Lo haré, entonces. Pero primero vamos a dejar nuestras cosas. – El hechicero le guiñó un ojo con complicidad a la damisela, quien trató infructuosamente de devolverle el gesto, consiguiendo un extraño bizqueo parpadeante.

[…]

Seldune abrió el ventanal de su alcoba, encuadrado en un arco serliano que daba al exterior, en el que se contemplaban hermosas vistas de los bosquecillos y de la costa de Quel’Danas. Dejó que la luz de las lunas entrase para bailar con la que emitía una lámpara de araña dorada que colgaba del techo mientras seleccionaba los atuendos que usaría para los días siguientes. Aquel dormitorio era más grande y suntuoso que el que poseía en su palacete de Lunargenta, de tal manera que se le había ocurrido incluir una mesa donde en ocasiones escribía o comía a solas y un enorme vestidor que casi acaparaba un tercio de la dimensión total de la habitación. Lo único que era similar era el diseño de la cama, que era idéntica a la que tenía en su residencia en la ciudad. Cuadrada, ancha y con un edredón relleno de plumas de oca. El cabecero era una copia exacta del otro, pues pensaba que aquella delineación le ayudaba a conciliar el sueño.

Desde la caída de Quel’Thalas por el Azote Lady Namardan no sólo había conseguido mantener el estatus de su Casa en la faceta económica, sino que lo había aumentado drásticamente. Buena parte de sus ingresos procedían de las rentas que le producían sus posesiones patrimoniales, pero también de su salario en la Orden de Sangre y del pago que recibió como Veladora del Sol. La participación en la expedición a Pandaria y la retención de artículos de aquel continente, de los cuales algunos había vendido a particulares a alto precio contribuyó aún más a fortalecer las arcas de su familia. Aquella villa era obra suya, un símbolo para que toda la alta nobleza del Alto Reino supiese que su sangre no había perdido ni una sola gota de poderío.

Inmersa en sus cavilaciones, no escuchó sonar la puerta hasta la tercera llamada, cuando el sonido fue algo más fuerte que en las anteriores. Seldune se giró sin cerrar el ventanal y cruzó el dormitorio, entornando la puerta de ébano tallada con escenas oníricas, sin abrirla del todo.

- Lady Namardan, habéis olvidado una cosa fuera. – Vaedhros apareció al otro lado, en el umbral, sin atreverse a pasar dentro, tal como las normas de educación exigían.

- ¿Qué cosa es esa? – La mujer frunció el ceño y abrió más la puerta para observar al caballero, ataviado con un jubón blanco y pantalones pardos de corte veraniego. Sonreía de manera atractiva, sin ningún tipo de complejos, en una actitud que quizás pecaba de soberbia.

- Esto. – Lord Valagyr en un movimiento rápido entró en la habitación y cerró la puerta detrás de él, rompiendo todos los cánones sociales y provocando que Seldune diese unos pasos hacia atrás de manera involuntaria cuando este se acercó a ella con determinación. La confusión que la inundó en unos segundos fue disipada cuando el hombre la agarró impetuosamente de la cintura y la estrechó contra sí para sellar apasionadamente sus labios contra los de ella, sin intermediar más palabras. Su mente dio vueltas y sus ojos se abrieron con sorpresa. El corazón le latía con una fuerza galopante de tal manera que pensó que se le saldría del pecho. Temblaba de emoción, de nervios, embriagada por el sabor de los labios del hombre, que abordaban los suyos como un animal salvaje. El aroma de Vaedhros se entremezcló con el suyo creando una nota ácida que acrecentó aquella extraña sensación de ensueño. No se resistió y le devolvió los besos en los labios, las mejillas, la frente, el cuello. Parecía cautivada por un instinto primario que se desató como una explosión de fuego ardiente.

El caballero de sangre también compartía aquel ardor incesante y no pudo resistirlo más. Dejando escapar un gemido ahogado, alzó enérgicamente a la mujer y la tumbó debajo de él, sobre la cama, sin que sus labios se separasen, recorriendo poderosamente con sus manos el cuerpo de ella por debajo de la vaporosa blusa con transparencias que llevaba.

- Vaedhros, no, esperad. – Seldune interpuso sus manos contra el pecho del hombre y lo separó bruscamente. – Esto no está bien.

- Está muy bien, claro que lo está. – Lord Valagyr trató de volver a besarla, pero la mujer apartó el rostro e hizo más fuerza, para detenerlo.

- No estamos casados. – Sentenció Lady Namardan, recobrando la cordura y reincorporándose cuando el noble se distanciaba, aún con las pupilas agrandadas por la excitación.

- Eso puede solucionarse. – El caballero se tanteó los bolsillos del pantalón y esbozó una sonrisa alegre cuando sacó una pequeña cajita recubierta por terciopelo rojo. Seldune apartó la mirada de aquel pequeño cofrecito y echó con cierto enfado al varón de su lecho. - ¿Qué ocurre? – Le preguntó él extrañado por aquel gesto cuando volvió a tocar el suelo, obligado a recobrar una postura más decente en el dormitorio de una doncella.

- Ningún hombre va a pedir mi mano de esta manera. – La dama se recompuso, recolocándose el cabello y poniéndose en pie, solemnemente, frente a él. Lord Valagyr permanecía atónito sin saber muy bien qué hacer. En aquel momento se sintió como un completo idiota con la cajita en la mano y con su jubón descolocado, dejando una doblez sin estirar que mostraba la parte inferior del torso, musculado. – Arrodillaos. – Le ordenó ella al reparar en que el caballero permanecía perplejo. – Es así como se supone que se hace. – Finalizó sonriendo levemente.

- Oh, sí, qué modales los míos. – Vaedhros se recuperó de su desconcierto, y carraspeó con el propósito de adoptar seguidamente una postura ceremonial, galante. Haciendo una reverencia sutil a Lady Namardan, y ofreciéndole sus respetos según el patrón tradicional, se arrodilló elegantemente ante ella y la tomó de las manos, cariñosamente, para a continuación abrir la cajita, mostrándole un anillo con marco bañado en oro que presentaba rubíes y diamantes engarzados alrededor de una secuencia de espirales entrelazados. La joya relucía bajo la luz de la lámpara y el reflejo de las lunas, arrancando luminarias brillantes que realzaban la presentación. Lord Valagyr aguantó la respiración, preparando las palabras sin dejar de contemplar a Seldune, quien permanecía hierática como una estatua, a la espera de que él dijese las palabras.

- Lady Seldune Namardan. Matriarca de su casa, pura de sangre, y dadivosa de espíritu. Honorable e inmaculada sois. – El caballero siguió el guión de pedida de mano clásico entre la nobleza. – Yo, Lord Vaedhros Valagyr, heredero único de mi casa, puro de sangre y dadivoso de espíritu, me declaro honorable e inmaculado. Vos sois el sol naciente que ilumina mi vida. El mediodía que aclara mis sombras y el atardecer que adormece mis pesares. Nuestros linajes son altos y espléndidos y se llaman a engrandecerse. ¿Me congraciaríais vos con nuestra unión para que nuestros destinos se entrelacen y sellen? – El hombre finalizó con escrupulosidad, pronunciado cada palabra con respeto y rigurosidad.

- Declaro conocimiento de vuestra pureza, de vuestra grandeza y de la noble sangre que os sustenta. Vuestro ofrecimiento me complace y os concedo mi consentimiento para que nuestras vidas se sellen por la eternidad cuando queden enaltecidas por el santo sacramento del matrimonio. – Seldune respondió con la misma etiqueta y ritual, sin poder evitar una nota nerviosa que hizo sonreír a Vaedhros, el cual colocó el anillo de pedida en el dedo anular de la mano izquierda cuando la dama se la tendió ceremoniosamente, aceptando la petición.

- ¿Mejor así, mi amor? – El caballero se puso en pie lentamente, sin dejar de mirarla. Una vez llegó a su altura, se acercó tenuemente para darle un suave beso en los labios a su prometida y acogerla entre sus brazos.

- No es precisamente como me lo había imaginado. – Dijo ella, dejándose abrazar.

- ¿Ha sido mejor, verdad? – Inquirió él con zalamería, continuando con el arrumaco.

- Qué creído sois. – Le espetó Seldune, haciéndole callar con otro dulce ósculo. – Deberíais marcharos ya. Esto se está convirtiendo en una falta de respeto imperdonable, que lo sepáis. No sólo habéis irrumpido en mis aposentos, sino que me habéis tratado de hacer vuestra y encima me habéis pedido en matrimonio.

- Estoy de acuerdo. Y me temo que os estoy corrompiendo, pues incluso me habéis aceptado la pedida. – Contestó él soltando una risilla cálida, robándole otro beso a la dama. – Pero tenéis razón. Os dejo ya con vuestra felicidad, yo me retiraré con la mía. – Vaedhros acarició el rostro de la mujer tiernamente y se alejó, abriendo la puerta para abandonar la habitación bajo la atenta mirada de Seldune, la cual lucía un rubor rojizo en las mejillas y sonreía como no lo había hecho desde la caída del Alto Reino por la Plaga. – Os amo muchísimo. – Añadió él antes, sin cerrar la puerta, asomando la cabeza para lanzar un beso al aire.

- Fuera ya de aquí. – Lady Namardan le cerró de golpe de forma jovial y se apoyó contra la puerta una vez Lord Valagyr ya se había retirado, dejándose caer hacia el suelo soltando un largo suspiro de felicidad.

