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El Caminante de los Velos

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El Caminante de los Velos.jpg

Preámbulo:Editar

¡Saludos!

Desde hace bastante tiempo tenía pensado escribir acerca de uno de mis personajes más "delicados" y complejos. No, no temáis, este relato no va a ir de elfos nobles ni de salsa palaciega. En esta ocasión he decidido arrojarme al Vacío Abisal y a otros planos dimensionales de la mano de mi querido hechicero Tergumel Xarostrah para mostrar un mundo mágico que probablemente peque mucho de onírico.

Como es costumbre, aviso de que lo que leáis aquí no responde necesariamente al canon oficial del WoW, sino que se aprovecha de lagunas del mismo para poder desarrollar la trama; incluyendo visiones, términos, personajes o historias creadas por un servidor. Sois totalmente libres de aceptar o rechazar estas interpretaciones/añadidos según vuestro criterio.

Espero que os guste.

Introducción: El Caminante de los VelosEditar

Música para escuchar: https://www.youtube.com/watch?v=vchca_G46s4

Apenas un rayo de luna plateado pen.etraba débilmente a través de la vidriera de cristal en el último piso de la torre. Allí, en una espaciosa sala provista con muebles olvidados y cubiertos por sábanas polvorientas, se hallaba una extraña y espigada criatura corriendo los cortinajes negros de la estancia, en un ritmo lánguido y parsimonioso; como si su mente estuviese pendiente de las tareas venideras que en la que actualmente estaba realizando. Sus pies, blancos y descalzos, sentían el frescor de las baldosas de mármol azulado, donde aún se observaban intricadas representaciones de mapas celestes, mientras que sus togas azabaches susurraban al compás del movimiento de las cortinas. Cuando finalmente acabó por ahogar hasta el último haz de luz lunar, tomó un cirio anaranjado que previamente había encendido; y con él, se dedicó a alimentar el pábilo de otras velas que se encontraban colocadas en círculo en el medio del lugar. Cuidadosamente, se sentó dentro de la circunferencia y por último, encendió una rama de incienso sobre una lámina de metal ebúrnea con inscripciones mistéricas. El titileo de las llamas de las velas en medio de aquella oscuridad se asemejaba a una corte de danzantes dorados que se mecían al son de las corrientes de aire que recorrían la habitación, mientras que el aroma del incienso levemente arrancaba dulces notas a canela. Aquel adormecedor espectáculo que lo envolvía le era tan familiar que lo sentía como una parte más de él, tal como el respirar o el latir de su corazón.

Inmerso en el silencio, tomó aire durante varios segundos, relajadamente, hasta contenerlo durante una franja temporal similar, para después espirarlo con una ensayada suavidad. Mientras trabajaba la respiración, cerró los ojos y despejó su mente. En su cabeza, un vacío tan oscuro como la propia estancia pronto comenzó a mostrar una imagen: la de un arco de piedra flanqueado por dos columnas gemelas, de color grisáceo. Calculadamente, aprisionó aquel arquetipo en su imaginación, haciendo que según pasaban los segundos, fuese más vívido. Las columnas mostraban grietas y muescas, como si hubiesen quedado fracturadas por el paso del tiempo. El color, más intenso, parecía reverberar ahora como si una luz lo alumbrase en su interior.

Un suave cosquilleo acarició su cuerpo, como heraldo de un hormigueo que acabaría prolongándose por su espina dorsal, provocándole un conocido y plácido escalofrío. Sus orejas largas y puntiagudas, empezaron a captar lo que parecía el lejano canto de un grillo nocturno, cuyo timbre aumentaba a medida que su concentración se acrecentaba. Las yemas de sus dedos y de sus pies se contagiaron de una sutil vibración que le dieron la sensación de que todo a su alrededor estaba empezando a moverse en espiral. Fue en aquel momento, cuando sus labios dejaron escapar un corto versículo arcano, el cual repitió varias veces, vibrándolo con intensidad, al ritmo de sus respiración, sin perder jamás la imagen de aquella puerta arcana en su mente. El poder del mantra sacudió su cuerpo, provocando un fuerte estremecimiento y disparando el hormigueo por todo su ser, con punzadas tan agudas como una aguja hecha de hielo, a la par que sus oídos estallaban en su interior al escuchar un fuerte pitido en el que se confundían voces amortiguadas en la distancia.

