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Diario de oraciones del hermano Constantine

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Floating Spellbook Tyler Walpole.jpg

"Libro de los Ángeles", por Tyler Walpole.

Día 1 del primer mesEditar

Querido diario:

Hoy inicio mi andadura en la senda de la Luz. No me avergüenza admitir que yo no elegí este camino: soy el menor de una familia de cinco hijos y mis padres, pese a las rentas de las que gozan por su condición nobiliaria, no sabían dónde colocar a su ultimogénito.

Mi hermano mayor, Mathew, falleció en la Primera Guerra contra la Horda, durante el saqueo de Ventormenta; la segunda, Linda, se casó con un noble de las Laderas de Trabalomas; el tercero, Thomas, estudiaba arquitectura bajo la supervisión de VanCleef y desde las revueltas de los Defias no hemos vuelto a oír noticia de él; en cuanto al cuarto, Randolph, ha sido designado sucesor por mi padre y está siguiendo sus pasos a pies juntillas.

No me apetecía unirme al noviciado de la Iglesia de la Luz: esto está repleto de plebeyos que ni siquiera se esfuerzan por mantener un mínimo de higiene corporal. Todos muy devotos, todos beatillos y santurrones, pero no se han leído ni un solo libro sagrado en su vida. Se saben las plegarias porque las rezaban sus madres por las noches: ya para pedir salud o abundancia, ya para solicitar que sus maridos no les pusieran los cuernos con otra en el trayecto de vuelta a casa. Siendo este el caché intelectual de mis «hermanos», no te extrañará en absoluto que su compañía no me entusiasme.

Debí haberme convertido en aprendiz de un hechicero en el Distrito de los Magos, pero mi madre, que es muy pía, convenció a mi padre de que los conjuradores traficaban con sus almas a cambio de poderes sobrenaturales. ¡Ridiculeces! ¡Supersticiones de los necios! ¿Cómo puede ser que a día de hoy, en una familia adinerada y bien situada, aún existan estas creencias estúpidas? La ciencia es la fuerza que impulsa a los estudiantes de lo arcano, no la fe: la ciencia es un ente que se puede medir y calcular; la fe, en cambio, es vaporosa como el éter y se disipa con un soplido de la brisa. Y me detengo aquí, que estoy empezando a sonar poético.

Así que en esas estamos, diario. He camuflado tu presencia bajo el título de «Diario de oraciones»; así nadie sospechará que en verdad te uso para poner verdes al resto de novicios y para desfogarme.

En una hora comienza mi primera misa como novicio y tengo que asistir a uno de los padres con los preparativos: posicionar correctamente los bancos, encender las luces de los candelabros, ajustar el atril para la lectura... Antes que un sacerdote de la Luz parezco una chacha. Y encima, el obispo al que ayudo es un retaco, una uva pasa arrugada que apenas sobrepasa el metro y medio de altura. Ya veremos si no se queda dormido mientras pronuncia los ensalmos; tal vez se eche al colete un chorrito de ese rico vino ceremonial para entonarse. Con suerte, quizá se muestre caritativo y lo comparta. Al fin y al cabo, en eso se basa la esencia de la Luz Sagrada, ¿no? En la «compasión», y eso incluye la generosidad hacia el prójimo.

Salgo ya de mis dependencias. Seguiré escribiéndote más tarde.

[...]

No estoy seguro de creer lo que han visto mis ojos.

Jamás he sido un hombre excesivamente religioso. No soy como esas verduleras que van por la calle proclamando haber recibido una visita de la Luz Sagrada o de los ángeles. De hecho, si me apuras, estoy aquí por inercia, cuando no por obligación.

Sin embargo, hoy he sido testigo de un hecho admirable. Mientras ese canijo de peluca entrecana les daba el sermón a los feligreses, entreví algo que se movía en su tomo divino. Tal vez fuese una alucinación provocada por mi ansiedad; después de todo, me puse delante de cientos de personas que venían a oír la misa. O quizá fuera efecto del vino: como te prometí, le pegué un buen tiento mientras el venerable se enjuagaba las manos para la liturgia. No sé a qué se debió, pero sí sé qué fue lo que vi: las letras de su libro se desplazaban, se dispersaban y se juntaban en unos caracteres bellísimos, componiendo un mensaje exclusivo para mí.

No pude examinarlo entero, pero sí que capté algunas frases: «La Luz espera grandes obras de ti», «Los fieles cantarán tus proezas por toda la eternidad»; y la que más me inquietó de todas: «Constantine, los ángeles te deparan un destino dichoso».

¡Constantine! ¿En verdad ponía Constantine? ¿Cómo sabía mi nombre aquel viejo chocho? ¿No sería una broma de mal gusto, tal vez? Lo dudo: llevaba escasas horas como novicio; aquel carcamal ni siquiera se acordaba de mi rostro. ¿Quizá un pasaje derivado de algún diálogo entre dos figuras hagiográficas? En tal caso, ¿por qué el padre no reprodujo esa conversación en la homilía? Daba la sensación de que estuviese hablando en un idioma enteramente distinto: su discurso no se asemejaba en nada a lo que yo leí en las páginas del libro.

Tengo que aprender más sobre las epifanías de la Luz Sagrada. Me pasaré las horas libres de mañana buceando en la biblioteca de la iglesia: con suerte, quizá halle algún volumen que explique todos estos fenómenos.

Tal vez el noviciado no sea tan horrible como yo me imaginaba.

Día 2 del primer mesEditar

Ser un novicio apesta.

Querido diario, disculparás que no me haya referido a ti como manda la costumbre de cientos y cientos de años, pero estoy agotado. No he podido permanecer sentado en el ala de lectura más de dos horas y ni siquiera me ha dado tiempo a elaborar una bibliografía provisional que empezar a consultar. Al poco tiempo, llegó uno de mis instructores y me sacó de allí por las orejas.

¿Cómo puede ser que una casta que se jacta de santa y de culta desprecie de esta manera mis esfuerzos intelectuales? Junto con otros cuatro novicios, me tocó cuidar del jardín de la parte trasera de la catedral: extirpar las malas hierbas, cortar los esquejes demasiado crecidos del rosal, arrancar las extremidades muertas de los robles, podar el seto, reparar los calvos en el césped causados por los tres sabuesos de uno de los padres más ancianos (ese marrano gordinflón se ha ganado mi enemistad eterna), retirar la porquería de la pérgola...

Y lo peor de todo es que todavía escucho en mi cabeza la voz estridente del preceptor: «para que brote nueva vida se debe apartar lo muerto. ¡No, así no! ¡Aquel era un pimpollo sano!». ¿Cuántas veces nos castigó con ese reproche? Y lo más importante: ¿por qué no se lo aplica a sí mismo y nos deja en paz? Es él quien está seco y decrépito como un parra, yo aún me encuentro en la flor de la vida.

