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Campaña contra la Horda de Hierro en Roca Negra

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Campaña defensiva contra la Horda de Hierro en Roca Negra
Imagen de Campaña defensiva contra la Horda de Hierro en Roca Negra
Información de la Batalla
Fecha 18/10/2014 -17/01/2015
Lugar Montaña Roca Negra, Garganta de Fuego y Estepas Ardientes.
Resultado Derrota de los Faucedraco y la Marea de Hierro
Beligerantes
La Alianza
Forjaz
Reino de Ventormenta
Clan Hierro Negro
La Horda de Hierro
Clan Roca Negra
Clan Faucedraco
Comandantes
Varian Wrynn
Consejo de los Tres Martillos
Senado de Forjaz
Senado de Forjatiniebla
Señora de la Guerra Zaela
Comandante Tharbek
Doblegamenas Gor'ashan

Trasfondo Editar

Tras la invasión de Azeroth por la Marea de Hierro, la vanguardia de la Horda de Hierro, estos han avanzado desde el Portal Oscuro hacia el norte, llegando a arrasar hasta la Montaña Roca Negra. Allí, tras la expulsión de la Horda de Hiero del Reino de Ventormenta la Señora de Guerra Zaela y el Comandante Tharbek siguen pertrechados reuniendo un ejercito de orcos conjunto entre los orcos de la Horda de Hierro y los pertenecientes a los clanes Roca Negra y Faucedraco de Azeroth aún leales a Zaela y a Garrosh.

Desde el Senado de Forjaz se decidió tomar medidas ante esta nueva invasión a las puertas de Khaz Modan y desde Ventormenta multitud de héroes y tropas de la Alianza también se decidieron a colaborar.

Intenciones Editar

Defender las fronteras de Khaz Modan y expulsar a la Horda de Hierro para prevenir un reagrupamiento y una nueva invasión.

Desarrollo Editar

Blackrock mountain comic.jpg

Batalla en la falda de la montaña

Frente del Cónclave del Martillo Editar

El Consejo de los Tres Martillos convocó al Senado ante la noticia de esta nueva amenaza, donde se decidió mandar tropas a asediar la Montaña de Roca Negra. Mientras los largos preparativos para movilizar tropas se llevaban a cabo se envió al Cónclave del Martillo, la guardia senatorial, como vanguardia con la misión de presentar batalla y conseguir el mayor número de aliados que pudiesen sumarse a la causa para presentar batalla e ir ganando terreno en los túneles de la montaña.

El Cónclave del Martillo partió a los dos días y atravesando el Valle de los Reyes se adentraron en la Garganta de Fuego, donde levantaron un campamento al borde de La Caldera. Desde ahí se enviaron tropas de reconocimiento y una partida diplomática al Puesto del Torio, por donde una cantidad considerable de oro consiguieron alojamiento y más víveres para la campaña gracias a la mediación de Tharadun Yunquenegro, pero no colaboración militar.

Días más tarde una pequeña partida liderada por Galic Buchebarrica se aventuró a la búsqueda de entradas secundarias a la montaña por las laderas de La Caldera, que terminó funestamente haciendo explotar un golem y siendo considerados como intrusos por los Enanos Hierro Negro del lugar, lo que les empujó a una dura huida. Valtheim Thandruinson por otra parte consiguió algo de información sobre cómo acceder a la montaña con una llave escondida en una antigua cueva antes habitada por cultistas del Martillo Crepuscular.

Ya con la llave el Cónclave del Martillo se trasladó a la Cima de Hierro, donde no fueron especialmente bien recibidos, pese a conseguir víveres a altos precios. Finalmente se internaron en la Montaña Roca Negra asentado su campamento en uno de los túneles superiores de la Montaña, donde no tardaron en enfrentarse a los orcos, con los que se estuvieron enfrentando en los túneles en condiciones precarias por más de un mes, ganando y perdiendo el control de unos u otros corredores.

Otros frentes Editar

Final Editar

Aún en curso

Relatos Editar


La Hora del Martillo, por Valtheim ThandruinsonEditar

Valtheim Thandruinson se apartó con los dedos la ceniza que impregnaba sus mejillas. En silencio, contempló su mano enguantada. Su mirada se enturbió durante algunos instantes, casi presa del inmisericorde cansancio que llevaba horas galopando junto a él. Desde que se había levantado hasta ahora, llevaba enfrentándose a los orcos en el angosto pasadizo de las cámaras superiores de la Montaña Roca Negra, infestadas de toda clase de orcos de variada índole y repugnante ascendencia. Desde la mañana hasta la noche, la sangre negra de sus enemigos se había entremezclado con la noble sangre de los enanos, que luchaban igual independientemente de su color de piel, de sus tatuajes o de sus largas barbas. Jóvenes de espalda pálida habían caído junto a ancianos de barba blanca, luchaban juntos, hombro con hombro y todos siguiendo el más glorioso ideal del honor. Llevaban semanas sometiendo a asedio a la Montaña Roca Negra, pero aquellos endemoniados orcos de la Horda de Hierro resistían como ratas atrapadas en una esquina.

Las órdenes del Senado fueron claras cuándo Valtheim se presentó en la sala: querían un sitio rápido y una victoria fácil, pero aquello era imposible. Al principio, descartó la rendición por hambre, pues sabía que los orcos antes cometerían el canibalismo que entregar sus estandartes macilentos a los enanos. Y no podía forzar el asedio con las exiguas tropas que les habían sido asignadas al Cónclave en aquella peliaguda misión. Y de pronto, Valtheim notó una mano posarse en su hombrera, haciendo repiquetear el acero con ello.

- ¿Qué es lo que te aflige, Estratega? - preguntó la voz de Galic Buchebarrica, su camarada Martillo Salvaje. Galic era un enano de tez morena, larga barba pelirroja repleta de trenzas y la calva rasurada repleta de tatuajes. - Llevamos días aquí, envueltos en la ceniza que dejó el Daño de Thaurissan, luchando contra esos orcos, que no se asemejan en nada a los que antaño matara a martillazos... - Valtheim se puso en pie para mirar seriamente a Buchebarrica. Podía ver cerca a Biktur y a Thorgreim compartir un odre de agua mientras charlaban de las cosas hermosas de la vida. - ¡Como si fueran un yunque! Maldito Barbabronce, por supuesto que sí. Estos orcos son distintos, pero se mueren igual que los otros. Solo hay que ser certero - Galic sonrió ampliamente, dándole unos golpecitos en el hombro. - Vamos a ir a la entrada sur, que me han dicho que las provisiones de Crestagrana han de estar al caer, ¿vienes? - No, no. He de quedarme aquí, y he de redactar todavía la carta al Senado de Forjatiniebla. Tengo que elegir muy bien las palabras con esos veleidosos Hierro Negro, y no faltar al protocolo - Valtheim se limpió con el borde de su capa, mientras Galic asentía. - Está bien, encárgate tú de las cosas aburridas, mientras yo trato de que los muchachos no se atiborren de la comida del mes. ¡Con Khaz! - se despidió Buchebarrica, mientras Thorgreim y Biktur se ponían en pie y le seguían. A su izquierda, Valtheim podía atisbar a Bragni Montelejano, el viejo montaraz, disparar a un par de orcos cubierto tras un muro de cajas.

Valtheim suspiró, y extrajo de su morral un viejo pergamino. Sacó una pluma y el tintero, y apoyándose en la vetusta pared del pasadizo, empezó a escribir las runas

"A los nobles e ilustres Senadores de la imperial Ciudad de Forjatiniebla,
augusta capital del Reino bajo la Montaña de Roca Negra,
a fecha de uno del año treinta y dos después de la Apertura del Portal Oscuro.