Sintió que se elevaba, abandonando su cárcel de carne como un pájaro alzando el vuelo hacia el cielo abierto. Se dejó llevar por aquella especie de corriente magnética que lo despegaba de su propio ser, hasta que su misma mente se trasladó con él, cruzando la puerta, dejando detrás su cuerpo físico. Cuando flanqueó el umbral del arco místico, los pitidos se calmaron, el cosquilleo se desvaneció, y la oscuridad dio paso a una dimensión fantasmagórica con tonos grises y blanquecinos. El lugar al que se había transportado parecía una copia idéntica del mundo físico, y para cualquier lego tal hubiera sido así, pero él ya había caminado por aquel lugar más allá del velo mortal en el que magos, hechiceros, brujos, y otros iniciados de la ciencia mágica solían adentrarse en búsqueda de un conocimiento directo que solamente la experiencia podía ofrecer.

Miró hacia atrás, y observó con una mueca deslucida su ajado cuerpo, aun manteniendo la postura de meditación, flanqueado ahora por las luces de las velas, que se habían tornado de color añil. Sin embargo, sabía que no estaba solo. Nadie lo estaba realmente pese a que no pudieran descubrirlo. Se dio la vuelta sutilmente, no tal como lo haría en el plano material, sino con la gracia que le permitía su cuerpo astral, hasta encarar a varias presencias que se hallaban a su alrededor, aguardándole. La mayoría de ellas, tan sólo eran vagas siluetas, manifestando algún tímido reflejo de la apariencia que tenían en vida, en caso de que la recordaran. Tergumel se acercó a los espíritus de aquellos muertos y posó su mano traslúcida sobre el rostro triste de uno de ellos, que guardaba la forma de una niña elfa. Sus ojos fantasmales permanecían anclados en los del hechicero, quien la acarició suavemente. Pese a que no sentía nada ni existía ningún roce real, aquella alma en pena pareció aliviarse.

- ¿Nos ayudarás? - Una voz en eco y diluida resonó en su mente, cargada con una nota de soledad y desesperanza. El mago desvió la mirada hacia las otras formas sombrías que se acumulaban por momentos en la habitación, hasta que apenas quedó 'espacio' libre para ellas. Todas sin excepción, en sus formas retorcidas y apagadas le inspiraron una agria sensación de desamparo y tristeza mientras se arracimaban a su alrededor, como moscas, tocándole con trémulas manos espectrales. No era la primera vez que aquellas entidades perdidas acudían a él en busca de guía, de trascendencia. Pero a veces, en ocasiones, era él quien se alzaba sobre los planos en la búsqueda de otros más sabios y avanzados de los que obtener conocimiento.

- Lo haré. - Contestó él. No con la fuerza de sus labios, sino con el lenguaje universal de la mente, que carecía de barreras idiomáticas o de arreglos semánticos. Les habló desde el centro de su yo más íntimo, más esencial. Pausadamente, abandonando la observación de aquellas ánimas, se deslizó como hoja en el aire y se dirigió hacia las cortinas, las cuales en esta ocasión resplandecían con un tono índigo, como si brillasen con energía propia. Del mismo modo que si estuviesen tejidas con tela densa y material, Tergumel las apartó con cuidado, hasta que la sala entera quedó bañada por un faro de luz espectral que emanaba más allá de la vidriera de cristal, desde la bóveda del cielo astral, como el ojo de un torbellino etéreo que envolvía toda aquella realidad onírica en torno a sí mismo, absorbiendo un sinfín de almas durmientes hacia su negro epicentro...

Era el momento de volver a caminar.