Hablando de eso, no todo ha sido en vano. Había dos novicias conmigo y otros dos hombres más: uno, robusto de huesos y ventrudo; el otro, enteco y más feo que un orco chupando limones. Estuve charlando con una de las chicas, aunque ocurrió lo de siempre: se fijan en la mancha que salpica mi cara y se olvidan de lo demás; temen preguntar a qué se debe y se asustan. Es tan solo una enfermedad cutánea. ¿Tanto les aberra? Soy un hombre fuerte, joven e inteligente. ¿Por qué solo prestan atención a ese horrible lunar morado e ignoran el resto?

Al menos disfruté de una buena perspectiva cuando se agacharon para recoger las ramitas muertas. Y creo que la amiga de aquella con la que hablé no desvió ni un segundo su mirada de mí. De seguro la intriga el hombre que se esconde tras la mancha. A juzgar por sus rasgos, parece campesina: de dedos regordetes y callosos, tez bronceada y curvas redondas aunque bien definidas. Su cabello es algo basto y está quebrado en las puntas, pero tiene un tono castaño hermoso y saludable, con reflejos dorados que van a juego con sus ojos verdes.

No está nada mal como entretenimiento. Veré si mañana puedo conversar un poco con ella. No es la primera que cae en mis brazos por el morbo de coquetear con «el chico besado por el demonio»; muy seguramente en un gesto de rebeldía hacia sus padres, pero a mí eso me da igual: me sigue beneficiando. Y oye, si es un tanto rolliza y simplona tampoco es una cosa que me quite el sueño: así se esmerará más para suplir estas carencias en cuanto pasemos a mayores.

He escrito demasiado. Ahora solo me quedan cinco horas de sueño: mañana me despierto temprano para rezar junto a los demás y luego debo limpiar la entrada de la catedral. Si todos mis días van a ser así de ajetreados, ¿cuándo se supone que voy a estudiar la Santa Palabra? Ojalá toda esa colección de vejestorios se arremangase y se sumase a la faena junto a los novicios: ¡darían un gran ejemplo de devoción y de solidaridad!

Quedan dos jornadas hasta el domingo, nuestro día de descanso. Aguantaré como pueda el temporal con la promesa de que al fin consumaré mi investigación cuando llegue ese momento. Y entretanto, iré pergeñando la forma de realizar mi otra investigación: la del dormitorio de aquella chiquita entrada en carnes.

Honestamente, no sé cuál de estos dos pronósticos me excita más.

Día 4 del primer mesEditar

Querido diario:

Estoy agotado, física y moralmente. Jamás pensé que la existencia de un novicio fuese tan sufrida. ¡Con razón hay tan pocos sacerdotes en la cima, porque se dedican a martirizar a los de la base para que desistan! Ya han renunciado dos, y yo habría sido del tercero de no ser por un único hecho: las letras danzarinas que me hablaron en el libro de oraciones de aquel obispo.

Mi relación con Jenna, la plebeya del jardín, avanza a velocidad de tortuga. Le di palique ayer por la noche, en el comedor, y la encontré muy habladora en lo relativo a todo tema banal que requiera del poder intelectivo de una nuez: que si las calabazas de su padre eran frescas y dulces, que si los pasteles que prepara su madre estaban exquisitos, que si su hermano sabe montar la mula que usan para arar los sembrados... Soporté toda esa retahíla de frivolidades con la esperanza de que accediera a citarse conmigo en privado, pero solo respondió a mis requiebros enrojeciéndose y esbozando una sonrisilla tonta.

Jenna es más mojigata de lo que me imaginaba de buenas a primeras: seguramente sus padres le hayan advertido de los picaflores de la ciudad y todavía albergue reservas. Me llevará unos cuantos días persuadirla de lo contrario. ¡Pobre cordera descarriada!

Mientras que ayer me forzaron a escuchar las lecciones soporíferas de mis maestros desde el mediodía hasta el anochecer, hoy me he ocupado por completo del mantenimiento del templo. Me duelen las manos de tanto barrer y se me han llagado los dedos por la friega de los cacharros. ¡Espero que aprecies los calvarios por los que estoy pasando para dedicarte estas palabras!

No sabía si anotar esto último, pero es algo que me incomoda y no puedo sacármelo de la cabeza: tengo la sensación de que alguien me vigila. Anoche, cuando me dirigía a mis aposentos, detecté una sombra que se movía detrás de mí por los pasillos. Tal vez sean solo mis fantasías, ya que cuando volví la vista atrás se había desvanecido. No obstante, hoy me encontrado la ventana de mi cuarto abierta cuando juraría que la había cerrado antes de salir. Con todo esto, sospecho que alguien se ha colado en mi habitación en busca de algo.

¿Tal vez padezco alucinaciones? Quizá Jenna está siguiéndome la pista, tratando de confesarme su amor en la intimidad, pero no reúne valor para dar la cara. Al menos sé que tú estás a salvo: te he sellado con un candado bien firme que solo se desbloquea con una llave que cuelga de mi rosario, convenientemente oculta bajo mis ropas. Si alguien te leyera, mi romance con Jenna se desmontaría de golpe y seguramente estas confesiones me costasen la expulsión de la Iglesia.

En otras circunstancias no me importaría abandonar este estercolero donde me esclavizan como si fuera un vulgar sirviente doméstico. Sin embargo, no puedo borrar esa inscripción de mis pensamientos: «Constantine, los ángeles te deparan un destino dichoso». De ser así, ya no sería nunca más el «chico besado por el demonio», sino un hombre bendecido por la Luz Sagrada. La idea me seduce, he de admitir. Y cuanto más lo medito, antes llego a la conclusión de que no estaba ebrio ni delirando. Desgraciadamente, no he vuelto a toparme con el sacerdote que presidió el oficio. Tampoco recuerdo su nombre y no quiero contarle a nadie mi revelación: si es verdad que la Luz me ha elegido a mí, no voy a compartir este privilegio con ningún otro.

Confío en que mañana se despejen mis dudas.

Día 5 del primer mesEditar

Querido diario:

Mi búsqueda en la biblioteca se ha probado satisfactoriamente infructuosa. He buceado durante horas en los mamotretos del obispo Jeremy, he consultado las glosas del padre Nicolai y me he leído las memorias de unos cuantos santos por encima. Algunos informan haber recibido visiones de unas criaturas angelicales, pero ninguna de ellas hablaba; tan solo se aparecían en los destellos de luz. En mi labor, he tenido que internarme en lo más hondo del archivo, así que sospecho que si bien la Iglesia no considera heréticos todos estos volúmenes, al menos sí se muestra crítica con algunos de ellos.

