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Amotekun

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Amotekun
Imagen de Amotekun
Información del personaje
Servidor Los Errantes
Apodo Ekun
Título El Tigre Rojo
Género Masculino
Raza Trol
Edad 28 años
Clase Druida
Alineamiento Caótico neutral (con tendencias buenas)
Ocupación Exrrabioso. Médico brujo
Lugar de nacimiento Islas Lanza Negra
Residencia Vega de Tuercespina
Afiliación Tribu Lanza Negra
Estado Vivo

AparienciaEditar

Amotekun es un trol espigado y de maneras felinas.

Ancho de espaldas y con huesos alargados y compactos como viene siendo habitual dentro del canon trol, Ekun es dueño de una musculatura fibrosa y prieta. No posee un solo gramo de grasa en su cuerpo merced a su constitución privilegiada y a sus frecuentes carreras por la jungla. Su piel presenta un color azul turquesa, a juego con las aguas coralinas de las playas de la Vega de Tuercespina. Algunas manchitas oscuras motean sus hombros, pero su tez está prácticamente libre de verrugas.

Su cabello forma una especie de cresta espesa que se asemeja a la copa erizada de un puercoespín. Es puntiagudo y aserrado, de tono bermejo y con destellos naranjas; y además, se le derrama por las patillas de un modo que recuerda a unos bigotes felinos. Sus orejas son finas y afiladas, con una suave ondulación muy armoniosa, y por la forma en que las coloca, a veces parecen pertenecer a un lince antes que a un trol. Una de ellas, la derecha, exhibe dos aretes dorados a la altura del lóbulo.

Sus palmas son gruesas, recias y poderosas. Y con respecto a su rostro, muestra ciertas peculiaridades: amén de unas cejas desnudas de vello, se cubre la cara con una pintura blanca que va desde la frente hasta el mentón; la perfila un ribete cobrizo que recrea el visaje rayado de un tigre, enmarcándole los labios inferiores y las sienes. Su mueca está ligeramente fruncida, pero no con hostilidad; antes bien, en señal de acecho. Los colmillos los tiene cortos y apuntando al cielo, como los de un jabalí. Sus irises combinan en una paleta el rojo con el amarillo, de manera que predomina el primero aunque salpicado por vetas del segundo. Su nariz es de tamaño medio y con la hechura de una banana curvada hacia abajo; y en cuanto al mentón, es delgado, prominente y lo lleva rasurado, pese a que se entrevén las huellas de una chiva pertinaz.

Su expresión se asimila a la de un depredador: relajado, lo estudia todo pausada y metódicamente; excitado, abre los ojos de par en par y su fisonomía adopta unas líneas más abiertas, enfáticas y peligrosas. No suele estar de mal humor, aunque tiende a exteriorizar un aspecto serio, o más bien concentrado, cuya solemnidad se intensifica durante su conversión en tigre. No obstante, no resulta extraño verlo sonriendo a medias o silboteando algún ritmillo tribal mientras está atareado.

Pese a la robustez de sus dedos y a la rapidez y precisión de sus reflejos, es torpe en un sentido de desmesura: sabe manipular con acierto, pero a veces se excede con la fuerza que aplica o bien no llega a la necesaria. Da la impresión de que no sabe medir la energía de sus manos o de que hay algo que le impide administrarla correctamente; por eso, en ocasiones se conduce con una delicadeza máxima, que se diluye al punto en el que pierde la calma. En refuerzo de aquella idea, sus muñecas lucen unas vendas tersas enrolladas a su alrededor que podrían indicar la existencia de alguna lesión relativa al tacto.

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Amotekun sin pintura facial. Por Blizzard, TCG.

Sus movimientos se rigen por un concepto de fluidez y economía: en lugar de caminar, se desliza; y aun en esos andares parsimoniosos y calculados se advierte una voluntad de caza y un cierto ímpetu que desmiente la languidez de su silueta. Su proximidad a las bestias se pone de relieve con claridad en cuanto echa a correr, acostumbrado a utilizar pies y manos para agarrarse de ramas o de lianas con las que sortear obstáculos en bosques de alta densidad arbórea.

Viste ropas de cuero llamativas y un tanto extravagantes. El rojo preside sobre las tonalidades de su vestuario, y casi parece una especie de enseña o de símbolo para él. No es raro que se ponga togas fuera del campo de batalla, aunque para sus correrías por lo salvaje prefiere otros hábitos más resistentes. Su armadura ideal está integrada por prendas escuetas que no lo entorpezcan durante sus expediciones a la selva.

Su voz es grave, cadenciosa y lenta. Al hablar, manifiesta el típico acento de los Lanza Negra, matizado por una nota particular: a veces, especialmente cuando se enfurece, pronuncia con mucho hincapié la letra «erre», de tal guisa que su fonación se confunde con el rugido de un gran felino.