Capítulo 1: El jarrón y la pluma Editar

Cuando abandonó la torre, un páramo infinito se extendió ante él. Una nada blanca y grisácea parecía quedar descolgada bajo el ominoso agujero negro que atraía mareas de espíritus hacia su interior. Tras retirar la vista de aquel punto oscuro, observó en lontananza cómo una procesión de criaturas amortajadas se dirigían en fila india hacia un punto inexistente, mientras eran custodiadas por fuegos fatuos que centelleaban con volutas de luz violácea. Aquel espectáculo pronto se evaporó como si nunca hubiese existido, y la marcha fúnebre de muertos desapareció tan pronto como había aparecido. A su alrededor, empero, otra cohorte de espíritus lo rodeaba y guiaba como una nube a la tormenta, en dirección a un bosque negro que se materializó lentamente, como si aquella dimensión acercase objetos y escenas a voluntad. El hechicero se fijó en su aspecto vacío y distorsionado, en el que el tejido de la realidad parecía dúctil y flexible, mientras caminaba tal como lo hacía en el mundo físico, apoyando sus pies sobre una tierra yerma rodeada de sombras. Los árboles gruesos y anchos se retorcían como si estuviesen heridos, con largas ramas como rastrillos de metal enganchándose y enredándose las unas contras las otras, completamente faltas de follaje. La cohorte de espíritus a la que acompañaba seguía avanzando a paso vacilante por aquel laberíntico bosque del Más Allá. Según advertía, la angustia de las ánimas se incrementaba según se adentraban en lo profundo de la foresta. Por su parte, reconocía perfectamente dónde se encontraba: en una arboleda en la zona más meridional de las Tierras Fantasma, o al menos, eso era lo que la réplica triste y deprimida que era el Mundo de los Espíritus dejaba a la vista en los patrones etéreos que servían como sustento de la materialidad física.

Sin desviarse por la ruta, atravesaron caminos olvidados, sembrados por arbustos espinosos que no rasgaban sus cuerpos; cruzaron barrancos insalvables sin precipitarse hacia su interior, y ascendieron hacia lo alto de una montaña rocosa con la misma rapidez que un águila alcanza su nido en la copa de un árbol. Allá, en medio de un claro lóbrego, los espíritus se detuvieron bruscamente, contemplando con gestos ausentes lo que parecían las ruinas de una aldea thalassiana; prácticamente reducida a un montón de escombros. En su lastimoso aspecto, únicamente la fuente, invadida por la vegetación, presentaba la sola nota de belleza nostálgica de aquellas ruinas desangeladas. El hechicero, tras retirar su vista de la escena, contempló a los espectros, que continuaban congelados ante él, esperando a que hiciese algo, en sepulcral mutismo.

Tergumel se alejó unos pasos hasta distanciarse de ellos. Distraídamente, contempló una vasija ornamental que permanecía hecha añicos sobre el suelo de la calzada, como si a alguien se le hubiese caído mientras transportaba agua. Con delicadeza, se agachó y estiró los brazos, para coger la pieza de artesanía entre sus manos. Sus dedos juguetearon sin sentir tacto alguno con ella, mientras le daba vueltas y seguía con la mirada una franja decorativa en forma vegetal. Abstraído, su mente fue golpeada por un haz de luz repentino, provocándole un sobresalto. A su alrededor, la escena había cambiado radicalmente. Donde antes solo había ruinas y escombros ahora se mostraba una aldea bella y llena de vida, colmada por la luz del sol matutino. Entre un camino empedrado decorado con jazmines, lilas y amapolas bbservó a una doncella élfica en su juventud cargar con una cesta repleta de bollos recién horneados mientras recorría la calle principal, dejando una fragancia dulzona y apetitosa a su paso. Escuchó a pocos metros de él una ventana abrirse sobre un balconaje magnífico bañado en oro, de donde se asomó un caballero principal de cabellos rojizos, el cual portaba una espléndida toga púrpura con filigranas de plata, a la vez que una sonrisa de felicidad le surcaba el rostro de oreja a oreja. Vio a una niña lozana y dicharachera traspasar su cuerpo astral como si fuese de aire mientras perseguía lanzando risillas infantiles a una cría de lince del bosque, hasta desaparecer detrás de un manzano. Cuando la perdió de vista, aquel vivo recuerdo del pasado de la aldea, colmado de dicha y jolgorio pronto empezó a oscurecerse.