La versión oficial, y la más divulgada, es que la Luz Sagrada no es una entidad sino una fuerza, una especie de energía que pervade el cosmos. Se genera o se plasma con las acciones de bondad, y aquellos que se adhieren a un código y a un comportamiento estrictamente benignos pueden solicitar su auxilio. Entre el campesinado, se da gracias a la Luz en las épocas de bonanza para los cultivos y se la maldice durante las desdichas, pero los autores más agudos observan que la Luz no guarda necesariamente relación con los fenómenos naturales: la Luz solo sirve a los seres sapientes. Si bien hay quien postula que el motor de la Luz no es la auténtica caridad, sino la voluntad: que el deseo de hacer lo correcto, independientemente de los métodos que se utilicen o de la tradición filosófica a la que uno pertenezca, es más importante que el resultado de la acción y que su valoración posterior como buena o mala.

Parece que incluso dentro del sacerdocio existen diferencias de opinión con respecto a la Luz. Quizá la beatería sea más interesante de lo que había imaginado, por más que el novicio medio no entre en estas discusiones tan elevadas y se ciña al dogma popular. Poco me preocupa a mí lo que suceda con la gente, mantener altos sus espíritus y prometerles un mañana mejor o un ingreso sosegado en el Más Allá: estoy muy por encima de estas cuestiones triviales. En cambio, la teología es una bestia completamente distinta. Cuando rayas la superficie y te sumerges de pleno en los debates metafísicos, en mucho te pareces al astrólogo que estudia los cuerpos celestes a través de las lentes graduadas de su telescopio. Solo que mientras él se limita a ahondar en la esencia de los astros, tú profundizas en el fondo de la naturaleza humana.

Luego de esta divagación, permite que me centre en nuestro pequeño secreto: si en algo coinciden casi todos los textos que he leído es que la Luz no se manifiesta de forma clara. Entonces, ¿por qué a mí sí? ¿Es que poseo algún don del que carecen todos estos santones? De momento, ese es el razonamiento más probable, aunque no lo sabré con certeza hasta que vuelva a inspeccionar el libro de dicho obispo. Aún no he logrado averiguar su nombre y tampoco he coincidido con él; por más que he preguntado y que me he inventado pretextos, al parecer ninguno de los novicios lo conoce. No debe de ser alguien famoso entre los novatos.

¿Será consciente de que el volumen que porta es un conducto a través del cual se expresa la Luz? Lo dudo mucho. En mi próxima indagación en la biblioteca, buscaré más datos sobre los Sagrados Códices en los que se recogen los preceptos de nuestra fe. Veré si existe algún libro célebre, algo que ese viejales haya podido heredar o recuperar: tal vez el tomo que perteneció al legendario Tyr de las tierras de Lordaeron, uno de los padres fundadores de nuestra escuela, según lo que he leído en varios textos herméticos de la colección privada del padre Jeremy.

Esto de ser novicio se me antoja más entretenido por minutos. Por lo visto, si logro superar las pruebas de acceso, en unos meses pronunciaré los votos, tomaré el hábito y me transformaré en un sacerdote de pleno derecho. Aún tengo que conseguir que la Luz acuda a mi llamada, pero todavía me queda bastante tiempo. Si es verdad que los ángeles me han elegido, solo debo desentrañar el misterio que encierran sus palabras y entonces me concederán todas sus bendiciones.

En otro orden de cosas, quizá mañana invite a Jenna a que demos un paseo por el cementerio y a que oremos juntos por los caídos en la Primera Guerra. De poco va a servir a estas alturas que se les rece, porque si ya están en el infierno no vamos a sacarlos de allí ni con todo el fervor plegarístico del mundo, pero al menos confío en ir ganándome así, lentamente, su confianza.

Mañana te contaré cómo se han desenvuelto mis empresas. Por ahora, todo pinta fenomenal.

Día 11 del primer mesEditar

Perdona que no te haya escrito durante tanto tiempo, diario, pero existe una buena razón: no ha ocurrido nada que merezca la pena ser contado hasta el día de hoy.

Los días se han sucedido uno tras otro con monotonía: he cumplido recados absurdos para los obispos y he asistido en otra ceremonia. Para mi desgracia, el tomo que leía aquel otro padre, Jeremy, no me regaló ningún mensaje, lo que al menos parece descartar la conjetura de que todos los libros de oraciones de la Iglesia poseen esa misma cualidad.

He estado demasiado cansado, física y espiritualmente, como para registrar aquí mis hallazgos. A estas alturas, poco me importa admitir que si todo continúa así pronto dimitiré. Me marcharé del sacerdocio y trataré de ingresar en alguna escuela de magos de la capital. Tantas fatigas, los dolores de mis huesos y el escozor de mis ojos y de mi piel (por cierto, he averiguado que soy alérgico a cierta clase de polen que abunda en el jardín) no compensan el pago que obtengo a cambio.

Trabajo duramente para mantener diáfano el templo, pero aún no se me ha confiado ninguna otra responsabilidad. No me permiten elaborar remedios con las plantas del vivero y, a lo sumo, solo se me anima a que cocine y a que reparta mis guisos entre los huérfanos y los menesterosos que visitan la catedral durante el ocaso.

Hoy caí en la breva y salí a ofrecerles nuestras sobras. Uno de esos insolentes se me tiró al cuello, me agarró de la toga y me gritó que por qué les traía tan poca comida, que estaban muriéndose de hambre en las calles. Fue repulsivo. Olía a mierda de caballo, como si hubiera dormido en los establos durante meses. Me entraron ganas de vomitar. En otras circunstancias, me habría sacudido a ese espantajo de encima de un puñetazo, pero afortunadamente el hermano Conrad estaba allí para templar los ánimos: le habló dulcemente al oído y reparé en cómo se santiguaba mientras le impartía unas nuevas instrucciones. De inmediato, el vagabundo se levantó y me soltó; pidió amablemente una porción a sus compañeros y se sentó para comérsela.

¡INCREÍBLE! Así que ¿es verdad que los sacerdotes pueden ejercer dominio sobre las mentes de los simples? Aquel signo que el hermano Conrad trazó en el aire era un conjuro, eso lo averigüé al punto. Al segundo de aquello, el indigente se olvidó de la rencilla y sufrió una conversión: aparcó la terca y brutal codicia que es el patrimonio de los pobres y adoptó un talante más noble.

Ahora me cuestiono lo siguiente: ¿también la Luz me otorgará a mí ese poder? ¿Quién quiere estudiar las lejanas leyes del universo cuando se le brinda la posibilidad de afectar a su realidad más cercana: los pensamientos, las creencias y los sentimientos de los hombres?

Estoy harto de encargarme de estas tareas pueriles, pero tal vez pueda soportar unos cuantos días más si mañana, mi día libre, descubro algo jugoso en la biblioteca.

Una última cosa: no te he hablado de Jenna porque no hay mucho que contar. Sigue aburriéndome con su plática sobre los sembrados y no progreso con ella en ninguna dirección. En cambio, su amiga Mary, la que me rechazó al primer vistazo, me dirigió la palabra anoche. Es la tercera hija de un sastre bastante modesto de la ciudad, así que estaba contribuyendo con su oficio a la causa: entregaba prendas cosidas por ella misma a los pordioseros. No es que sea una genio, pero su educación excede con creces a la de Jenna y resulta algo más agradable a la vista: es morena, con la piel pálida, cintura estrecha y pechos menos abultados de lo que sería deseable, pero bastante armoniosa en cuanto a sus proporciones. Sobre sus rasgos faciales, son más rectos y angulosos que los de Jenna, y van a tono con su carácter fuerte y enérgico. Asimismo, debe de ser astuta, porque me parece que captó las intenciones veladas en mis sutiles comentarios.

