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El Rojo Lúcido

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El Rojo lúcido



Era costumbre en las Tierras Altas hacer una prueba de virtud a los aspirantes a caballeros arathorianos llamada “El rojo lúcido”. La prueba  era más bien una tradición que hacían desde los primeros hombres de las Tierras Altas, ya casi un rito antiguo y olvidado, que tan solo los más conservadores seguían cumpliendo.

La prueba constada de cuatro partes, una por cada tentación, en ella el aspirante se encontraría solo en un lugar apartado de la vida pública donde se tendría que valer por sí mismo.

La historia de esta prueba se remonta a la unificación de arathor, liderada por el Rey Thoradin, los antiguos arathorianos pensaban que su fuerza, su voluntad y su resistencia no solo provenían del entrenamiento, si no de un código de honor que eliminaba las impurezas mentales del cuerpo, haciendo que tan solo los pensamientos honorables estuvieran presentes en la batalla.



Lautom estaba preparado para la prueba, conocía poco de “El Rojo lúcido”, solo había oído las historias que le contaba su familia, aunque siempre se reservaban una parte de la historia para él, y recordaba con rabia cuando le decía su familia “Cuando estés en el Rojo Lúcido, lo sabrás”

Un carruaje entró en el Condado Norckfol, Lautom se encontraba en la entrada, con unos ropajes de color carmesí con un delicado hilo negro donde llevaba bordado el escudo de la Casa Tyler, no llevaba equipaje, pues en la prueba le estaba prohibido llevar nada más que sus ropajes y algo de alimento. Subió al carruaje el cual le llevo a un lugar que jamás antes había ido. Era una montaña donde se notaba que no había presencia de la humanidad. Un grupo de cinco personas esperaban a Lautom, todos ellos estaban ordenados en línea recta con suma disciplina.

El carruaje paró junto al grupo, Lautom se bajó con nerviosismo y se dirigió a los presentes, llevándose la mano al puño e inclinando la cabeza, como su padre siempre le había enseñado. Los presentes correspondieron el saludo y contestaron con una reverencia.

El más anciano de los cinco llevaba un bastón y unas cadenas de hierro colgándole desde el hombro hasta la cintura, éste apoyó el bastón con firmeza y empezó a hablar.

-Lautom Tyler, hijo de Lord Tiberias Norckfol del condado Norckfol. Hoy estáis ante nosotros como un hombre normal e ignorante, ya que vuestros sentimientos negativos os debilitan, pero alegraos  joven, pues hoy os sacamos de la oscura ignorancia,  y os guiamos hacía la pureza mental que le corresponde al mejor guerrero arathoriano.- Tras esta introducción, Lautom asintió algo inseguro.

-L a mente de un guerrero siempre está nublada por pensamientos a la hora de luchar; Valor, honor, compasión, pero también están los pensamientos negativos, que te impiden tener confianza en tus acciones, y limitan tu poder en el combate.

-“El Rojo lúcido” no es más que una prueba para probar tus habilidades, cualquiera puede empuñar una espada, cualquiera puede blandirla y luchar con ella….pero no todos pueden luchar con la mente clara, seguro de sí mismo y de su deber en la batalla. No necesitarás la espada en esta prueba, pues como los antiguos hombres hicieron, debes encontrar tu camino y la confianza en tu corazón. Bien Lautom. ¿Estás listo? – Dijo el anciano con una sonrisa- 

-Si…-dijo tambaleándose por un momento- Si, estoy listo para cualquier cosa excelencia, me enfrentaré a cualquier poder humano o sobrenatural que se encuentre en mi camino.- Lautom asintió, con algo más de seguridad-

-Sea pues- Contestó el anciano y cogió un cuenco que parecía contener polvo rojo.- Este polvo te ayudará a recordar y a concentrarte.-Decía mientras manchaba la cara de Lautom con la sustancia rojiza-Que la Luz te proteja, Lautom-

Los cinco presentes se marcharon en el carruaje, dejando al joven aspirante en la soledad de aquella montaña. El sol estaba a punto de ocultarse y Lautom se encontraba mareado y perdido, sin pensárselo buscó un lugar donde pasar la noche, encontró algo de yesca y rompió unas cuantas ramas, preparándose para alzar una hoguera.