Como característica destacable figura su manía de rascarse las orejitas, las napias o el pelo con las uñas, a la manera de un gatito, costumbre que le resta dignidad (aunque él no encuentre nada vergonzoso en ella); así como el ronroneo que emite cuando lo acarician, le frotan la nuca o experimenta algún tipo de placer, un vestigio de su prolongada estancia en forma de tigre.

Huele a humedad, a flores tropicales exóticas y a animal silvestre.

Descripción psicológicaEditar

PersonalidadEditar

Cuando era un zagal, Amotekun no sobresalía frente al resto de chiquillos: los había más fuertes y ágiles que él; otros eran más taimados, oportunistas y sigilosos; y también los había allegados a la locura y por ende al mundo de los espíritus. Mientras que algunos trols encuentran enseguida su vocación dentro de la tribu, Ekun no pertenecía a ese grupo: probó un oficio tras otro, continuamente insatisfecho.

Aquella búsqueda interminable marcó su carácter durante la niñez: se trataba de un trol indeciso, inseguro de sí mismo y de sus cualidades. No fue hasta más tarde, hasta que superó el desafío de Shirvallah, que se armó de confianza en sí mismo. Hasta entonces siempre se había considerado un segundón, y en cierta medida, un perdedor a la sombra de los méritos de su hermana, de sus padres y de su amigo más querido de la infancia, Murra’jin.

No extrañará a nadie que se aferrase con pasión a la disciplina de rabioso tras ser elegido por el loa: necesitaba saberse único y valioso. Y vaya si demostró esto último. Y no solo a sí mismo, sino a la tribu entera: rápidamente se forjó una reputación entre los Lanza Negra, quienes lo bautizaron «el Tigre Rojo» con motivo del providencial bramido que emitía para anunciar su participación en la refriega. Aplaudieron su heroísmo en la Tercera Guerra, su arrojo y el frenesí que lo embargaba al combatir; y Ekun finalmente reveló su potencial, su sagacidad y su voluntad inquebrantable.

En la piel del Tigre Rojo, Amotekun cató las mieles del éxito y de la fama. Disfrutó durante un breve lapso de tiempo del respeto de sus congéneres, mas en lugar de saciarse con aquello, el trol codiciaba más. Anhelaba alabanzas, clamores de júbilo y silbos. Tenía hambre de victorias en el campo de batalla, logros que canonizarían su nombre y lo catapultarían directo al panteón de sus dioses primitivos.

Su arrogancia pavimentó la senda hacia su caída. Se quedó solo en una tierra inhóspita, se olvidó de sus raíces y de su familia, y al final se cruzó con alguien más poderoso que él. Eso puso punto y final a su trayectoria marcial, y con el tiempo contribuyó a cultivar un talante más humilde y solidario en Ekun.

Amotekun maduró lentamente luego de deshacerse de la carga del renombre, aunque durante años se entregó a una causa egoísta: la curación de las heridas que lo incapacitaban para continuar peleando como antaño. Al cabo de un lustro, sin embargo, renunció a todo lo que había idealizado el nombre del Tigre Rojo en el pasado: toda la prepotencia y el ímpetu de su juventud; aunque también la seguridad en sí mismo. Y solo gracias a aquello pudo vislumbrar su verdadera vocación: el druidismo. Se volcó en él con entusiasmo y sintió cómo conectaba de nuevo con los loa.

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El Tigre Rojo en todo su esplendor. Por Blizzard, TCG.

Su sostenida devoción por Shirvallah también ha conformado su temperamento: presenta los ademanes de un gato y no solo en un plano puramente gestual. Analiza las situaciones con atención felina y ha adquirido un prurito obsesivo de higiene. Asimismo, su ira también recuerda a la de un tigre: aunque suele permanecer calmado, en cuanto monta en cólera arrasa con todo lo que se interpone en su camino. Una herencia de su instrucción como rabioso o bérserker, quizá; o tal vez una manifestación del hondo calado de su benefactor, Shirvallah, en la naturaleza del trol.

El extenso periodo que ha pasado en forma de tigre le ha dejado ciertas secuelas sicológicas, que también podrían explicar la conducta y los rasgos arriba mencionados.

Pese a que Amotekun solía ser alguien fatuo y engreído hace unos años, el trol de entonces en poco se identifica con el de ahora: lejos de ser modesto, Ekun se enorgullece de sus proezas, aunque es consciente de lo efímero de la gloria.

Aprecia el altruismo y la abnegación en los demás, ya que él no fue capaz de mostrarlo en su momento, y reverencia a aquellos que perseveran al lado de los que aman. No le resta mucha familia con vida, hecho que también acentúa esta faceta, probablemente la más notable —y noble— en él.