Mañana al mediodía buscaré a Mary en el comedor y procuraré de entablar una charla con ella. Algunos de estos días he estado almorzando con Jenna, o con otros dos novicios a los que me referí antes, cuando informaba de mis experiencias como jardinero: Jonas, el chaval del tripón y de la barba lampiña, muy bonachón y dadivoso salvo en lo tocante a los mantecados; y Martin, un hombrecillo larguirucho y algo contrahecho pero con un gran sentido del humor.

Con suerte, si Jenna me ve con Mary, se pondrá celosa y esa presión acelerará un poco mis pretensiones. Si puedo jugar a dos bandas sin socavar demasiado el orgullo femenino de ninguna de las dos, hasta podría permitirme el lujo de elegir; o mejor aún, de no hacerlo.

Ya veremos qué nos depara el mañana.

Día 12 del primer mesEditar

Querido diario:

Hoy he descubierto algo inquietante: las lecturas que consulté la semana pasada en la biblioteca privada del padre Jeremy... ¡no estaban! ¡Alguien se las ha llevado! Y lo que es peor: ¿recuerdas esa sensación de persecución que me acompañó algunos días atrás? Ha regresado. Apostaría mi rosario a que alguien está tratando de tomarme el pelo, e incluso te digo más: ¡sospecho que alguien ha leído mi diario! Y creo que ya sé quién es el culpable del crimen...

Jonas. Siempre codició a Jenna, pero la espantaba con sus dedos grasientos y con su horripilante obsesión de sonreír antes de haberse limpiado los dientes. La chica está colada por mí, conque sus patéticos intentos no surten efecto. Y yo hasta la fecha me reía por lo bajini de él, pero parece que ha incrementado el nivel de su competición amorosa. Creo que ha estado siguiendo mis pasos y que ha sido él quien ha extraído del archivo aquellos libros: ¿por qué? Lo ignoro. ¿Tal vez está buscando la forma de que me sancionen y me expulsen del noviciado?

A las puertas de las habitaciones nunca se les echa el cierre, por razones lógicas y para facilitarles el empleo a los encargados de la limpieza, así que debió de hallar el camino despejado. Y habría sido el crimen perfecto de no ser por una minúscula particularidad: yo nunca trabo del todo el candado del diario. Es una medida de seguridad, aunque a simple vista se camufla como un descuido. En este caso, Jonas ha caído en mi trampa y se ha delatado a sí mismo como ladrón: para bloquear el candado se necesita una llave, y él es el segundo hijo de un herrero de pueblo, de modo que seguramente posee alambres u otros artilugios con los que forzar una cerradura.

Si averiguo que ha sido él, tendremos graves problemas. No me quedará otra alternativa que sobornarlo o chantajearlo, así que debería ir preparándome. ¿Tal vez pueda incriminarle yo de algo aún peor, como de robar el copón del sanctasanctórum? No sé, debo reflexionarlo con calma.

Te traigo noticias mejores, lejanas a mis preocupaciones: Mary responde bien a mis galanteos. Debe de ser más experimentada que Jenna, o eso deduzco por cómo eleva el tono de sus insinuaciones a medida que conversamos. Esta tarde hemos dado una vuelta por el camposanto y ha compartido conmigo sus pensamientos sobre la Iglesia: nos hemos jactado de las manías de algunos de los obispos, nos hemos burlado de un par de compañeros y de varios de los hermanos. Al contrario que Jenna, quien no tolera este tipo de diálogos, Mary los aplaude, los disfruta y hasta colabora puntualmente con alguna observación aguda que a mí se me había pasado por alto.

Aprovechando el juego de luces y tinieblas del crepúsculo, la guie a un rincón ameno bajo la sombra de una acacia y comprobé hasta qué límite se solazaba con mi presencia. Resultó que no tardó en caer en mis brazos y en ceder al arranque de mis labios. En tres días con Mary he avanzado muchísimo más que en casi dos semanas besando el suelo que pisaba Jenna. Tan dichoso ha sido el atardecer que hasta me he olvidado de mi búsqueda, y ya lo mismo me importa qué tengan vaticinado para mí los ángeles: mientras sigan proveyéndome de mi Mary en cantidades generosas, podré soportar esta existencia servil e incluso derivaré de ella algún provecho.

Mañana investigaré a fondo a ese traidor de Jonas. Y si la fortuna me sonríe, invitaré a Mary a que camine conmigo por una senda algo más apartada y boscosa que la que hemos hollado hoy. Con suerte, podré alcanzar un acuerdo beneficioso con ambos.

Día 14 del primer mesEditar

¡ALABADA SEA LA LUZ!

Sé que anoche no te escribí y te pido perdón por ello: estaba amargado e hirviendo en cólera, pero hoy todo ha cambiado y finalmente puedo considerarme feliz.

De pequeño siempre creí que la Luz era un cuento para mantener a los hombres sujetos a una serie de leyes morales, un instrumento atávico con el que persuadir al ladrón para que no robase, al violador para que no abusase y al asesino para que no matase. Estaba completamente equivocado: la Luz es real. Definitivamente, es el poder que gobierna las almas de los hombres, en oposición a la Sombra. La Luz y las Sombras componen los dos brazos de la balanza entre los que bascula nuestra existencia, y solo mediante el amor y la tenacidad uno puede henchir su espíritu con el numen divino.

Ya había presenciado en días anteriores los milagros que efectúan aquellos bendecidos por el halo de la Luz Sagrada: suyo es el control de las emociones de los hombres y de las mujeres de fe. Más ruines, más loables, más cobardes o más valerosos: todas las gentes se someten a su implacable escrutinio. El sacerdote es un juez que vela por la salud de las almas, la fuerza más importante y enigmática del universo. Sin embargo, aunque había estudiado las palabras sagradas, los prodigios, las vidas de los santos y los testimonios de aquellos salvados por la Luz, jamás hasta el día de hoy había experimentado en primera persona su tacto. El toque de los ángeles.

Cuando era niño se mofaban de mí y me acusaban de estar maldito debido a la mácula de mi piel. «Besado por el demonio», me decían. Mis padres me excusaban de ciertas reuniones sociales porque a los más beatos aquella mancha inofensiva de mi cara les repulsaba. Todo el mundo pensaba que yo era carne de cañón para los magos: en las escuelas de magia se apiñan todos los vástagos feos, tullidos e indeseables de las familias nobles, y todos se juntan y se otorgan solidaridad los unos a los otros, unidos por su rencor hacia un mundo que les ha dado la espalda. Ahora agradezco la sabiduría en el criterio de mi madre y la valoro como lo que fue: un acto de devoción, un deseo de esperanza para mí, su querido retoño. Hoy he sentido la Luz atravesando todos los poros de mi cuerpo y puedo afirmar sin lugar a dudas que ESTE es mi destino.

