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El Tesoro del Diablo

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La Caníbal  era una maravilla de nave, he navegado en cientos de ellas, pero ninguna tan presta a la maniobra ni tan dura a la vela. Una corbeta de diseño único: cubierta corrida, tres palos con aparejo de cruz, un arqueo trescientas toneladas y 24 cañones de doce libras. Recuerdo bien su casco teñido de roja sangre y a punto de hundirse por el peso del oro.Oro que conseguimos a base de convertirnos en el terror del mundo entero.

Desde Theramore hasta Quel Thalas, ningún barco estaba a salvo de nosotros; por allá por donde la quilla cortaba las olas, dejábamos tras nosotros una estela de aguas turbulentas, cascos ennegrecidos de los barcos a los que habíamos prendido fuego y dejado a la deriva, bancos enteros de tiburones que nos seguían para conseguir un buen almuerzo...¿Pero quién podría diferenciarlos a ellos de nosotros? Estábamos tan ávidos de oro que arrojamos nuestros escrúpulos por la borda, como si fueran un lastre más. En todos mis años por estos mares jamás había navegado con una tripulación peor, probablemente fueran la banda más cruel y sanguinaria que jamás hubiese pisado una cubierta. Las cosas que ví, las cosas que hicimos a bordo de aquella hermosa nave infernal...Todos mis actos serán una mancha en mi alma cuando cruce al más allá, lo sé. Estuve condenado desde que acepté firmar los artículos de a bordo con Boney Boone.

Había sido un capitán astuto y razonable tiempo atrás, como cualquier pirata veterano, voto a bríos. Si rendías tus colores cuando él izaba el pabellón negro podías tener por seguro que te perdonaría la vida y se llevaría lo que quisiera. Estaba en esto por dinero, no por sangre, y hay quién decía que esperaba retirarse en el momento adecuado para vivir sus últimos días rodeado de comodidad y lujos. Parece ser que cumplió sus objetivos cuando el buen Rey Varian decidió proclamar un Edicto de Perdón durante los turbios días del Cataclismo. Cualquier antiguo ciudadano de la Alianza que hubiese sido marcado como pirata tenía la posibilidad de hacer borrón y cuenta nueva para empezar una vida honrada. Yo había navegado con el capitán Sanders hacía un tiempo, y desde que dilapidé mis últimas monedas de oro en Ron volátil y muchachas de Trinquete, pensé que la vida de Caballero de fortuna no tenía mucho sentido para mí. Todos los canallas acaban echando de menos su hogar, así que yo y otros muchos nos lanzamos de cabeza a firmar el dichoso Perdón en cuanto vimos que al viejo Boone le iban tan bien las cosas...

Y pasaron los meses, y recordamos con hastío lo dura que era la vida honrada. Sólo sabíamos robar, luchar y navegar. Algunos consideraban que hacerlo bajo la bandera de un Rey o un príncipe era insultar a la Hermandad de la Costa y sus ideales de guerra contra todas las naciones. Yo nunca estuve en esto por un motivo sentimental, pero me dolía la sola idea de tener que compartir el dinero de las presas con alguien más que con mis compañeros de armas. Qué carajo, entre arandeles, tasas, impuestos, tributos y demás puñaladas traperas, esos chupatintas de tierra adentro eran más piratas que nosotros. Quizá por eso, yo y otros tantos, los más jovenes o más desesperados, decidimos volver al dulce oficio por la puerta de atrás. Robamos un balandro entre varios, y pusimos rumbo a Bahía del Botín. Ninguno había salido de Kalimdor desde el dichoso Cataclismo, y lo que vimos allí nos heló la sangre: Barcos hundidos y criaturas muertas flotando en la rada, barrios enteros aplastados por la roca o consumidos por la mar...Había llegado allí por primera vez en mi vida hacía cinco años, y era el paraíso para cualquier marinero que buscara una vida corta y feliz al otro lado del mundo. La ciudad antaño rezumaba toda la vitalidad y la alegría de los Mares del Sur, pero en ese momento solo era un campamento más, con sus miradas perdidas y su silencio.

Busqué a muchos de mis viejos amigos y conocidos. Unos se fueron, otros murieron. En este oficio no se vivía para construir un mundo propio, por eso nadie más que los colonos goblin se esforzaba en que Bahía del Botín conservara un poco de su antigua gloria. Pero hasta ellos sabían que esto era en vano, que jamás volveriamos a los viejos y malos tiempos.

//EN PLENA EDICIÓN//


El Capitán Boone, si bien era un viejo lobo de mar que antaño atendía a razones, planeaa golpes de astucia o instaba a la rendición antes de disparar a un barco enemigo, se pasaba ahora los días empapado en alcohol, más preocupado por la reserva de Ron que por la de agua. Los años que había pasado en el oficio, más de los que sobreviviría la media, habían acabado pasándole factura y se había visto consumido por su propia leyenda: un demonio del mar con una sola pierna, siempre ebrio y brutal hasta la locura, pero a la vez seguía siendo un brillante estratega naval con un instinto de caza increíble.

Tras una racha de presas considerable y con una auténtica fortuna en la bodega, Boone mandó poner rumbo a una isla que sólo él conocía, donde podrían establecer una base de retaguardia. Tardaron una semana en llegar allí, dado que tenían los bajos sucios y la nave se hundía más de lo normal por la carga, pero finalmente avistaron la isla y dieron rienda suelta a una alegría delirante. Era evidente que Boone estaba de buen humor, pues nada más fondear ordenó subir todos los suministros de alcohol a cubierta y dio permiso a los hombres para beber hasta reventar Grog, Vino, Ron, Cerveza, 'Matadiablos' y 'Black Strap'. Dos días y dos noches duró la celebración, en la cual la nave se podría considerar un manicomio flotante lleno de cogorzas, berridos, canciones y peleas. Cuatro hombres que ya no distinguían babor de estribor cayeron por la borda abrazados los unos a los otros y no volvieron a emerger jamás, otros tantos yacían como muertos que a duras penas respiraban cuando el sol salió finalmente.

Una vez superada la resaca general, los hombres cayeron en la cuenta de que faltaban quince hombres, dos botes y todo el botín , y de no estar agotados por la juerga hubieran cargado las armas de fuego y hubieran desembarcado en la isla en busca de los desertores. Tres días más tarde, se oyó un disparo en la playa, y allí apareció Boone en un bote de remos: completamente solo. Subió a cubierta con las manos llenas de sangre, pidiendo ron a gritos y murmurando algo de la mala jugada que le había jugado al destino. La barba entre negra y canosa le resaltaba un rostro curtido por el sol y las cicatrices y unos ojos que parecían los de un tiburón asesino mantenían a raya a cualquier marino veterano. Tras refrescarse la garganta dijo que quién quisiera podía bajar a tierra en el esquife, pero que el barco no esperaría por nadie y se harían a la mar de inmediato en busca de más. Nadie osó preguntar qué había pasado con los otros catorce hombres que habían bajado con él a tierra o exigir su parte del botín. No se le hacían preguntas a alguien con esa mirada...

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