Su mente volvió a sacudirse, y el escenario giró hasta producirle un leve mareo. Los otrora dichosos aldeanos ahora corrían despavoridos y se encerraban en sus casas. La niña que antes jugaba con el felino permanecía muerta en medio de la calle, junto a su acompañante animal, el cual se encontraba lamiéndole el rostro como si tratase de despertarla. Tergumel vio aparecer en el cielo negro una multitud de gárgolas de la Plaga, de garras largas y sucias, acompañadas de una abominación compuesta de varios cadáveres, que arrastraba junto a ella un enorme caldero del que emanaba un humo anaranjado... Segundo tras segundo, la visión le ofreció una auténtica carnicería que él ya había vivido en la vida real. El Azote no dejó a nadie con vida. Los espíritus de los muertos, que le habían llevado hasta allí, parecían agitarse tras revivir sus propias muertes.

- ¿Es esto lo que queríais mostrarme? ¿Es esto lo que os impide ascender? - Tergumel se volteó hacia el conjunto de ánimas que seguían rodeándole, en silencio. Ninguno de ellos le respondió, aun contemplando la visión del pasado, que se desvanecía por momentos tal como el día ante la llegada del ocaso. La pequeña niña difunta, a la que el hechicero reconoció como la muchacha que correteaba con la cría de lince, se le acercó tímidamente y le dedicó una mirada ambigua, que apenas pudo leer. De manera tierna, la jovencita le hizo una señal con el dedo índice, pidiéndole que se acercase. Tergumel asintió con severidad y acercó sus orejas cerca de la los finos labios del fantasma, más por un movimiento reflejo que necesario, pues sus voces siempre resonaban en su mente, y no en el propio espacio fantasmagórico en el que se desenvolvían. - Es el Hombre Búho. - Le dijo la pequeña, con un tono misterioso y entrecortado, como si la mera referencia a aquella criatura fuese motivo suficiente de pavor. - ¿Quién es el Hombre Búho? - Inquirió el hechicero, acercándose más a ella mientras la arropaba con el manto de su toga etérea, de manera protectora. - ¿Quién os está haciendo daño? - El Hombre Búho es malo. No nos deja irnos. - El espíritu en pena agachó la cabeza y se arrulló entre los brazos del mago, buscando consuelo. Tergumel sintió que la energía de aquella ánima dimanaba una desazón profunda, envuelta por un miedo muy hondo, que casi parecía palpable. - ¿Dónde está el Hombre Búho? - Volvió a preguntar el hechicero, sabedor de que las almas de los niños siempre daban una información bastante incompleta. Tras aquel interrogante, la niña sufrió un escalofrío y alzó el rostro de nuevo, contemplando a su interlocutor de hito en hito, con los ojos muy abiertos. - ¿Qué sucede? - Tergumel miró a su alrededor, percatándose de que las otras presencias fantasmales empezaron a moverse desordenadamente, inquietas. - Ya está aquí. - La niña se desembarazó súbitamente de los brazos etéreos de su protector y atravesó una pared semiderruida, esfumándose con la misma rapidez que los demás espíritus, que parecían ansiosos por hallar un lugar en el que esconderse.

Aún desconcertado, Tergumel se incorporó y aguardó en silencio unos instantes, en total soledad en medio de aquellas ruinas desoladas. Giró sobre sí mismo, tratando de descubrir al causante de semejante desconcierto, pero lo único que encontró fue una pluma alargada de color marrón y motas negras que cayó planeando sobre su hombro. Extrañado, la cogió con cuidado y la observó con estupefacción, al mismo tiempo que sintió cómo algo acababa de aterrizar en ese preciso momento detrás de él...

