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El asesinato de Ashlin (por Aynarah)

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El pendón blanco aún ondeaba clavado en el suelo, moteado con las salpicaduras de sangre de la elfa. Ashlin. La que tantas veces había sido su objetivo. Ashlin. La que tanto había odiado. Ashlin. La que había defecado en sus pozas lunares y colgado criaturas desolladas ante las puertas de su ciudad. Ahslin. Ahslin. Ahslin. Ahslin... El nombre rebotaba en la cabeza de la centinela cada vez más rápido. Clavó la mirada en la elfa reducida en el suelo, desarmada y herida, reducida, indefensa, vulnerable, frágil, mortal...

Poco o nada sabía de su enemiga, sólo había aprendido a odiarla, pensaba en escupir cada vez que oía su nombre, y le deseaba las peores maldiciones. Se llevó la mano a su ojo vendado recordando como hace sólo dos días una de las dagas de la elfa había cortado su párpado y deformado su ojo. Recordó a todas las centinelas que había visto muertas en sus puestos de vigilancia atravesadas por las dagas de la elfa. Recordó las caravanas de suministros asaltadas y los bosques deforestados y mermados...

Observó las dagas que tenía en las manos, las que había arrebatado a la elfa, las que tanto daño habían hecho a su tierra, a sus bosques. Sintió el poder que estas le confería, la seguridad, la superioridad, y se sintió aterrada, en sus manos tenía la posibilidad de sesgar una vida a sangre fría, sin dar explicaciones, sin temer la emboscada ni la lucha, y eso quebró su espíritu. ¿Sería capaz? ¿Era lo que tenía que hacer? Tentó en sus manos el peso de las dagas, meciéndolas suavemente, se deslizaban con suavidad a través del vacío, cortando el aire en capas invisibles, produciendo un acorde aflautado y suave, contempló el brillo de la hoja plateada al reflejar la luz de Elune, mientras seguía preguntándose ¿Seré capaz?

Sus aliados formaban un corrillo en torno a ella, discutiendo, pisándose las frases, atropellándose las palabras. “Es una asesina”. “No seremos mejores que ellos”. “Lo debéis a vuestro pueblo”. “¿No conocéis la piedad?”. “Es el deber de la Alianza”. Serafín le clavaba la mirada severamente, refunfuñando entre dientes, juzgando cada uno de sus movimientos, como poniéndola a prueba.

-La última palabra la tiene la Capitana. ¿Qué deseáis que hagamos con la asesina?- Repetía el paladín una y otra vez.

La última palabra estaba entre sus labios, demasiada responsabilidad. Cada vez se sentía más y más pequeña, su alma se encogía entre toda esa multitud clamorosa. Cada vez se sentía más y más joven, un cargo demasiado grande para alguien tan inexperto. Cada vez se sentía más y más acorralada, demasiada gente pidiendo muerte, atravesándola con ojos inquisidores.

Las preguntas se arremolinaron una vez más dentro de su cabeza. ¿Qué era lo correcto para su pueblo? Si caía la cabeza visible de toda la ofensiva Horda, las tropas se retirarían a los Baldíos, o por contra, podrían las ansias de venganza de los orcos atraer a más soldados, más sedientos de sangre y destrucción. Para sus aliados las respuestas eran rápidas y sencillas. Aquellos que clamaban clemencia, alegaban que una muerte a sangre fría de un emisario que portaba una bandera blanca, supondría degradarse moralmente respecto a los ejércitos atacantes. Quienes gritaban muerta, defendían esta como el único fin posible para una enemiga declarada de la Alianza, no ejecutar la sentencia sería sinónimo de traición, de debilidad. Aynarah sentía como la duda crecía dentro de su pecho, contándole la respiración, entumeciendo sus extremidades, acelerando los latidos de su corazón que pugnaba por escapar del cuerpo, notaba la duda arremolinándose dentro de su estómago, transformándose en una bola pesada y candente que intentaba abrirse hueco para salir a través de su garganta anudada.

