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Aguja gana a Engranaje

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Relato escrito por Näi. Hilo original aquí.



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Querido lector. Bienvenido a mis recuerdos. Agradezco que te acerques a leer las Memorias de este viejo gnomo. Lo bueno de vivir mucho es que aprendes mucho, y espero que mis vivencias te ayuden a aprender a tí también. Soy Näi Togaguja, propietario de los Talleres Togaguja de Gnomeregan, Maestro de Aprendices del Kirin Tor y Gran Maestre de los Heraldos de Gilneas. He vivido por más de 200 años y he visto cosas que la mayoría solo ha podido leer en libros. Yo formé parte de esa generación de gnomos que decidió migrar a Dun Morogh y fui uno de los primeros de mi raza que empezó a escudriñar los misterios de la magia, siendo Cohlien Tejescarcha (el primer Archimago gnomo) mi maestro y mentor. Nombres de leyenda en la historia de Azeroth han compartido momentos conmigo. Yo estaba en Dalaran cuando las tropas de Arthas entraron en la ciudad, y pude escapar junto con otros compañeros gracias al sacrificio de Antonidas. Vi desde lejos como Archimonde destruía nuestra Ciudadela. También estaba en Gnomeregan cuando Sicco Termochufe, en un ataque de locura, abrió las compuertas de gas radiactivo acabando con gran parte de nuestros hermanos y convirtiendo nuestra amada ciudad en un lugar inhabitable. Ayudé a terminar con los Defias que desafiaban abiertamente las leyes de Ventormenta. Luché contra la plaga y ayudé en la caída del Rey Exánime en mi servicio a La Alianza. Colaboré en el renacimiento del Monte Hyjal y asistí en la medida de los posible a los gilneanos en su lucha contra los Renegados. Fruto de esa cooperación, y por mediación del Kirin Tor, me convertí en el Gran Maestre del gremio militar de los Heraldos de Gilneas. ¡Ah! Y una vez gané a beber cerveza a un enano. Me siento especialmente orgulloso de esto último.

Bien querido lector, voy a empezar ya a saciar tu apetito cognitivo, que seguro que es lo que has venido a buscar. Y ¿por dónde empezar? Bien, propongo empezar por el principio.

Capítulo 1. Aguja gana a engranajeEditar

Érase una vez… - siempre he querido empezar así una historia, permitidme la licencia. - Érase una vez una villa. Los gnomos somos un pueblo práctico, y en aquel momento aquella villa era todo nuestro mundo, así que no nos preocupamos en ponerle un nombre concreto, para nosotros era simplemente La Villa. Pero no eran como esas simples aldeas humanas, con casas de barro o madera, o como esos simplones asentamientos kaldorei, con tiendas de campaña colgadas de los árboles. No, esta era una villa al estilo de nuestra sociedad, tecnológicamente avanzada.

Al igual que Gnomeregan esta villa era, sobre todo, subterránea. Los gnomos nos sentimos más seguros en lugares en los que sabemos que ningún pajarraco va a venir y nos va a agarrar para llevarnos por los aires… como le ocurrió al valiente tío Fizzle, que en paz descanse… ¡maldición! ese gorrión sí que tenía fuerza.

En nuestra villa no faltaba de nada. Había casas de sobra, teníamos amplias zonas comunes, laboratorios, talleres, fábricas, teatros, tabernas, dependencias sanitarias, establos de mecazancudos, escuelas de ingeniería… ¿qué más se puede pedir? Sólo hay una cosa que llegué a echar en falta aquellos años… un poco de diversión. No me malinterpretéis, yo era feliz ahí, pero desde que los gnomos nos abrimos a La Alianza, la vida es infinitamente más interesante.