Capítulo 11: La Bendición del Amanecer.Editar

- La luz del Sol Eterno nos bendice y nos guía. Nos da la fuerza y la magia para triunfar. Nosotros somos sus hijos. Belore’dorei os llaman, pues estáis bañados por sus dones y brilláis desde lo alto. – Un sacerdote del Culto Mistérico del Sol Eterno, ataviado con togas doradas flotantes, a juego con el color de sus cabellos, alzaba los brazos con veneración en dirección al astro rey, que emergía desde el horizonte oriental de Quel’Danas. Se encontraba oficiando una misa ante una pequeña congregación de sin’dorei que se habían reunido en un mirador de la costa este donde se habían colgado pendones con símbolos flamígeros flanqueados por pequeños monumentos en mármol con enormes soles decorándolos. – Pues Él es el Gran Arcano de la Magia, el Sol detrás del Sol. Eterno lo llamamos porque estaba antes de la Creación, y todo procede de Él. La Luz es Su núcleo dorado, y la magia, son Sus rayos que se derraman en todas direcciones, nutriendo todo lo que es creado, vivificándolo. – El religioso giró el cuerpo, hasta divisar con sus ojos el resplandor de la Fuente del Sol. – Mirad, Hijos del Sol, un testimonio de Su fuerza. Aquel Manantial Sagrado contiene Sus bendiciones desde la fundación del Alto Reino, ahora renovado. Los benditos Rayos de la Fuente del Sol son como los Suyos, pues son Su semejante expresión y la raíz es Su misma magia. Mas, como ya sabéis, “como es arriba es abajo”, y cuando el Sol Eterno os llame a Su visión, aquella luminaria que veis ahora os parecerá mera penumbra en comparación. – El sacerdote extrajo el poder de la Luz y sus manos comenzaron a brillar con un fuerte fulgor. – Que las bendiciones que Él nos da os colmen hasta el fin de vuestros días. Anu Belore dela’na.

Ceremoniosamente, y tras finalizar las últimas palabras, los asistentes al oficio sagrado se colocaron en fila horizontal para que el clérigo colocase sus manos sobre sus cabezas uno a uno, con el fin de que quedasen bendecidos por la magia de la Luz Sagrada. Empoderados por la corriente arcana de la isla, más densa y fuerte que en otros lugares más alejados de Quel’Thalas, los hechizos se hacían más poderosos, y aquella descarga era como insuflar vida en alguien muerto. La luz sacudió todo los sentidos de los asistentes, los sublimó y disipó cualquier tipo de pesar que tuvieran. Al mismo tiempo, y mientras las dádivas eran repartidas, cuatro sacerdotisas cantoras empezaron a levantar un hermoso cántico al sol naciente, haciendo vibrar sus armoniosas voces en una melodía que revitalizó el espíritu de los congregados y cargó el ambiente con una aura mística.

- Recibid el abrazo del Sol Eterno en esta su bendición. Gloria al Gran Sol en lo alto y paz para los thalassianos de buena voluntad. – El sacerdote sonrió beatíficamente al concluir de bendecir a los presentes. – Podéis marchar.

- Señor Elenion. ¿Tenéis un instante? – Un joven mago del culto se acercó al sacerdote respetuosamente, dando un paso al frente mientras el resto de los presentes se retiraba, menos una pareja que se daban cariñosamente la mano, la cual parecía esperar a que aquel que se les había adelantado acabase con su consulta primero. Este iba vestido con una toga violeta, sin demasiados decorados salvo una banda negra en la cintura, y portaba un bastón azulado rematado en llamas, tal como lo hacían los aspirantes a magíster.

- Claro, ¿aún nervioso por las pruebas del examen? – El religioso enarcó una ceja y lo invitó con la mano a sentarse a un banco situado a poca distancia, aún en el mirador, donde se habían colocado algunos cojines para los más delicados de asiento. – No tenéis que estarlo. El Gran Sol os ha bendecido con un gran talento mágico e inteligencia. Confiad en sus dones y en vuestra capacidad.

- Sí, pero temo que mi poder mengue en el momento justo de la prueba. – El joven aprendiz tenía las uñas comidas por los nervios y el cabello se presentaba mal recogido en una coleta larga, castaña. Estaba delgado, consumido por la inquietud y la preocupación.

- No, no tenéis que preocuparos con eso. El Sol Eterno sostendrá vuestra magia, como la raíz a los árboles. Y tened en cuenta, que este árbol mágico está regado por las divinas aguas de la Fuente del Sol. No temáis, y tened fe. Os prometo que cuando paséis el examen, me encargaré de que os inicien además en los misterios menores del Sol Eterno. Yo me encargaré de hacerlo, si es preciso. ¿Pero no más dudas, de acuerdo? – El sacerdote del Amanecer le dedicó una mirada cómplice y le palmeó la espalda.

- Gracias, señor. Os prometo que no vacilaré. – El mago se levantó dejando escapar un suspiro y contempló fugazmente la costa, con aire nostálgico, antes de marcharse a paso lento, distraído, como si en su mente se estuviesen desatando mareas de desasosiegos.

- ¿En qué puedo ayudaros, mis caros señores? – El sacerdote del amanecer contempló largamente, con interés, a la pareja que se acercaba. Ambos iban vestidos con ropas que trataban de pasar como austeras, pero la calidad de los tejidos delataba que pertenecían a lo más alto de la sociedad thalassiana. Ambos lucían el rojo, con el cabello rubio dorado ella y rubio platino él, suelto y esmeradamente peinado.

- Queremos pediros que oficiéis nuestra boda. Sois uno de los siervos más reputados del Gran Sol y sus Misterios. Y mi familia os estima mucho. No olvidamos que guiasteis en sus últimos pasos a mi santo abuelo. Creemos que sois la persona ideal para oficiar nuestra unión. – Empezó el hombre, dedicándole a la fémina una sonrisa dulce y tierna. El clérigo ladeó la cabeza, sopesando la posibilidad.

- Me alegra que finalmente hayáis encontrado a una buena dama con la que desposaros. Vuestro padre debe estar orgulloso de vos. Y lo mismo digo de vos, Lady Namardan, me alegra veros de nuevo por aquí. – Contestó el religioso, invitándoles a sentarse cada uno al lado de él, quedándose en el medio, entre la pareja. - Aunque doy por sentado que sí lo sabéis, os lo he de preguntar, ¿conocéis ambos el ritual y los elementos que lo componen? – Inquirió el religioso seriamente. – El matrimonio no contará con la bendición del Sol Eterno si no se acude a él con respeto y devoción.

- Lo conocemos. – Respondieron ellos casi al unísono, dedicándose sonrisitas de tortolitos el uno al otro por la casual sincronización.

- El sacramento del matrimonio es para toda la vida. Realmente veo amor en vuestros ojos. Y este es también un don tan mágico del Sol Eterno como el resto. Tan sólo de esta manera se puede consolidar la vida matrimonial y cimentar el curso de las nuevas vidas que se espera traigáis tras vuestra unión. – Elenion pasó los brazos por la espalda de cada uno y los atrajo hacia sí, plácidamente, para que lo escucharan con atención. – Es verdaderamente en los procesos de creación de vida en la que nos hacemos semejantes a Él, pues nuestra naturaleza tiende imitarle. Es un misterioso milagro, en la que los distintos planos de la Creación se conjugan para proporcionar la existencia a un nuevo ser. Un trabajo sublime en el que cada cual proporciona su elemento. Vosotros, pues bien os conozco, daréis vuestra noble sangre, vuestra fuerza e inteligencia, le concederéis un cuerpo espléndido, estoy seguro. Pero el mayor regalo se lo confiará el Sol Eterno, y no será exclusivamente la aptitud arcana, sino su alma celestial e imperecedera. Vosotros dos y Él colaboraréis juntos en la creación de una nueva criatura. Es por esta razón que el matrimonio es sagrado. Pues su primer propósito de crear vida lo es, al igual que es de extrema importancia cimentar y dar continuidad a nuestra sociedad para asegurar las vidas que generamos. Espero que esto jamás lo olvidéis, y que desechéis la idea de contraer matrimonio si vuestra finalidad es otra. – El sacerdote hizo una pausa para tomar aire y escuchar lo que tenía que decir cada uno.

- Estoy de acuerdo con lo que decís. Es un deber que contraemos con el Sol Eterno, y con nosotros mismos al emprender este viaje sin retorno. – Seldune miró de reojo a Vaedhros cuando acabó de hablar, decidida a materializar aquella decisión. – Es, al fin y al cabo, el deber de la sangre.

- Así es, Lady Namardan. Me alegra que lo hayáis comprendido. Tampoco me sorprende, viniendo de vos, debo añadir. – Apuntó el clérigo, dejando escapar una risilla cómplice ante ambos. - ¿Cuándo queréis que sea la ceremonia?

- Bueno, hemos pensado que dentro de dos semanas, aproximadamente. Nos gustaría que fuese aquí, al amanecer. Aunque con algunos detalles más fastuosos, claro. – Lord Valagyr se deleitó con la magnífica visión del sol ya alzado en el cielo, que iluminaba majestuosamente la isla, arrancando brillos dorados y rojizos a las cúpulas de los edificios y a las copas de los árboles.

- No será ningún problema. Supongo que querréis un coro y un altar. A los aristócratas os encantan. Me aseguraré de proporcionaros lo mejor. Y no temáis, la decoración será espléndida. Aunque mucho me temo que los gastos los tendréis que pagar vosotros si queréis elementos adicionales. El Culto tan sólo os puede proporcionar a sus ministros y objetos sagrados. – Les explicó Elenion, con el semblante alegre por la buena noticia que le habían traído aquella mañana.

- Con eso será bastante, lo demás lo pondremos nosotros. – Señaló Lady Namardan.

- Muy bien. ¿Tenéis alguna duda más que queráis que os resuelva? – El sacerdote achinó los ojos, quizás refiriéndose a algún tema en particular, pero ninguno de los dos dijo nada más. – En ese caso os dejo, tengo unas confesiones en media hora, y si llego tarde los arrepentidos acaban arrepintiéndose de arrepentirse. De modo que disculpadme. Que el Sol Eterno os guarde, estimados. – Se despidió haciéndoles una reverencia ceremonial beloriana.