Si bien se ha conciliado consigo mismo, aún exhibe cierta disociación en circunstancias determinadas: como gato, adopta unos aires más dignos y soberanos, propios del viejo Tigre Rojo; cuando vuelve a ser un trol, se prueba más cálido, juicioso y sosegado. Una parte de él todavía ansía recuperar lo que fue, pero sabe que el precio es muy elevado. Así pues, se sitúa en una encrucijada, sin decantarse por ninguno de los dos extremos: de un lado, el espíritu belicoso e impulsivo del Tigre Rojo; del otro, la paz y la callada sabiduría que le infunde su educación como médico brujo.

Esa tensión de fuerzas polarizadas configura la personalidad de Amotekun: impredecible, obstinado y majestuoso; pero también perspicaz, cuidadoso y honorable.

Gustos e interesesEditar

Antes de convertirse en el Tigre Rojo, los pasatiempos de Ekun eran similares a los del resto de trols de la tribu Lanza Negra: le encantaban los juegos de pelota, el pillapilla y el escondite, entre otros; en este último se probaba muy eficaz (sobre todo en el papel de rastreador). Aunque la pesca con caña terminaba aburriéndole, el uso de redes era una cosa completamente distinta. Por lo demás, se podrían agregar aficiones a la nómina tales que competiciones de atletismo (o «huye del raptor famélico antes de que te mate»), escalada y equilibrismo (o «sube a la copa del palmero y haz el pino puente») y otros deportes de menor riesgo, como arrojarse de los acantilados en canoas improvisadas.

Mientras que su hermana recolectaba conchas y piedrecitas refulgentes para componer sus abalorios, a él ese tipo de hobbies no le intrigaban. Con el tiempo, no obstante, le picó el gusanillo y también se volvió coleccionista: de los dientes de sus enemigos abatidos, de sus orejas, y de objetos fabricados con oro y piedras preciosas. Le encanta adornarse con brazales, colgantes y abalorios de esa índole, aderezados con plumas, marfil y trozos de corteza debidamente trabajados. Sin embargo, es muy consciente de que no es oro todo lo que reluce y de que la opulencia a menudo conlleva vanidad.

Amén de estos hábitos tan peculiares, Ekun persigue otros intereses menos sanguinarios.

La música es una de sus pasiones, aunque no lo reconozca con facilidad. De joven descollaba tocando los tambores y solía encargarse de esa tarea en los festivales del poblado. A día de hoy ha perdido práctica, pero aún maneja con soltura los tambores y los bongos, o cualquier otro instrumento de percusión. Se le da francamente bien la danza: sabe moverse con ritmo y según dicta el compás de la melodía. No hace alarde de ello y a veces oculta sus arrebatos danzarines bajo una máscara de estoicismo (como cuando se encuentra bajo el influjo del Tigre Rojo); pero no puede evitar ceder a sus impulsos y a veces se le escapa un tarareo, un silbidito o un paso ensayado.

Adora la vegetación y cuanto más frondosa mejor. Los lugares agrestes repletos de peligro son muy de su agrado, y disfruta de una buena lid. Su estilo varía entre lo estratégico y la agresión frontal: a veces tiende emboscadas para atrapar a sus víctimas, pero si lo provocan se abalanza sobre su adversario sin previo aviso ni mediación de la sensatez, y acosa a su presa hasta que uno de los dos desiste. Correr esquivando escollos por el monte figura entre sus mayores entretenimientos: se encarama a las ramas, elude raíces con sus saltos, se balancea entre las lianas, etc.

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Ekun ADORA las máscaras tiki. Por Marcos Machina, Deviant Art.

No es un gran maestro del vudú, pero algo sabe de la materia gracias a su formación como médico brujo. Se le ha enseñado a leer tablillas en zandali, el antiguo idioma del imperio, y a escribir sus pictogramas; asimismo, también está versado en plantas y en remedios herbales trol. Su conocimiento del vudú es moderadamente amplio, aunque más efectivo en la teoría que en la práctica. Puede elaborar potingues y mejunjes, domina los ídolos y las invocaciones, y conoce lo suficiente de los loa como para no incurrir en su enfado.

Para su infortunio, la artesanía no es uno de sus puntos fuertes. Siempre le ha fascinado la talla de madera, pero debido a su lesión no le resulta posible practicarla al nivel que él querría. Quizá por eso le impresionan tanto las máscaras tiki: muy decorativas y además un testimonio invaluable del trasfondo cultural de su pueblo.

No es un gran gastrónomo aunque se defiende en la cocina. Su especialidad culinaria es el potaje sorpresa, que suele incluir raspas de pescado y otra clase de despojos que incrementan la riqueza del caldo. Como gourmet sí que es más válido, y además un espécimen de omnívoro ejemplar: devora la carne, la fruta y el pescado; y no le asquea nada. No le importa comer crudo, aunque presenta el tabú de no ingerir carne humanoide. A su modo de ver, los espíritus condenan a los caníbales y la historia respalda ese argumento con evidencias sólidas: por eso los Lanza Negra prosperan mientras que el resto de tribus del planeta (salvando a los Sañadiente) van en declive, más barbáricos por minutos y más decadentes y estúpidos.