Capítulo 2: El Hombre Búho Editar

Tergumel se dio la vuelta pausadamente, a la par que su mente recogía los versos de un conjuro de protección. Cuando por fin encaró a aquello que tenía detrás de él, sintió una punzada de desasosiego. Una criatura larga y atrofiada lo contemplaba con una desconcertante nota de deseo y de apetito. Su rostro tenía en el margen izquierdo la forma de búho; con el plumaje pardo y salpicado de motas azabaches. Su ojo izquierdo, grande e inquisitivo, estaba surcado de franjas naranjas y amarillas que coronaban una enorme pupila negra. Su boca era oscura, como una retorcida mezcla entre pico y dentadura animal, mientras que el resto de su faz presentabas rasgos humanoides, deformes y lacerados; junto a un ojo rojo que centelleaba en la monotonía grisácea del ambiente.

- Una presa lenta. ¿O quizás osada? - El hombre búho habló con una voz cavernosa, que resonaba como un rugido gutural, a la vez dio unos pasos hacia el elfo, con cierta teatralidad. Tergumel no dijo nada, sino que preparó su defensa sin dejar de observar cómo aquella cosa se acercaba mientras batía su única ala, situada en la parte siniestra de su espalda. - ¿No me temes? - Volvió a inquirir de forma burlesca aquella entidad, clavando sus ojos en los de su presa mientras su repugnante aliento a podrido y azufre se extendía por la atmósfera astral. El hechicero no parpadeó. La cercanía con aquel inusitado cazador le bastó para sondear en su naturaleza. Era un demonio. Podía sentir cómo la energía vil irradiaba de su espíritu, agitando y removiendo sus sentidos.

-¿Qué has venido a hacer aquí, demonio? - Le preguntó Tergumel, apenas sin inmutarse. - Este no es tu lugar.

- Te equivocas. - Respondió el hombre búho mientras daba una vuelta alrededor del mago, divertido. - Todo esto que ves es mi coto de caza. - Dijo extendiendo sus brazos atrofiados, para abarcar todo lo visible. - Aquí apacento y siego las almas que me pertenecen.

- Estos espíritus no son tu cosecha. Deben ser libres. - Contestó el hechicero, con serenidad. El hombre búho ladeó la cabeza, extrañado, y sonrió misteriosamente.

- ¿Quién eres tú que vienes aquí a decirme lo que no puedo hacer? - La voz del demonio mudó el timbre divertido, adquiriendo a cada paso un tono más violento, casi colérico.

- Soy Tergumel. Un caminante de los velos. - Según respondió, el mago alzó sus manos en dirección a la criatura, e invocó un choque de magia arcana de color violáceo que estalló al impactar de lleno contra su objetivo, el cual fue impulsado contra un paredón semiderruido de la aldea, chocándose contra él.

- Un intruso en este mundo es lo que eres. - El hombre búho se levantó entre los cascotes con parsimonia, impávido. Como si aquel hechizo no le hubiese hecho ni un sólo rasguño. - Aunque al menos serás una presa mucho más entretenida que las demás... - Desafiando cualquier ley de la gravedad física, el demonio se trasladó al instante al lado del elfo, y lo agarró con su nervudas manos súbitamente, atenazándole la garganta, a la vez que lo miraba con una cara descompuesta por la rabia. Apenas sin pensarlo, Tergumel posó sus dedos sobre el brazo del demonio y conjuró una llamarada azulácea que abrasó a su oponente, el cual lo soltó de inmediato.

- Eres un pequeño gusano muy escurridizo. - Masculló el demonio mientras las ascuas del hechizo se esfumaban, dejando en el aire plumas pardas chamuscadas. - Pero no podrás detenerme. - Un repentino fogonazo de un intenso color verde brotó de la pantagruélica boca del demonio, como una ominosa lengua de vil, que envolvió al hechicero en su trayectoria en espiral y lo abrasó en su interior con una intensidad insorportable. Luchando por tratar de disipar el dolor que lo ahogaga, el elfo conjuró un escudo arcano que acabó por repeler el sortilegio del demonio, haciendo que la lengua de fuego vil se evaporase formando voluntas de humo verdoso.