- Bueno. Ahora solo falta avisar a los invitados. – Empezó Vaedhros, cuando se quedó a solas de nuevo con Seldune, aprovechando para apretarse contra ella y acunarla en sus brazos al ver que el sacerdote ya se perdía en el horizonte con dirección al Poblado Estrella del Alba.

- Quiero algo íntimo, sin demasiada gente. La justa. No tengo ganas de que vengan nuestros pares a husmear ni a criticar. Agrian el ambiente siempre. – Lady Namardan se dejó achuchar en el regazo del caballero, al tiempo que disfrutaba del paisaje costero.

- Así será. Yo también lo prefiero. – Mintió él, resignándose a la idea de tener que renunciar a una boda aparatosa con la que deslumbrar a la alta sociedad thalassiana otra vez. – Aunque bueno, a algunos invitaremos, ¿no? – Trató de insistir discretamente.

- Ya veremos la lista de invitados. Con los que coincidamos los dos en todo caso. Pero invitar por invitar no. Y no es por falta de dinero, sino porque muchos son detestables. No voy a mandar una invitación a nadie del que haya escuchado rumores perversos o tenga negocios extraños. – Dijo ella, que se había percatado perfectamente de las intenciones del hombre.

- Entonces no vamos a poder invitar a casi nadie, amor. – Repuso él, sin rendirse todavía. – Por algún rumorcillo que digan por ahí no pasa nada. Seguramente sean inventados. Eso sí, lo que yo no quiero en mi boda es ninguna bestia de la Horda ni cosas de ese estilo.

- Vale. Ni filósofos decadentes, ni mestizos, ni gente impura. En eso estoy de acuerdo contigo. – Seldune se arrebulló en el arrumaco de Vaedhros, quien la acariciaba embelesado, una vez habían llegado a coincidir en algo. - Qué ganas tengo de que llegue ya el día. Aunque a veces pienso que vamos un poco rápido.

- ¿Un poco rápido? Bueno, quizás para nuestros antepasados sí, pero conociendo cómo está Azeroth, en unos meses estalla otra guerra, seguro. No podemos permitirnos perder más el tiempo – Dijo él, frunciendo el ceño suavemente.

- Sí, tienes razón. Pero a esa guerra que vayan otros. Yo ya estoy harta. Quiero tiempo para mí, y lo quiero pasar contigo. – Respondió Seldune con una nota de enfado, agarrándole del pecho para darle un beso en los labios.

- Como ordenes, Jefa de Guerra. – Musitó Vaedhros dejándose besar, correspondiéndola apasionadamente mientras la mañana pasaba primaveral y cálidamente en la mágica Isla de Quel’Danas…

Capítulo 12: Mirando las estrellas.Editar

El cuchillo lamió su esencia y dividió su cuerpo en dos mitades exactas. El jugo de su interior se derramó con pequeñas gotitas sobre una mesita de porcelana, que reflejó diminutos brillos al contacto con el líquido. La hoja volvió a cortar, produciendo ahora un nuevo tajo, tan limpio como el anterior, del que volvió a manar aquel néctar que tanto deseaba obtener. Finalmente, acabado el trabajo, dejó reposar sobre el mueble la cuchilla, tras limpiarla suavemente, con el fin de que no quedase ningún rastro en su acerada superficie.

- Toma, te sentará bien. – Tergumel le acercó a Ahira el zumo de naranja que le había preparado, obligándola con la mirada a bebérselo pese a que ella fruncía el ceño y apartaba el rostro. – Sé que no te gusta el sabor, pero tienes que tomar más fruta.

- Es que es muy ácido. – Lady Tavalshtrza se dejó caer pesadamente sobre un mullido colchón que los sirvientes de Seldune habían subido a lo alto del observatorio de la villa y se arropó con un níveo edredón relleno de plumas de oca. Aquel espléndido mirador privado estaba ubicado en la buhardilla de la biblioteca y amparado en el tambor que soportaba la majestuosa cúpula rubí, donde estaba adosado un telescopio a cielo abierto con el que observar las estrellas, a imitación del que había en el Bancal del Magíster, pero a menor escala. - ¿Ya has preparado las cartas estelares? Aún nos queda por estudiar la Constelación del Unicornio. Yo nací bajo ese signo, ¿lo sabías?

- Lo sabía. Y eres como todos los unicornios se supone que son. Cabezota a más no poder y muy caprichosa. Pero tu signo tiene cosas que tú no conoces, y que no te desvelaré a menos que te tomes el zumo. – El hechicero permaneció de rodillas sobre el colchón, mirándola fijamente y acercándole el vaso con el jugo anaranjado dentro, sin grumos, para que pudiese tragárselo mejor.

- Qué insistente eres. Me lo tomo para que no me sigas molestando. Que conste. – Ahira se reincorporó suavemente y tomó con desgana el vaso, para escanciar muy lentamente su contenido a través de sus finos y blancos labios. – Qué malo está. – Dijo al acabárselo.

- Muy bien. – Señaló el varón retirándole lo poco que quedaba de zumo, dejándolo con cuidado sobre la mesita de porcelana. – Te has ganado tu premio. – El mago se puso de pie y se acercó a un complejo de palancas que había cerca de una ventana ovalada. Tras accionarlas, observó cómo la enfermiza noble abría los ojos, en un arrebato de sorpresa, cuando las placas de la techumbre se deslizaron hacia la derecha, dejando a la vista en el sector izquierdo unas láminas de cristal reluciente que permitían la contemplación y estudio del cielo estrellado.

- ¡Qué maravilla! – Ahira se quedó boquiabierta, de nuevo tumbada, con la mirada perdida en la inmensidad de los cuerpos celestes que se desplegaban ante ella. De nuevo, la magia de la Fuente del Sol creaba la sensación de que aquellas estrellas resplandecían con una intensidad desconocida, y que su dimensión, se suponía mayor de lo que era en realidad. Esta era una de las razones por la cual la mayoría de los observatorios de Quel’Thalas se encontraban en aquella mágica isla, pues la exaltación de la realidad permitía el escrutinio de los astros mejor que en ningún otro lugar.

- La denominación de “La Gran Oscuridad” aquí pierde todo su sentido. Los ignorantes suelen decir que todo el universo es oscuro, pero no es así. Está iluminado por incontables lámparas en forma de soles y estrellas. Lejos de estar vacío, es el receptáculo de miles de millones de mundos, algunos repletos de vida, como el nuestro, mientras que otros, permanecen yermos y angostados. Pero incluso así tienen su función. – Tergumel se tumbó al lado de la mujer y siguió su mirada, para centrarla él también en el cosmos.

- ¿Qué función tiene un planeta sin vida? – Preguntó Ahira, absorta en la explicación.

- Los planetas tienen sus propias formas de ánima. Guardan simpatías y antipatías entre ellos, por así decirlo. Los cuerpos celestes están gobernados por potencias astrales que no podemos ver en esta dimensión. Pero sí en otras, como en el Vacío Abisal. El Torbellino Astral nos muestra un flujo de energías etéricas que recorren todo lo que existe, envolviéndolo y conectándolo con distintos planos de la existencia. Es en esta contemplación donde nos damos cuenta de nuestra pequeñez, pero no de nuestra insignificancia. Somos parte de una gran obra, en la que también tenemos un importante papel que cumplir.

- ¿Cuál es nuestro papel en la vida, Tergumel? – Ahira posó su cabeza sobre el pecho del hombre, dejando la almohada a un lado.

- Eso es algo que debemos averiguar cada uno, cariño. – El hechicero le acarició la cabeza, sin cubrir por ninguna peluca, provocándole unas suaves caricias que en ocasiones le arrancaba alguna risilla a la mujer. – Pero todos, sin excepción, tenemos un propósito. Puede que nuestro mundo sea uno más entre muchos, pero eso no comporta que no tengamos un significado, o una meta. Si quitásemos importancia a todas las gotas de agua, y las retirásemos, al final acabaríamos quedándonos sin mares, y sin océanos. Lo mismo ocurre aquí con los cuerpos celestes, cada uno está conectado con todo, y de cierta manera, se necesitan y se retroalimentan. Es como una gran orquesta en la que todos tienen unas notas que alcanzar y unas líneas que tocar en su partitura cósmica.

- Yo he escuchado que esa partitura no tiene ningún orden, sino que es caótica. Que no hay ningún director. – Lady Tavalsthrza bostezó ligeramente, embelesada por las explicaciones de Tergumel, que no alcazaba a comprender en su plenitud. - ¿Tú piensas que es verdad?

- El caos es cambio. Y si hay cambio, es que la orquesta sigue tocando, bajo la dirección de un director. No sé cómo se llama, ni qué aspecto tiene. Unos lo adoran bajo una forma, o un símbolo. Le ruegan, le piden cosas. Yo me limito a adorarlo estudiando y contemplando su obra en la que yo soy partícipe. He llegado a conocerlo, aunque muy limitadamente, recorriendo los distintos caminos de la magia, comprendiendo el mecanismo de esto a lo que algunos llaman Creación. – El mago cerró los ojos y sintió complacido un hormigueo recorriéndole el cuerpo, como si un flujo mágico lo estuviese acunando a él también, haciendo que sus albos cabellos se erizasen grácilmente. – Pero prefiero no aburrirte con estas cábalas mías. ¿Querías conocer el secreto de tu signo, no?

- Sí, sí que quiero. – Respondió ella, más atenta a algo que estuviese al alcance de su comprensión. - ¿A que es verdad que cada signo tiene un poder oculto?

