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El comienzo del caos

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Relato escrito por Ashok. Hilo original aquí.



-¿Qué le pasa al lugar? Es tan bueno como cualquier otro, concurrido, animado y la comida es aceptable…

Dos hombres estaban sentados a la mesa, uno sonreía, controlando la situación, el otro se revolvía incomodo en su asiento.

-No era lo acordado, hablamos de anonimato y discreción.

-¿Y qué es más discreto que la total y absoluta normalidad, amigo? Deberías relajarte y disfrutar del estofado, se te va a enfriar.

El hombre al principio risueño comenzaba a estar visiblemente molesto por la actitud de su acompañante.

-Desde luego que con lo que te estás revolviendo en la silla estamos perdiendo el factor normalidad *suspira exasperado* en fin, vayamos al grano, tengo lo que quieres ¿Tienes lo que quiero?

-Como acordamos yo he cumplido mi parte del trato, encontrarás el pago en el banco de Forjaz, ahora dime ¿Dónde la tienes?

El hombre otrora inquieto, ahora miraba con fiereza salvaje a su contertulio, ansioso por cobrar su parte del trato.

-Está donde acordamos, en mi barco. En cuanto mis hombres comprueben que todo está en orden, la llevaré a tu habitación en la posada.

-Bien, entonces esperaré allí…Confío en que nuestra transacción comercial será totalmente confidencial ¿Correcto?

-Correcto.

Fue formular esta última frase y ambos hombres se levantaron al mismo tiempo, estrechando sus manos, rehuyendo el contacto visual, como intentando olvidar que el encuentro alguna vez había tenido lugar. Sería fácil olvidarlo, quizás nadie reparó en su conversación, seguro que nadie recordará sus caras, la operación había sido un total y rotundo éxito.

El Santuario de las siete estrellas rebosaba actividad, había un continuo trasiego de gentes de lo más variopinta, algunos vestidos para la ocasión, otros portando complicadas y pesadas armaduras.

Ashok en cambio, prefería ir ligero, ataviado con un traje morado caminaba sonriente mientras jugueteaba con una piedrecita que siempre llevaba consigo, a la puerta de la posada le esperaba su guardia personal.

-Todo ha salido bien, ya me han confirmado el pago en el banco de Forjaz. Hemos ganado mucho oro con esta transacción, creo que ya va siendo hora de retomar el plan original. ¿Tienes ganas de volver a casa Festern?

El adusto guardián, completamente enfundado en una fiera armadura que recordaba a la piel de un insecto no contesto nada, su opinión si es que alguna vez la tuvo, carecia de valor, el lo sabia, vivía para servir a su maestro, si este se lo pidiera, se clavaria su propio hacha, pues su voluntad había sido reconducida hacia la nada.

Ya imagino *sonríe* se que aunque no digas nada tienes ganas de volver, no hace tanto tiempo eras uno de ellos ¿Recuerdas esos tiempos Festern? Que tonterías digo, claro que los recuerdas, recuerdas que eran complicados, sentimientos, dudas o emociones ¿No te alegras de haberlos cambiado por la entereza, rectitud y la determinación? Por todos los demonios, deberían nombrarte arzobispo de la capital.

Ashok rió con ganas, unas carcajadas exageradamente elevadas en un tono que habría herido los sentimientos de Festern, pero a el le daba igual, vivía para servir y en cierto modo, comprendía que Ashok tenia razón.

-Prepara las maletas, pronto estaremos en Ventormenta, la ciudad está tranquila ahora, no saben la que se les viene encima *Respira aire en una gran bocanada* ¿Puedes oler eso? Es el olor de el kaos y la confusión, tu y yo necesitaremos algunos hombres pero haremos grandes cosas. No lo dudes.

Una ligera brisa marina entraba por la ventana y con suave dedicación mecía la pequeña llama de una vela que a su vez proyectaba gigantescas sombras en la habitación a oscuras, acababa de entrar la noche en su esplendor, clara y oscura según los designios de los astros o dioses. Ashok reposaba la cena sentado en un sillón frente a la ventana, en su mano derecha una copa de vino en su mano izquierda su gema morada, por la cual pasaba reiteradamente las yemas de los dedos mientras pensaba.

-Festern, querido.

La figura del guardián emergió de las sombras, silenciosa y amenazante cómo siempre.

-Tienes que hacer algo por mí, necesito que vayas a la plaza de los mercaderes y me consigas unas hojas de cardopresto.