Por lo tanto ya véis que aquellos años eran tiempos fáciles, donde nos dedicábamos, sencillamente, a vivir. Y hablando de vivir ¿a que no sabéis al lado de quién vivía? Al lado de los dos gnomos probablemente más famosos de toda la historia reciente: Sicco Termochufe y Gelbin Mekkatorque. Aunque hoy en día son enemigos íntimos, en aquellos tiempos eran muy amigos… ÉRAMOS muy amigos, porque compartí toda mi juventud con ellos. Sicco y Gelbin venían de familias humildes como la mía. No es que los gnomos tengamos conceptos de clases sociales, pero digamos que nuestras familias no se habían ganado un prestigio muy elevado. Mis padres eran costureros, los de Gelbin eran montadores de Mecazancudos un taller y los padres de Sicco eran científicos en un laboratorio.

Así que Gelbin, Sicco y yo compartíamos todas las horas del día que podíamos. Como supongo que sabéis, los gnomos no tenemos un sistema educativo como los humanos. Nosotros no vamos a la escuela de forma obligatoria. Por el contrario nuestros padres son nuestros maestros y son quienes nos incitan a aprender. No necesitan azuzarnos mucho, no encontraréis jamás un gnomo sin grandes inquietudes cognitivas. A nosotros sobre todo nos interesaba la tecnología, e intentábamos acudir a todas las clases de la Escuela de Ingeniería. Por supuesto por nuestra corta edad no podíamos estudiar ahí oficialmente todavía, pero en algunas clases conseguíamos colarnos disimuladamente y, en otras, directamente contábamos con la connivencia del profesor.

Fascinados. Así acabábamos cada clase después de aprender cosas que ahora nos parecen básicas, e incluso ridículas. Al llegar la tarde, aprovechando que los padres de Gelbin trabajaban hasta tarde, acudíamos a su garaje a empezar a practicar la ingeniería que íbamos aprendiendo. En pocos meses éramos totalmente capaces de construir, casi sin fallo, cualquier reto de ingeniería de los primeros cursos de la Escuela. Así que empezamos a colarnos en las clases de los últimos años. Al final prescindimos por completo de unas clases que ya no necesitábamos y a las que nunca más volvimos (así es, ni el gran Manitas Mayor tiene terminados sus estudios de Ingeniería).

Si vierais lo que salía de ese taller, incluso hoy, quedaríais alucinados. Recombuladores Giromecánicos Automáticos, Deslizadores Turboinyectables de Propulsión, Mecharobots Autómatas Programables, Retromecanismos Anatómico Forenses… Algunos de esos inventos nos a trevimos a sacarlos a la luz y empezamos a ganar mucho dinero vendiendo los patrones a ingenieros novatos que podían sacarnos 20 o 30 años.

Tristemente para mí, a menudo tenía que regresar a casa antes y dejar a Gelbin y Sicco cacharreando con sus prodigios. Cuando tenía 20 años mi tío Fizzle, hermano de mi padre, desapareció. Desde ese momento mis padres, que ya sabían de mi interés por la ingeniería pero desconocían lo que estábamos llevando en secreto, me pidieron encarecidamente que les echara una mano en su taller textil. Ello suponía que tenía que sacrificar mis horas de estar con mis amigos y tenía que trabajar en algo que me parecía mortalmente aburrido.

Uno de esos días de frustración, de empezar bocetos que no terminaban de convencerme, y de desesperarme porque apenas quedaban dos semanas para la fiesta, la inspiración llamó al timbre. Resultaron ser los padres de Sicco. Como he dicho al principio sus padres eran científicos en un laboratorio químico, y aunque nunca me había sentido especialmente atraido por este campo, le empecé a ver posibilidades en la ingeniería.

Los padres de Sicco vinieron a mi casa a pedir dinero. Puede que no sea honorable mencionarlo, pero ha pasado mucho tiempo desde aquello. Resulta que habían tenido un accidente en el laboratorio practicando con unos químicos reactivos que creaban barreras de fuerza ante un ataque de magia o energía. No se qué más hablaron, algo de quedarse sin empleo o algo parecido, pero yo ya solo podía pensar en la utilidad que podía encontrarle a esos químicos.