Mi nombre es Valtheim Thandruinson, hijo Jormun, hijo de Theor, hijo de Ori, hijo de Mugnin, hijo de Nir, hijo de Fundin, hijo de Balin, hijo de Náin, hijo de Fíli, hijo de Gim, hijo de Borin, del Linaje de Durin Mano de Mithril. Me conocen como el Barbiluengo, y he combatido durante siglos por el bien de Khaz Modan, siendo nombrado recientemente Cónsul del Cónclave del Martillo, hermandad bajo el auspicio del Senado de Forjaz. A la luz de los recientes acontecimientos, me impele un fuerte deseo de concertar una entrevista con vuestras excelencias, en la Sala del Senado de Forjatiniebla, para hablaros de los planes de sitio y ataque de la Cumbre Roca Negra Superior, que se encuentra infestada por los orcos de la Horda de Hierro y poder llegar a un acuerdo con Forjatiniebla para brindar a mí y a los míos protección y suministros. Mis hombres llevan desde el inicio del mes de diciembre en esta Montaña, manteniendo un sitio a los orcos de la Horda de Hierro, y muchos queremos acabar ya con esto. Esperamos prontas noticias.

Valtheim Thandruinson, el Barbiluengo".

Acto seguido de escribir la carta, Valtheim rebufó. Tras él, Grotzek y Malakai pasaron corriendo, con el torso desnudo y agitando sus hachas al aire. Cruzaron la barrera de cajas a saltos, por encima de la caperuza verde de Bragni, y subieron por la rampa, matando a un par de orcos con el ataque. Al cabo de unos minutos, volvieron abrumados, resoplando y sudando como jabatos. Sus hachas manchadas de sangre, tan afiladas como sus sonrisas aún parecían sedientas de la sangre del enemigo.

Al cabo de un tiempo, apareció Buchebarrica con Biktur y Thorgreim, montado en una carreta repleta de paquetes, arcones, macutos, además de barriles y odres. Todos parecían alegres con la llegada de la valiosa comida, con pequeñas sonrisas en sus sucios rostros manchados de ceniza y sangre. Un fervor brotaba de los corazones de los enanos, una alegría y una fiereza juntas en lo que podría ser una combinación letal. Valtheim decidió encaramarse y subir al carro, por encima de los suministros y entonó una arenga:

- Hermanos, camaradas y amigos... sé que llevamos mucho tiempo en esta montaña, que me resulta tan negra como el corazón de nuestros enemigos. Llevamos días enteros sin ver la luz del sol, sin poder fumar de nuestras pipas y sin poder disfrutar del abrazo del aire puro en nuestro rostro. Aún así, a pesar de nuestro padecimiento, a pesar de que sangremos día a día, lo hacemos para que otros puedan vivir en paz. Luchamos, Cónclave del Martillo, para que nuestros hijos, esposas y amigos puedan disfrutar de la vida que Khaz Goroth les ha concedido. Y ante todo, luchamos para mantener bien alto el honor de nuestra raza. ¡Somos los enanos, los hijos de Yunquemar, y ningún mar de cenizas logrará amedrentarnos! ¡Por las Tres Montañas! ¡Alzad vuestras armas, y a la batalla, pues es la HORA DEL MARTILLO!

Y los enanos cruzaron el Paso enarbolando sus aceros, con el corazón henchido de orgullo, honor y codicia.

El lamento de la Montaña, por Bael'gorEditar

"La montaña está llorando.
Lágrimas de roca ruedan cuesta abajo.
Gemidos lastimeros emergen de sus cuevas.

Ya no se escucha el sonido de los martillos.
Ya no se aprecia el humo en el horizonte.
Ya no alumbran las gemas ni las antorchas.

Saben los valles del dolor de la montaña?
Conoce la nieve el interior de la roca?
Alumbra el relámpago la sombra de su corazón?

No, solo sus moradores cuidan de ella,
de su espíritu candente,
hasta el final.
Ahora la montaña cuidará de vosotros,
de vuestro negro corazón,
hasta el final."


Canción popular funeraria Hierro Negro.

Bael'gor terminó de grabar la última runa de la última lápida a la vez que finalizaba su canción. Había sido un largo trabajo desde que se propuso darles a todos una justa despedida. Resultaba duro ver partir a tantos primos y hermanos de tantas buenas familias. Una despedida perpetua y dolorosa.

Había un dicho sobre los Hierro Negro: que su corazón era de carbón, que en vez de sangre tenían arena y que por lágrimas lloraban polvo. Bael'gor no recordaba qué clan comenzó con ese dicho, pero fuera quien fuese no podía estar más equivocado. Las calumnias podían ser divertidas, pero jamás lograrían convertir las lágrimas en polvo; y Bael'gor ya había derramado muchas.

Sentía el dolor de su pueblo en el corazón. Años y años de odio y esclavitud. De prejuicios y castigos por las derrotas pasadas. En ocasiones, le preguntaba al gran Yunquemar si el dolor de su pueblo era justo y merecido. Por qué la victoria era tan dulce, y tan amarga la derrota? El sabio Yunquemar se sentiría dolido al ver hermanos masacrándose entre ellos, pero al estar muerto nada podía hacer ni decir. Únicamente podía observar desde su trono en la cima de la montaña más alta. Observar y sufrir. Al menos, así lo concebía Bael'gor.

Se levantó del suelo y cogió con decisión su bastón. La gema roja que lo coronaba emitía un fulgor incandescente. Como un hechicero de su pueblo, podía ver su deber en cada roca, en cada arista. Ya se había derramado suficiente sangre enana en la montaña, y los culpables debían ser castigados.

Cavernas enrevesadas, por Galic Buchebarrica Editar

Las baldosas labradas del túnel se fundían con la roca viva y las cenizas que el tiempo había ido depositando. Galic Buchebarrica se encontraba en un pasadizo a no mucha altura en la montaña, perdido entre los ramales de los ramales de otras galerías. El enano lo había encontrado tras perseguir incansablemente a un orco famélico que en su ansia de encontrar auxilio le había conducido a una caverna en la que un grupo de otros cinco hacía guardia. El chamán había tenido el tino de acabar con el orco antes de que alertase al grupo, no hay muerte más silenciosa que la que saca el aire de los pulmones haciendo el vacío, el orco había reducido su carrera hasta un lento arrastrar de pies con la boca abierta en un grito ahogado para desplomarse en los oportunos y robustos brazos de un enano.

El hallazgo era extraño, el motivo de la persecución del orco había sido precisamente el rumbo, dado que había elegido el camino opuesto al que conducía a la base de los orcos, esto estaba muy por debajo de los túneles de la cumbre, tanto que parecían más pasadizos naturales que las antiguas galerías de los enanos. Tras un poco de observación desde un recoveco cerca de la entrada de la caverna pudo deducir varios detalles más: Los orcos allí presentes no provenían de esta nueva invasión, a juzgar por sus armaduras eran orcos Roca Negra que habían vivido toda su vida en Azeroth y conocían casi tan bien como los Hierro Negro esa montaña; la segunda pista le vino gracias a su olfato, el aire no estaba tan viciado en aquella sala y había una ligera corriente. Se trataba de lo que tanto tiempo habían buscado antes de lograr entrar, una entrada secundaria, directa hacia los túneles de la cumbre. Esta salida proporcionaba acceso a los orcos hacia el norte, por lo que tenía un incalculable valor estratégico que les otorgaba el factor sorpresa ante un posible ataque si estos orcos se revelaban estos secretos de la montaña a los recién llegados desde Draenor.