Lo más gracioso de todo es dónde la he encontrado. Los sagrados padres defienden la caridad y la austeridad, mientras que por las noches invitan a las novicias a que recen con ellos en privado en la intimidad de sus dependencias, y de día se llenan las barrigas con sabrosos estofados. Presumen de amar al desgraciado, pero no le permiten traspasar el umbral de su santa morada, y solo de vez en cuando le obsequian con los despojos que a ellos les son inservibles. Yo no quiero ser uno de esos hipócritas, un mártir que se sacrifica en pos de un ideal irrealizable o que predica una bondad exagerada y falsa. No indulto ni al ratero ni al matarife; igual que la Luz abraza a quienes lo merecen, también debe exiliar a los que se comportan con maldad. Pero ahora, tras veinte años en esta tierra, al fin he saboreado lo que algunos llaman «amor», y de sus manos he entendido lo que significa la Luz: la Luz es el deseo, la voluntad, aquello que nos hace perseverar. El padre que protege a sus hijos actúa bajo los auspicios de la Luz; el soldado que sirve a su Rey por lealtad hacia su patria está cumpliendo su misión; así como el enamorado que mueve montañas para reunirse con su amada, que la respeta y la quiere, que la colma de placeres y de parabienes. Este último es, sin duda, el primero entre sus fieles.

Ayer todo salió fatal: por la mañana, apenas crucé dos palabras con Jonas y se puso hosco. Fingió que no comprendía de lo que le hablaba. No supe cómo convencerlo, así que lo agarré por la solapa de la camisa y lo amenacé. Aún me sabían a hiel los labios, así que para sosegarme hablé con Jenna tras terminar las tareas de limpieza: ella me eludió, no quiso oír mis quebrantos y me dejó desamparado y a merced de una horrible tristeza. Tan desalentado como estaba, acabé mis oraciones muy temprano y marché a mi dormitorio para dormir. No me topé con Mary en los pasillos; debía de estar fuera, disfrutando de una tarde plácida. Mis nervios estaban deshechos y mi paciencia reducida a jirones: si Jonas me delataba, mi carrera en el noviciado sería meteórica, por más que los ángeles me hubiesen hablado. Me fui a la cama tramando un plan para extorsionarle y apenas concilié el sueño. De esta manera, hoy por la mañana accedí a negociar.

Le cedí a Jenna. Le aseguré que se la daría y que le ayudaría a camelarla si no le contaba nada a nadie de mis exabruptos. Las cosas con ella no estaban marchando como yo me esperaba y no me importó prescindir de ella. Con la conciencia liberada, me centré en Mary y asumo que ella lo notó: paseamos juntos por el cementerio, luego de las labores de jardinería, y sellamos nuestras promesas de amor juvenil con tiernos y jugosos besos.

Si todo hubiera concluido ahí, diario, no habría sufrido esta revelación. Al anochecer, Mary vino a buscarme asustada. Dijo que alguien había entrado en su cuarto y que lo habían revuelto todo. ¿Será Jonas, en un acto de venganza o de depravación? Quienquiera que fuese, quizá sin saberlo, activó el resorte de una ley kármica que afirma que las acciones malvadas se resarcen con otras buenas: a causa de aquello, me quedé a solas con Mary en mi habitación, consolándola.

Yacer con esa criatura tan dulce y frágil ha limado todas las asperezas y las espinas de mi corazón. Tanta era su ternura, tan febril su calor y tan melódicos sus suspiros que llegué a cuestionarme si no era ella el ángel predicho que tejía con madejas de oro y plata la imagen de mi porvenir. Gracias a esto, ahora veo el sacerdocio con otros ojos. Ahora comprendo el mensaje de la Luz y de los ángeles: el amor, aunque esté prohibido, es sano y sagrado. Nadie puede reprimirlo. Nadie puede tasarlo. ¿Cómo castigar a la madre que roba para alimentar a sus crías, o al príncipe que arrasa reinos para rescatar a su prometida, rehén de un padre inicuo y avaro? El amor nos redime a todos y nos postra ante su divina autoridad: los sacerdotes somos los primeros que debemos a aprender sobre el amor, sobre cómo se manifiesta y sobre cuándo mostrárselo a nuestros hijos, a nuestros hermanos y por encima de todo a nuestras amantísimas compañeras.

Mi actitud hacia la Iglesia y hacia sus desfasadas costumbres ha mudado para siempre. Voy a estudiarlas, diario: las memorizaré y luego destilaré la esencia de verdad que contienen. Separaré la cáscara del cereal de avena y después degustaré la mies. Hoy he tomado una decisión: quiero convertirme en sacerdote, ya que la Luz y los ángeles han dispuesto esta senda para mí.

Mañana visitaré el vergel trasero con Mary y le sugeriré nuevas maneras de divertirnos y de procurarnos mutuamente satisfacción. Y en cuanto a Jonas, o quien quiera que sea el que esté causándonos estas molestias, pronto lo destaparé y me encargaré de que reciba una lección. Nadie me alejará de Mary, ni de mi futuro como sacerdote de la Luz. Esto es lo que me prometieron los ángeles: «Te espera un destino dichoso». No consentiré que nadie me lo arrebate.

Doy a la Luz gracias por los frutos del día de hoy.

Día 15 del primer mesEditar

Mis días como novicio han llegado a su fin.

El consejo de obispos se ha enterado de mi romance con Mary. Nos ha citado a ambos a una audiencia, o dicho con más sinceridad, a un juicio. Su retórica piadosa y atenuante no enmascara la gravedad del acto.

Jonas nos ha delatado, no cabe otra explicación: en estos últimos días he visto cómo se acercaba a Jenna y la piropeaba, con escasos réditos. En un ataque de ira y de celos, pese a la tregua que habíamos concertado, me ha apuñalado y ha vendido mis confesiones secretas a los padres y madres de la Iglesia. Ahora saben que poseo este diario y están deliberando cómo proceder. Más temprano que tarde me lo confiscarán.

Poco me turba la expectativa de que lean cómo les he reflejado y las críticas que les he dirigido a lo largo de estas páginas: a mi modo de ver, son ellos los impuros. Ya no hay vuelta atrás. Tampoco puedo quemar este libro, porque entonces deducirán que todas las acusaciones eran ciertas y que tenía algo que ocultar. Así que al menos me iré con la cabeza bien alta.

¡Diablos! ¿Qué tonterías estoy diciendo? ¡No pienso renunciar sin antes presentar batalla!

Que me juzguen, ¡pues serán ellos los juzgados! Que me condenen y me destierren, pues la Luz los maldecirá y los alejará a ellos.