- Es cierto. Pero no todos saben despertarlo. A ver, señálame dónde está la Constelación del Unicornio. – El mago tomó el brazo derecho de la fémina, para que apuntase exactamente la constelación que le había pedido, como si aquello fuese un examen informal. Ahira no dudó ni siquiera un segundo, y estiró sus frágiles deditos para apuntar a un cúmulo estrellado que tenía la forma de un unicornio rampante.

- Los nacidos bajo el signo del Unicornio son constantes, testarudos, nerviosos, hipocondríacos y de corazón noble. O al menos, eso dicen los horóscopos de las !@#$nisas que suspendieron los exámenes para magíster. – El hechicero soltó un bufido burlesco. – Pero la realidad es otra. En el momento del nacimiento, somos imbuidos por el influjo astral de la Constelación que influye en ese momento a Azeroth, imbuyéndole unas propiedades especiales. Estas, recargan al recién nacido con un magnetismo único que emerge cada vez que de nuevo, signo cósmico y planeta quedan alineados. Realmente, afecta poco o nada a la personalidad del individuo salvo en el contagio de movimientos anímicos que el planeta expresa con esa precisa zona del cosmos, siempre a nivel astral, no físico. Por eso, hay muchos rituales y prácticas mágicas, especialmente teúrgicas, que se realizan o bien en el día de cumpleaños, o cuando nuestro signo cósmico está influyendo en la corriente etérica que nutre a nuestro mundo, pues de esta manera nuestro poder mágico se incrementa y la operación puede tener mayor éxito. Así también explican muchos astrólogos por qué hay diversos conjuros o invocaciones que se deben hacer en una hora determinada o día de la semana, bajo la protección de cierto símbolo o cuerpo celeste. ¿Lo has comprendido?

- Es decir. Que si yo quiero conseguir que un ritual o un conjuro gane auténtica potencia, ¿debo hacerlo cuando mi signo sea más fuerte? – Ahira arrugó el ceño despoblado de cejas, pero que cuyo gesto fue captado por Tergumel, cuando este desvió la mirada de las estrellas.

- Sí. Eso he querido decir. Pero ni aún así debes hacer magia. Tu cuerpo no lo resistiría igualmente. – El hombre achinó los ojos, de forma aleccionadora, con el fin de que cualquier idea que acabase de cruzar la mente de la mujer se desvaneciera para no volver a aparecer.

- Sí, no te preocupes. Te hago caso, no haré nada. Si ni siquiera sé hacer nada de magia. Ya lo sabes. – Oculta bajo las sábanas, Ahira cruzó los dedos índices con los del medio, tal como hacen las niñas traviesan cuando prometen en falso. – No haré nada malo. – Añadió dejando escapar un largo bostezo para dormirse.

- Buena chica. – Tergumel se estiró y parpadeó, sintiendo el cansancio acumulado durante varios días. Cuando apenas quiso darse cuenta, notó que Lady Tavalshtrza estaba profundamente dormida. Con cuidado, la apartó de su regazo para colocarla sobre la almohada y taparla hasta la barbilla, para que no se resfriase.

Cuando finalmente ella estaba completamente cómoda e inmersa en los mundos oníricos, él también se permitió acompañarla recostándose en forma fetal, atrapando el edredón con los muslos flacos, como si estuviese abrazando a un ente que no estaba allí.

- Tergumel. ¿Estás dormido? – Escuchó el mago que alguien lo llamaba.

- No, no lo estoy aún. Dime, cariño. – Contestó él, reconociendo la voz de Ahira, la cual se había despertado quizás al notar el movimiento, tal como solía hacer en su sueño ligero.

- Nada. – Le respondió ella quedamente, hundiendo su cabecita en su regazo. – Mañana es mi cumpleaños.

- Haremos algo para celebrarlo, entonces. – Acabó por decir murmurando el taumaturgo, apenas sin procesar la información, luchando por no quedarse dormido. Esperó unos segundos más antes de entregarse al descanso, hasta que los ronquiditos de Ahira le confirmaron que tenía permiso para cerrar los ojos una vez más.

[…]

Los primeros rayos de sol golpearon sus párpados. Pestañeó molesto, al haberse olvidado cerrar las placas de la techumbre, y se cubrió con el brazo, refunfuñando entre las sábanas. Se volteó para tapar a Lady Tavalshtrza, quien no podía quedar expuesta a la luz solar sin sufrir daños. Quedó desconcertado al descubrir que estaba sólo en el lecho cuando palpó el colchón con las manos, buscándola, sin encontrarla. Tergumel se puso en pie rápidamente, alerta, aún con los mechones de largo cabello despeinados y cubriéndole la cara, como un soldado cuando escucha el sonido de la trompeta.

Barrió la habitación con la mirada, tratando de localizar a la mujer, con una nota de angustia, pues no estaba por ninguna parte. Miró detrás de las cortinas, de las estanterías, deshizo la cama, la volteó, pero no la halló. Buscó debajo de la mesita de porcelana, pero tampoco estaba allí. Sin embargo, cuando su mirada planeó sobre la superficie de esta hizo un descubrimiento muy preocupante.

El cuchillo que había usado para cortar las naranjas no estaba allí.

Capítulo 13: Gato encerrado.Editar

El servicio de la casa se encontraba frenético. Todos y cada uno de ellos se encontraban revisando hasta el último rincón de la villa, bajo la orden de encontrar a Lady Ahira Tavalsthrza, quien había desaparecido del observatorio astronómico la noche anterior. La preocupación que se entreveía en el rostro de sus principales amistades era mayor en el de Tergumel, quien más culpable se sentía por haberse hecho cargo de su seguridad cuando pasó, o al menos eso pensaba él, la noche con ella. Pues no tenía ninguna certeza de que realmente hubiese sido así, ya que la enfermiza mujer podría
haberse escabullido tan pronto como el sueño se hubiese apoderado del hechicero.

Se había buscado en primer lugar en los resguardos más oscuros y sombreados, debido a la intolerancia que sufría Ahira respecto a la luz solar, pero la búsqueda había sido infructuosa. Se tuvo que expandir el radio de indagación hacia patios, jardines y pórticos iluminados, pero tampoco estaba allí. Eran conscientes de que la endeble dama tampoco tenía mucho vigor físico, y que solía agotarse a los pocos minutos de ejercicio, ya que raramente conseguía andar a paso lento más de media hora. No obstante, en ese transcurso de tiempo, podría haber llegado a alcanzar el recinto exterior, en el caso de que en esos instantes se hallase con una inusual dosis de energía.

Con cierta desesperación, los criados empezaron a vocear mientras miraban debajo de las mesas, detrás de las cortinas, macetas, tinajas, estantes, muebles, e incluso revisaron los almacenes, alacenas y depósitos. Pero nada encontraron. No se sirvieron desayunos ni comidas aquel día, ya que todo el personal estaba inmerso en dar con Lady Tavalsthrza. Nadie podía explicarse cómo había sido capaz de desaparecer de semejante manera sin dejar pista alguna. Ya que todas sus posesiones personales permanecían en la alcoba de invitados, intacta, junto a su colección de vestidos, parasoles y pelucas. Lo único que recordaba Tergumel, es que ella estaba vestida con un camisón de dormir y que el cuchillo de pelar naranjas no se encontraba en su sitio cuando despertó. Aquel perturbador detalle fue lo que más asustó a Lady Namardan, quien temió que su demencial huésped pudiese haber cometido alguna locura. Sin embargo, no se hallaron rastros de sangre ni el cadáver de la mujer, en caso de que se hubiese dejado llevar por los arrebatos más oscuros.

- ¿Ella se encontraba psicológicamente bien anoche, Tergumel? – Seldune se dejó caer sobre una silla de madera acolchada que daba a uno de los cuatro pórticos de la villa, recuperando el resuello tras varias horas de incesante búsqueda. Tenía el semblante carcomido por la angustia y la preocupación, apenas estaba peinada y se había puesto camisa y pantalón de lino rosado, que le permitía moverme sin torpezas, pues en aquellos instantes tampoco se sentía con ganas de embellecerse para una situación que no lo requería.

- Sí, incluso parecía entusiasmada porque hoy era su cumpleaños. No sé cómo puede haberse desvanecido de esta manera. Que yo sepa, Ahira no tiene ningún don mágico. – El hechicero tenía el rostro enrojecido tanto por la vergüenza como por haberse pasado toda la mañana entregado en la búsqueda. – Nos estamos dejando algún lado donde no hemos mirado bien, esta villa es muy grande.

- Vaedhros y Ciorel han ido con caballos a sondear las cercanías, en caso de que haya conseguido llegar hasta el bosque. Como le haya pasado algo… - Lady Namardan hundió el rostro entre las manos, abrumada por las terribles consecuencias que semejante hallazgo podría acarrear. Aparte de la pérdida que supondría la muerte de Ahira, también le preocupaban los cuchicheos que todo el Alto Reino desataría sobre lo que realmente había ocurrido en su villa, destacando lo mala anfitriona que era,  y por supuesto, aderezándolo todo con detalles inventados, mórbidos y grotescos. Sería un golpe muy fuerte para su intachable reputación, y quizás tuviese algún efecto colateral no exclusivamente social, sino también político. Se tendría que realizar una investigación oficial, que podría incluir algún juicio, ya que a pesar de su alto estatus social, Lady Tavalsthrza era también una noble de rancio abolengo, y la gente podría sospechar de algún asesinato para hacerse con su posición, aunque realmente ella no lo necesitase en absoluto.

- Estoy desolado, de verdad. – El taumaturgo puso su mano sobre el hombro de Seldune, para tratar de tranquilizarla, consciente de los pensamientos que torturaban su mente en aquellos instantes. – Aún no entiendo cómo ha podido pasar. – Ella no dijo nada, pero él supo captar que en aquel silencio tenso estaba tratando de refrenar un duro reproche, o tal vez una áspera descarga verbal que contuviese palabras mal sonantes.