La alegría le duro poco. Galic estaba en una importante desventaja numérica, se había adelantado mucho y completamente en solitario. No fue difícil que se le viniera a la mente las veces que había reñido a Grotezk por no mantenerse en la formación. De todos modos Galic tampoco había sido nunca dado a permanecer a la defensiva por mucho tiempo, ni antes ni ahora.

Mientras daba los primeros pasos fuera de su escondite dejo escapar una sonrisa - Si la gente supiese lo que han exagerado el tópico de que los Martillo Salvaje se sienten incómodos bajo tierra.- pensó. Galic se sentía en sintonía con la montaña mientras se adentraba en la negra caverna, sentía la majestuosidad de la masiva roca, el fuego bajo ella y en el calor del ambiente, el jugueteo del viento creando corrientes en los pasadizos e incluso la ahogada existencia de las gotas de la escasa agua que se convertían en barro al caer sobre la ceniza del suelo provenientes de salientes en el techo o del sudor de los guardias orcos; sudor que se volvió frío cuando vieron que dos de ellos eran atravesados por agujas de roca que surgieron del suelo.- Dos menos- pensó el chamán mientras destrozaba la mandíbula del tercero de un fuerte mazazo. Sin perder el tiempo imbuyó en magma sus dos martillos a la carrera usando la ceniza y el calor del ambiente a su alrededor. Los dos orcos restantes se ponían de pie en el centro de la sala, relajados hasta entonces confiando en los otros tres que montaban guardia. Galic atacó al más cercano, contemplando cómo el rostro del orco se contorsionaba mientras su diestra propinaba su golpe en el costado y la siniestra cerraba un amplio arco sobre su nuca haciendo que el cuerpo cayese de bruces sobre el suelo de la caverna.

Para cuando el enano hubo despachado al cuarto, el quinto ya se lanzaba hacia él armado con un hacha pequeña y un escudo de chapas de metal. Galic recibió un golpe con el escudo que le lanzó hacia atrás pero consiguió desviar el hacha con un martillazo en la hoja. El orco rugió y embistió al chamán que fue perdiendo terreno hasta el fondo de la cueva. Contra la pared era más difícil parar el ágil filo del hacha. Desde las alturas el orco pudo ver cómo Galic se encogía y flexionaba las piernas, sin duda afligido por sus constantes ataques. Fue cuando se disponía a dar el siguiente hachazo, confiado en su clara ventaja, cuando el enano estiró las piernas y se separó del suelo, lo siguiente que vio el orco fue cómo la calva tatuada del Martillo Salvaje se estampaba contra su cara rompiéndole la nariz y haciéndole caer hacia atrás cuán largo era, cosa que Galic aprovechó para zanjar el asunto con de un martillazo final.

-Tendría que haberme reservado este cabezazo para la próxima borrachera con Bargri -murmuró el chamán.- Si me acuerdo de cómo lo he hecho no gana ningún torneo más ese gordinflón.

Tras cerciorarse de que ninguno de los orcos se iba a volver a levantar se dirigió al exterior, unos diez metros más allá de esa sala. Tras bordear un risco que ocultaba la entrada de la cueva Galic consiguió ver dónde estaba situado, en un promontorio de la parte más baja de la falda de la montaña se abría ante él la Garganta de Fuego. Pudo adivinar dónde se hundía el terreno en la caldera tras lo que la vista dejaba más evidente, alzándose hasta cierta altura, la hermana pequeña de la Cumbre de Roca Negra, la Cima de Hierro, dónde Galic había estado comprando suministros a buen precio a un contrabandista que sacaba provisiones de su señor por una de las cloacas. Sin duda por aquí llegaré antes y me evitaré que los orcos asalten el cargamento- pensó. De repente algo hacia el este llamó su atención, en la lejanía se veía lo que parecía ser una fila de carneros. ¡La vanguardia!¡Por fin ha llegado el ejército de Forjaz!- pensó con una sonrisa mientras se adentraba de nuevo en las profundidades de la tierra para dar aviso al Cónclave del Martillo y a las avanzadillas enanas.

El Cuento de Gunnar Brazo de Hierro, por Bael'GorEditar

Tras acabar la reunión con el Senado de Forjatiniebla, los compañeros regresamos al campamento y allí pudimos cenar, relajarnos y contar historias. Bael'gor relató un cuento de su pueblo que hablaba de los mismos túneles en los que se encontraban atrincherados.
El cuento de Gunnar Brazo de Hierro

"En estos túneles se solía contar la historia de Gunnar, Brazo de Hierro.
Era un enano soberbio. Cavaba sin necesidad de pico.
Construyó muchos de estos túneles solo con sus manos.
No solo era admirado por su destreza y dureza, sino también por su pobreza;
pues Gunnar no cavaba por oro, joyas o un título.
Es más: Gunnar era conocido por no tener residencia en Forjatiniebla.
¿Por qué cavas para nosotros y no compartes nuestro techo? Le preguntaban.
Gunnar sonreía, y a cada cual que le hacía la misma pregunta le dedicaba la misma respuesta:
¿Que por qué no duermo con vosotros? Yo me pregunto, ¿por qué vosotros elegís dormir en un edificio artificial pudiendo dormir en el corazón de la montaña misma?
Y es que el secreto de Gunnar no era otro que dormir en cada nuevo tramo de túnel que construía.
Él era el primer enano en hacer de ese túnel su hogar.
Gunnar murió feliz, pues supo en su última hora que no había vivido en solo una casa,
sino que su hogar se había convertido en toda la montaña...
y éramos los demás enanos quienes dormíamos bajo su propio techo."

Vientos cambiantes, Por Galic Buchebarrica Editar


Galic desmontó a las afueras del campamento y dirigió la mirada hacia la Cima de Hierro. Toda las faldas de la colina estaban cubiertas por las rudas tiendas de campaña del ejército enviado desde Forjaz. Entre las tiendas de color pardo se distinguían algunos emblemas de clanes menores y  estandartes con martillos de los destacamentos del ejercito enánico. En lo más alto, bajo la gran estructura metálica que era la sede del Señor de la cima se podían ver una tienda más grande de color naranja con los emblemas de la capital, sin duda destinada a los comandantes de la tropa, de la que colgaban los estandartes de los tres grandes clanes. Un sector en la loma llamaba especialmente la atención, dado que una gran columna de humo surgía de ella y la mayoría de las tiendas estaban desparramadas o en llamas.

Galic se sumergió en el barullo de enanos en un caos organizado en el que todo el mundo sabía hacia donde iba, armándose y preparándose ante la amenaza que se cernía sobre la colina. La causa de esta alarma sucedió apenas unos pocos minutos antes, cuando desde una terraza en las escarpadas paredes de Roca Negra la Horda de Hierro había disparado uno de sus cañones, con lo que una bola de fuego y acero había caído sobre el campamento atravesándolo de lado a lado. El chamán consiguió ver como el Capitán Yelmorroca daba frenéticas órdenes señalando aquí y allá mientras el Señor de Cima de Hierro le seguía, soltando de vez en cuando alguna directriz a sus guardias.

Por encima del ruido se escuchó un incomprensible grito proveniente de un vigía. Galic miró hacia la gran montaña a tiempo para ver como un grupo de espantosas quimeras bicéfalas bombardeaban el campamento con granadas, una de las cuales lanzó a Galic volando unos pocos metros haciéndole caer sobre una de las tiendas que se desplomó sobre él.