Los ángeles me han elegido, ¡gran servicio me harían intercediendo ahora por mí! Mary, mi vida y mi sol, ¿me has enseñado la senda de la virtud tan solo para que tropiece y me derrumbe al primer obstáculo?

No. No puedo dejar que mi fe se desmorone. Este es solo un pequeño escollo. Lo superaré y me volveré más fuerte. La Luz es mi guía, la Luz me protege. Ella me contará lo que debo hacer.

Mi causa es buena y justa. Sé que triunfaré pese a todas las adversidades.

Día 22 del primer mesEditar

Han pasado muchas cosas, diario. No sé por dónde comenzar.

Después de la audiencia, los obispos de la catedral se reunieron para determinar mi destino y el de Mary. Eran una colección ejemplar de viejos de pelo cano, con papadas y tripones hinchados. Como sospechaba, se incautaron de ti, diario mío. Tan solo hoy, al cabo de siete días, te he podido recuperar.

La audiencia, o juicio, llámese de cualquiera de las formas, no marchó muy bien. Nos sermonearon y trataron de buscar un resquicio de culpabilidad en nosotros. Yo admití la infracción (a esas alturas, negarlo se habría probado estúpido y contraproducente), aunque no me disculpé y no lo haré nunca: todos mis actos estuvieron guiados por el amor, la santa espada que blanden de los ángeles. Mary, en cambio, confesó su crimen y juró arrepentirse profundamente de él.

Todavía me siento defraudado y estafado. Pude digerir mi dolor a lo largo de estos días, pero la conmoción ha sido brutal. Después de todo, mi romance con Mary no significaba nada para ella: lo arrojó alegremente por la borda con tal de salvar su miserable pellejo.

Seis días estuve confinado en mis dependencias, aislado del exterior y sin ningún otro medio para canalizar mi frustración que la plegaria. A diario Jonas tocaba a la puerta y me traía algo de comida, pero ni siquiera se me permitía acudir a los oficios nocturnos. El padre Jeremy me obsequiaba con alguna lectura piadosa y con un par de oraciones todas las noches, antes de acostarse. Me lavaba con una jofaina y con un barreño, cuya agua también me reponía Jonas, y me aseaba en una letrina que me vaciaban cada dos o tres jornadas. Resulta curioso que la misma persona a quien yo culpé de traicionarme fue el primero en ofrecerme su auxilio y su amistad incondicional.

Al despuntar del séptimo día, durante el crepúsculo matinal, una persona distinta cruzó el umbral de mi cuarto. La había visto antes: el suyo era un gesto adusto; su estatura, acanijada; y llevaba el cabello entrecano con unas entradas pronunciadas. En sus manos cuajadas de manchas sujetaba un libro, El Libro. El ejemplar que me impidió rendirme y abandonar el noviciado en los primeros compases. Aquel en el que se leían las hermosas palabras de los ángeles.

Y entonces supe que estaba salvado. Escuché su voz celestial murmurándome al oído: «Constantine, los ángeles te deparan un porvenir dichoso». Eso me colmó de paz y de tranquilidad, y purificó mi espíritu atribulado por la duda.

—Ven conmigo, Constantine —me ordenó el padre con tono severo.

Lo seguí a través de una galería muy amplia alumbrada por unas vidrieras policromadas, bajo un techo abovedado y con representaciones icónicas de la Luz teñidas en tonalidades bermejas y doradas. En algún destello de aquellas imágenes de cristal podían entreverse figuras antropoides, pero su huella era tan sutil, su rastro tan difuminado por el potente haz redentor, que muy a menudo pasaban inadvertidas.

Atravesamos varias alas de la iglesia hasta llegar a la nave principal. Después, nos adentramos en los pasillos que conducían a las habitaciones de los obispos.

Sé que esta referencia te sonará impía, pero el descenso a los aposentos de dicho padre por aquellas escaleras de caracol se me antojó como una bajada a los infiernos. Pese a la revelación de los ángeles, no podía sino experimentar cierta inquietud ante el juicio de quien dictaría mi sino. Inquietud, sí, pero también intriga: ¿conocería él también la lengua de los ángeles?

Abrió la puerta de sus dependencias y se dirigió al fondo. No había ventanas allí y la decoración podría definirse como espartana: algunas estanterías repletas de libros, crucifijos y otros símbolos sagrados grabados en los muebles, etcétera. Honestamente, no me fijé: la luz del candil que encendió al entrar no bastaba para iluminar del todo la habitación. Era un punto débil y borroso crepitando con extenuación, rodeado por una mareada de tinieblas.

El anciano descargó su códice sobre la mesa del estudio y lanzó un hondo suspiro.

—El obispado ha accedido a perdonarte —dijo, directo al grano. Me gustó su honestidad.

—Creí que era un anatema para todo lo que representaba vuestra institución: la pulcritud, el orden y el amor, todo bajo el arnés de unos principios estrictos. Siempre regulado. Nunca impulsivo —Parafraseé con suma elocuencia el veredicto del padre Jeremy.

—Lo eres. Y también eres un ejemplo viviente de que la Luz aprecia a todos los corderos de su rebaño, incluso a los más descarriados.

Fruncí las cejas. Me había devuelto la ironía, algo insólito entre de los sacerdotes de la Iglesia. Lejos de turbarse o de sermonearme, había empleado mis propias armas. Mi interés por su persona aumentaba por segundos. ¿Puede que aquel fuese el enviado de los ángeles?

—Entonces, ¿qué pensáis hacer conmigo? ¿Un vía crucis?

—Por favor, Constantine, esas penitencias se reservan a los mayores pecadores, no a un par de chiquillos atontados que practican el coito entre las blancas paredes de la catedral. Y además, deben asumirlas por sí solos: si un acto de contrición no está impulsado por la voluntad del contrito, a efectos de la Luz su sacrificio no vale para nada —explicó—. No. Te utilizarán como oveja negra y te convertirás en un modelo de conducta para los novicios: si consiguen transformarte, alardearán de ello orgullosos; y si no lo logran, siempre servirás como prevención para los nuevos.

—Ya veo —constaté—. Así que he caído en vuestra trampa. Cualquiera que sea mi desenlace, vosotros salís ganando.

—Sí. Eso es lo que ocurre cuando juegas con el corazón de las mujeres: algunas son celosas y no están dispuestas a consentir que se las traicione.

—¿Cómo? —pregunté, batiendo con incredulidad los párpados.

Una sensación de contrariedad, furia y miedo a partes iguales se condensó en la boca de mi estómago.

—He leído tu diario —Confirmó mis sospechas—. Un testimonio muy interesante, por cierto. Ahora entiendo por qué esa novicia os delató y cómo obtuvo las pruebas para que os juzgaran a ti y a la otra muchachita.

El obispo caminó hacia un armarito y sacó de él una copa de plata austera, sin incrustaciones ni ornamentos grabados en el contorno del cáliz. La llenó con una botellita de líquido oscuro que descansaba cerca.