Una sensación electrizante le dio paz, interrumpiendo su pensamiento. En un primer momento no entendía qué sucedía, hasta que notó el segundo calambre y vio al trol arcanista saltar sobre el cuerpo herido de su compañera. Suspiró aliviada, por irónico que parezca. Unos momentos de paz para su mente, sin preguntas, sólo actuar. Todos los aliados se pusieron en guardia, una lluvia de flechas se precipitó sobre el trol, mientras que los guerreros detenían las descargas de escarcha con sus escudos. Al verse acorralado, el piel azul dejó a su compañera donde mismo estaba y huyó velozmente. Terminó la paz de la emboscada, y la duda volvió a crecer en su estómago.

Observó nuevamente a Ashlin, desarmada y herida, reducida, indefensa, vulnerable, frágil, mortal...
Todos alrededor la miraban pidiéndole instrucciones, exigiéndole que diera una orden, pero las palabras y las decisiones se encontraban atascadas en su garganta, cortándole la respiración.

La elfa Shakiziel gritaba continuamente que quería la cabeza de la Sin'dorei, una venganza personal, habían perdido a un buen amigo en manos de ella. Una joven centinela, llegada esa misma tarde desde Darnassus contemplaba atónita la escena, preguntando qué sucedía. Un paladín, Perceval era su nombre, se colocó delante del cuerpo indefenso, cortándole el acceso a Serafín. Sus palabras eran sobre piedad para con los enemigos, sobre compasión, virtudes y la religión esa de los humanos, dio a Aynarah qué pensar. Serafín, delante de Perceval sostenía su espada con el brazo firme y el rostro tenso, una enemiga de la alianza debe ser eliminada, decía, sus palabras dieron a Aynarah qué pensar. Hasta que su mirada detectó a Lasselanta, a pocos metros delante de ella, su aura de sabiduría, la paz que siempre transmitía, sus respuestas seguras y firmes... recordó las palabras que había pronunciado la noche anterior, el consejo sabio de druida experimentado, conocedor de la extensa historia de su pueblo, reflexivo y compasivo, pero defensor seguro de la ley kaldorei, “Debemos hacer que se cumpla la ley Capitana, salvaréis muchas vidas acabando con la elfa”.

Se arrodilló ante Ashlin, desarmada, herida, rota, reducida, maniatada, indefensa, orgullosa, vulnerable, sangrante, frágil, viva, mortal... Respiró profundamente, el pulso le temblaba, y observó a su víctima. Con su último aliento pronunciaba palabras en orco que no llegaba a comprender, de su boca se derramaba un ligero hilo de sangre, sus ojos verdes, aún llenos de vida, se clavaban ahora en ella, atravesándola, hiriendo su alma, destruyendo su espíritu. Nada sabía ni nada sabría sobre su víctima.

Y tomó ambas dagas colocándolas con suavidad sobre el cuello de la elfa, notando las vibraciones que se transmitían cada vez que Ashlin tragaba saliva. Notó el aliento de la elfa, cálido y húmedo, como se colaba entre la cota de malla. Vio de nuevo esos ojos, que se clavaban en su alma, no con miedo ni con súplica, sino llenos de orgullo y determinación. No pudo mantenerle la mirada, y cerró con fuerza su único ojo sano, hundiendo a continuación y lentamente, las dagas de la asesina en su propia carne. Escuchó el burbujeo de la sangre que se mezclaba con el aire en su garganta, sintió como el cuerpo se estremecía y temblaba, mientras se apagaba su vida.

Todos los que la rodeaban suspiraron. Unos aliviados, otros defraudados. Sea como fuere, todos se habían quitado una pesada carga de encima. La irreversibilidad del hecho calmaba a todos los presentes, excepto a la verduga. Shakiziel se reiteró de nuevo en que quería la cabeza de la elfa, aynarah le entregó una de las dagas y le dijo que lo hiciera ella misma. Entonces se alzó y miró de nuevo a su víctima, Ashlin... desarmada, herida, ejecutada, rota, reducida, derrotada, maniatada, corruptible, indefensa, irrecuperable, inmóvil, irreversible, silenciosa, vacía, sangrante, frágil, asesinada y muerta.

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