- Déjame un momento, por favor. Vuelve a mirar en el Observatorio. – Le ordenó, permaneciendo durante unos instantes más con la cabeza enterrada entre sus manos.

Cayó la noche, y las horas que habían invertido en la búsqueda de Ahira habían sido un completo fracaso. Ciorel y Vaedhros, ambos portando espadas curvas y semblantes serios llegaron de su exploración en el bosque con las manos vacías. Habían hecho preguntas discretas a algún dominguero que se encontraba pasando alegremente el día, pero no habían obtenido ni respuestas ni pistas.

- Deberíamos dar aviso a la guardia. – Lord Valagyr abrazó a una intranquilizada Seldune, que estaba completamente pálida y asustada, frotándole suavemente la espalda. El caballero comprendía perfectamente la tesitura en la que se encontraba, y él también sentía una marea de preocupación inundándole. Al igual que su prometida, temía la reacción de la sociedad thalassiana ante la noticia, y él, también sería el centro de la comidilla. No obstante, aunque no quisiera reconocerlo, sentía algo de lástima por Ahira. Le recordaba a aquellos seres corrompidos por la enfermedad y la adicción que estaban a punto de convertirse en desdichados. Volvió a rememorar el nefasto día en el que encontró a un amigo de la infancia muerto en un callejón de las ruinas de Lunargenta durante una misión de reconocimiento. La imagen de su cráneo ceniciento, calvo y cubierto por hongos, junto a los brazos esqueléticos y entecos, donde antes había fuertes y sanos músculos, le fue insoportable. Lady Tavalshtrza le era repugnante porque la asociaba instantáneamente a aquella desagradable imagen. Pero en cierto modo, su desaparición también le hizo revivir aquel momento de devastación. – La encontraremos, amor. Ya lo verás. – Vaedhros besó cariñosamente a la mujer en la mejilla y se apartó unos centímetros para sonreírla.

- No, no. Aún no hay que avisar a la guardia. Seguro que mañana aparece. – Lady Namardan negaba con la cabeza, sin poder evitar que su voz temblase ligeramente pese a sus esfuerzos de mantenerse firme. - ¿Por qué ha tenido que pasar esto ahora, con lo tranquilos que estábamos? Tenías razón, no tendría que haberla traído. Sólo da problemas…

- No te atormentes por eso. Es culpa del mago, no la vigiló como debía… - Lord Valagyr volvió a estrecharla. Seldune no trató de replicarle, pues en el fondo, ella también pensaba lo mismo. No recordaba que Tergumel le hubiese fallado antes, y normalmente era una fuente de apoyo para ella, pero en esos momentos sentía una ira muy honda hacia él, tanto como empezaba a sentir por Ahira. – Deberías ir a descansar.

- Sí… estoy agotada. – La aristócrata suspiró larga y pesadamente, tomando la mano que el caballero de sangre le ofrecía.

- Te acompañaré hasta tus aposentos. Después continuaré buscando junto al resto. – El hombre sintió como ella descargaba parte de su peso en él, mientras caminaban lentamente, con tristeza, a lo largo de los salones de la villa. No prestaron atención a los hermosos tapices en los que se representaba la Fundación del Alto Reino y de la Fuente del Sol, ni se solazaron en una de las fuentes de los claustros internos. Subieron las escaleras hasta la segunda planta, donde se encontraban dos extensas alas con las dependencias de invitados y de la señora de la casa. Ambas alfombradas con largos telares de terciopelo escarlata, que débilmente iluminado por lámparas doradas, señalaban el camino a seguir.

- Gracias por todo. – Dijo Seldune cuando llegaron a la puerta de su alcoba. – Me haces mucha falta ahora. – Añadió, dándole un corto beso en los labios.

- Gracias a ti, mi vida. Trata de descansar, te despertaré si la encontramos. – Vaedhros acarició con dulzura los cabellos de la mujer y se despidió con otro ósculo en la frente, para entregarse de nuevo a la búsqueda. Lady Namardan lo contempló marcharse de forma ausente y tanteó el pomo de su puerta, el cual giró con desgana, para entrar en su habitación, que se hallaba en oscuridad. Consciente de que había una lámpara de maná en una mesilla que se encontraba nada más a su derecha, Seldune la asió y murmuró unas palabras que hicieron que una mecha se prendiese instantáneamente, iluminado tenuemente el área más cercana. Tomándola del asa, la noble dama se paseó por la estancia y la dejó cerca de un amplio vestidor en forma de armario empotrado. Mientras lo abría, con intención de cambiar sus mudas, escuchó el susurro del cortinaje de la ventana moverse. Aguantando la respiración, se quedó paralizada para agudizar el oído, con suma atención. Aquel lento movimiento volvió a percibirse, en esta ocasión con más intensidad que el anterior, como si alguien lo estuviese descorriendo para salir de él. Segura de que alguien más estaba allí, Seldune se dio la vuelta rápidamente y se preparó para emplear el poder de la Luz contra aquel intruso, fuera quien fuese.

Sin embargo, lo que se encontró no era lo que ella esperaba. Del nudo de cortinajes rojizos apareció un gato gordo y perezoso, que portaba un collar de perlas, de pelaje atigrado y que bostezó como si la cosa no fuese con él. Tras la visión, Lady Namardan soltó un bufido y fue a coger al animal, que era realmente rollizo y pesado. El felino puso los ojos en rendijas y soltó un poco de aire cuando sintió que lo tomaban en brazos.

- Pero si eres el gato de Ahira. ¿Cómo te has colado aquí? – La aristócrata le acarició la cabeza, provocando un sonorísimo ronroneo. - ¿Tú tampoco has visto a tu dueña? – Seldune clavó la mirada en la del minino, en un intento de obtener una respuesta de él. Sabía que algunos druidas se las ingeniaban para poder comunicarse con las bestias, pero ella carecía de ese poder. La mascota de Lady Tavalsthrza la miró de forma estúpida, y se limitó a seguir mendigando caricias…

[…]

Vaedhros sintió el agua fría humedecerle el rostro, sacudiéndole el sueño de encima e inyectándole una nueva corriente de aliento. Temía quedarse dormido en su misión, y aquello no se lo podía permitir. Pensó en lo agradecida y contenta que se sentiría su prometida si por la mañana se despertaba con la aparición de Ahira, por lo que no cejó en buscarla, al igual que el resto de los sirvientes, cuyos pasos eran cada vez más cansinos y dejados.

- Seguid buscando. No paréis hasta encontrarla. – El caballero espetó secamente a una criada que se había sentado en medio del pasillo para bostezar a escondidas. – O me aseguraré de que os envían a Orgrimmar para bañar trols. – Aquel último comentario solía hacer que los criados espabilasen de inmediato y volviesen a ponerse manos a la obra. Dejando el vaso de agua vacío que se había echado a la cara sobre la repisa de una ventana del pasillo de los sirvientes, se encaminó para revisar por tercera vez uno de los habitáculos vacíos que aún no ocupaba ningún asistente doméstico.

La estructura del cuarto era similar al de los demás. Con unas dimensiones menores pero suficientes para un criado, pudo ver varios muebles: mesas, sillas, un armario, espejos y el lecho, cubiertos por mantas blancas para que el polvo no se cebase con ellos en su desuso, a pesar de que aquella cámara se limpiaba semanalmente. Las baldosas de mármol oscurecido reflejaban débilmente la luz de un candelabro que el caballero portaba para poder ver el entorno.

Descorrió un telar que sustituía al cortinaje, que tapaba la ventana, la cual abrió, con el fin de airear la habitación que despedía un fuerte olor a cerrado. Mientras lo realizaba, creyó ver por el rabillo del ojo una sombra reflejándose en el cristal, que se movía por detrás de él. Alerta, empuñó con fuerza el candelabro y lo orientó en la dirección de aquel misterioso reflejo, pero no detectó nada. Lentamente, se aproximó a un rincón oscuro, cubierto por un biombo, donde antes no se había detenido a husmear. Tratando de no hacer ruido, a la par que escuchaba el susurro de las velas, retiró el artefacto y observó seis figuras humanoides recubiertas con mantas, inmóviles.

El caballero, aguantando un respingo que lo asustó por el descubrimiento, recuperó el control y posó la mano en una de las níveas telas, que retiró en un gesto rápido. Sin su manto que lo ocultaba, a la vista quedó un maniquí de madera, que simulaba el contorno de un elfo, sobre el que poder colgar los ropajes para que no se arrugasen o que iban a ser vestidos prontamente por su dueño. Vaedhros se regañó a sí mismo por haberse inquietado y continuó desvistiendo a los modelos de madera. Cuando iba por la mitad de ellos, reparó en que uno era especialmente corto de estatura, y que la manta que lo tapa le estaba mucho más ceñida. Alzó la mano, con el ceño fruncido, y en el preciso momento en el que se disponía a descubrirlo, escuchó la puerta de la estancia abrirse.

- Vaedhros, ¿estás aquí? – La voz de Seldune lo hizo detenerse, dando varios pasos hacia atrás, para salir del biombo que albergaba los maniquíes en una falsa pared.

- Sí, mi amor, estoy aquí. ¿No puedes dormir? – El caballero se acercó a ella, sonriéndola con afección, y arqueó las cejas cuando la vio portando el gordo gato de Ahira. - ¿Ese no es la mascota de Lady Tavalshtrza? – Preguntó él algo descolocado.