Su animal favorito, como se desprende de su mote, es el tigre. Su color, llevando a cabo un proceso de inferencia también básico, el rojo.

FeEditar

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Rai'jin y su legendaria lanza. Por Samwise, Blizzard.

Amotekun, el Tigre Rojo, venera fundamentalmente a Shirvallah: considera al loa tigre su patrón y un modelo a seguir en cuanto a decisión, aplomo y coraje.

Honra al resto de loa del panteón de los trols de la jungla —tal y como establece la tradición Lanza Negra—, sobre todo a la pantera Bethekk, a la que juzga consorte y complemento de Shirvallah. También expresa reverencia por Bwonsamdi, lógico teniendo en cuenta que la mayoría de sus parientes ya se han dado cita con él en el Más Allá. Y por último, al benemérito Gonk, el protector de los druidas trol.

Respeta a los loa del resto de culturas trol, aunque no les rinde tributo.

Una excepción a este panorama devocional la constituye Rai’jin, un loa ancestral de su línea paterna: un cazador de sombras de los Lanza Negra que fue raptado y degollado por una tribu vecina antes del exilio de la Vega de Tuercespina.

Sus ofrendas suelen consistir en los órganos más nutritivos de sus víctimas: el corazón y el hígado, primordialmente. Al contrario que otros trols, Ekun no realiza sacrificios —ni de humanos ni de animales— y tampoco ejerce la antropofagia. En este sentido, se mantiene fiel a la línea trazada por Vol’jin y la Horda de Thrall.

Ética y moralEditar

El sistema ético de Amotekun es de un corte eminentemente pragmático: actúa en beneficio de aquellos que lo tratan bien, y aunque no persigue el perjuicio injustificado de nadie, destruirá a quienes lo maltraten o abusen de su generosidad.

Por norma general, Ekun no dedica muchos pensamientos a las cuestiones de índole filosófico, pese a que de manera intuitiva se adhiere a una serie de preceptos: su concepto de justicia es esencialmente retributivo; no se ciñe a ningún ideal fundamentalista, sino que acepta una pluralidad intrínseca de intereses confrontados; no observa con buenos ojos las aberraciones contra el orden natural, ya sean demonios o muertos vivientes; y por último, no se inmiscuye en asuntos que no le conciernen.

Tiempo atrás creía que algunas humillaciones tan solo se lavaban con sangre y que los hijos debían tomar partido en las revanchas de sus ascendientes. Con los años, su opinión al respecto se ha relajado: no todas las vejaciones se reparan con violencia, especialmente las milenarias. Eso no implica que se muestre menos severo a la hora de castigar los crímenes perpetrados contra los suyos: si el furor se adueña de él, lo más probable es que se desencadene una auténtica escabechina.

BiografíaEditar

Cuadro familiarEditar

Ekun nació en las Islas Lanza Negra, situadas en algún rincón del vasto Gran Mar, posiblemente a la vera de la Vorágine. Hijo de un antiguo cazador y de una maestra tamborilera, a Ekun jamás le faltó el sustento —ni el ritmo— durante su infancia.

El padre de Ekun se destacó a sí mismo como guardián y procurador de alimento del poblado durante su juventud. Era un trol de gran envergadura, alto y fuerte, que había perdido un ojo a causa del ataque de un animal salvaje. Como consecuencia de aquel percance, sus habilidades para la cacería se vieron mermadas, conque Rakash resolvió no ser una carga para la tribu y se dedicó a la profesión de la pesca.

Su madre, Ma’kali, sobresalió por su don para lo musical desde pequeñita. Sabía tocar el zurna, el gong, los tambores y cualquier instrumento que le pusieran en las manos. No solo animaba a la aldea durante los festivales o componía melodías para amenizar las reuniones y los almuerzos, sino que usaba los sonidos para avisar del regreso de las patrullas y para indicar otros acontecimientos de interés común.

Su hermana mayor, Katanja, no siguió el camino de ninguno de sus progenitores. Desde chiquitita acompañaba a su papá a la playa para ayudarlo con la pesca; no obstante, en lugar de sujetar la caña, se ocupaba de exhumar conchas y caracolas relucientes de la arena. Esa afición cristalizó en un creciente apego por las cositas brillantes: mosquitos fosilizados en ámbar, huesos de raptor perfectamente limados, etcétera. A raíz de aquello, se convirtió en bisutera y años más tarde se casó con un médico brujo; juntos fabricaban, encantaban y vendían talismanes y amuletos protectores. Algunos, aseguraban, servían para insuflar vitalidad a hombres de cara a los asuntos conyugales; otros se destinaban a proteger a los guerreros Lanza Negra que se internaban en la espesura. Como fuera, el negocio prosperó y se mantuvo en boga hasta la explosión del volcán.