Silenciosamente Festern se dio la vuelta y emprendió el camino para cumplir con el encargo. Cuando este hubo atravesado la puerta, Ashok suspiró profundamente y se levantó, depositando la copa de vino junto a la mesa en donde la vela proyectaba sombras. Ashok cogió un candil que alimento con la llama de la vela y se encamino hacia el retrete, en donde colocó el candil en un saliente para que iluminara la estancia y entonces se miró al espejo. La piel morena, una cuidada perilla de color blanco y ni un solo pelo en la cabeza, se pasó la mano derecha por su calva cabeza, mientras que con su mano izquierda engarzaba de nuevo la piedra para ponérsela al cuello. No le gustaba lo que veía en el espejo, no era tan viejo, se decía, solo tenia... ¿Cuántos tenia? Hacía años que había dejado de contar los giros de Azeroth sobre el astro sol.

En un barreño tenia convenientemente preparada agua templada, sumergió sus manos y se lavó la cara, cogió una afilada cuchilla y se arreglo la barba con cuidado. Una vez terminado volvió a la estancia principal más fresco y retomo el contacto con la copa de vino, esta vez no se sentó en el sofá, se quedó contemplando las luces de la ciudad. Había vuelto hace poco y todavía no se acababa de acostumbrar, habían sido muchos años de viajes y negocios en lo largo y ancho del mundo, necesitaría algo de tiempo para aclimatarse, tiempo del que no disponía.

Festern entró en la habitación, portando una pequeña bolsa de cuero que tendió presto a su señor.

-Buen trabajo Festern, yo voy a moler las hierbas, ahora necesito que hagas otra cosa. Búscale y encuéntrale, se que está en la ciudad. Cuando lo hagas, procura que no te vea, averigua todo lo que puedas de él, si está casado, si tiene hijos, todo ese tipo de información. Una vez lo sepas, vuelve a mí y prepararemos la sala, todavía no se si para él o para sus seres queridos, lo decidiré sobre la marcha.

Ashok habló mirando por la ventana mientras reposaba su mano izquierda en la espalda y con la derecha sostenía la copa de vino, en el tono de su voz no se podía apreciar ningún sentimiento, en cambio su mirada revoloteaba frenética observando las calles, buscando a esa persona que había mandado encontrar.

El guardián no dijo nada, simplemente giró sobre sus talones y emprendió el camino a la ciudad, a cumplir la voluntad de su maestro.


La estancia estaba en penumbra, la tenue luz de los candiles alumbraba un suelo mojado y una pared de piedras desiguales. Un hombre acompañaba a la carcasa sin voluntad que era Festern, mientras que Ashok lo miraba desde arriba mientras este yacía en el suelo.

La perorata había sido lanzada al aire, pues el hombre apenas podía mantener los ojos abiertos, no tenía ningún signo de violencia, parecía que había sido conducido al lugar sin oponer resistencia.

Ashok se colocó en cuclillas y con una sonrisa de asco observó al harapiento beodo. -¿Qué victoria podré obtener de esta venganza? ¿Qué satisfacción me dará acabar con tu vida? El hombre babeaba.

-No es posible que después de tanto tiempo mi digno rival seas tú, mírate y mírame. Yo he triunfado, tengo tanto oro cómo el más rico de los enanos, el poder que he podido acumular en estos años ha sido tan grande que podría doblegar al más fuerte de los guerreros.

Con un bufido de rabia Ashok comenzó a deambular por la estancia, visiblemente irritado.

-¡Oh, cruel destino! ¿Es así como te burlas de mí? Tantos años preparándome para el encuentro y es esto lo que me deparas.

Festern se movió al terminar el discurso de su amo, desenfundando, desenganchando su negra hacha y dejándola suelta en su mano derecha, esperando la orden definitiva.

Las miradas se cruzaron, el hombre babeante era un escombro viviente, tumbado en el suelo apenas podía articular palabra, Ashok le miraba desde la distancia, con lágrimas en los ojos, su rictus se retorcía aguantando el llanto.

-Ni si quiera me recuerdas- Las lágrimas brotaban de los ojos de Ashok- No recuerdas quien soy, me cortaste en dos pedazos y me colgaste de un palo, para que todos vieran lo que habías hecho.

De la boca del hombre postrado comenzaron a salir algo parecido a palabras:

-P..P…u..Per..dóna…me *Tose* era joven y no sabía lo que hacía, perdóname.

No hubo opción a replica, el hacha de Festern bajó con violencia e impacto directamente en el cráneo del hombre, la pared se lleno de trozos de cerebro, debido al impacto un par de candiles perdieron su llama, haciendo la estancia todavía más oscura.

Ashok observó durante todo el proceso, las lágrimas brotaban de sus ojos arrugados y cansados, su espalda recta era sacudida por rabiosos temblores debido a los rebeldes sentimientos que le atenazaban la nuca y le hacían mantenerse de pie, contemplando la escena.