El hombre búho, hastiado de las constantes triquiñuelas de aquel mortal, se alzó aire, batiendo su única ala como si fuese una estrella diabólica que lo observaba en lo alto del cielo grís del Mundo de los Espíritus. Tras un segundo de suspense, el monstruo dejó escapar un aullido abominable y se lanzó en picado hacia Tergumel, para atraparlo. Sin embargo, cuando tan sólo quedaban pocos metros para que lo agarrase, el espíritu de la niña elfa atravesó la escena y se colocó delante del mago, en actitud protectora. El demonio, ufano al ver semejante gesto heroico por parte de la pequeña, aumentó la velocidad y cargó contra ambos, a la par que dejaba un aura negruzca en su estela.

- ¡Apártate! - Exclamó el hechicero, justo cuando la maligna entidad clavó sus escabrosas garras sobre la carne etérea de la muchachita, que chilló de dolor al tiempo que su captor la arrastraba por el suelo, en un momento de delite, antes de alzar de nuevo el vuelo junto a su presa. - ¡Es a mí a quien quieres, vuelve! - Tergumel hizo crepitar la energía astral a su alrededor y lanzó en vano un último conjuro de fuego arcano, que no acertó en el objetivo, el cual ya se había alejado tanto del lugar que podía darlo como perdido.

Fracasado, el hechicero cayó de rodillas, sintiéndose débil tras el combate contra el demonio. Jadeó, tratando de recuperar el control. Notaba que poco a poco, su cuerpo astral se debilitaba, y que el mundo físico lo reclamaba como si una mano invisible tirase de él. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, flotó hasta colocarse de pie. No se había dado cuenta por su fatiga, pero los espíritus de aquellos muertos lo rodeaban de nuevo, si bien ahora con un redoblado ánimo confuso y lastimero. Tergumel pudo escuchar cómo sollozaban y se dolían de su aciaga suerte tras haber perdido a uno más de su grupo. No podía abandonar. No podía acabar todo así. No les podía dejar su suerte. El enfrentamiento con el hombre búho se había convertido en algo personal. Debería continuar, pero para poder encontrar a aquel demonio y recuperar su energía comprendió que debería ir más allá, tendría atravesar otro velo...

Hacia el Vacío Abisal.

Capítulo 3: La Gruta Editar

La corte de gimoteantes lo seguía en su perturbado mutismo mientras caminaba trabajosamente hacia los rincones más recónditos del Mundo Espiritual. En uno de esos extremos conocía una entrada, un método para entrar en lo más denso de los velos del Más Allá. No obstante, él sabía que aquello contravenía ciertas reglas sobrenaturales, por lo cual muchos practicantes arcanos no podían adentrarse en el Vacío Abisal sin ciertos portales prácticamente imposibles de realizar desde el mundo físico y de mantener si no se disponía de una gran fuente de poder mágico. Él jamás había ejecutado semejantes proezas, sin embargo, conocía otra forma de atravesar; abriendo las puertas desde el Mundo Espiritual. No obstante, estos puentes hacia realidades más profundas y misteriosas solían estar fuertemente custodiadas. No le sería tan sencillo pasar.

Tergumel, sumido en su cábalas, observó cómo el paisaje grís del mundo de los espíritus comenzaba a teñirse de una tonalidad anaranjada, mientras que una niebla rojiza comenzaba a levantarse alrededor de sus etéreos pies, los cuales empezaban a cobrar mayor intensidad en cuanto a coloridad y textura, como si poco a poco recobrasen su condición física. Aquello indicaba que otros reinos espirituales estaban cercanos a su posición, imprimiendo su propia naturaleza mágica en el ambiente, como si crease una frontera en la que diversas leyes cósmicas y arcanas convergiesen. Lentamente, un muro de piedra y arenisca de color pardo y con profundas grietas negruzcas se alzó ante él, alcanzando una dimensión apenas abarcable con los ojos. Sobre él, todavía era visible la negra espiral de la bóveda de aquella extraña dimensión, por la que la marea de almas muertas seguía su curso natural en su viaje hacia la trascendencia. En ese momento, se sintió como un ladrón que entraba por la puerta trasera de una casa, o más bien, por una pequeña ventana oculta.