Yo estaba demasiado perplejo para contestar.

—¿Quieres? No te excomulgarán porque añadas un vicio más a la lista —Negué con vehemencia—. Vaya, la noticia sí que te ha impresionado. No te esperabas que el ciervo manso que bebía apaciblemente de tus manos te destapase. Eso te enseñará a no subestimar la crueldad de las mujeres, especialmente cuando se sienten despechadas.

Aún no podía creérmelo. Aunque la teoría de Jenna tuviera sentido, algo no me cuadraba del todo: una pieza del puzle no encajaba en el cuadro que había montado el padre.

—Alguien siguió mis pasos —admití—. Buscó en los volúmenes que yo había consultado y entró en mi cuarto para fisgar. Jenna pudo ser la autora de este último delito, pero apenas sabe leer con fluidez. Al igual que Jonas.

—Pobre Jonas —exclamó el obispo. Casi percibí un deje de hilaridad en su voz—. Los chivos expiatorios siempre reciben la peor parte —Profirió un resoplido—. Respondiendo a tu pregunta: fui yo. Fui yo quien extrajo los libros de la biblioteca. Imaginarás que me puse de acuerdo con la novicia con tal de acrecentar tu paranoia, pero aquello fue fruto de la casualidad. Aunque a veces el azar inspira conspiraciones fabulosas, ¿no es verdad?

Traté de controlar mis nervios y de recobrar el control de la situación.

—Si estoy aquí es porque deseas algo de mí. ¿Tiene que ver con el libro?

El obispo sonrió a medias e ingirió un sorbo del vino. Se limpió los labios serenamente, con ayuda de un pañito que guardaba dentro de las togas.

—Escribiste en ese diario tuyo que podías leerlo. De ser así, ¿qué pone en la portada?

Me indicó que me acercara con un ademán de la muñeca. Lo obedecí. Me aproximé al libro con un pavor reverencial, casi sacrosanto: era un espécimen perfectamente normal, encuadernado en cuero de vaca, o quizá de cabra, y con una lengüeta de tela como marcapáginas. No posé en él mis manos, temeroso de mancharlo o de corromperlo con el tacto, pero sí me aventuré a leer el título que rezaba en la cubierta:

—«De las Leyes de los Ángeles».

—¿En serio? —inquirió él—. Vaya, eso es nuevo.

Intuí que él no era capaz de descifrar el mensaje. Para mis adentros, sonreí. De cara afuera, procuré soterrar mis emociones y aparentar indiferencia: un elegido de la Luz Sagrada no debe manifestar asombro ante su condición, o demostraría no ser digno de ella.

—Si no sabes leerlo, padre, ¿por qué cargas este libro contigo a todas partes?

El obispo ensanchó su sonrisa. Atisbé un brillo peligroso anidando en su mirada: reflectaba la suave oscilación del ascua de la vela.

—Me figuro que abrigaba la esperanza de que respondiese ante algún estímulo —contestó, con un tonillo de indolencia—. Lo expuse ante los obispos, pero aquello no provocó en él ninguna reacción. Lo llevé a misa en incontables ocasiones, con la esperanza de que las Palabras de la Luz le arrancasen una confesión, pero jamás antes me había desvelado sus secretos.

—¿Y conmigo mostró algún cambio?

—Y vaya si lo hizo. Por primera vez en años pude leer algo escrito en sus hojas vacías —dijo—. Pero era demasiado prematuro y aún no me fiaba de ti. Por eso te observé y te seguí durante días: quería cerciorarme de que su despertar se debía a ti y de que no se trataba de una mera coincidencia.

—Deduzco que ningún otro obispo sabe de la existencia de este códice —apunté.

—Deduces bien —Su rostro se ensombreció—. Lo rescaté del campo de batalla hace unos años, durante la Primera Guerra. Yo era más joven en aquella época y mi devoción era implacable y férrea; al igual que mis pasiones. Los orcos asesinaron a lo que quedaba de mi familia: a mi hermana, su marido y su hijo de tres años. Por eso marché más que contento al conflicto. Supongo que no quería que nadie más sufriera esa calamidad, o tal vez se tratase de una cuestión de venganza.

Su honestidad me conmovió. Tragué saliva.

—Me enzarcé en un combate contra un hechicero, uno de esos terribles brujos. Solo conseguí reducirlo con la asistencia de un pelotón entero de soldados: mientras ellos distraían al ser de los infernos que el orco había conjurado (o más bien, eran desmembrados como conejos en la carnicería), yo perforé su negro corazón con una lanza de Luz —Hizo una pausa y bebió un sorbo del recipiente—. Él poseía este libro. Aunque, sorprendentemente, no había nada grabado en sus páginas.

—¿Por qué te lo quedaste? ¿Por qué no informaste a la Iglesia de la Luz?

—Lo habrían considerado un producto del demonio —replicó con concisión—. Me huelo que tú también has sopesado esa posibilidad antes. Por eso tienes suerte de que fuera yo y no otro quien leyó tu diario. De hacerse pública esta noticia, no solo serías expulsado inmediatamente de la congregación, sino también exorcizado. Y créeme, el proceso tiene poco de agradable.

—Tú también piensas como yo —Carecía de sentido esconderlo—. Que es obra de los ángeles.

—No —opuso el obispo. Endureció su gesto—. Creo que hay algo dentro, que una entidad habita este códice, para bien o para mal. He oído que los taumaturgos orcos aprisionaban las almas de sus víctimas para entregárselas en atroces ofrendas a los Señores del Infierno. De ser eso cierto, quizá haya espíritus de hombres y de mujeres inocentes atrapados entre estas hojas.

No estaba de acuerdo con él. Sin embargo, no le contradije. Asentí sin mucho convencimiento.

—Quiero que me ayudes a transcribir sus palabras —declaró al fin—. Por alguna razón, este libro te ha escogido a ti para comunicarte sus misterios. Si hay un ser puro confinado aquí dentro, es nuestra obligación escuchar su voluntad y liberarlo de su cautiverio.

En aquello último sí que concordábamos. No obstante, aún cobijaba algún recelo.

—¿Y si rehúso tu oferta?

—Serás despedido de la Iglesia por herejía y nunca más se te admitirá dentro del rebaño —respondió tajante—. Me aseguraré de que así sea.

Estaba entre la espada en la pared, pero se me habían agotado las opciones. No deseaba compartir los deseos de aquel ente místico con un carcamal inútil, pero de momento no cabía otra alternativa.

Cabeceé de arriba a abajo para expresar mi conformidad.

—Está bien. Te asistiré en tu misión, padre...

—Nicodemo. Llámame Nicodemo.