Con una mirada bastó para que Festern abandonase la estancia, Ashok permaneció todavía un par de minutos contemplando el cadáver sin vida del hombre, el fuerte golpe en la cabeza la había destrozado por completo, dejando toda la sala llena de gotas de sangre y trozos de cráneo, el pelo largo del hombre muerto estaba revuelto y desaseado, se notaba que había vivido durante algún tiempo en la calle.

Se arremangó la camisa y se acuclillo en el suelo, el hedor era insoportable sin embargo comenzó a recoger uno a uno los pedazos de cráneo y los fue depositando sobre el cuerpo sin vida del hombre.

Mientras desempeñaba tal tarea, los recuerdos de una juventud pasada se agolpaban en su mente y las lágrimas bajaban por sus mejillas, complicándole aun más la tarea.

La guerra y las catástrofes habían formado una identidad propia a los habitantes de Ventormenta, no contenta con una invasión y destrucción, la ciudad había sido visitada por hordas de no-muertos primero y un terrible Dragón después.

Todos estos acontecimientos, unidos a la reaparición victoriosa de su Rey y al no menos importante hecho de haber sobrevivido a todas y cada una de las citadas experiencias, han hecho de sus habitantes unos orgullosos y fieros ciudadanos. Temerosos de la próxima catástrofe que sin lugar a dudas tendrá lugar en el momento más insospechado. Vivían cada día como si este fuera el último.

Así pues enfundado en una túnica morada y sombrero picudo característico de un mago, Ashok paseaba tranquilo por las calles de Ventormenta, seguido de cerca por su escolta personal Festern, que caminaba a varios metros de distancia, controlando el perímetro.

Las calles bullían de actividad, pues era un día de mercado y toda la ciudad de hallaba en la calle, comprando, vendiendo, correteando, riendo y en general disfrutando de la vida.

Ashok los odiaba, cada musculo de su alma anhelaba borrar esa actividad y esa frenética felicidad que se veía de un lado a otro. Era tan grande el odio que invadía su corazón, que su sonrisa brillaba exultante.

-¡Bagatelas, artilugios! ¡Compren, compren!* Le exclamaban desde los puestos más ociosos*

Ashok denegaba con una inclinación de cabeza mientras el desigual empedrado le iba guiando paso a paso hacia su objetivo, el barrio de los magos.

-Festern. Comienza la actuación, espero que siguieras mis indicaciones.

Festern no dijo nada, no hacía falta, ni siquiera tendría porque recordarle las cosas, el vínculo que les unía era más fuerte y más rápido que las palabras, Ashok le formulaba preguntas de las cuales ya conocía la respuesta, simplemente por costumbre. Por supuesto que estaba todo preparado, podría decirse que el mismo lo había hecho todo.

Festern giró sobre sus talones y emprendió la marcha a buen ritmo, mientras Ashok continuaba caminando por el barrio de los magos.

La verde hierba que cubría el suelo todavía conservaba la humedad de la noche. Caminó hasta llegar al norte del barrio de los magos, justo donde se encontraba la prisión. Había un banco en el que se sentó pesadamente, dejó su cayado a los pies de este y se relajó leyendo un libro, mientras a su alrededor bullía la actividad.


-Aprisa Anneh, ¿No querrás llegar tarde a la purga de malos deseos? -Ya voy, ya voy...*suspiro* Que pesada sois Evelinda, estoy dándome los últimos retoques, quiero estar bella esta noche, seguro que Sir Palaudin estará en la quema y no quiero que me vea de cualquier manera..

La vieja criada resignada, miró como la joven cortesana terminaba de enfundarse en un corset que sin duda le quitaría a ella misma y a más de uno la respiración durante un par de horas. No podía evitar sonreir, había conocido desde el día de su nacimiento a la joven Anneh y ahora que era toda una mujer y estaba a punto de desposarse. Una nostalgia infinita invadía su corazón y nublaba sus cansados ojos.

-¿Estás llorando? *Bufó la joven mientras terminaba de ponerse un pendiente* No me lo puedo creer, anda haz algo útil y acércame el espejo.

La voluptuosa criada se movió presta a atender las demandas de su señora.

-Bien ¿Qué opinas Evelinda? *La joven comenzó a girar sobre su propio eje, haciendo bonitas formas con los volantes de su falda, sumado a sus rubios cabellos sueltos y su risa cristalina e inocente hicieron que la criada no pudiera aguantar más las lágrimas*

-Eres toda una mujer *Sniff…* Recuerdo cuando-*Las dos mujeres se fundieron en un afectuoso abrazo* -Bueno, bueno tengo que ponerme en marcha, no me gustaría llegar tarde…

El carruaje esperaba en la puerta. Bajó cual princesa el día de su coronación las escaleras de caracol de su mansión, mientras las personas que componían el servicio la sonreían y lloraban de emoción al ver a la joven radiante, no lo había pasado bien, con la temprana muerte de su madre y la enfermedad de su padre, todos comprendían que con la marcha de la joven Anneh y su casamiento se iba a cerrar una etapa y probablemente cuando se celebrase la boda, todos quedarían sin trabajo y la casa seria vendida como parte de la dote, pues hacia solo unos meses que su padre había fallecido finalmente.