El sonido de sus pisadas, a cada momento más audibles y sonoras, cesó cuando el hechicero halló justo lo que buscaba. Se trataba de una gruta muy estrecha, en la que apenas había espacio para una de sus piernas. No contenía ningún soporte arquitectónico que la destacase, ni ningún arreglo artificial que revelase su posición. Todo lo contrario, parecía tratarse de un detalle absolutamente natural, como si la propias inteligencias que regían aquellos planos hubiesen querido abrigarla en su seno en su total nimiedad. No obstante, aquel lugar no se encontraba vacío. Ante él, el mago observó una figura de en torno a los tres metros de alto, ataviada con un sinfín de cadenas gruesas de las que colgaban una miríada de cerrojos de distintas dimensiones y formas, aunque todos sin excepción parecían carcomidos por un óxido profano que le daban un aspecto muy viejo. El arrastrar de las cadenas pareció devolver al taumaturgo a la realidad, sacándolo de su ensimismamiento. El vigía de la gruta avanzó hacia él, apenas de forma imperceptible. Una capucha ancha, grisácea y sucia le ocultaba parcialmente la parte superior del rostro, dejando tan sólo a la vista una mandíbula nervuda y en la que los músculos de la cara se asemejaban a un correaje sanguinolento y verdoso, afectado por un eterno paso del tiempo. A sus espaldas, en cambio, cuatro espléndidas y majestuosas alas de cuervo de ébano se expandieron en toda su longitud, a la par que aquel ser le hacía una elegante reverencia a Tergumel, quien aún impresionado por la visión, continuó caminando a su encuentro.

- Saludos, Guardián. - El elfo respondió torpemente a la reverencia del vigía, tocando con su rodilla izquierda la arena del suelo, que se mecía al tiempo en el que una leve brisa emanaba de la brecha del muro de piedra naranja.

- Te saludo, vivo que camina entre los muertos. - La voz de la criatura era áspera y ronca, aunque de tonalidad femenina, más de anciana que de mujer joven. - ¿Por qué te encuentras ante mí aquí en un lugar donde yo solamente hago vigilia? ¿Acaso vienes a desafiarme y a entrar en los reinos donde la muerte aún no te ha abandonado?

- No es tal mi intención. - Respondió Tergumel, asegurándose de que su tonalidad reflejase sumisión y respeto. Sabía qué tipo criatura se encontraba ante él. No era un demonio, sino algo mucho mayor. Algo que muchos grimorios oscuros denominaban como vigías, guardianes arcanos, ángeles custodios, o simplemente carceleros. Conocía de antemano que en un enfrentamiento no tenía la más mínima posibilidad de vencer, de modo que reconoció desde un primer momento su inferioridad, y así se lo hizo saber a aquel centinela. - Ruego vuestro permiso para pasar.

- ¿Y por qué quiere un vivo acceder al Mundo de los Condenados? ¿Por qué alguien que todavía no pertenece a estos reinos quiere ir al nido de los demonios? - El ángel batió sus alas varias veces, provocando que el viento que salía de la gruta cobrase mayor fuerza, hasta tal punto que la túnica negra de Tergumel revoloteaba con tanta violencia que obligó a su portador a sujetársela.

- Estoy ayudando a estas almas. Persigo a un demonio al que conocen como el Hombre Búho. - El hechicero señaló con las manos a la cohorte de espíritus que lo habían seguido hasta ese punto. Pero que en ese mismo instante, permanecían alejadas de la gruta, como si la mera presencia de ese obscuro pasadizo les aterrorizase. - Este espíritu maligno se adentra en esta dimensión y los captura. Sospecho que los arrastre al Vacío Abisal para alimentarse de ellos. - El ángel custodio se mantuvo en silencio y esbozó una sonrisa ambigua, mostrando sus dientes grandes y amarillentos, demasiado grandes para ser contenidos en su pequeña boca carente de labios. Tergumel no sabía distinguir si el vigía parecía sorprendido o no por lo que le estaba relatando, pero continuó en esa posición durante algunos segundos más, reflexionando.