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El excéntrico Veh'zuki. Por Samwise, Blizzard.

Su tío abuelo Veh’zuki, hermano menor de su difunto abuelo por parte materna, era un médico brujo excéntrico con una reputación un tanto problemática: en una ocasión destiló un sapta que le permitía ver en paños menores a las mujeres de la tribu; en otra, afirmó descubrir la receta un guiso inagotable; y cuando perdió los tres últimos pelos que poblaban la azotea, se embarcó en una búsqueda para inventar una cura contra la calvicie, en la que todavía continúa enzarzado a día de hoy. Con ese historial tan distintivo, no es de extrañar que se le considerase la oveja negra de la familia (es más, Amotekun con frecuencia niega todo parentesco con él).

Dentro de su familia paterna se reverenciaba a un loa, Rai’jin, que según las viejas leyendas fue un afamado cazador de sombras de quienes Ekun y los suyos son descendientes. La historia se remonta a muchas generaciones en el pasado, a la época en que los Lanza Negra habitaban la Vega de Tuercespina junto al resto de los Gurubashi. Al parecer, Rai’jin fue un héroe de su gente que murió sacrificado en el altar de una tribu rival.

Ninguno de sus sucesores ha olvidado este crimen. El arma de Rai’jin, una lanza embrujada, continúa en manos de la familia y certifica que su memoria perdura; así como su rencor incendiario hacia los Gurubashi, que lo traicionaron y asesinaron.

El ritual del nombreEditar

Al igual que su hermana, Ekun tampoco compartió el itinerario de ninguno de sus parientes.

Aunque no tenía malos reflejos, carecía de la paciencia necesaria para vigilar la caña durante un largo periodo de tiempo; asimismo, si bien era apto para percutir los tambores, le faltaban empeño y fuerza de voluntad para repetir las mismas canciones una tras otra sin aburrirse. De hecho, protagonizó un episodio muy divertido: como tamborilero en prácticas, debía señalar la partida de los cazadores al rayar el alba, pero en vez de tocar el himno que correspondía por costumbre, se puso a improvisar un tema propio. Como consecuencia, ninguno de los cazadores se despertó hasta el mediodía y por la noche todos se vieron obligados a cenar bayas.

Pese a lo que le dictaba su sensatez, su padre ya estaba sopesando enviar a Ekun al médico brujo de la familia, Veh’zuki, para que lo adiestrara en sus artes. No obstante, el muchacho los sorprendió a todos una vez más: en una competición de machitos contra un amigo de su infancia, Murra’jin, el chico se adentró en la selva de las Islas Lanza Negra y desapareció por tres días.

Rakash y Ma’kali ya habían asumido que su hijo se había extraviado en el Primer Hogar y que los loa habían acabado con él, pero su vástago les asombró: volvió por su propio pie al campamento, con una horrible marca de dientes en el hombro y un brazo roto. Aseguró que había rondado la frontera del bosque negro y que allí se había cruzado con un tigre. Según su testimonio, se escondió de él y lo burló durante dos días, aunque el tigre no cejó de perseguirlo. Cuando Ekun ya no pudo aguantar más el hambre y se le agotaron los recursos, le tendió una trampa y lo mató. Veh’zuki atestiguaba que Ekun se había enfrentado a una ordalía preparada por el mismísimo Shirvallah, pero nadie le otorgó credibilidad a sus palabras. Independientemente de aquello, Ekun dejó de ser un adolescente y se ganó su nombre completo aquel día: Amotekun. Aquel prefijo significaba, según un antiguo dialecto del zandali, ‘gran felino’.

Amotekun se entrenó para convertirse en un rabioso de la tribu Lanza Negra, una noble tradición que traza sus orígenes hasta el imperio Gurubashi. Los rabiosos consumían champiñones y tónicos que los insensibilizaban contra el dolor, y se subordinaban a sus dioses primigenios para que los poseyeran, bailando delirantemente durante horas frente a la hoguera. Aquel trance les concedía una fortaleza y una tenacidad inusitadas, a expensas de exterminar cualquier atisbo de prudencia de sus mentes.

El Tigre RojoEditar

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Gracias a la prueba de Shirvallah, Ekun ganó su sobrenombre. Por Blizzard, TCG.

Durante los acontecimientos de la Tercera Guerra, la batalla del Monte Hyjal y la conquista de Durotar, Amotekun obtuvo el apodo por el que más se le conoce entre los soldados de la Horda: el Tigre Rojo. Su estilo de lucha fue definido por el capitán Mathrakka de esta guisa: «Vertiginoso, salvaje y despiadado. Pero con una cierta armonía, como si asistieras a un espectáculo de baile en el que el protagonista decapita a sus contrincantes, los empala con su arma y les fractura el cuello, de modo que patina sobre un lago formado por los manantiales de sangre que emanan de sus gargantas. Y todo esto sin dejar de moverse». Ciertamente, Mathrakka era un orco con alma de poeta.