- Sí, estaba en mi cuarto. No sé cómo pudo llegar ahí. He pensado que ella pudo haberlo dejado allí antes de irse, me resulta muy extraño. – Lady Namardan acunó al animal, que parecía contemplar al elfo de sangre sin demasiado interés, empeñado en ronronear para que la dama lo acariciase. Cuando Lord Valagyr se aproximó para observarlo, Seldune notó que detrás del hombre se encontraba una figurilla que se movía lentamente, cubierta por un manto blanco. Sorprendida, parpadeó para fijarse bien, tratando de que el cansancio y la penumbra de la habitación no jugasen con sus sentidos. Pero en esta ocasión vio algo más, la figura que se posicionaba detrás de Vaedhros alzó un brazo blanco, mostrando por encima de la sábana el filo de un largo cuchillo que resplandeció con un fugaz brillo cuando la luz de las velas incidió sobre él…

Capítulo 14: Pesadilla.Editar

- ¡Vaedhros, detrás de ti! – Seldune gritó alarmada en cuanto detectó a la misteriosa figura aproximándose. El interpelado, con un instantáneo arqueamiento de las cejas que reveló confusión, se dio la vuelta con rapidez, alerta. Sin embargo, el ignoto atacante fue más rápido y se abalanzó contra él, provocando que el filo de la hoja que portaba hendiese la carne y se adentrase en el cuerpo del caballero, profundamente, cerca del estómago.

Removiéndose, Lord Valagyr colocó las manos sobre el antebrazo del agresor tras recibir la segunda de las puñaladas, de las que empezaban a manar regueros de sangre, con el objeto de inmovilizarle. Lady Namardan, atónita, y apenas sin pensarlo, arrojó el gato rollizo contra el maléfico personaje, causando que el animal se enganchase al manto blanco con sus uñas y lo descubriese en la caída. Ante la vista de los dos nobles quedó Ahira Tavalsthrza, con los ojos inyectados en una abyecta demencia y un rictus desquiciado que despedía unos espumarajos rabiosos. Respiraba entrecortadamente, con las venas azules marcándole el rostro y el cuello, creando una imagen macabra y nauseabunda.

- ¡Ahira! ¿Qué estás haciendo? – Seldune se acercó a la mujer, mientras esta aún mantenía el cuchillo ensangrentado en alto. - ¡Detente! ¡No somos tus enemigos!

- ¡Tu belleza…! – Lady Tavalsthrza ladeó la cabeza con la mirada ausente y bajó el tono de voz, mientras murmuraba unas palabras de forma repetitiva, como si fuese una salmodia. A la par que aquella espeluznante deprecación resonaba en la habitación, la perturbada aristócrata se acercaba a la dueña de la Villa, que la observaba absolutamente catatónica, sin comprender qué es lo que estaba pasando. - ¡Tu belleza es mía! – Ahira salvó corriendo, con una energía inaudita en ella, los pocos metros que la separaban de Lady Namardan y se dispuso a acuchillarla con el filo de su arma.

Cuando el cuchillo estaba a punto de clavarse en la carne de la anfitriona, Vaedhros la apartó colocándose él en el medio, recibiendo en el corazón la letal estocada. Cegada por el frenesí que se estaba apoderando de ella, Ahira continuó apuñalando rabiosamente al caballero, que yacía en el suelo mientras su sangre chapoteaba por cada golpe que la enfermiza mujer le asestaba. Seldune, en un momento paralizada por la pesadilla que se desplegaba ante ella, y viendo a su amado siendo mortificado sin ninguna misericordia, se puso de pie rápidamente y cargó contra Lady Tavalsthrza, dejándose llevar por la ira e invocando el poder de la luz del Sol Eterno en sus manos, que iluminó con un fuerte destello la estancia, y la descargó con un fuerte choque luminoso contra la trastornada fémina. El impacto de la magia lumínica contra el débil cuerpo de Ahira la despidió varios metros, haciéndola chocar contra la pared, provocando que el chasquido del romper de los huesos fuese sonoramente audible. Apenas sin darse un segundo de respiro, Lady Namardan persiguió la trayectoria de su ahora enemiga, mientras la observaba retorcerse en el suelo, dolida por las fracturas y abrasada por el efecto de la Luz. Sin detenerse, rodeó el cuello de Lady Tavalsthrza fuertemente, con las manos, y la inmovilizó mientras ella trataba de forma patética escapar. Cuando vio que esto era imposible comenzó a chillar como una auténtica lunática.

El ruido que provocó la pelea alertó a los criados y a Tergumel, que prontamente aparecieron y entraron en tropel en el cuarto, con las armas y hechizos dispuestos para cualquier encontronazo con el que se pudieran topar.

- ¡¿Qué está pasando?! – El hechicero recorrió la habitación con la mirada, perplejo, fijándose en las manchas de sangre salpicando las baldosas, mientras Vaedhros comenzaba a arrastrarse débilmente, sin lograr ponerse de pie. El resto de criados se quedaron petrificados por el horror inesperado que estaban presenciando.

- Ahira ha enloquecido. ¡Ayudad a Vaedhros, está herido! – Seldune continuó bloqueando a Lady Tavalsthrza, quien continuaba dando alaridos al verse reducida y con su plan de asesinato totalmente frustrado.

- Yo me ocupo de ella. Ve a sanarle o acabará por morir. – Tergumel se arrodilló ante el cuerpo roto de Ahira, quien al ver al taumatugo había cesado de sacudirse y vociferar demencialmente, contemplándole ahora con los ojos en blanco y una sonrisa inocente.

- Hola, mi vida… - Le dijo al ver que él posaba una mano sobre ella, induciéndole un conjuro sedante, que la dejó sin conocimiento una vez fue completamente aplicado, sin permitirla que dijera ninguna palabra más. Al mismo tiempo, Seldune colocaba sus manos sobre las heridas de Lord Valagyr, precipitadamente, temerosa de que pudiese perderlo si no actuaba con premura.

- Sol Eterno, por favor, ayúdame a sanarlo. No te lo lleves aún. – La dama, perdida por los nervios y el miedo comenzó a derramar amargas lágrimas a la vez que comenzaba a alzar una oración sanadora. La luz volvió a responder a su llamada, emanando de las yemas de sus dedos y alargándose hasta tocar la maltrecha figura del caballero, reptando sobre él como una cinta etérea y adentrándose en sus heridas, para lamerlas y restañarlas. Prendida por el poder de la Luz, los ojos de Lady Namardan se volvieron instantáneamente dorados, al igual que su cuerpo y el del caballero se encendían momentáneamente en un haz refulgente que conmocionó al resto de personas presentes, que observaban el prodigio. Una sensación cálida y agradable les arropó, despejando la angustia de momentos precedentes e insuflándoles una inefable calma y alivio, similar a un tierno abrazo tras un traumático suceso. Cuando finalmente la luminaria se desvaneció, quedaron a la vista las lacerencias cerradas que Lord Valagyr había sufrido. – Mi amor, ¿puedes oírme? – Seldune colocó suavemente sus manos en el rostro del hombre acariciándolo tiernamente, mientras este permanecía con los ojos cerrados, en majestuosa quietud.

- Seldune… - Tergumel comenzó a hablar, en un intento de llamar su atención. Pero ella no lo escuchó y volvió a invocar el poder de la Luz, pero en esta ocasión el fenómeno se presentó con mucha menos brillantez, aunque reproduciendo el mismo efecto que en la invocación anterior. – Seldune, déjalo… ya se ha ido. – Volvió a señalar el mago. Lady Namardan no quiso asimilar aquellas palabras, y sin volver a recurrir a la magia, desesperada por no saber qué más hacer, abrazó el cuerpo de Vaedhros y lo besó fuertemente en los labios, en un gesto abatido y cansado.

- ¿Van a tener que apuñalarme para que me tengas que besar…? – Una débil sonrisa se dibujó en la faz de Lord Valagyr, quien abrió lentamente los ojos, pesadamente, y rodeó a la mujer con sus brazos, la cual abrió los ojos con sorpresa. Cuando ella lo vio con vida, y de nuevo en el mundo de los vivos, incrementó el poder de su beso, sellando sus labios apasionadamente contra los de él, a la par que los criados miraban para otro lado, aunque aliviados por no tener que lamentar ninguna muerte. Cuando los enamorados dejaron de aliviarse en su dicha, devolvieron la atención a Lady Tavalsthrza, quien seguía tendida en el suelo, con un brazo y una pierna en una postura repulsiva debido a la rotura. A pocos metros de ella se encontraba el cuchillo de pelar naranjas, todavía goteando y manchado de sangre.

- ¿Qué vamos a hacer con ella? Esto hay que denunciarlo. Deben ingresarla en alguna institución para perturbados mentales. – El mayordomo Ciorel, siempre impecable y bien vestido, incluso en esas altas horas de la noche, se acercó unos pocos centímetros y la observó con un atisbo de curiosidad.

- Sí, llamad a la seguridad e informad en el barracón de la guardia en Quel’Danas. – Seldune dejó que dos criados ayudasen a Vaedhros a ponerse de pie al tiempo en el que ella desviaba la atención hacia Ahira, que ahora parecía una criatura frágil e inocente, sedada. – Debe recibir ayuda.

- Esos hospitales son siniestros, le harán más mal que bien. Dejad que me quede con ella, me la llevaré conmigo y cuidaré de ella. Está enferma y no sabe lo que hace. Solamente yo puedo darle la medicina que necesita, permitidme enmendar mi error. – Tergumel descansó la mirada en la de Seldune, transmitiéndole por los ojos un sentido ruego, que a la vez comportaban una sincera disculpa. – En mi torre podrá vivir cómodamente y siempre estará vigilada. Allí no podrá hacer daño a nadie. Lady Namardan se mantuvo en silencio unos instantes, reflexionando acerca de la propuesta del hechicero. Indecisa, trató de hallar la respuesta en Vaedhros, a quien miró en busca de su opinión. El caballero no habló, sino que dejó escapar un hondo suspiro y asintió con un ademán, dando su aquiescencia.

