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Bajo la capucha blanca

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La tarde caía sobre Lunargenta. Los altivos nobles sin’doreis iban y venían con sus zancudos, mientras los de cunas más bajas recogían sus tenderetes y mercancías. Si se hubiera dirigido la vista un año atrás, cualquiera diría que tanto tiempo hubiera pasado en la ciudad de la Primavera Eterna. Y precisamente la ausencia de cambios era lo que al protagonista de esta historia impacientaba. Kel’Thius Ayudante del Sol desmontó del zancudo, dirección a casa de su amigo Felanor, con la preocupación en el rostro. Y no era raro; en un año, habían pasado de ser mangoneados por un orco, a tener que seguir las instrucciones de un sucio trol. Y lo peor de todo, es que el Usurpador Regente lo permitía. Llamó a la puerta de la mansión, y al ver al mayordomo, esbozó una sonrisa inocente, mientras éste lo miraba con desdén. Aunque no era algo que le preocupase. Fingir estar loco para no ser el centro de atención en la ciudad traía este tipo de desventajas.

- Ah, eres tú. Pasa, el señor te está esperando. - Gracias. ¡Ala, que pajarita más bonita llevas! Te hace juego con la toga – Dijo Kel’Thius, al tiempo que pasaba. 

Tras unos largos pasillos, se hallaba el salón de la mansión, de estilo cargado y pomposo. Una música festiva resonaba entre las paredes por obra de un arpa. Tres sin’doreis rodeaban una mesa llena de canapés y bebidas. El de la toga roja, al verle, sonrió levemente mientras movía una copa aristocráticamente.

- Ah, Kel’Thius, bienvenido – Felanor no era conocido por su hospitalidad precisamente, mas era muy dado a invitar a Kel’Thius para que diera sermones sobre Belore en su casa frente a sus invitadas. El sacerdote nunca había sabido si era por pura apariencia o para burlarse de sus creencias, pero día que predicaba, día que comía caliente. - Lord Felanor, es un verdadero placer, como siempre. Cada semana le acompañan mujeres más guapas, tiene que contarme el truco algún día.

El noble rió, al tiempo que sus concubinas. Aquellas situaciones realmente asqueaban al pobre elfo; hubiera dado las plumas de su zancudo por poder en ese instante zarandearlo brutalmente, chillándole acerca de la decadencia de los sin’doreis y el mal que representaba Lor’Themar para su pueblo, mientras nobles como él únicamente saciaban sus distintos vicios carnales como protesta. Pero sabía bien lo que eso hubiera significado. ¿Cuántas veces había presenciado a los Caballeros de Sangre y demás ensañándose contra pobres ciudadanos el tiempo que se giraban y decían “Largo de aquí, no hay nada que ver”?

Sin embargo, ese día era especial. No podía quitarse de la cabeza las meditaciones acerca de lo acontecido estos últimos meses: La rebelión de la Horda, tantos buenos amigos perdidos en otra batalla sin sentido, tantas vidas escapadas de sus manos en el hospital de campaña. ¿Y todo para qué? Para que el Usurpador de Theron permitiera que ahora nos gobierne un sucio trol. Si hubiéramos perdido contra los Amani, estaríamos igual. Cada vez parece más lejano el día en que un resucitado Kael’Thas o algún descendiente de su noble linaje venga a la ciudad a volver a imponer orden.  Quizás estos pensamientos fueron la causa de que el sermón de aquel día estuviera cargado de rabia reprimida, y llamamiento a la búsqueda de los orígenes. Al terminar, el noble chasqueó los dedos, y una de las concubinas acercó un plato de canapés a Kel’Thius, que rápidamente devoró. Mientras el sacerdote comía, el noble hablaba, al tiempo que sus invitadas le masajeaban.

- Cada vez tardas menos en terminar el sermón y lo haces más aprisa. Voy a tener que darte los canapés según el tiempo. - La palabra de Belore precisa de poco tiempo. Gñoff. Y de buenos oídos como los suyos, por supuesto. -Venga, tarado – el noble rompió a reír, seguido de las invitadas-. ¿De verdad te crees toda esa parafernalia? Solo es magia, como todas. Solo los estúpidos se creen esas tonterías.

Kel’Thius notaba como sus cejas se curvaban en señal de desagrado. Prefirió asentir y seguir comiendo. ¿Qué le pasaba? El noble nunca había criticado la Luz de aquella forma tan beligerante. Entonces, la vio. Una de las concubinas sacó de su toga un cristal de magia. ¿Solo magia? 

No, era una piedra de salud.

- Fíjate, con nigromancia puedo hacer lo mismo que tu apestosa Luz. Incluso más. ¿Alguna vez has resucitado a alguien, eh? Vaya magia más deplorable – el noble se reía, al tiempo que absorbía la esencia vital contenida en la piedra. Las concubinas empezaron a besarle el cuello -. Venga, ¿quieres ganarte una moneda? Toma la piedra, goza tú también de su poder.

De repente, las visiones de su pasado volvieron a él como una bofetada. Miles de esqueletos golpeando las murallas, cientos de sin’doreis cayendo para ser alzados de nuevo, esta vez para luchar en contra de los suyos, las risas de los nigromantes mientras diezmaban a su pueblo… Era la gota que colmó el vaso de la desesperación de Kel’Thius, el cual, señalando acusadoramente al noble, gritó las palabras de su condenación:

- ¡Ojalá el Príncipe Kael’thas vuelva y decapite pronto a esa ramera del Usurpador Lor’Themar para que chusma decadente como tú pare de interponerse en el camino del pueblo ungido por Belore!

Se hizo el silencio en la sala. El mayordomo abrió tanto los ojos que su monóculo se estrelló contra el suelo. Las concubinas se taparon la boca y ahogaron un grito. Y el noble lo vio claro: Un loco inocente nunca se hubiera comportado así. Kel’Thius Ayudante del Sol no era lo que parecía. Empezó a gritarle que se largara de su casa y no volviera nunca más.

El sacerdote obedeció en el acto. De hecho, era lo que más deseaba en el mundo: salir de aquella ciudad antes de que le dieran caza los perros del Regente…

Continuará.

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