La noche había llegado, y por suerte Lautom encontró una cueva donde dormir. Lo primero que hizo al llegar a la cueva fue intentar hacer la hoguera, seguía mareado y cansado.

Por mucho que intentaba no podía encender el fuego, golpeaba con fuerza la yesca con una roca, intentando que salieran alguna chispa que le iluminara. De pronto sintió la presencia de otra persona a su lado, giró lentamente la cabeza con temor y ante él se encontraba una imagen difuminada de un hombre vestido de harapos, quien estaba sentado a su lado mirando la hoguera apagada.

Lautom se alteró, pero no se movió del sitio y gritó. – ¡Por la Luz, que susto! Si eres un ladrón te advierto que no tengo nada para ti- Dijo con miedo, el hombre giró la cabeza tranquilamente hacía Lautom y sonrío.

-¿Por qué no se enciende la hoguera? Te he mirado desde hace un rato, tienes todos los componentes para encenderla pero no se enciende. – Dijo el hombre con suma serenidad, sin moverse del sitio-

-¿¡Qué!? ¿Has venido aquí solo para decirme esto? ¿Qué quieres, quien eres? –Contesto Lautom, sin creer lo que veía. El hombre no parecía real, parecía una ilusión de la oscuridad.

- Solo soy un hombre que busca el equilibro en este mundo, mi misión es igualar la balanza como muy pocos lo hacen en este mundo.- El hombre sonrió a Lautom - ¿Alguna vez te has preguntado porque las cosas no funcionan, cuando por lógica deberían funcionar?-

-No…no lo sé. -dijo más calmado- supongo que el mundo es injusto por naturaleza, quizás sea justo…que haya un mundo injusto.- Lautom se quedó pensativa, rozando las piedras sin esperar que funcionara.

Lautom volvió a girar la vista para ver al hombre con más detalle, pero el hombre ya no se encontraba ahí. Lautom se rascó la cabeza, pensando que se estaba volviendo loco, de pronto una chispa salió de una piedra, la cual hizo arder las ramas, iluminando la cueva.




A la mañana siguiente Lautom se despertó con la espalda molida y los píes doloridos, su ropa empezaba a ser andrajosa y su aspecto estaba demacrado, comió lo que tenía en el zurrón y siguió bajando la montaña. Aún se preguntaba quién era el hombre que estaba esa noche, se preguntaba si todo era una ilusión producida por aquel polvo que le untó el viejo.

Llegó a un río caudaloso, Lautom  dio gracias a la Luz y corrió a beber agua. Cuando calmó su sed decidió llenar su cantimplora. Al terminar de llenarla se giró y vio estremecido como se encontraba una imagen difuminada de su padre, él iba adornado con todo tipo de joyas de oro, el padre sonrió y le dijo suavemente.

-¿Por qué llevas tanto agua, piensas calmar la sed de todo el pueblo? –dijo la imagen difuminada-

Lautom se quedó boquiabierto y contestó – Pa…padre. ¿Ya ha terminado la prueba? – dijo con una sonrisa.

-No soy tu padre, aspirante, pero él estuvo aquí antes que tú, también hable con él. –Sonrió -  Si coges tanta agua, quizás prives a otros de beberla.- 

-Sin duda estoy loco…*murmuro* - El río no se va a secar porque coja un poco de más.-

-No, aspirante, si hoy coges mucha agua mañana el siguiente hará lo mismo, hasta que los últimos se queden sin agua.

Lautom suspiró y derramó  parte del agua de la cantimplora al río, al girarse para ver a la figura difuminada, esta ya no se encontraba. Lautom no se sorprendió de que no estuviera, sabía que le habían embrujado con aquel polvo rojizo.




Continuó su viaje con tranquilidad, Lautom pensaba en que tendría que hacer para recobrar la cordura, sin duda su padre sabía lo que le estaba pasando pero por algún motivo dejó que los ancianos le embrujaran.