- Está bien. Te daré un voto de confianza. – Le dijo al mago. Analizando fríamente la petición, ella también llegó a la conclusión de que era la mejor opción. Ahira estaría mejor bajo la supervisión de su amigo de la infancia, quien pese a todo, era el que mejor la trataba. Asimismo, de esa manera ahorrarían los largos trámites que supondrían denunciar a Lady Tavalsthrza por intento de asesinato y recluirla en un manicomio, sin olvidar igualmente que podrían conservar la discreción y no alimentarían con escándalos y rumores a la alta sociedad thalassiana. Nadie se interesaba por Ahira, y dado que prácticamente nunca asistía a eventos sociales, sus pares no la echarían en falta.

- Gracias. En cuanto esté consciente y sana me marcharé con ella. – El hechicero posó su mirada en la lunática aristócrata, que respiraba dulcemente sobre el suelo, y se acercó a ella, pasando los dedos por la piel quemada por el choque sagrado con el que Seldune la había atacado. – Espero que puedas ayudarme. – Le dijo a Lady Namardan. – Cuanto antes se recupere antes podremos irnos.

- Cuenta con ello. – Seldune se volteó en dirección a los sirvientes, que continuaban mirando con total interés lo que estaba ocurriendo. – No voy a pasar por alto vuestra incompetencia por no haber encontrado antes a Lady Tavalshtrza, todo esto se podría haber evitado. Este mes no cobraréis ninguno de vosotros. Id inmediatamente a preparar la cámara de invitados y llevad material médico. – Hizo una pausa para mirar a cada uno de ellos con una gélida seriedad. - ¿Os lo repito? – Añadió al ver que los sirvientes se encontraban pasmados, provocando que reaccionasen de forma desordenada y que abandonasen la estancia afanándose en cumplir los designios de su patrona.

[…]

Habían pasado seis días y todo estaba listo para la partida. Lady Tavalsthrza había permanecido todo el tiempo en cama, sufriendo altas fiebres, mientras que Tergumel la acompañaba día y noche, apenas durmiendo unos cortos minutos. Por seguridad, habían decidido atarla a la cama y retirar de su vista cualquier objeto afilado o punzante. Le habían entablillado la pierna y el brazo rotos, así como suministrado pócimas para acelerar la regeneración y mitigar el dolor, sin dejar de darle sedantes. Tras el breve tratamiento, el hechicero había rastreado las líneas ley de su torre en las Tierras Fantasma y creado un portal mágico de corta duración, por el que iba a penetrar para ahorrarse el largo y azaroso viaje.

- Lamento que haya tenido que acabar así. Cuando regrese te devolveré los volúmenes sobre Uldum. – Tergumel dedicó una última mirada a Seldune, quien contemplaba el vórtice mágico púrpura que se abría dentro del laboratorio de la villa, ubicado en el sótano de la biblioteca. – Te mantendré informada de la progresión de Ahira. – La aludida se encontraba dormida y sentada rígidamente en una silla con ruedines, acolchada, con las piernas en alto.

- Gracias al Sol Eterno todo ha acabado bien. ¿No vendrás a la boda, verdad? – Lady Namardan sonrió contenta de que por fin aquel negro episodio hubiese finalizado. Además, no tendría que seguir aguantando la embarazosa presencia de Lady Tavalsthrza nunca más.

- No, no creo que sea buena idea. – El taumaurgo desvió la mirada hacia el portal mágico y comenzó a empujar la silla de ruedas donde se hallaba Ahira. – Adiós, Seldune. – Añadió antes de cruzar el umbral, desapareciendo según se internaba en él. Cuando acabaron de penetrar en su interior, la vorágine de energía arcana empezó a encoger hasta conformar un pequeñísimo punto violeta en el aire que se desvaneció instantes después.

Sola de nuevo, Lady Namardan inhaló y espiró con tranquilidad. Disfrutando de unos segundos de calma y de soledad. Cerró los ojos y pensó en su enlace matrimonial, del que solo faltaban pocos días. Aquel pensamiento le arrancó una sonrisa y se puso en movimiento.

El deber le llamaba y tenía muchas cosas que preparar.

Capítulo 15: El Deber de la Sangre.Editar

La alegría se saboreaba en el ambiente. El mirador oriental de Quel’Danas, un lugar nostálgico y bendecido por una suave belleza mística se mostraba a rebosar. Sus inmediaciones habían sido tomadas por una legión de trabajadores que se afanaban dando los últimos detalles a la gran celebración matrimonial que estaba a punto de realizarse. Unos colocaban los asientos de alto respaldo tallados en la argenta madera del bosque por los mejores ebanistas del reino, formando tronos particulares en los que los selectos invitados se acomodarían para presenciar la ceremonia. Otros acababan de ultimar los retoques finales a la decoración mientras colgaban de las ramas de los árboles aledaños cordeles de cuerda que pasaban de copa en copa, de los que se desplegaron blasones y estandartes de las Casas contrayentes. La pequeña placita con bancos semicirculares de mármol a los extremos había sido convertida en un escenario a la que habían incluido un corto tramo de escaleras sobre la que se encontraba extendida una alfombra tejida con flores estivales de color carmesí y amarillo cuya tonalidad se acrecentaba por la disposición de pétalos de rosas en los laterales que acababan repasando el espacio formando un arco.

Sobre el tablado, se alzaba una celosía acristalada con cuatro pilares de granito blanco encuadrándola, cada uno orientado a cada punto cardinal y sobre los que se habían esculpido en relieve dentro de los capiteles las distintas fases del recorrido del sol en el día. Inmediatamente posterior, se había añadido un altar donde reposaba un pequeño brasero portátil apagado, elaborado en oro que guardaba la apariencia de poza circular que llevaba incorporada dos asas en los extremos. A ambos lados de este objeto, descansaban dos piezas de obsidiana roja con forma de sol y una larga cinta mitad escarlata y mirad dorada que se extendía sobre el tabernáculo, junto varios pábilos de incienso que estaban a punto de ser encendidos. A poca distancia, sobre una tarima posterior, una orquesta de músicos preparaban cellos, oboes, contrabajos, timbales y trompetas bajo las miradas curiosas de los miembros coral, que calentaban sus voces para dar la bienvenida a los protagonistas de la que se esperaba, fuese una ceremonia inolvidable.

Un sacerdote del Culto Mistérico del Sol Eterno vestido con una toga roja con brocados dorados en las mangas representando los rayos del sol permanecía de pie en la tarima del altar, mirando hacia el final de la alfombra florada con gesto sonriente, atento a la llegada de los primeros invitados que eran rápidamente acomodados por los ujieres, todos de punta en blanco y solícitos.

De los primeros en llegar fue Lord Elehir Valagyr, embutido en una túnica color naranja con franjas plateadas en el cinto y el pecho, elaborada en tejido mágico teñido, de cara manufactura. Se colocó por indicación de los acomodadores – pese a saber perfectamente dónde sentarse por el protocolo – en la primera fila, en el lado derecho de bancos, tal como correspondía a la familia del novio. Del otro lado, una fila ausente estaba ocupada por ramo un gran ramo de rosas blancas, simbolizando la presencia de los padres de la novia, que habían fallecido tiempo atrás, durante el Azote. Como invitados de Vaedhros, también se presentaron Lord y Lady Atsor vestidos ambos con togas idénticas de granate, aunque distinguiéndose por llevar ella un tocado de plumas de dracohalcón sobre un alto moño; el magíster Ebir Jaspesol, con el cabello pelirrojo peinado hacia atrás y engalanado en un traje de dos piezas verde claro con volantes blancos en las mangas y Jasda Mirasoles, compañera suya de batallas, inserta en un vestido abullonado rosáceo y un collar plateado con un diamante azul que planeaba sobre un casto escote.

Por parte de Lady Namardan, asistieron Lord Imyrel Esmeldis, en un jubón de cuero marrón oscuro que combinaba con pantalones de lino negro y botas altas de cuero del mismo color, llevando el cabello rubio recogido en una larga coleta de caballo. También invitado por la novia, apareció el caballero Toras Enaldion, austero y con el uniforme de gala de la Orden de Sangre, completamente azabache, tratando de esbozar una sonrisa seria y distante, pese a que se le entreveía un brillo de contento en su único ojo sano. Por último, pero no menos importante, se cedió un asiento a su ama de llaves del palacete de Lunargenta, Alurel, a cual la tenía como segunda madre. La anciana mujer iba totalmente de azul violeta, con un vestido que había pertenecido a sus antepasados, con encajes negros. Lloraba desconsoladamente por tener el honor de recibir no solamente un sitio en la ceremonia, sino por la emoción de ver a Seldune contraer nupcias. Los pocos invitados en aquella ceremonia solemne se intercambiaron saludos atentos y frases corteses, y felicitaron al padre del novio en tonos quedos mientras aguardaban la llegada de los dos contrayentes, que estaban a punto de hacer acto de aparición.

Alcanzada las once en punto de la mañana, y con una precisión exacta, llegaron dos carruajes desde dos caminos opuestos que se encontraban en un cruce, hasta donde alcanzaba la alfombra de flores coloridas y perfumadas que conducían hasta el altar y que cruzaba los espacios con los asientos de los convidados, dividiéndolo en dos áreas. Uno de los carros era de color dorado al que se le había añadido un marco de plata en la puerta y en los nervios del coche, creando un hermoso y armonioso contraste. Sobre el techo se agitaba al son del viento el estandarte de la Casa Namardan, en el que se observaba una pareja de fénix entrelazada con un sol llameante encima de ellos.