Rakash falleció en la Tercera Guerra, contagiado de la horrenda peste de la Plaga. Ekun fue el encargado de terminar con su sufrimiento, aunque desafortunadamente no pudo recibir una sepultura digna de un trol: su cadáver fue incinerado para prevenir que se alzase como muerto viviente. Aquello impactó profundamente al rabioso, quien por aquellos tiempos aún era un joven adulto, y cementó su desdén por la brujería, la nigromancia y sus practicantes.

Amotekun heredó la lanza de Rai’jin, una adorada reliquia familiar que Rakash empuñó en sus años como cazador de la tribu, y juró que nunca se despegaría de ella. Al menos, pensaba el trol, su padre había partido al Más Allá satisfecho con su hijo: se había convertido en un guerrero igual de bueno o mejor de lo que él fue en sus días. Y no iba consentir que la leyenda de los suyos se extinguiera allí: regresaría a la Vega de Tuercespina y vengaría la afrenta cometida contra sus antepasados, en recuerdo y alabanza de su padre. Aunque en verdad, lo que realmente ambicionaba era aumentar su nombradía, y no le importó desprenderse de su familia con tal de conseguirlo.

Pero el orgullo y el ansia de gloria tienen un alto precio, y a Ekun no tardaron en pasarle factura. Meses después del conflicto, mientras planeaba la mejor manera de sabotear a sus enemigos ancestrales, fue capturado por una banda beligerante de los Gurubashi. Lo condujeron a su inmemorial anfiteatro al sur de la península y allí celebraron un grotesco festival acompañado de un torneo…

Lo forzaron a luchar contra sus oponentes, extraídos de las filas de las principales tribus de los trols de la jungla: los Sangrapellejo y los Machacacráneo. Para Amotekun, aquello no supuso ningún problema: cosecharía honor y renombre superando el reto; además, le habían prometido una recompensa suculenta al vencedor de la pugna. Conque Ekun batalló con ahínco y se abrió paso entre los cuerpos inertes de sus contrarios hasta alcanzar la ronda final.

Su último combate lo encaró a un trol temible. Pese a su astucia y agilidad superiores, Ekun no pudo soportar los embates de su competidor. Cayó derrotado, y toda la sangre y el sudor que había vertido en la arena tan solo sirvieron para labrarle un destino funesto: languidecer en las mazmorras por el resto de sus días. Desde allí presenció el premio que le obsequiaron al ganador: una puñalada en el corazón, un asesinato en honor de un dios blasfemo. El pago por la victoria era la muerte.

Sabedor de que su suerte correría pareja a la del monstruo, Ekun diseñó un plan de fuga: sujeto de las muñecas por grilletes, no podía valerse de ellas para escapar del calabozo; pero aún le quedaban sus piernas. Atrapó y estranguló con el cepo de sus muslos al guardia que vigilaba la celda, y cuando arrojó su antorcha al suelo... la asió con un pie y la empleó para calentar y derretir el acero de sus cadenas. El coste fue muy elevado, no obstante: con tal de doblar y de romper el metal fundido se abrasó la piel, los tendones y el hueso, una consecuencia que no había previsto.

Su carrera como rabioso concluyó aquel día: su regeneración de trol no bastó para restañar las heridas y como resultado perdió la sensibilidad en las palmas de las manos. Con los nervios dañados, difícilmente iba a estimar cuánta fuerza ejercía al sostener la lanza o al golpear con ella; tampoco la manipularía con tanta destreza ni haría malabarismos con ella, dado que no sentía su tacto.

Se planteó cómo pudo haber ultrajado a los loa para que le impusieran aquella multa. La furia y la soberbia se habían apoderado primero de su libertad; y a cambio de recuperarla, se le había exigido a Amotekun que entregase su don para las armas. Un intercambio a todas luces injusto.

La leyenda del Tigre Rojo terminó allí. Al menos provisionalmente. Ekun rememoró un lema que había escuchado durante su niñez y aquello lo alentó a seguir adelante: «Los Lanza Negra nunca nos rendimos. Nunca morimos».

Médico brujoEditar

Amotekun acudió al único trol que podía ayudarlo a recuperar sus habilidades: Veh’zuki. El chalado médico brujo lo acogió con regocijo como su pupilo y le dijo: «Los loa te han concedido una bendición bajo el envoltorio de una maldición».

El antiguo rabioso no alcanzaba a comprender la hondura de sus palabras. Tal vez su tío se refiriese al hecho de que estudiase con él para convertirse en médico brujo, dado que había rehusado su oferta en el pasado. Veh’zuki, en ademán de compensación, le prometió que le asistiría en la elaboración de una cura. Pero aquella tarea no se probó nada fácil. A tal efecto, comenzó a adiestrarlo, y durante casi un lustro Ekun permaneció a su lado aprendiendo los misterios de la medicina tradicional trol.