Me gustaría decir que les pedí amablemente que me contasen más sobre esos químicos y que me pudiesen compartir algunas muestras, pero la verdad es que les presioné. Mis padres me recriminaron duramente la actitud pero los padres de Sicco, dado que estábamos prestándoles dinero, creyeron que por compartirme unas muestras de su experimento no haríamos daño a nadie. Se equivocaron, desde luego.

Demos un salto temporal hasta el día de la celebración del 30 cumpleaños de Palanqueta Todogás. Ese día toda La Villa se había concentrado en la Plaza Manitas y sus aledaños. En el centro, un escenario central con un foso de orquesta que amenizaba el ambiente. Yo por supuesto ya tenía listo mi invento y sabía que era maravilloso. Estaba totalmente convencido de que iba a ganar ese saco de diez mil monedas de oro.

Me encontré con mis amigos, que me saludaron con una falsa sonrisa. Aquel día estaba claro que éramos rivales. Aún así nos deseamos suerte y nos autoconvencimos de que, en realidad, podíamos ganar los tres, pues tres eran los premios. Pero competíamos con otros 50 ingenieros, con muchos más años de experiencia o, al menos, con los estudios completamente terminados y homologados.

Los participantes teníamos un sitio preferente frente al escenario, y nuestros inventos quedaron guardados bajo telas oscuras en un hangar contiguo. El espectáculo comenzó con unas palabras del patriarca Todogás y con una representación teatral, para dar paso por fin al concurso de ingenio e ingeniería.

Uno tras otro empezaros a salir ingenieros a presentar sus inventos. Había de todo, desde tostadoras hasta cámaras refrigeradoras. No eran en su mayoría inventos nuevos, sino inventos mejorados. Entonces llegó el turno de Sicco. Se levantó sonriente y pidió el carromato número 23. Trajeron una pequeña caja. Ya en el escenario Sicco descubrió su invento. Se trataba del Alarm-O-Bot, un pequeño guardían electrónico que emite pulsos de radiofrecuencia que permite detectar enemigos, aún si estos están ocultos o permanecen invisibles. Si hayan a un intruso, activará una alarma de gran potencia sonora. La gente aplaudió a rabiar, aún antes de ver la exitosa demostración. Sí, lo había conseguido, había conseguido impresionarnos inventando algo muy útil para nuestra sociedad. Sin embargo los guardias de La Villa no parecían tan contentos con la competencia que les acababa de salir.

La siguiente presentación también nos impactó bastante. Un tal Toshley presentó un aparato de teletransporte, que si bien apenas podía teletransportar la materia unos metros, era un gran invento. Empecé a ver que el nivel era más alto del que esperaba. Minutos después llamaron a Gelbin.

Gelbin pidió el carromato 37, que ocultaba una pieza muy grande. Cuando destapó la lona, La Villa fue un intenso murmurar hasta que empezó a hablar. Se trataba de un girocóptero, y en aquel momento estábamos presenciando la primera máquina voladora de Azeroth. Lo presentó como una herramienta llena de utilidades para nuestro pueblo, que nos permitiría explorar con seguridad más allá del bosque, y que incluso nos ayudaría a ganar en Defensa porque llevaba incorporado un sistema de proyectiles. Además tenía una armadura segura pero ligera, una gran maniobrabilidad y una gran velocidad.

Ni qué decir tiene que el revuelo que se levantó fué mayúsculo, y enseguida supe que ese invento debía ser el ganador. Gelbin no sólo había conseguido sorprendernos, sino que había desafiado a la historia misma de nuestro pueblo. Nos estaba animando a pensar más allá de aquellas cavernas subterráneas y su bosque colindante. Nos estaba animando a volar.

Por supuesto salir inmediatamente después fue una decepción enorme. La gente no iba a prestar atención a mi invento pues seguían murmurando sobre el girocóptero. Aún así hice lo que pude.

