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El León en Invierno

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Por Adalberth Selwyn.

EL LEÓN EN INVIERNO

Una tenue media luna iluminaba con sus argénteos fulgores la recién caída nieve de las altas Montañas del antaño floreciente reino de Alterac. La ruinosa caricatura de lo que antaño fue un castillo se esculpía contra las pendientes y acantilados de la cima más grande de la cadena de montañas que daban a dicha región su nombre. La fortaleza estaba engarzada como una gema gris y blanca a la pared rocosa, con las almenaras vacías, carentes de toda vida. Sin embargo, no toda luz se había desvanecido, pues en mitad de la nieve y la piedra se dibujaba el contorno de una pequeña ventana iluminada por la temblorosa luz moribunda de una vela apunto de consumirse. Dos voces hablaban en susurros en la habitación, repleta de estantes con grimorios y libros de toda índole. Una lujosa pero antigua cama reposaba justo al lado de una firme pared de piedra gris.

- Ya ves, pese a tu magia y tu ciencia, no has sido capaz de devolver a la Torre de Plata a su gloria original. - graznó la primera voz, con un tono cascado, ajado por la edad de su creador, un anciano con el macilento rostro envuelto en telas andrajosas. - Ni podrás, obviamente.

- ¿Siempre has sido tan agudo al resaltar lo evidente, tío abuelo Adalbernias, o me lo imaginaba? - contestó otra voz, más fiera, más fuerte, con un deje irónico, pero que a su vez, confería a sus comedidas palabras con un tono taimado y calculador. - Es obvio que la Torre de Plata no puede ser restaurada a su antigua gloria. - los pasos de la segunda voz resonaron por la sala.

- Te aconsejé, antes de que marcharas al sur, de que buscaras un matrimonio provechoso para ti y para tu hermana Annabelle. Una alianza. - susurró con tono insidioso la voz del viejo. - ¿Y qué has hecho? Has malgastado tu tiempo yendo de aquí para allá, como un anciano mago errante de las historias olvidadas que tanto te agradan...

La voz del anciano se vio entrecortada por el estruendo de un rayo, seguido poco después por el temible trueno. Los cimientos de la fortaleza se estremecieron y temblaron, y la nieve descendió desde los picos de la montaña en pequeñas cantidades hasta la torre del homenaje, ya apenas invisible y sin nadie a quién homenajear salvo al viento triste y a los reyes muertos del pasado.

- Deo gratias de que la línea de sangre de mi padre surgiera como ha surgido y que la tuya se agostara como las cosechas abandonadas en verano. ¿No lo entiendes, o te niegas a entenderlo, Adalbernias? No hay mujeres adecuadas en el sur, y si las hay, ya están prometidas con otro o deshonradas por el mismo. - la voz del joven susurró sus palabras como si se trataran de una maldición o un juramento.

- ¡Crees que la vida es un teatro, Adalberth, pero no lo es! Interpretas tan bien el papel de noble que has olvidado quién eres. - el anciano leproso se puso en pie, tosiendo, agarrándose a la espada que le pendía de la cadera. Acercándose a su sobrino, lo tomó por el cuello de la camisa blanca. - ¡Eres un Selwyn! ¡Entroniza a los gobernantes legítimos del reino y sé su mano derecha! Descendemos de los Altos Elfos, cuyo símbolo es un fénix. ¡Haz que nuestra casa, nuestro reino renazcan de sus cenizas! ¡Recupera el reino de Alterac, bajo tu mano o bajo la del niño Perenolde!

- ¡Viejo cretino! - interrumpió Adalberth, desembarazándose de él, apretando la apolínea mandíbula. -¿Qué crees que pasaría si hiciera todo eso? Entronizar al hijo de un traidor en unas ruinas humeantes, sobre los cadáveres de compatriotas y de ogros imbéciles. Esperando, temblorosos, como los reyes del pasado, a la Plaga tornada en aquestos tiempos como los Renegados. Sí, sería un personaje importante, al igual que nuestra casa... de un reino tan fugaz como nuestras vidas a los ojos de un Titán. - Adalberth se giró, abriendo los brazos y señalando con su cabeza, envuelta en cabellos de oro, los estantes repletos de libros, testigos de un gran saber acumulado tras muchos años.

- Ya veo que no puedo convencerte de que optes por el mejor camino para tu familia - el viejo retrocedió, entrecerrando sus grises ojos y gruñendo, mientras un mechón de pelo blanco, tiempo ha dorado, le caía sobre las vendas empapadas de sangre.