Por la otra senda arribaba el otro carruaje, en esta ocasión pintado de carmesí con rubíes engarzados que arrancaban luminarias según la luz solar incidía sobre ellos. De él ondeaba el pendón de los Valagyr; dos espadas élficas cruzadas. Ambos coches estaban tirados por blanquísimos unicornios thalassianos de pura raza, unos de los pocos ejemplares que habían sobrevivido durante la caída del Alto Reino pero que ya se estaban criando de nuevo. Las magníficas criaturas iban adornadas con mantillas y gualdrapas de seda que lucían la simbología de las casas nobles y con guirnaldas florales doradas sobre sus testas para el carruaje de Lady Seldune Namardan, y rojas para el de Lord Vaedhros Valagyr.

Al verlos aparecer, los invitados se pusieron en pie, contemplándoles con deleite, mientras un grupo de recibimiento preparaba cestas con hojas de cerezos para derramar sobre la pareja. El primero de ellos en apearse fue Lord Vaedhros Valagyr, quien salió orgullosamente, sin ayuda alguna, tal como dictaba la tradición. No miró a nadie de entre los asistentes, ni siquiera parecía reparar en nada que no fuese el carro donde su prometida viajaba. Supuestamente ajeno a la realidad, dejó a la vista la toga completamente roja que vestía. No llevaba ningún adorno especial, salvo el dibujo bordado de medio sol en su lado derecho en el pecho, sino que sencillamente parecía la vestimenta propicia para el ritual que iba a emprender, grave y solemne. El cabello lucía bien peinado, limpio y sedoso, como de costumbre, con una nota rebelde que quería indicar el júbilo personal que sentía. Lentamente, dando pasos largos pero suaves, se aproximó al carruaje de Lady Namardan y asió el pomo, para girarlo con delicadeza y abrir la puerta.

Tendiendo el brazo hacia el interior, los presentes pudieron vislumbrar una hermosa y grácil mano blanca que se posaba en él. A la vez que Lady Namardan bajaba, la coral y la orquesta de música comenzaron a tocar sus instrumentos y a elevar sus voces hacia el cielo, encendiendo la atmósfera de un candor y una pureza difícilmente igualables. Conmovidos por el espectáculo, las miradas se prendieron en la novia, que lucía un largo vestido en línea A con palabra de honor de color dorado. La garganta quedaba embellecida por un collar de oro sencillo pero valioso que pendía sobre ella para oscilar suavemente sobre el escote. El cabello se presentaba en un recogido alto sujeto por unas pinzas ornamentadas con diamantes que dejaba caer unos estratégicos bucles de pelo sobre el rostro, favoreciendo la belleza de su rostro ovalado. Al igual que el novio, la dama portaba un grabado en el vestido de medio sol, en este caso dorado y que completaba la parte izquierda que al otro le faltaba.

El hombre contuvo la respiración al verla y no pudo sino sonreír de felicidad y dar las gracias por semejante mujer que se disponía a desposar. Cogidos de la mano, tiernamente, la pareja avanzó con la vista al frente, situada en al altar, por la alfombra de flores, mientras el resto de invitados los observaba en silencio, realizando sentidas reverencias según llegaban a su altura. La más profunda fue la de Alurel, quien aún tenía los ojos bañados en lágrimas y que se llevaba constantemente una mano a la boca para evitar hacer pucheritos. La sonrisa amiga y alegre de Seldune al pasar al lado de ella avivó su alma y la llenó de un gran gozo, pues para ella, era como su propia hija. Sino de sangre, la sentía como tal en lo más profundo de su espíritu.

Lord Elehir Valagyr observó con dignidad a su retoño, con un titileo en los ojos que revelaba un fuerte orgullo. A pesar de estar también emocionado, el gran noble thalassiano permaneció enhiesto, haciendo un esfuerzo por mantener bajo control su hieratismo. Sin embargo, de forma muy fugaz, cuando su hijo ya llegaba hacia el estrado, le guiñó un ojo con complicidad, gesto que le fue devuelto exactamente con la misma celeridad por este. Por último, el clérigo oficiante alzó los brazos, dándoles la bienvenida, al tiempo que los músicos y cantores silenciaban su música para que las palabras sagradas que ahora iban a entonarse fuesen escuchadas sin el menor impedimento.

- El Sol Eterno saluda vuestra llegada y os reconoce como iguales. – El sacerdote alzó la voz hasta conseguir un tono solemne y respetable, dando tiempo a los novios a situarse dentro de la celosía rodeada de las cuatro columnas, mientras él quedaba delante de ellos, por detrás del altar de mármol. – Habéis venido aquí, Lady Seldune Namardan y Lord Vaedhros Valagyr para uniros en santo matrimonio, y para que este cuente con la bendición del Sol de los Soles, con el propósito de que vuestra unión quede regada por Su Divina Luz, que nunca se apaga y que nunca muere. Pues es el amor como la Luz del Sol, jamás se extingue por quienes lo albergan realmente, y esta sigue brillando tras las nubes más negras y cultivando la vida allá por donde sus dádivas se derraman. El amor que se sella y consume en la vida trasciende en la muerte, pues también es eterno. Sabed que lo que hoy acudís a enlazar perdurará sempiternamente, y que desde ese mismo instante dejaréis de ser dos para convertiros en uno.

La pareja se miró de reojo mientras escuchaban ceremoniosamente al religioso, quizás buscando en la mirada del otro el convencimiento que cada uno en su interior ya había construido, sin dejar de soltarse de las manos. Vaedhros sostenía la mano izquierda de Seldune, y ella la derecha del caballero. El clérigo, que se había percatado de aquella señal, que muchas parejas realizaban inconscientemente en aquellos últimos momentos, sonrió de forma imperceptible y continuó hablando.

- Declarando que es vuestro amor, libertad y voluntad la que os ha traído aquí, hay algo antes que debo conocer. – El sacerdote apartó la mirada de los contrayentes y escrutó a los asistentes. - ¿Alguno de vosotros tiene algo que objetar ante esta unión? – Los invitados permanecieron en total silencio ante el interrogante que se les lanzaba, incluso pareció que los árboles dejaron de mecer sus ramas y que el tiempo se detenía en aquel instante dando su propio beneplácito para proseguir con el casamiento. Asintiendo con gravedad, el ritualista hizo un gesto con sus manos, alzándolas a la vista de todas, y las entrelazó, representando simbólicamente que ambas partes estaban de acuerdo. No únicamente los novios, sino sus familiares y representantes también. Tras otro momento de calma y quietud, el sacerdote prosiguió con la ceremonia y le entregó a cada uno de los novios una pieza de obsidiana roja de aspecto solar, mientras él sujetaba el pequeño brasero dorado.

Siguiendo al pie de la letra la ceremonia, Vaedhros y Seldune dejaron caer gentilmente las piedras en el interior del blandón, creando el nacimiento de una lengua de fuego que bailó ante ellos hasta convertirse en una gran llamarada.

- Vuestro amor es sincero, y la llama que lo aviva es grande. – El clérigo dejó el brasero de nuevo sobre el altar, llameando vigorosamente con la pasión de los enamorados y asió cuidadosamente la cinta que reposaba sobre el tabernáculo y se detuvo una última vez ante la pareja. – Con este lazo, vuestras almas quedarán unidas para siempre. ¿Estáis convencidos de que es lo que queréis?

- Sí. Es lo que queremos. – Lady Namardan y Lord Valagyr respondieron a la misma vez, en total sincronización, cosa que era un buen vaticinio. Pues para las parejas que no respondiesen coordinados, se esperaba que tuviesen un matrimonio corto o infeliz. Tras escuchar la última afirmación, el religioso rodeó a ambos y los enlazó con la cinta, cubriendo a Seldune con la parte roja y a Vaedhros con la dorada, obligando además, a que ellos quedasen a una distancia muy corta el uno del otro.

- Vuestras almas ya se han unido. Pero aún no estáis completamente ligados, pues las arras están ausentes. – Al acabar esta frase, Lord Elehir Valagyr se alzó portando un cojín aterciopelado de color blanco, sobre el que yacían los anillos de matrimonio. El protocolo señalaba que la tarea de llevarlos al altar correspondía a los padres de los contrayentes, pero dada la ausencia del progenitor de Lady Namardan, él se hizo cargo de representar a ambos. La manufactura de las joyas revelaba que ambas tenían la marca del mismo artesano, y que el diseño había sido encargado deliberadamente, pues ambos anillos eran idénticos excepto en el tamaño, que para el varón era de mayor dimensión. Estaban elaborados en oro con incrustaciones de rubíes, y llevaban grabados los nombres de la pareja por dentro. Tomando cada uno el que le correspondía, colocaron en el dedo anular de la mano del otro las joyas, que se deslizaron suavemente, de manera impecable.

Completado con aprobación el intercambio de arras, el sacerdote adoptó una posición beatífica y elevó el rostro hacia el cielo, contemplando al astro rey, que ya se situaba en el centro del cielo. Dando un paso atrás, tomó aire y exclamó con fuerza:

- ¡Por la gloria del Sol Eterno yo os declaro marido y mujer!

Tras la proclamación, Seldune y Vaedhros se fundieron en un profundo beso al tiempo en que la luz solar rebotaba calculadamente contra la celosía acristalada, causando que los paneles de cristal recogiesen el destello y lo multiplicasen creando un gran fulgor que iluminó los trajes de la pareja entrelazada, provocando la ilusión de que un sol se encontraba allí presente, lanzando resplandores rojizos y dorados en todas direcciones.

Después de unos instantes, cuando el fenómeno desapareció y el resplandor cegador se desvaneció, ante la mirada dichosa de todos los asistentes quedaron a la vista una pareja cuyos vestidos se habían mudado a un puro y radiante color blanco, mientras que los grabados de soles que lucían en sus prendas, ya aparecían completados con la parte que les faltaba. De esta manera, la ceremonia había finalizado y así también se daba por terminado un importante deber.

El Deber de la Sangre.

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