Me trajeron mi invento en una pequeña caja de cartón. Lo presenté con toda la teatralidad que pude y enfatizando mis palabras. Se trataba del Cinturón de Prevención de Daño, un artilugio defensivo que contenía un pesado tubo de hierro en su interior. Dentro había una serie de químicos reactivos y engranajes mecánicos que podían detectar ataques físicos o de energía, con lo que inmediatamente generaba un campo de defensa que mantenía al portador a salvo.

Mi invento no despertó tanta atención como hubiera deseado, pero sabía que aún así era un gran invento. Gelbin, Sicco, y otros compañeros, desde abajo, me aplaudieron y me reconocieron el ingenio. Hasta ahí todo había ido bien… pero lo siguiente iba a cambiar mi vida por completo. Me pidieron que hiciera una demostración, y sonrientemente acepté. Pedí un ayudante del público y una gran mayoría levantó la mano. Me fijé en mis amigos. Por supuesto Gelbin la tenía levantada y me invitaba con la mirada a que lo eligiera. Sicco, por el contrario, no la levantó. Me lo tomé como una ofensa.

Finalmente elegí a Gelbin y le dí a elegir si quería ponerse el cinturón o quería ser él quien atacara. Eligió ponerse el cinturón, algo que esperaba. La demostración tenía que ser sencilla, yo iba a lanzar una piedra hacia el pecho de Gelbin y el aparato tenía que repelerla. Nos pusimos bien visibles en el escenario, uno a cada lado. Mi amigo sonreía confiante en que mi invento no tenía probabilidad de fallo. Yo en realidad también confiaba ciegamente, por ello cogí la piedra y la lancé disparada con fuerza. Entonces… pum ¡¡funcionó!! El cinturón funcionó correctamente y desplegó un campo de fuerza que repelió el ataque de la piedra tirándola al suelo. La gente enloqueció casi tanto como con el invento de Gelbin. Pero la gente es curiosa y quería seguir viendo más demostraciones. Envalentonado por el éxito, y con la complacencia de Gelbin, pedí a alguien del público que subiera y arrojara lo que quisiera. Subió una gnoma que yo no conocía, llamada Cromi. Dijo que no necesitaba ningún objeto, que conocía un poco de magia. Yo me asusté, había afirmado que el cinturón repelería también ataques de energía pero no había podido comprobarlo, más allá de que los padres de Sicco confirmaron que los químicos que había usado eran reactivos a estos ataques. Gelbin seguía igual de sonriente y la gnoma se me acercó y me susurró algo que no entendí. Mientras Cromi se ponía en posición de ataque yo me aparté instintivamente. La gnoma lanzó un pequeño ataque mágico que se movió lento en el aire. A Gelbin le dió tiempo a hacer un chascarrillo antes de que le llegara. Pero cuando todos se estaban riendo de lo que había dicho, el cinturón empezó a reaccionar de forma extraña. Empezó a tiritar y el campo de fuerza que tenía que emerger se convirtió en un mar de chispas de energía que terminaron estallando en el cuerpo de Gelbin. Cromi, antes de que aquella llama azul llegara al ya herido cuerpo del gnomo, desvió el ataque, lo atrajo hacia ella con rapidez y lo devoró… literalmente.

Lo que pasó después no logro recordarlo bien… mi memoria me tuvo a bien borrarme parte de aquellos recuerdos. Pero sé que escuché gritos, escuché lamentos y escuché insultos. Apenas logro intuir en mi memoria la figura de Gelbin, inerte y chamuscada… y la mirada acusadora de, literalmente, toda La Villa. En aquel momento ví claro que mi vida como ingeniero había terminado, que jamás iba a conseguir la licencia de trabajo de La Escuela y que nadie compraría mis inventos por miedo a más accidentes graves. Y me gustaría decir que lo primero que pensé fue en la vida de mi amigo y en, si aunque saliera de esta, podría llegar a perdonar mi fallo. Pero no, pensé en todos aquellos sueños rotos. Y me resigné a olvidarme de ser jamás un ingeniero. Tendría que pasar toda mi vida en el taller textil de mis padres trabajando como un paje… aguja gana a engranaje.

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