El magullado enano se levantó entre maderas, enredado en las pieles de la tienda, que tardó más de lo debido en quitarse mientras profería maldiciones a gritos en la lengua de los enanos. Cuando consiguió zafarse de ello consiguió ver cómo del nidal despegaba en formación una cuadrilla de jinetes de grifo

-¡Oh no! ¡No, no, no!- Gritaba el enano mientras se dirigía a la carrera fuera del campamento- ¡No sin mí!

Ákiros, su fiel grifo ya estaba esperando para recibir a su jinete de un salto, tras lo cual despegó desplegando sus enormes alas de colores ígneos hacia la escaramuza en el aire. El bombardeo había cesado mientras los grifos y las quimeras aleteaban y se lanzaban zarpazos, y los jinetes disparándose entre sí y arreando fuertes golpes a lo que tenían más a mano. Galic sacó la punta de una cadena de la alforja derecha que enganchó al mango de uno de sus martillos. El grifo ganó altura, sobrepasando el combate, dejó caer su martillo como si se tratase de un péndulo que golpeó en el pecho de un orco lanzándole hacia el vacío mientras que su confusa montura era prontamente derribada por otro de los grifos.

La nube era impresionante, bandada contra bandada. Entre los grifos crepitaban los relámpagos de los Martillo Salvaje y los jinetes orcos disparaban los cañones que llevaban las quimeras en los costados. De entre ese humo surgió uno de los rylaks que se le colocó a Galic en la cola disparando los cañones. El grifo consiguió zafarse con un tonel volado de los dos disparos, para después parar en seco y esperar a su adversario con las garras por delante. El choque los hizo caer bastante en altura con las dos bestias lanzándose zarpazos y dentelladas. Una de las cabezas de la quimera trataba de morder a Ákiros en el cuello, pero en cuanto vio la oportunidad Galic le hundió su martillo en la frente mientras el grifo mantenía ocupada a la otra cabeza, con el martillo de la cadena, tras voltearlo un par de veces lo lanzó dando la vuelta los cuellos de la bestia, quedando desestabilizada y mostrando por fin a su jinete –Los aparejos de Cazadragones no quitan para que pueda derribar a otros pajarracos- pensó el chamán mientras de su otro martillo imbuido salía una descarga de lava hacia la cara del orco. Montura y jinete siguieron cayendo mientras Galic recogía la cadena y se lanzaba a por el siguiente adversario mientras otro de los enanos daba fin a la moribunda quimera.

La batalla no duró más de unos minutos, pero muy intensa. La bandada de quimeras que quedaban huyó hacia sus madrigueras en la montaña, y los enanos, entre los que Galic se encontraba, se dirigían hacia el campamento felicitándose unos a otros. Del campamento se oían con claridad los vítores de las tropas. Había quedado claro de que los orcos no tenían superioridad, ni táctica ni numérica en los cielos de esta zona.

El chamán aterrizó junto a los otros esta vez en el nidal. Al rato se acercó el Capitán Yelmorroca.

-Buen trabajo camarada, me acaba de contar el Maestro Thurden que había estado luchando un enano del Cónclave del Martillo. –Dijo el viejo enano con una sonrisa tendiéndole la mano- Se nota que los Martillo Salvaje no tenéis rival en el aire.

-No le quepa duda –Contestó Galic estrechando el antebrazo del capitán- Le tiene que dar las gracias también a estos animales, no les supera nada. Nos agrada ver a tantas tropas aquí, ya pensábamos que tendríamos que tomar la montaña solos.

-Bueno, por lo menos me alegra saber que aún estáis vivos –El veterano capitán comenzó a andar con Galic hacia la cima- Me gustaría poder contar con un representante de la vanguardia del Cónclave en el consejo de oficiales, así podríamos compartir puntos de vista.

-Con mucho gusto, capitán –contestó el chamán mientras entraba en la tienda.

Tras las primeras charlas y saludos, Galic volvió a salir fuera, mandó a Ákiros con un mensaje para Valtheim Thandruinson sobre su posición e intenciones y volvió a internarse en la tienda de la que brotaban voces ásperas como dos piedras chocando mientras discutían planes de asedio. El grifo no tardó en alzar el vuelo sobre el campamento en vías de reconstrucción rumbo hacia la gran montaña.

Desayunos y cascarrillos, por Grotezk Editar

Grotezk aun se encontraba en el tercer desayuno cuando comenzó a pensar sobre los asuntos acontecidos últimamente... 

Uargh.... Esto es una locura.... Orcos, enanos hierro negro, Golems.... Dragonuchos de medio pelo, Rylaks... Y yo aquí... Vivo... 


Estoy harto de seguir a esta panda de patanes, pero bueno, por lo que parece es lo único que hay... Eso si, a ese Hierro Negro prepotente de Bael`Gor, dan más ganas de matarlo que a Garrosh... 


Ahg Si me cruzase a Garrosh... Eso si seria un combate Digno... No tendría ninguna posibilidad, el orco claro, pero me entretendría y por fin mi nombre entraría en las sagas... 

Tras este pequeño pensamiento, decidió mientras hurgaba en su rota nariz ir a la letrina y prepararse para lo próximo a matar... O que lo mate a el.. Quien sabe. Quizás algún día se cumpla su destino.

Crónica Editar

Diario de Valtheim Thandruinson Editar

La primera carga (1 de 7) 04/01/32 Editar

Día: 04/01/2015.
Hora: 20:00 a 22:30 horas.
Listado de participantes: Buchebarrica, Volgarr, Gramhal, Baelgor, Baldrïn, Biktur, Bragni, Grimmald, Grotezk, Valtheim, Ygmar.

Fragmento del diario de campaña de Valtheim Thandruinson, el Barbiluengo. Los textos completos, escritos en el lenguaje rúnico, se podrán encontrar en los archivos de la Biblioteca de Forjaz:

"Día cuatro de Enero del año treinta y dos después de la apertura del Portal Ocuro:

Finalmente, hemos decidido acometer el primer golpe contra la Horda de Hierro. A pesar de las semanas de asedio constante, la carencia de suministros básicos, los racionamientos y las horas de desvelo y los continúos combates en las galerías superiores de la Sala de la Encrucijada, la moral de los valientes enanos del Cónclave se ha mantenido intacta, e incluso me atrevería a decir que ha aumentado sobremanera ante la llegada de los múltiples refuerzos que han arribado hoy a las faldas de la Montaña Roca Negra y que han reforzado nuestro asedio a los orcos.


En total, llegué a contar doce cabezas, incluido un humano llamado Volgarr cuya fiereza ha quedado probada en combate. Poco a poco fueron llegando a nuestro campamento dentro de la Montaña nombres que pasarán a glosar las crónicas del futuro, e incluso apareció un Señor Hechicero de los Hierro Negro que nos prestó su apoyo y su magia en el combate. Da gusto saber que en Forjatiniebla quedan enanos capaces sabios capaces de reconocer la unidad de nuestra raza y que colaboran con nuestros esfuerzos para expulsar a la Horda de Hierro.


En el mes y medio que llevamos de campaña, muchos camaradas me han hablado acerca de sus dudas. Dicen que esta no es su guerra, y que los Hierro Negro son unos traidores que no merecen nuestra ayuda. La mayoría de los que profieren estas afirmaciones son enanos jóvenes y sin experiencia, criados para detestar a los Hierro Negro. No han podido contrastar su pensamiento con el de la cruda realidad, y espero que nuestra campaña les ayude a atemperar su odio, si es que los Hierro Negro realmente han cambiado. Rezo a Khaz Goroth para que sea así.


