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Edda del Tesoro de Quetz'lun

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Edda Poética: El Tesoro de Quetz'lunEditar

Escaldo en el Fiordo.jpg
Allá entre los templos trols
donde la muerte se adentraba intrusa
dos gemelos una riqueza extrajeron.
Largo tiempo huyeron de ella,
la furiosa Serpiente Emplumada.
“Escondedlo allí do no lo vea”,
les dijo el Gran Sabio.
Con celo ellos lo ocultaron,
mas la avaricia no dispensaron.
Juntos nacieron y juntos murieron,
ante la risa del dios sapiente.
El norte cantó la leyenda,
de un olvidado tesoro,
cuya ladina dueña,
aún no había recuperado.

Valientes a miles hacia él partieron,
mas no fue riqueza alguna,
lo que de recompensa obtuvieron.
El cruel sacerdote drakkari
custodio incansable de la vil diosa,
a todos cazaba infatigable,
y sus corazones ofrecía bañados en sangre.
Años pasaron y la nieve cayó,
pero ella no olvidaba, la vieja Quetz’lun.

Del sur llegaron extraños,
y pronto quisieron buscar,
aquello que a otros caro les fue,
lo mismo que deseaban hallar.
No fue en silencio su propósito
y entonces Erik Hardrada lo oyó,
decidido y valeroso pues estrechó,
la mano de una mujer del sur,
de cabellos de ébano y oscura piel.
Así se hizo entonces el pacto,
con el que iría a comenzar,
la búsqueda de una leyenda,
que con ellos debería acabar.

Los hombres del norte,
les fueron a guiar,
pues en aquellos bosques,
eran ágiles y fuertes simpar.
No hubo ulfhednar que no huyese,
colmados de espanto y pavor,
cuando su vista se topase,
con los jarl de Rasganorte,
y los caballeros del sur.

Sus piernas robustas les hicieron tomar,
la ruta por el Arroyo de Plata,
donde moraba el viejo Djorvar.
“Decidnos dónde el tesoro se encuentra”.
quiso saber la oscura mujer,
a la que todos decían Brunhild.
El anciano escaldo entonces les dijo,
que a otro sabio deberían consultar.
“Dónde está agora este,
todos quisieron saber”.
Entonces el escaldo con misterio habló:
“Oculta su morada se encuentra,
entre árboles y piedra moviente,
más allá del teatro de la muerte,
acunado por los altares,
custodiado por sus guardianes.
Él mira a través de ellos,
y la roca le susurra todo lo que acontece.”

Con nueva sabiduría continuaron,
el viaje que aparcaron,
y hacia la casa de Ursoc marcharon.
Grande y orgulloso era el señor oso,
no pisaba jamás su casa,
ni indigno ni cobarde,
pues siempre probaba a aquellos
que su favor requerían.
Uno a uno el Gran Oso,
en sus corazones buscó sin encontrar,
la mácula y el miedo del dudar.
“Con mi favor vais a entrar,
en un reino muerto de piedras
y hogares que lloran.
a esto lo llaman Zul’Drak.”

En los fríos valles de aquel reino,
la ruina y la desolación les recibieron.
La sangre estaba seca,
y el viento en silencio,
cuando los del norte y del sur,
en una trampa cayeron.
Cientos de trols les hubieron de ver,
donde la muerte era señora,
en el Anfiteatro de la Angustia.

Allí un gran festejo,
los sanguinarios hicieron.
“Que ellos combatan,
eso es lo que quiero.”
El guerrero del rinoceronte,
muy esforzado quiso invitar,
a todo lo granado entre su raza,
para la lucha disfrutar.

Prisioneros, lucharon y mataron
a serpientes con espadas,
y gigantes bestias desconocidas,
empero no fue aquella la gran lid,
pues el sacerdote de la Serpiente Emplumada,
la sangre derramó entre su pueblo,
y hubo temor y confusión.
Entre chillidos y muerte,
ellos hacia la salvación escaparon
mas, ay, no lo hizo Torhild,
ni tampoco otros valerosos,
que su mismo destino corrieron.

Salvos y vivos quisieron seguir,
para ansí al Gran Sabio su voz dirigir,
escondido lo hallaron en su foresta,
muda y en sombras funestas.
“Con premura llegáis a mí,
mas no temáis, y venid aquí.”
el vetusto dios les habló,
y en su marchita morada posada les dio.
La pregunta pronto afloró:
“Dónde está el tesoro, dínoslo.”
Astuto y ladino, Zim’Rhuk urdió,
y ante ellos una ilusión mostró.
A dos hombres inocentes él enseñó.
“Qué es más valioso debéis elegir,
si lo es la riqueza, o si sus vidas lo son.”
Ansí entre ellos la cizaña sembró,
Brunhild e Hildegard rápido dijeron,
que lo era el tesoro, y no lo eran ellos.
Complacido el dios se halló,
y a bien tuvo al fin revelarles,
que era en Drakil’jin,
la ciudad que besaba el mar,
donde la antigua fortuna era de encontrar.

Largas millas recorrieron,
hasta que al fin con mucha fatiga,
con la hora de su destino dieron.
En la más densa de las sombras,
y en la más negra de las cámaras,
se encontraba la cripta.
Allí los muertos descansaban,
pero dos de ellos no dormían.
Hunapá e Ixtalán les oyeron,
y a su encuentro los gemelos fueron.
“El tesoro no os quedaréis,
pues ya mismo moriréis.”
Los malditos hermanos con maldad rugieron,
pero el fuego y el acero antiguo,
contra ellos fuertes demostraron ser,
y los malvados espíritus desaparecieron.

Más allá de la oscuridad,
cuando los bravos aventureros,
de sufrimiento permanecían abatidos,
un brillo más fuerte que el sol,
sus lacerencias en dorada luz alivió.
“Habéis llegado tarde,
el tesoro volverá a Quetz’lun”.
El sacerdote de la diosa,
que en el teatro la muerte sembró,
guardián ante ellos se erguía,
de la ansiada riqueza que perseguían.

Cantaron las espadas, silbaron las flechas,
viejas súplicas retumbaron con odio,
y favores divinos despuntaron.
Una lucha como nunca entonces se vio,
dejó tan sólo un bando ganador.
Derrotado y muerto el sacerdote cayó,
“Oh, mi señora, a ti te he fallado”.
Ansí él en su muerte se lamentó.
Sin más escollos y con fervor,
los héroes el tesoro tomaron.

Cual no fue el esplendor,
que ante ellos se desplegó,
que el habla perdieron,
y también todo el temor,
cuando tamaña fortuna capturaron,
y en un barco embarcaron,
con rumbo a Valgarde,
donde todo empezó,
y donde por fin,
todo había acabado.

Edda poética cantada por un escaldo anónimo del Fiordo Aquilonal, haciendo referencia al grupo de aventureros que consiguió el legendario tesoro de Quetz'lun.

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