Día 23 del primer mesEditar

Querido diario:

Ahora soy el discípulo predilecto del obispo Nicodemo. Su protegido, su aprendiz. Mi tutor me ha prometido que investigaríamos el Libro de los Ángeles juntos y que desentrañaríamos sus enigmas. Sospecho que alberga una motivación oculta para ambicionar el tomo, pero de momento no le he interrogado. Esperaré y en cuanto la sepa, decidiré qué hacer. No permitiré que ningún pagano plante sus sucias zarpas sobre este Testamento. Yo soy su elegido y solo yo debo custodiarlo.

En cuanto a Jenna, no tomaré represalias contra ella. Después de todo, este feliz descubrimiento se debe a su participación. La ignoraré y dejaré que se maldiga y que se torture a sí misma por lo que ha hecho. Ese será su castigo.

A Jonas creo que le debo una disculpa. Es un amigo que merece la pena conservar. Me encargaré de que sepa lo mucho que lo aprecio en lo sucesivo.

A Mary ya le han asignado una multa acorde con el peso de sus fechorías: jugó con mis sentimientos y me vendió al mejor postor con tal de eximirse de la culpa. Que disfrute de su vida en la sastrería. A este paso, no tardará en ofrecer lo que oculta entre las piernas a quien le pague el precio más alto. No se merece otro final.

Nicodemo me ha aconsejado que esconda durante algún tiempo este diario, por si alguien más se aventurase a registrar mis habitaciones. Haré caso a su sugerencia y te enterraré allá donde Mary y yo nos besamos por primera vez: bajo la sombra ubérrima de aquella acacia. Pronto acabará el verano y el otoño coloreará de naranja las hojas de los árboles; y así, este recuerdo doloroso decaerá y morirá junto con el amor que sentía por ella.

No tengo ni idea de cuándo volveré a hablarte, pero te doy las gracias. Si nunca vuelvo a exhumarte de aquel rincón en el que esta noche te daré sepultura, sabe que todo lo que soy te lo debo a ti. Por eso, te prometo que me convertiré en un gran sacerdote, y que algún día toda la Iglesia de la Luz Sagrada coreará con regocijo el nombre del hermano Constantine.

Que la Luz te cuide.

Constantine.

Coda: Ocho o nueve años más tarde...Editar

A menudo he regresado para sentarme a pensar a la sombra de aquella acacia donde por primera vez encontré el amor.

Dentro de la hermandad, los hay quienes componen poesías románticas que jamás recitarán; otros escriben manuales aburridísimos sobre teología que no alcanzan a comprender; y aún otros reviven sus fantasías de la juventud por medio de la prosa.

Yo me he dedicado a la complicada labor de la traducción durante estos últimos años. Y creo que al final he terminado de descifrar la intrincada semántica y la sintaxis del Libro de los Ángeles, cuyo idioma he bautizado con el mismo término que se emplea para referirse al lenguaje angélico en ciertos textos herméticos: el 'enoquiano'.

Ahora entiendo que el Libro de los Ángeles no glosa leyes ni pautas de acuerdo a las que deben vivir los creyentes. No se trata de un Testamento ni de una colección de mandamientos, sino de una lista de nombres. El Libro de los Ángeles contiene los nombres de todas las criaturas celestes que habitan la Creación, desterradas de esta tierra por la maldad de los hombres a su empírea morada, el Edén o el Cielo, como se convenga en denominar.

Al igual que Nicodemo, yo también sospecho que existe un ángel prisionero dentro de las páginas amarillentas del tomo. Se ha asomado a los confines de mi mente en estos años y hasta he podido oírle cantar con una voz magníficamente armoniosa y musical.

Hace relativamente poco me reveló su identidad: afirma tratarse de Kalael, el Cronista elegido por la Luz. Y me ha designado a mí como su pupilo para que transmita su Palabra y para que ejecute los ritos que vaticinarán el advenimiento de sus huestes a Azeroth.

Cuanto más profundizaba en el estudio del volumen, más secretos me confesaba Kalael. Que este reino está podrido no es una noticia que me asombre, aunque debo admitir que sí lo hizo la solución que me propuso Kalael: para que este planeta sobreviva, todo debe comenzar de nuevo. Debemos instaurar un nuevo orden de paz y de concordia universal.

Desgraciadamente, la infección es tan corrosiva y está tan enquistada en los corazones de los hombres, que un remedio blando no serviría de nada. Así pues, somos los fieles quienes debemos librar una guerra sagrada para purificar este mundo agonizante de la corrupción.

Nicodemo se opuso a la voluntad de Kalael. Dijo que el Libro de los Ángeles era un foco de perversión, que estaba manchado por el tacto del demonio. No atendió a los presagios ni interpretó correctamente las señales, y ahora entierro su cadáver bajo las raíces de este árbol. Así ha sido como te he descubierto de nuevo, diario. Una grata sorpresa, un ameno recordatorio de otros tiempos más felices.

He sido nominado por sus eminencias de la Iglesia para suceder a Nicodemo en el obispado, no sin antes enfrentarme en una tenaz batalla contra el segundo discípulo de Nicodemo, un pecador recalcitrante, un apóstata que se las da de santurrón, muy famoso dentro de la institución: el hermano Samael. Confío en que pronto conozca el juicio que se merece por cuestionar los designios de los ángeles; tal y como le ocurrió a su protector.

Mañana se celebra la ceremonia de mi ingreso al cuerpo de obispos. En honor a mi mentor, quien muy infortunadamente perdió la sensatez y posteriormente la vida, he decidido respetar su título y su herencia. Me haré llamar Nicodemo II, con objeto de no olvidar a quien me inició en la Iglesia y a quien me introdujo en los misterios del Libro de los Ángeles.

Kalael me anima a que me dirija al Nuevo Mundo, a Kalimdor. Quiere enseñarme la puerta a través de la cual los ángeles penetrarán en nuestro reino para colmarlo con su gracia divina. Pero antes tengo que dejar todos mis asuntos resueltos aquí, en la Catedral de Ventormenta, y eso te incluye a ti, mi más querido amigo.

Tú te quedarás en mi alcoba, guardado dentro de un armario y bajo llave. Ya me ocuparé de instalar alguna trampa que te oculte de la vista de los fisgones.

Durante mucho tiempo creí que debía deshacerme de las memorias dolorosas de mi pasado, pero gracias a Kalael ahora opino de un modo distinto: en lugar de desembarazarme de ellas, debo abrazarlas, pues forman parte de mí. Solo así podré extraer sabiduría de ellas. Solo así recordaré las vejaciones, las traiciones y todas las humillaciones que sufrí; solo así me acordaré de la perfidia de quienes me tendieron la zancadilla, los impíos que sucumbirán bajo las llamas redentoras de Kalael. Y solo así sabré que el antiguo Constantine, un cordero descarriado que caminaba alejado del rebaño, ha muerto para siempre.

Ahora soy Nicodemo, emisario de los ángeles y profeta de Kalael. Pronto Azeroth escuchará el mensaje de mi maestro y se cumplirá su anuncio de amor y justicia. Y aquellos que contradigan esta imagen de un futuro perfecto arderán en su fuego castigador.

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