Así pues monto en el carruaje con destino las gran celebración de la “quema”, que consistía en arrojar al fuego durante el solsticio de verano papeles u objetos que representaban los malos augurios de los cuales querían librarse para el resto de sus vidas, una celebración banal la cual era la excusa perfecta para que los jóvenes de alta cuna alternasen unos con otros en pos de conocerse mejor en aras de los próximos casamientos.

El carruaje llegó puntual a su destino. A la puerta de este se colocaron estratégicamente los sirvientes para ayudar a la joven a bajar del mismo y conducirla a los brazos de su futura suegra, la cual haría de celestina para con su hijo, fingiendo que el romance seria fruto de la espontaneidad juvenil y no de una promesa en el lecho de muerte entre dos viejos amigos de batallas.

-Estáis radiante querida *Le susurro su futura suegra* Sois la joven más hermosa de la ciudad, Palaudin quedará prendado ipso facto. La joven levanto la mirada visiblemente ruborizada y apenas atinó a dar discretamente las gracias a la imponente y experimentada mujer.

Estaba muy nerviosa, apenas había atinado a recoger el paquete que debía entregar a las llamas, este había aparecido como por arte de magia en su brazo al bajar del carruaje. Todo le daba vueltas, veía las caras de la gente sonriendo, felices, mientras bebían y bailaban al son de la música popular. De repente, Anneh comenzó a sentirse mal, el agobio del calor de las llamas, la muchedumbre, el hedor dulzón de la gente y el vino derramado, empezaba a sentir como las fuerzas le flaqueaban…Y entonces apareció el; Gallardo y fuerte, portando una brillante armadura que refulgía con el reflejo de las llamas.

-Ah, Palaudin *La madre de este actuó como si no le hubiera visto hace varios minutos y desde el primer momento el objetivo no fuera su encuentro* ¿Queréis acompañar a la Dama Anneh para que haga entrega de su ofrenda a las llamas?

-Será todo un honor, madre. *Con un gentil gesto despachó a su madre y tomo el relevo de esta agarrando el brazo de la joven mientras la conducía a las llamas* -Gracias, mi señor. *Apenas podía articular palabra* -¿Sabéis que estáis radiante, mi señora? *La sonrisa del joven tenía cautivada la mirada de Anneh, que no pudo evitar ruborizarse ante el alago*

Continuaron caminando lentamente hacía la hoguera, Palaudin hablaba alegremente de banalidades, mientras Anneh le miraba con ojos como platos sin escucharle, ella estaba profundamente enamorada del caballero que su padre le había arreglado en el lecho de muerte. No había ni rastro del malestar en la joven, aunque el mundo no paraba de darle vueltas y el hedor de la gente no desaparecía.

Al fin llegaron a la primera línea, donde debían entregar la ofrenda a las llamas. El joven Palaudin lanzo un pequeño sobre que previamente hizo una pelota, para facilitar su entrada en el mundo de las llamas. Después de murmurar una oración vio como se consumía el papel en el inmenso fuego que lo abrasaba todo.

-Su turno, mi señora *Observó con curiosidad la caja que esta portaba, parecía pesada* Vaya, si que se toma en serio la tradición, menuda caja, permítame que le ayude…

El joven ni presto ni perezoso cogió la caja y sin apartar la vista de Anneh la lanzó al fuego, entonces ambos sintieron algo a la vez y no era precisamente amor, algo les había salpicado... Todo ocurrió muy rápido, el paquete salió volando por la fuerza de lanzamiento del joven, la caja perdió la forma según se iba acercando a las llamas y un líquido viscoso salió despedido de este y pringo la armadura del joven y las ropas de la mujer. Al impactar la caja con el fuego, esta se abrió y de ella brotó un hedor espeluznante, finalmente unos ojos asomaron por la abertura y una voz gritó:

-¡HAY UNA CABEZA HUMANA EN LA CAJA!

Palaudin palideció al ver su armadura manchada y al mirar la ropa de su prometida, toda llena de sangre perdió el control hasta soltar a su prometida y casi caer de !@#$. La muchacha en un ataque de histeria, comenzó a gritar y el caos se adueñó de la plaza.


-¿Que tenemos hoy de cena, Festern? He estado tan ensimismado que he olvidado comer..

Ashok se levantó del banco donde había pasado las últimas horas sentado, durante todo el rato había permanecido sonriente, inmóvil mirando las llamas, cuando el caos se adueño de la plaza se levantó lentamente y emprendió con paso vacilante la vuelta a casa.

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