- Otros que han venido aquí han querido cruzar para acceder a conocimientos lejos de su comprensión y que ningún encarnado debe poseer. Pero no es esta búsqueda lo que te mueve, sino el socorro a estas almas desdichadas. Sin embargo, no es esta la tarea que por su naturaleza debería realizar un vivo. Ya hay otras criaturas que se encargan de capturar demonios y guiar a los extraviados. Inteligencias muy superiores a la tuya y que podían encargarse con mucho mayor éxito de esa loable labor. - El vigía se agachó para observar de cerca a Tergumel, quien reparó en que más allá de la sombra de la capucha, unas cuencas insondables y carentes de vida lo analizaban como si poseyese ojos invisibles capaces leer sus pensamientos más profundos. - No me estás engañando. Sin embargo, las restricciones son superiores a nuestros anhelos. Incluso de los más elevados.

- Guardián, me necesitan. - El hechicero insistió, a la vez que refrenó una protesta sobre el poco éxito que habían tenido los protectores celestiales en impedir que el Hombre Búho capturase almas, aunque él mismo sabía que los demonios hacían todo lo posible en traspasar otros planos (especialmente el físico) para llevar a cabo sus nefarios planes, y que esta tarea de control era notablemente complicada. A pesar de que estas palabras no afloraron de él, el ángel pareció recogerlas y ensanchó su sonrisa, en esta ocasión similar a la de un adulto que se divierte por el comentario de un niño que no parece comprender bien un mundo del que no es consciente plenamente.

- No sabes el peligro que corres. Pero si es esta realmente tu voluntad... tampoco te lo impediré. - El ángel volvió a erguirse en toda su longitud, adquiriendo una majestuosidad onírica, mientras que sus manos delgadas y de tonalidad muerta, antes poco visibles debido a que se hallaban ocultas por manojos de cerrojos, se adentraron en su toga repleta de cadenas, como si buscase algo. Al poco tiempo, y tras unos giros suaves, sacó una llave con tres puntas romas, corroídas por el óxido y se la mostró al hechicero. - No obstante, hay una condición.

- ¿Qué condición? - El hechicero observó la llave con deseo, mientras permanecia en el sitio, sintiéndose intimidado por la presencia del vigía de la gruta.

- Si no consigues completar tu propósito, no podrás regresar. No solamente morirás, sino que me aseguraré de que tu alma sufre el peor de los tormentos en el Vacío Abisal. Implorarás perdón, te arrepentirás, pero nadie te salvará. No tendré misericordia. - El ángel esbozó una mueca cruel y le ofreció la llave, deslizándola entre sus dedos largos para que Tergumel la cogiese.

El elfo se quedó paralizado, mientras que sentía que su mente se constreñía ante la visión de quedar eternamente condenado en el Vacío Abisal, a merced de aquel siniestro guardián. Aún con temor, extendió lentamente el brazo y abrió los dedos, hasta que las yemas de estos tocaron la superficie de la llave, muy fría. Observó que sus propias manos parecían diminutas en comparación con las del ángel y que a pesar de estar tratando de controlarse, temblaban como un cervatillo asustado.

- Acepto la condición. - Dijo el hechicero, aferrrando con fuerza la llave y alzándola ante sus ojos. El vigía, en un gesto quizás solazado o de satisfacción se apartó unos pasos, flanqueándole el paso, ceremonialmente.

Tergumel miró hacia atrás una última vez para contemplar a los espíritus desesperados, que permanecían difuminados en el horizonte, sin dejar de prender sus ojos en él, haciéndole objeto de sus únicas esperanzas. Consciente de su misión, el hechicero se volvió, encarando la grieta del muro, que pese a todo, seguía pareciendo un accidente del relieve, algo anodino. Pero no era así. Suavemente, el hechicero insertó la llave en la brecha, percatándose que había un punto especialmente estrecho, en la que encajaba a la perfección. Durante un momento se quedó congelado, hasta que sintió un temblor en el suelo. Casi al instante fue testigo de que la grieta se ensanchaba, a la vez que creaba una especie de cacofonía que surgía como un grito de sufrimiento de su interior. La negrura de sus profundidades poco a poco se hizo patente mientras la grieta se abría como las fauces de un lobo, brindándole una ominosa bienvenida.

No había vuelta atrás.

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