Algo no marchaba bien pensaba, temía lo que le fuera a pasar, quizás se iba a volver loco para siempre y le encerrarían o decapitarían como era costumbre en las Tierras Altas, dado que a cualquier lunático lo acusaban de ser un poseído de la oscuridad.



Los pensamientos inundaron la mente de Lautom y se disiparon cuando vio una estatua por el recorrido, la estatua esculpida era un reflejo de él mismo, Lautom observo la estatua de él mismo, sorprendido y rozó con sus dedos la misma.

La estatua cobró vida propia y bajo la cabeza mirando al joven, Lautom alzó la cabeza temblorosa, aunque con menos miedo, ya que sabía que todo era fruto de su mente.

-¿No eres tan genial Lautom? Pareces un Dios, vas a llegar a ser un gran héroe como nunca antes se había visto en este mundo, la gente se arrodillará a tu paso, todos querrán ser como tú. – La estatua sonrió a Lautom-

Lautom cerró los ojos cansado, y entonces comprendió que todas esas ilusiones no eran simples imaginaciones, eran símbolos de sentimientos; La injusticia, la Codicia…y como en este caso…el Ego.

-No quiero ser un Dios, “Señor de mi propio Ego”, no quiero que se arrodillen a mi paso, ni ser el mayor héroe de todos los tiempos, solo quiero servir a mi padre, que él se sienta orgulloso de mí, no que yo sea mi propio orgullo. No te necesito, ficticio sentimiento. – Contestó Lautom con la cabeza alta.-

La estatua arrugó el rostro y miró con arrogancia a Lautom- Yo soy tu casa, aspirante, soy la fachada que todo el mundo ve. Tú moras en mi casa y me necesitas, ya que sin mi casa nadie te podría ver. – La estatua asintió segura-

Lautom giró la cabeza y se fue con los pasos firmes, dejando a la estatua atrás.




Pasaron los días y Lautom seguía andando montaña abajo, se le iban agotando las provisiones y parecía que no iba a llegar a su destino. Llegó a una llanura, parecía que había dejado atrás la montaña y decidió seguir andando por la llanura hasta encontrar la civilización.

Parecía que la chistosa prueba estaba a punto de finalizar, Lautom ando hasta que se encontró a un clérigo por el camino. 

-¡No te lo vas a creer! –Dijo el clérigo-

-Otra ilusión, quita de mi camino asquerosa imagen ficticia- contestó Lautom algo enfadado.

-¿Ilusión ficticia? Anda y te parta un rayo asqueroso joven. ¡Jum! – El clérigo empujo a Lautom y siguió su camino, dejando claro que no era una ilusión ficticia.







Lautom llegó al Condado Norckfol, donde curiosamente le esperaban los ancianos de la prueba más su padre, que se posicionaba detrás de ellos.

-Lo has conseguido aspirante, has superado las cuatro pruebas del Caballero Norteño, ahora eres uno de nosotros. – Empezó diciendo el más anciano, como la otra vez y continuó diciendo.

-Has completado todas las pruebas;  Injusticia, Ego, Codicia, traición. Como bien habrás descubierto, el polvo rojo no era más que una sustancia para alterar tu sistema nervioso, haciendo que vieras ilusiones, espero que no estés enfadado por ello, pues es la tradición y así se ha hecho y así debe hacerse.-

-Sí, ya me di cuenta de esa sustancia, también me di cuenta de que mis ilusiones no eran más que valores, pero no vi el valor de la traición en mis ilusiones, que yo fuera consciente.- Dijo Lautom con voz ronca-

El anciano se río débilmente – Si, querido aspirante, enviamos a un clérigo por el camino y según nos contó, lo confundiste como si fueran parte de tus ilusiones. Tu mente te ha traicionado-

Lautom suspiró y asintió lentamente.

-Bien Lautom, es hora de que descanses, dentro de poco se oficiará tu ceremonia para que te conviertas oficialmente en uno de nosotros. En un Caballero Norteño.

El consejo de ancianos se disolvió y se fue cada uno por su camino, Lautom corrió a su padre y le abrazó con mucha fuerza, su padre correspondió el abrazo. Todo había acabado, de momento.

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