- Ese es tu problema, anciano macilento. Siempre buscas lo mejor para la familia, pero... ¿es lo mejor ayudar a un traidor a tomar su trono? ¿Es mejor vender a mi hermana, como una mula de carga, a un desconocido? ¿Es mejor casarme con una insípida estulta que no sabe diferenciar un guisante de un pimiento? ¡Es de locos! Lo que sí que haré será reconstruir Selwinshire y la Torre de Plata, con el dinero de las cosechas del sur y el comercio...

- ¡Ahí radica la cuestión! Los Selwyn siempre hemos sido una familia guerrera. Siempre buscábamos una forma de aumentar nuestras heredades, de extendernos. Siete simientes nacieron en los Siete Reinos...

- Y por eso cambiasteis el orgulloso león de gules por la intrigante serpiente. Dime, ¿por qué, anciano? ¿Por qué tú padre, padre de mi abuelo, cambió nuestro blasón a ese animal abyecto? - ahora era Adalberth el que sujetaba con furia al anciano, mientras la barbilla le temblaba y observaba al viejo.

- Necesitábamos un lavado de cara. Actualizarnos a los tiempos y al símbolo de nuestras tierras. Era algo simbólico... - el anciano devolvió la mirada a Adalberth, sin temor.

- Eso necesitamos ahora. El león bañado en sangre ondeará nuevamente en los estandartes de la Torre de Plata, como siempre debió ser. - susurró Adalberth, entrecerrando los ojos verdes y cerrando completamente el puño izquierdo, mientras el derecho aflojaba a su tío abuelo.

- ¿Quién te has creído que eres, niño, para hacer eso? - el macilento anciano guerrero, concienzudamente, se superpuso a Adalberth y tras un forcejeo, se liberó de él y lo lanzó al suelo, pero Adalberth no cayó, estabilizándose en el último momento con la madera de la cama, manteniendo la compostura digna de un verdadero Selwyn - ¡Soy sir Adalbernias de Selwyn y Dos Torres, antiguo mariscal del reino de Alterac, cruzado de la Luz y primera espada de la Torre de Plata! ¡Y me niego en redondo a cualquier cambio en nuestra casa! - mientras el anciano peroraba sobre su pasado, Adalberth ya estaba en pie, apoyado en su bastón, orgulloso de nuevo y envuelto en sus pieles de oso. El anciano desenvainó su pesada espada

- Has olvidado quién soy yo, Adalbernias y ese ha sido tu error. Tengo mil y un nombres. He sido la muerte tras susurrar cien palabras. Nací envuelto en mantos púrpuras, simbolizando la grandeza que representa el ser hijo de dos verdaderos magos. ¡Soy Adalberth de Selwyn y Selwyn, lord Denmorte en los conciábulos en los que ningún no iniciado jamás ha entrado, Enkile en las lenguas más oscuras que se hayan pronunciado sobre el universo! ¡Y soy el conde de Selwyn, barón de la Torre de Plata! Podría sentenciarte a la muerte, pero maldito está aquél que derrama la sangre de su familia – mientras peroraba con suma pompa, del bastón de plata de Adalberth surgió un afilado acero brillante.

Desenvainó el joven y el viejo cargó contra él, esgrimiendo su espadón de hierro. El acero y el hierro chocaron en los aires, produciendo un chirriante sonido, mientras los dos rostros se miraban con ira: uno en la cúspide de la vida y otro en las puertas de la muerte.

- ¡Los cretinos como tú, que siempre andan a paso de ganso, deberían leer libros en vez de quemarlos! - Adalberth movió la siniestra, esgrimiendo con ella su acero y aguantó la fuerza con la diestra, esgrimiendo con ella el bastón. Con el acero, rozó el costado de su tío abuelo. Sus labios susurraron las palabras, que eran arcanos del destino para la mayoría del mundo

La vieja espada de hierro cayó con estrépito al suelo. El anciano cayó a los pies de Adalberth, rendido, y de pronto, se desvaneció en los aires. Tan solo estaba Adalberth en la habitación que notaba tras de sí a todos las personas que habían estado allí en tiempos pasados. Reyes, nobles, plebeyos. Ya nadie quedaba para recordarlos.

- Oh, pero a mí sí me recordarán. - susurró.

Solo los espíritus de las olvidadas gentes del pasado fueron testigos de su juramento. Pues él era el único allí que las recordaba.


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