Yo mismo combatí en mi más tierna juventud y lozanía contra ellos, en la Guerra de los Tres Martillos, y pasé gran parte de ella deleznando a los Hierro Negro, pues eran enemigos. Pero, sin embargo, cuándo me enteré de que la princesa Moira se desposó con el Emperador de Forjatiniebla, se me abrieron los ojos. A pesar de su color de piel y las malas artes que expresaban los Hierro Negro, descubrí que no dejaban de ser enanos, y que con ello, éramos diversos picos de la misma Montaña.
Khaz Goroth nos forjó en toda su sabiduría para que fuésemos un pueblo unido, fuerte, decidido, orgulloso y combativo, independientemente de los dones que nos otorgó a cada uno de nosotros. Y aquello se demostró ayer, cuándo mis hombres y yo avanzamos a través de los pasillos de Roca Negra a un solo paso, a una sola voz y como si fuésemos un solo puño castigador. 


En la Sala de la Encrucijada, pude descubrir los cadáveres de cuatro enanos. El Hierro Negro reconoció a uno, que se trataba de un camarada suyo, el Senador Thalgrist, un importante político de Forjatiniebla conocido por su actitud diplomática. Más tarde identificamos a los otros tres cadáveres: dos Barbabronce y un Martillo Salvaje. El primero de los Barbabronce era Malakai Malakaisson, nuestro orgulloso matador, que murió presa de un malvado chamán orco, y el segundo se trataba de Algrim Largamartillo, uno de los mejores montaraces de nuestra tierra; resultando ser el cuarto reconocido por Galic: se trataba de un avezado Jinete de Grifos conocido como el Martillo Azul, que luchó durante todo el Cataclismo contra los Faucedraco. En la muerte, los cuatro enanos eran iguales, y nuestro orgullo había sido herido, pues los cadáveres fueron profanados por un chamán orco que empleaba su energía vital para trazar un escudo.

Ya no es tiempo para la ira entre hermanos, para las guerras fratricidas, para el odio entre iguales y para la hostilidad en los hijos del mismo padre. Es hora de unión para acometer contra todos los peligros que acechen nuestro dominio y nuestro legado. Es hora de volver a recuperar el espíritu delos magnos reyes de la Antigüedad nos gobernaron. ¡Es la hora de la venganza! ¡Es el momento de expulsar a la Horda de Hierro de la Montaña de los Hierro Negro!".

Tumba de cenizas (2 de 7) 06/01/32 Editar

Día: 06/01/2015.
Hora: 20:00 a 22:30 horas.
Listado de participantes: Buchebarrica, Brombur, Gramhal, Baelgor, Ülla, Morvadrim, Biktur, Bragni, Grotezk, Valtheim e Ingmar.

Una entrada en la página del diario de Valtheim que narra los acontecimientos del día siete dice así:

"Día seis de Enero del año treinta y dos después de la apertura del Portal Ocuro:

Finalmente, nos decididimos a rendirles los pertinentes honores y exequias a los caídos el otro día, los cuatro valientes enanos que murieron luchando contra la Horda de Hierro. Antes de marchar a la Garganta de Fuego, tanto Bragni, como un joven llamado Morvadrim y yo interceptamos en la puerta norte a un mensajero que portaba una carta escrita en el lenguaje de los orcos. Somos incapaces de entender sus negras letras, pero cuándo viajemos a Forjatiniebla, yo mismo me encargaré de buscar a un erudito Hierro Negro para que la traduzca al enánico.


En las faldas de la Montaña Roca Negra, no muy lejos de las ruinas de la ciudad de Thaurissan, decidimos encender una pira para quemar los cadáveres de nuestros cuatro muertos. Una vez ardieron en el fuego, y sus almas se liberaron de la carne, pudieron remontar el vuelo hacia el Titangarde, donde se reunieron con las ánimas de sus padres y donde podrán disfrutar de un festín eterno que han tenido bien merecido. Bael'gor fue el que prendió el fuego liberador, y nosotros mismos recogimos las cenizas que nos quedaron, pues no deseábamos arriesgar a la nigromancia los nobles cuerpos de los cuatro muertos.


En lo que había restado del día, antes del funeral en el que pronuncié una breve arenga, estuve rumiando acerca de la misiva mandada a Forjatiniebla, y el hecho de que tardaran tanto en responderme. Mis incógnitas no duraron mucho, pues mientras volvíamos al campamento descubrimos que el mensajero Hierro Negro había sido capturado por la Horda de Hierro. Lo encontramos prisionero en la tumba de Franclorn Forjador, el constructor de la Presa de las Tres Cabezas, y una vez logramos acabar con sus carceleros, me entregó el mensaje del Senado.


No reproduciré aquí las palabras de los nobles Senadores de Forjatiniebla, debido a que la misiva que nos dio estaba rota e ilegible. Cuándo vayamos a Forjatiniebla, pediré una copia e inmediatamente la añadiré a este cuaderno de campaña, para que pase a la posteridad. Uno de los datos a tener en cuenta de los sucesos fueron el hecho de que el mensajero llevase el cuerno de un viejo héroe enano, un señor feudal del pasado llamado Forjainquina. Según él, lo portaba para atestiguar que venía de parte del Senado, pero solo Bael'gor desconfió de él, cualidad propia de nuestros hermanos Hierro Negro.


Se sumaron a nuestro nutrido grupo varios enanos más: una doncella guerrera llamada Ülla que me recuerda a mi hermana, un paladín llamado Brombur Runa Argenta especializado en runas y un cazador de bestias conocido como Ingmar Erikson. He mandado al joven Gramhal y a Galic a llevar las urnas con las cenizas de los caídos a Forjaz y a Grim Batol, a repatriar a los restos, mientras que nosotros llevaremos la urna de plata del Senador Hierro Negro.

El día nueve compareceremos ante el Senado de Forjatiniebla y nos someteremos a su decisión. Me acojo a Khaz Goroth y pido fuerza para acometer con estoicismo los hechos que están por venir".

A los pies del Yunque Negro (3 de 7) 08/01/32 Editar

Día: 08/01/2015.
Hora: 20:00 a 22:30 horas.
Listado de participantes: Buchebarrica, Valtheim, Gramhal, Baelgor, Biktur, Bragni, Valtheim, Dworin, Grimmald, Miguimblitim, Galbur y Mursan.

"Día ocho de Enero del año treinta y dos después de la apertura del Portal Ocuro:

Hacía siglos que no visitaba Forjatiniebla, la capital del Reino bajo la Montaña de Roca Negra. En pocas ocasiones los fieros guardias me han permitido flanquear el paso, aunque contase con la autorización del mismo rey Magni. Durante muchísimo tiempo, las maravillas de la artificiería, herrería, arquitectura y saberes de los Hierro Negro han permanecido vedados a nuestros ojos, para ellos indignos y para nosotros irrelevantes. Nuestro orgullo mutuo nos ha velado durante siglos posibilidades innumerables, y ahora que conozco de primera mano a muchos Hierro Negro, estoy cada vez más seguro de ello.