De esa época data su pintura facial, cuyo dibujo ha preservado intacto hasta el día de hoy: los bordes anaranjados representan el semblante de Shirvallah y su firmeza; y el interior en blanco simboliza el óbito de sus adversarios, y también el de sus seres queridos, y por tanto a Bwonsamdi. Según Veh’zuki, aquel esbozo mantendría a raya a los espíritus perversos que aspirasen a asaltarlo durante su labor y le dispensaría el favor de ambos dioses cuando derramase sangre.

Tuvo que superar un ritual de iniciación y luego viajó por diferentes partes del globo cumpliendo los recados de Veh’zuki. Sin embargo, nunca perdió la fe. Creía que aquellos pasos eran imprescindibles para restaurar su mojo y estaba dispuesto a aguardar cuanto fuera necesario con tal de encarnar de nuevo el mito que originó su apodo: el Tigre Rojo. Y durante años, con eso fue suficiente para él.

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Durante la reconquista de las Islas del Eco, Ekun halló su vocación: el druidismo. Por Blizzard.

Tras la guerra contra el Rey Exánime, Amotekun volvió a su hogar en las Islas del Eco, por petición y consejo de su tío abuelo Veh’zuki. En todo aquel tiempo no había hallado un remedio, así que Ekun llegó a la conclusión de que jamás recobraría su destreza con las armas. De este modo, enterró la lanza de Rai’jin y renunció definitivamente a su legado. Pensó que su retorno al Poblado Sen’jin mitigaría en algo la pena. Al igual que su padre antes que él, siempre podía rendir servicio a la tribu de otras maneras, por más que no fuesen las que él desease: en su caso, con sus brebajes.

Pero Ekun descubrió algo muy distinto a la triste consolación que esperaba recibir en las Islas del Eco. Descubrió su futuro y halló esperanza. Tomó nota de los poderes de los druidas, de su tesón y de la dureza de sus zarpas. Quería ser como ellos, experimentar de nuevo aquel torrente de adrenalina en sus venas, hundir sus dientes en la carne del enemigo y correr con libertad por lo salvaje. Así pues, cuando la campaña de reconquista tocó a su fin, se unió a sus hermanos druidas en aquella senda innovadora. Y despuntó enseguida por su ferocidad.

Los dos años siguientes los invirtió en su entrenamiento druídico en el archipiélago y sus cercanías. El trol sentía la cólera de Shirvallah palpitando dentro de su corazón, como lo había hecho años atrás: un presagio de que el Tigre Rojo estaba renaciendo. Su impedimento para empuñar las armas carecía de importancia cuando adoptaba el cuerpo de un felino, pues tan solo precisaba de sus garras para defenderse. Y aprendió a usarlas con la misma puntería y letalidad que una lanza.

La Rebelión Lanza NegraEditar

Durante la Rebelión de los Lanza Negra, la hermana de Amotekun y su esposo permanecieron en la capital, colaborando en secreto con las fuerzas sediciosas. Ekun figuraba entre estos últimos: se sumó a Vol’jin y al resto de trols insurrectos de buen grado, y puso a su disposición el poderío bruto de Shirvallah.

Cuando los Kor’kron develaron las auténticas lealtades de Katanja y de su marido, su sentencia no se demoró por mucho tiempo: los llevaron ante un pelotón de fusilamiento a las afueras de Orgrimmar. Sus verdugos los ejecutaron sin pestañear. Ekun, que presenciaba la escena desde la maleza, perdió el dominio de sí mismo y se sometió a los impulsos incontrolables del tigre: acechó y mató a los responsables del asesinato, y luego se dio un festín con su sangre.

Por su imprudencia fue herido y casi capturado en el tiroteo. Su madre, Ma’kali, lo salvó de aquel destino desventurado. Lo dejó en manos de Veh’zuki, quien había regresado a Durotar luego de su larga estancia en la selva. Veh’zuki lo sanó y lo apartó del foco de la guerra civil en Durotar para transportarlo a la Vega de Tuercespina.

Amotekun, desgarrado por la pérdida, se refugió en su forma de gato y se mantuvo por tanto tiempo en ella que arañó el umbral a partir del cual se esfumaría su conciencia. Comenzó a merodear por el bosque como una bestia más, y al cabo de una temporada prácticamente se transformó en una de estas: cazaba y comía como un animal, dormía bajo los árboles y tan solo se relacionaba con las criaturas de la foresta.

Pronto el dolor y la furia se desvanecieron. Y al final, en aquella existencia solitaria encontró solaz.

La maldición del tigreEditar

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Los Gurubashi, eternos rivales de Amotekun. Por Blizzard.