Los muchachos no son lo más granado en cuánto a lo que al arte de la política se refiere. Muchos de ellos han sido criados en granjas de Dun Morogh o han nacido a los pies de Loch Modan, sin posibilidad alguna de recibir una educación en la política. El protocolo y la pompa a los que se han sometido en nuestra visita han sido extenuantes y opresores, y por ello me siento profundamente orgulloso del porta con el que han sabido afrontar la situación.


Mientras recorríamos desarmados y a merced de los guardias Hierro Negro los anchos y altos pasillos de Forjatiniebla pudimos ver el Yunque Negro, en el que se han forjado durante tanto tiempo miles de armas con las que luchar, combatir o picar cada vez más hondo. Era evidente el impacto que ha tenido en la sociedad Hierro Negro el hecho de que el Daño de Thaurissan los sometiera durante tanto tiempo, e incluso su arquitectura se había malogrado y adaptado, pasto de las cenizas y las llamas.


Cuándo llegamos al Athenaeum, donde se suele reunir el Senado de Forjatiniebla, no pudimos más que abir la boca, anonadados por la majestuosidad pétrea de la sala. Sentados en grandes tronos de piedra y oro, cinco de los más importantes Senadores Hierro Negro estaban dispuestos a escuchar nuestras palabras, mientras que en el fondo de la sala brillaba un blandón de hierro negro en cuyo centro una llama resplandecía con fiereza, representando así la iluminación que ejerce el Senado sobre el pueblo de la Montaña Roca Negra.


Cada senador era un mundo en sí mismo. El Senador Forjapétrea era el cabecilla de los Senadores reunidos en la sesión de hoy, y tras ser presentados como el Cónclave del Martillo, fue presentando uno por uno a sus colegas. Zalamero y elocuente, Forjapétrea era un enano con una gran obesidad patente, cuyo aspecto también dejaba mucho que desear, por lo que no nos dejamos engatusar por su palabrería y oratoria.


Después se nos presentó al Senador Martilloférreo: Belicista, inquieto y con un sentimiento profundamente racista, que solo aprovechó sus turnos para proferir agrios insultos hacia el Cónclave y los demás clanes enanos. Profundamente conservador, no pudimos apenas negociar con él y terminamos pronto la conversación con semejante energúmeno. El siguiente fue senador Grimtharbul, sentado en un trono de roca negra, misterioso y reservado, hechicero de los Hierro Negro que dominaba las artes oscuras más negras. Se ofreció a colaborar con nosotros, a cambio de que presentaramos una petición al Consejo de los Tres Martillos pidiendo una relajación de la vigilancia a la que estaban sumidos los brujos en Forjaz. Sin embargo, dimos la vuelta a la tortilla a la situación y lo logramos convencer de que si se recuperaba Roca Negra, la montaña podría ser el nuevo centro de estudios en saberes desconocidos para el mundo y en las artes oscuras, como lo fuera antaño en la raza enana, antes del advenimiento de la Vieja Horda.


El estoico Senador Aurentan fue el siguiente. Orgulloso como él solo, artificiero maestro, pétreo, extravagante y profundamente convencido de la maestría de sus gólems para el combate. Aurentan zigzagueó con nosotros una negociación en la que él afirmaba que no merecía la pena utilizar la maquinaria de la que disponía Forjatiniebla en la batalla, puesto que ocuparían lugares destinados a valientes enanos. El joven Dworin, recién llegado a nuestro lado le contestó sagazmente, arguyendo que la genialidad de los gólems era ignota más allá de las murallas de Forjatiniebla, y afirmando que la mejor manera para darlos a conocer al mundo era utilizándolos en combate.


Y finalmente, el anciano senador Throndeim Forjapétrea, un viejo general Hierro Negro, chapado a la antigua y curtido en mil batallas, de gran prestigio y renombre en la sociedad Hierro Negro. Fue uno de los principales estrategas de la Guerra de los Tres Martillos, y yo mismo estuve en más de una ocasión cercano a batirme con él en la gran guerra. A pesar de su sonada vejez, puede presumir de un largo linaje familiar que se remonta a los tiempos de los primeros enanos dormidos, al igual que el mío y de una gran lealtad proferida al Emperador Thaurissan. Su familia se envanecía de la cantidad de enanos que podía levantar a la batalla y del ejército profesional que tenía contratado. A pesar de la feroz estrategia de Galic de someterlo picándolo con hirientes frases acerca de la Montaña, y ante el silencio de Biktur, que era el que debía comparecer ante él, Bael'gor logró convencerlo de que era menester luchar una última vez al lado de los demás enanos para finalmente labrarse un nombre para la gloria.


En el transcurso de la sesión del Senado, el joven Galbur Barbarroja se marchó de la sala, airado e indignado debido al discurso repleto de métodos poco ortodoxos del Senador Grimtharbul, que ofrecía usar poderes ígneos sin control aprendidos de Ragnaros y de usar las artes de la aflicción contra los orcos. El veredicto del Cónclave fue determinar que el uso de artes oscuras era inherente a la raza de los Hierro Negro y que no se les podía obligar a dejar de emplearlas, si no que se debía de aprovechar ese hecho en nuestro propio beneficio. Grimmald, un anciano leñador de mi edad fue a convencerlo de nuestro argumentario, pero Galbur no quiso entrar en razón y se quedó junto a Maigan en la puerta. Realmente temo haber tomado la decisión incorrecta, pues yo mismo he combatido contra los demonios y las malas artes y no son precisamente la clase de armas que yo emplearía, mas todo sea por recuperar nuestra Montaña.


En la votación, cuatro de cinco senadores presentes votaron a favor de prestarnos ayuda. A lo largo de la semana, el Senador Forjapétrea mandará víveres y aprovisionamiento pagados el dinero su familia que encabeza al Ejército de Forjaz y nos reforzará en el hábito alimenticio a nosotros en nuestro campamento. El Senador Throndeim traerá a un batallón de sus mejores hombres encabezado por sí mismo, mientras que el Senador Grimbarthul desatará una tormenta de energías oscuras sobre las reservas orcas en el transcurso de la batalla. Aurentan mandará a sus gólems a romper las filas de los orcos justo antes de que nosotros abramos la carga y los montaraces abran fuego.

El trono ruinoso (4 de 7) 11/01/32 Editar

Día: 11/01/2015.
Hora: 20:00 a 22:00 horas.
Listado de participantes: Buchebarrica, Valtheim, Gramhal, Baelgor, Biktur, Valtheim, Dworin, Ingmar, Grotezk, Thorvald, Hallmar.

"Día once de Enero del año treinta y dos después de la apertura del Portal Ocuro:

Valiéndonos de los grifos prestados por el Maestro de Vuelo del ejército de los Martillo Salvaje, el maese Hrumbold, cabalgamos por los aires hacia el Balcón de Nefarius, donde antaño el temible dragón habitara, pululando por allí como si fuera su feudo. Muchos de nuestros muchachos apenas sabían manejar los grifos y los manejaban con torpeza, sin estar acostumbrados a la elegante danza de los aires, mientras los soberbios Martillo Salvaje remontaban las corrientes de viento con fineza y maestría que los hace ser lo que son.


Encabezados por Galic, marchamos por los aires hacia la balconada, para descubrir el colosal cuerpo de un gran dragón negro como el carbón. Muchos de nuestros grifos se asustaron, presas del miedo tan natural que provocan esos seres alados hacia toda clase de entidades vivientes. Sin embargo, Dworin se percató con astucia de que ese dragón solo era una ilusión y nos dimos cuenta de que era otro de los mecanismos de defensa ancestrales de los Hierro Negro que aún funcionaban por todo lo ancho y largo de la Montaña.