Ekun fue atrapado por sus adversarios más odiados: los trols Gurubashi. Los que no se habían trasladado a Pandaria con los Zandalari aún residían en la joya de su imperio. Ellos lo embaucaron, lo condujeron a una trampa, lo inmovilizaron con redes y lo azuzaron con gujas. Con tal de que claudicase, recurrieron a la estrategia más artera y vil de todas: utilizaron como rehén a una cría de raptor con la que se había encariñado Ekun.

De esta manera se cercioraron de que el Tigre Rojo cooperase. Fue escoltado a Zul’Gurub, donde lo obligaron a combatir en la palestra una vez más. Hasta que un día una mujer vestida con las ropas de los acólitos de Bethekk lo liberó de su cautiverio. Se unió a él en el rescate de la prole, Sa Boomie, y junto a un Amotekun iracundo, sembraron la muerte y el caos en la liza de los Gurubashi.

Milagrosamente, escaparon de las patrullas de la ciudad y se cobijaron en la espesura. Aquella trol se presentó como Zunduri de los Lanza Negra y desde aquel instante Ekun juró que la apoyaría en la medida de sus aptitudes. Zunduri buscaba de incógnito en la urbe a un célebre médico brujo llamado Veh’zuki (noticia que el druida percibió con cierta ironía) para que curase a un ser querido: su propia madre.

El trol, asombrado por la generosidad de la hembra que lo había salvado aun a riesgo de delatarse a sí misma, determinó que debía asistirla en todo lo posible. La guio hasta Veh’zuki y juntos imploraron la gracia —y la cordura— del anciano.

Pese a que Amotekun había recuperado el habla y sus facultades intelectuales, le resultaba imposible abandonar el aspecto del tigre. El viejo se comprometió a ayudarlos a ambos con sus pesares a condición de que cumplieran una misión muy simple para él: Murra’jin, compañero de juegos y rival de la infancia de Ekun, le había mentido y robado. Bajo la premisa de estudiar junto a Veh’zuki, se alejó de la senda correcta y abrazó las enseñanzas de los aojadores: terribles taumaturgos que formulan maleficios. Y para más inri, no solo le sustrajo fetiches, pociones y resguardos de un valor incalculable, sino que también se incautó de todo un cargamento de ranitas alucinógenas (probablemente, la verdadera razón de su mosqueo).

El médico brujo veterano les advirtió de que su presa se había encaminado al Templo Sumergido para aprender de los Atal’ai, la secta de sacerdotes más pérfida de la historia de los Gurubashi. Enseguida, Ekun y Zunduri se pusieron en marcha y atravesaron montañas y valles para arribar al Pantano de las Penas. Una vez allí, rastrearon a Murra’jin y le dieron fin a su existencia.

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El triste destino de Murra'jin: ser un cráneo parlante. Por Blizzard, TCG.

Veh’zuki, complacido por la hazaña, obró su vudú, pero no pudo hacer nada por ninguno de los dos. Resucitó, eso sí, a Murra’jin como una calavera animada por el judú y lo envió con ellos con motivo de que les prestase auxilio. Y aunque el cráneo parlante a menudo entraña una incomodidad adicional para Amotekun y Zunduri, muy ocasionalmente sus consejos sobre magia negra se prueban útiles.

Después de todo esto, frustrados, aunque aún sin rendirse, emprendieron la travesía hacia las Islas del Eco.

La ruptura de la maldiciónEditar

Ekun había perdido algo más que sus habilidades racionales durante su periodo como gato: con el transcurso de las semanas, una tupida niebla se había cernido sobre lo ocurrido durante la rebelión. No recordaba nada de lo acaecido entonces.

Si pretendía sanar a su madre, Zunduri debía sacar al Tigre Rojo de su adormecimiento y devolverle sus memorias íntegras. Aceptó la sugerencia de Murra’jin y por medio de la hechicería del muisek logró revivir aquellos sucesos traumáticos para el trol, so pena de que ingresase en un estado de vesania irreversible.

Sin embargo, y a pesar de su rabia, el médico brujo conservó la compostura y volvió a ser el trol que siempre había sido: Amotekun, el Tigre Rojo.

ActualidadEditar

Amotekun y Murra’jin, los dos alumnos de Veh’zuki, examinaron y diagnosticaron a su paciente: Uja’mina sufría un caso severo de aojamiento. Con objeto de salvarla, se embarcarían en un lance de una magnitud insospechada.

En estos momentos, Zunduri y Amotekun buscan desesperadamente una solución al problema de Uja’mina. Han oído rumores de un médico brujo legendario que, atendiendo a las narraciones, posee una panacea capaz de aliviar todo tipo de dolencia, ya sea de índole física o espiritual. El druida, la cazadora, Sa Boomie y la cabeza parlanchina han resuelto que partirán en pos de dicho remedio, sean ciertas o no las habladurías.

Su primera parada es Quel’Thalas, tierra de los elfos de sangre y de sus lejanos primos Amani…

Obras relacionadasEditar

Amor de la jungla

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