En las ruinas del vetusto trono en el que antaño se sentara Victor Nefarius no encontramos nada, tan solo silencio y oscuridad. Tras ello, pudimos notar un terremoto de gran magnitud y escuchamos un sonido atronador, acompañado por la imagen de una de las cápsulas de desembarco que emplea la Horda de Hierro para precipitarse hacia sus enemigos con letalidad. Desde uno de los miradores de la Montaña la Marea de Hierro dispara bolazos de fuego contra Cincelada, cuna de los mejores gólems de la Hermandad del Torio y contra la Cima de Hierro, donde acampa el Ejército de Forjaz y de Pico Nidal bajo un desconfiado auspicio del señor de la montaña Rendan.


Según pudimos ver, de entre las sombras emergieron varios seres compuestos íntegramente de huesos, conocidos como behemots de hueso o ánimus de hueso, y nos tuvimos que encargar de aquellas apariciones nigrománticas mientras los Martillo Salvaje lidiaban con maestría contra una patrulla de rylaks voladores que salieron de una de las salas desde donde la Horda de Hierro disparaba sus salvas.


Cuándo acabamos con ambas amenazas conjuntamente, visitamos en nuestros grifos tanto la Cima de Hierro como Cincelada, para descubrir que ambas poblaciones habían superado airosas el ataque de los orcos. Felices y habiendo sellado los pasos que conducían al Balcón de Nefarian, volvimos adentro de la Montaña, a nuestro campamento".

Aún quedan días para que se celebre la batalla, pero nos la hemos jugado a una sola carta. Si fracasamos, deberemos sacrificar nuestra propia vida, esperando que otros más sabios y fuertes que nosotros logren detener a la Marea de Hierro... y si vencemos, nosotros mismos escribiremos nuestro párrafo en la Historia, usando nuestra sangre por tinta".

Una cincelada del Senado (5 de 7) 13/01/32 Editar

Día: 13/01/2015.
Hora: 20:00 a 22:00 horas.
Listado de participantes: Valtheim, Gramhal, Baelgor, Biktur, Dworin, Grotezk, Thorvald, y Hrafni.

"Día trece de Enero del año treinta y dos después de la apertura del Portal Ocuro:

La carta del Senador Aurentan me llegó la mañana siguiente al retorno de Cincelada, con lo que ordené a los muchachos que se preparasen para la batalla. Estuvimos lo que restó del día patrullando por las profundidades y por Luz de Magma, y por la tarde del día siguiente, seleccioné al grupo más avezado y experimentado de todos cuántos se presentaron y marchamos hacia Cincelada nuevamente.


Al parecer, Aurentan estuvo leyendo hacía tiempo en viejos pergaminos y grimorios datados de la época de Thaurissan y la Guerra de los Tres Martillos, y descubrió entre sus páginas un hallazgo impresionante para la creación de sus gólems de guerra. Al parecer, uno de los maestros de gólems más avezados de todos cuántos hubo en los tiempos pretéritos, conocido como el Artesano de la Roca, dio con una gema cristalina de inconmesurable valor y la dotó de una energía arcana considerable para que sirviese como motor y fuelle de su última creación. Sin embargo, la Guerra de los Tres Martillos lo mantuvo ocupado y finalmente pereció bajo el manto de Ragnaros sin poner a prueba su gran idea.


Aurentan me pidió porfiadamente que marcharamos a Thaurissan, y tras decidirlo entre todos, así lo hicimos. En la misiva del Senador explicaba que ninguno de sus muchachos se atrevió a entrar a Thaurissan debido a que afirmaban que una maldición pesaba sobre las vetustas ruinas de la antigua capital Hierro Negro. El Cónclave del Martillo no teme a nada, y enarbolando nuestros estandartes de guerra y de batalla, llevándolos tanto yo como el joven Thorvald, caminamos cantando hacia Cincelada, donde Stebben Menudillo nos explicó la situación.


Al parecer, un par de noches antes el centinela de una de las atalayas de allí descubrió que los restos de Thaurissan atisbó lo que parecían ser un montón de luces pululando entre las callejuelas devastadas de la vieja ciudad y se acercó con uno de los gólems de los que pueblan Cincelada. Solo escucharon un grito, y tanto el montaraz como el gólem se desvanecieron en mitad de los fulgores fantasmales y la oscuridad. Stebben nos contó que escuchó un grito seco en la noche y la zona se sumió en un silencio sepulcral.


En el camino a Cincelada, varios de nuestros muchachos escucharon susurros y voces crueles traídas por el viento. Exigían venganza y reclamaban sangre, pero a pesar de su patente ominosidad no nos acobardamos y seguimos adelante. En Cincelada, Hrafni intentó rellenar uno de sus barriles de cerveza con la que allí había, pero para nuestro esperpento descubrimos que no era bebida lo que había en esos barriles, si no sangre de enano, como pudo reconocer Grotezk tras probarla.


En cuánto nos acercamos a las ruinas de Thaurissan, algo dentro de mí comenzó a fallar. Unas voces lóbregas y apesadumbradas se implantaron en mi mente y noté como me comenzaba a ahogar, sumiéndome en un sueño que posiblemente nunca terminase. Mi cuerpo, según me contaron más tarde, se convirtió en piedra y me quedé congelado en el sitio.


Privados de un guía, el Cónclave hizo recaer el liderazgo en Bael'Gor, el Hierro Negro, que conocía el lugar y logró hallar el desvencijado gólem del poco afortunado centinela Hierro Negro que marchó allí la otra noche y jamás volvió. A su alrededor, cayó la noche y descubrieron como las luces que avistaron los habitantes de Cincelada no eran si no espíritus Hierro Negro que hacían vida normal, trabajaban, interactuaban y practicaban sus hechizos, aislados en una era fantasmal en mitad de la Guerra de los Tres Martillos.


El montaraz Hierro Negro que fue desde Cincelada también cayó como yo, preso de la piedra en el suelo, y según sé, también era un anciano que combatió de joven en la Guerra, algo preocupante e inusual. Valiéndose del gólem y de las pistas que dieron los espíritus, logramos hacernos con la gema mágica del Artesano de la Roca, que se guardaba en una casa lejana a la ciudad. Cargando el gólem con la gema, salieron de allí y nos sacaron a mí y al explorador Hierro Negro, que nos libramos del hechizo por fin y pudimos volver a nuestra forma habitual. Bael'gor mandó al gólem con la Gema hasta Forjatiniebla, y dando la misión por cumplida, volvimos al campamento base.


Los espíritus vengativos de los Hierro Negro todavía recuerdan el Daño de Thaurissan, la Vieja Guerra y a todos aquellos que luchamos en ella. Sus almas estarán condenadas a vagar eternamente por estas tierras, privadas del acceso al Titangarde, hasta el fin de los días o hasta que el daño que nos inflingimos entre hermanos se enmende
".

Marcha a Cima de Hierro (6 de 7) 15/01/32 Editar

Día: 15/01/2015.
Hora: 20:00 a 22:00 horas.
Listado de participantes: Valtheim, Gramhal, Morvadrim, Baelgor, Biktur, Irvine, Buchebarrica, Ingmar, Thorvald, y Hrafni.

"Nuestro tiempo en el campamento base se agotaba a pasos agigantados. Buchebarrica nos hizo llegar la noticia de que el Capitán Yelmorroca, a cargo de la expedición contra la Marea de Hierro nos requería en la Cima de Hierro. Además, en la misiva explicaba que el Señor de la Montaña Rendan necesitaba de nuestra ayuda para desenmascarar a unos traidores que había entre sus filas.

En el viaje de ida a la Montaña Roca Negra descubrimos que Rendan era un avaricioso señor feudal Hierro Negro, independiente del poder de Forjatiniebla o de la Hermandad del Torio. Apenas nos permitió aposentarnos en su tierra, y mucho menos nos dejó las llaves de las puertas de acceso a la Montaña, las cuáles tuvimos que recuperar nosotros mismos de un enano Hierro Negro converso al Culto Crepuscular. Pero aquello ocurrió el año pasado, y teníamos muchas caras nuevas en nuestras filas. A los pocos a los que Rendan conocería sería a Buchebarrica y a mí.

Se nos unió a la comitiva el legendario Irvine Martillo Salvaje, uno de los matadragones que se nos unió a mí y a Buchebarrica en la caza de Viriaxion el Terror Crepuscular. Fue toda una alegría contar con una mano veterana más entre tanto joven. A pesar de que Irvine sea más bien de corta edad, ha vivido mil y una batallas y mil situaciones, y creo que sus anécdotas nos ayudarán mucho en el futuro.

El Señor de la Montaña Rendan nos recibió de una manera poco amistosa. Brutalmente acomplejado debido al parco tamaño de su Montaña, experimentaba la mar de celos ante la gigantesca Roca Negra, y solía recordar los días pretéritos antes de la erupción en los que la Cima de Hierro era la montaña más alta de todo Khaz Modan el sur.

Su recibimiento se vio aplacado por la presencia del capitán Yelmorroca, que atenuó sus burlas y sus amenazas de vez en cuándo. Nos ofreció quedarnos en su Cima si lográbamos desenmascarar a uno de los traidores de su tropa que deseaba venderlo a la Marea de Hierro y entregar su cabeza antes de la batalla. Si fracasábamos, él mismo echaría a patadas al ejército de Forjaz y al de Pico Nidal y nos dejaría a nuestra suerte.

Resolvimos ayudarlos y trazamos un astuto plan para sonsacar la verdad a los guardias Hierro Negro. Tratándose de los Hierro Negro, cualquiera puede resultar sospechoso y con un aspecto que deje poco de fiar, pero hubo unos que hablaron más de la cuenta cuándo el maestro cervecero Hrafni les ofreció una potentísima bebida.

Todos los guardias hablaron de un compañero suyo que simpatizaba con la Horda de Hierro y que había estado apunto de caer bajo las garras Crepusculares durante el Cataclismo. Al parecer se llamaba Romdar Miramenas y solía intercalar viajes en secreto a la Cima Roca Negra con sus muchas guardias, y cuándo volvía, solía traer cerveza. A punta de hecha, nos reveló que tenía pensado vendernos a la Marea de Hierro la víspera de la batalla y abrir los portones de la Cima de Hierro para entregarle la cabeza de Rendan a la misma Zaela.

Sin más, lo llevamos a cuestas hasta su señor feudal, que dispondría de él como gustase y nos permitió quedarnos en la Cima de Hierro hasta el día de la batalla. Cada vez queda menos para que emprendamos el combate contra la Marea de Hierro y por fin podremos reclamar la Montaña para sus legítimos dueños. ¡Baruk khaz!".

La Última Batalla (7 de 7) 17/01/32 Editar

Día: 17/01/2015.
Hora: 20:00 a 22:00 horas.
Listado de participantes: Valtheim, Gramhal, Morvadrim, Biktur, Buchebarrica, Thorvald, Hrafni, Bragni, Miguimblitin.

"Las huestes conjuntas de los Martillo Salvaje y los Barbabronce estaban listas para el combate aquella tarde cuándo la Marea de Hierro decidió salir de lo más hondo de la Montaña Roca Negra en masa y cargar contra nosotros. Fueron tantos orcos los que emergieron de las laderas de la Montaña, saliendo desde túneles secretos disimulados que nos sorprendimos y tuvimos que hacer acopio de valor para contenerlos en un pequeño puente mientras las tropas de los Barbabronce se preparaban para el choque. Decidí emprender entonces la clásica estrategia del martillo y el yunque, y nos posicionamos en el puente para hacer un cuello de botella en el paso y poder contenerlos hasta que los carneros Barbabronce les destrozaran las reservas y el flanco trasero mientras nosotros presionábamos.

Avazamos en épicas cargas contra ellos y retrocedimos viéndonos arrollados por su superioridad numérica. Hombro con hombro, mantuvimos el combate durante aproximadamente quince minutos. Al cabo de un rato, cuándo les ganamos el suficiente terreno, con los tirados luchando a cuerpo a cuerpo debido a la desesperación de la defensa, escuchamos el tañido de uno de los cuernos de guerra Barbabronce, y una escuadra de carneros salió desde la ladera de la Cima de Hierro y cargó contra los orcos. Aprisionados entre ellos y nosotros, no duraron mucho tiempo más, y finalmente cayeron subyugados. Tomando posición, resistimos una segunda oleada de la Marea de Hierro junto a la ladera de la montaña y contraataca en una carga a la desesperada contra la colina. A pesar de ser una locura estratégica, logramos abrirnos paso y rechazar su ofensiva.

A continuación, avanzamos confusamente hasta las Puertas de la Montaña, donde los severos rostros pétreos de los emperadores muertos de los Hierro Negro contemplaban una fila entera de rylaks que nos esperaban. A su lado, una de las fumarolas que expulsaba gases tóxicos fue reventada por una bomba de Bragni y los chamanes Galic y Gramhal y los rykals, asustados echaron a volar lo suficiente como para caer muertos siendo interceptados por los Martillo Salvaje.

Sin embargo, las Puertas seguían cerradas a cal y canto. A pesar de que Biktur, en la euforia de la batalla tratase de romperla con un cabezazo, escuchamos los sonidos de una batalla en el interior, que se vio precedido por la apertura de las puertas. Tras ellas, el Senador Aurentan de los Hierro Negroy sus gólems de batalla nos esperabn ensangrentados y listos para el combate, uniéndose a la carga del Cónclave, los carneros y los enanos Barbabronce a pie, mientras los Martillo Salvaje pasaban por arriba de nosotros y se dirigían al combate contra uno de los protodracos de la Señora de a Guerra Zaela.

Nada más entrar a la Montaña nos encontramos con un batallón entero de la Marea de Hierro que fue interceptado hábilmente por los brujos y hechiceros del Senador Grimtharbul, que aparecieron de entre la tumba de Franclorn Forjador. La ayuda de los Hierro Negro fue más que patente cuándo tras de nosotros apareció el ancianísimo Senador Throndeim Forjapétrea, que capiteando a sus bravos soldados Hierro Negro cargó directamente contra una falange orca con grandes pero heroicas bajas. Nosotros rodeamos Luz de Magma y les atacamos por detrás, destrozando a los últimos resquicios de la Marea de Hierro y proclamándonos victoriosos, no sin muchas pérdidas en los tres clanes. Cuándo llegamos al Túnel en el que habíamos habitado estas últimas semanas, descubrimos que la Horda de Hierro había derribado el túnel de acceso a la Cumbre, cubriendo el angosto pasadizo por un montón de piedas que lo hacían intransitable.

Aún queda batalla por ganar y voy a pasar el resto de la noche quitando piedras para pasar al otro lado y alcanzar la Cumbre Roca Negra. Mañana acabaremos lo que empezó con la Tercera Apertura del Portal Oscuro".

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Relatos de la campaña Editar

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