Fandom

Wiki Errantes

Adalberth de Selwyn

1.451páginas en
el wiki}}
Crear una página
Comentarios0 Compartir

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

Tinta sangrienta
Capítulo uno: Luz en la Nieve
“La Primera Ley: No hablar con demonios.” - Bayaz, el Primero de los Magos.

Todo lo que sé es gracias a mi curiosidad, pues el pilar del sabio es el ansia de saber más todavía de lo que se sabe. El conocimiento no ocupa espacio, y mi más deseado y enconado objetivo es saber y que los demás sepan: forjar nuevas ideas desde las viejas; reemplazar viejos protocolos por los nuevos; aprender del pasado pero pensar en el futuro. Un mundo justo sería aquel en el que todos fueran sabios o fueran capaces de entender lo que se les dice. Muchas veces, un tirano cualquiera ha pasado a engrosar la lista de déspotas de este mundo gracias a la ignorancia, bajo el precepto de que la ignorancia es paz. ¿De qué vale la paz, cuándo tu propio pueblo no es capaz de pensar en la mera definición de la palabra?

Utopías, me temo. Castillos de naipes, meras sombras. El mundo no puede cambiar en la mortal vida que puede llevar mi raza. El legado que dejamos es lo que realmente cambia el mundo, pues mediante la mano de otros es cómo se estructura realmente el universo. Jamás permitiré que mi noble nombre se desvanezca en el tiempo para siempre, en el vacío al que la eternidad quiere llevarnos con una sardónica sonrisa y un brillo de maldad en sus negros ojos. Y por ello, te estoy mostrando a ti, atento lector, mi historia.

En el año dos después de la Apertura del Portal Oscuro, nací una tormentosa tarde de invierno en la fortaleza de la Torre de Plata. Al contrario de lo que se pueda suponer, mi buen señor y padre no era un borracho pendenciero dado a las cacerías, ni un guerrero que manejaba mandobles, si no más bien, era un inteligente y perspicaz mago que portaba su título de conde a regañadientes, pues lo que realmente deseaba era volver a Dalaran y vivir en las bibliotecas de la Ciudad de la Magia. El último representante del vetusto linaje de los Selwyn, era Adelberth Salazar Selwyn, y por desgracia, no cumplió con lo estipulado por su anciano padre, que quería hacer de él un guerrero más que engrosara las filas de nuestro reino.

Cuándo se abrió el Portal Oscuro, a manos de la negra hechicería de Medivh, mi recio abuelo Adelbern IV y mis guerreros tíos marcharon a defender Azeroth de las huestes de los sangre negra, pero jamás regresaron, y sus huesos se perdieron en la marea oscura que convulsionaría Azeroth. Mi padre volvió inmediatamente a Alterac al enterarse de la muerte de su progenitor y hermanos: el más pequeño de los hermanos, el que no parecía que fuera a heredar, lo hizo, y tomó las riendas de la dinastía con las inexpertas manos de un mago dado a leer y no a ordenar, bajo el ilustre nombre de Adelbern V de Selwyn. Evidentemente, lo primero que hizo fue reconstruir la descuidada biblioteca con la ayuda de mi madre, Lyanne, una hechicera de la más opulenta y firme burguesía de Dalaran. Si hay algo de aquellos años que recuerde con cariño es la biblioteca del Castillo, una vasta sala repleta de libros de toda índole; reflejo de lo que años más tarde conocería en la ciudad de la magia. Ese archivo de conocimientos era mi hogar, mi refugio y mi puerta para saciar mi fehaciente curiosidad insana. El amor por los libros no es, evidentemente, hereditario, pero mi noble padre solía bromear que yo había nacido con una vela y un libro en la mano, y que los mandé callar cuándo me dieron la bienvenida. Tanto Adelbern como Lyanne me contagiaron su pasión por la palabra escrita y por ello los honro cómo grandes padres y mejores personas.

Ah, por supuesto, toda historia tiene una parte oscura. Aquí viene, ferviente lector. Ahora es cuándo el destino del protagonista se trunca, se parte en dos y éste se ve obligado a dejar atrás su anterior vida, para buscar venganza y matar a los asesinos de sus padres. Lo de siempre, pero no fue ese exactamente mi caso. Recuerdo con casi odio aquella conversación entre mi padre y mi madre, pues cambió la vida de aquél niño que ahora me es casi un desconocido. No fueron estas sus palabras exactas, pero:

— Adelbern... lord Perenolde nos ha vendido a la Horda. Somos aliados de los mismos que mataron a tus padres. Una coalición de la Mano de Plata y el ejército de Lordaeron está ya al norte de Alterac. Y vienen hacia aquí. — comentó en susurros aquella noche la hermosa Lyanne, atemorizada.
— Lyanne, amor mío, no hay de qué preocuparse. Somos gente pacífica. — repuso mi señor padre.

Ahora que en el auge de mi poder y sapiencia rememoro aquellas palabras, no puedo dejar de pensar cuán equivocado estabas, oh, padre, que me diste el amor por la lectura, que me concediste el don de la vida, y que me entregaste mi fiero corcel, Bucéfalo, aquella tarde en la que lo domé en Trabalomas, no sin dificultad. Cuándo los paladines llegaron, armados con poderosas mazas y libros de teología, recuerdo vívidamente el temible sonido de los blancos cuernos cuándo intentaron obligar a nuestra exigua guarnición a rendirse; una guarnición comandada por el Capitán de la Guardia, el entrañable anciano Lotario, que murió con su fiel perro Archambaud, siendo sepultado por un alud de rocas. Aún, en la más oscura noche, escucho los tristes aullidos de dolor de Archambaud, que fue aplastado por la maza de algún lordanés desgraciado. Aquellos últimos meses, antes del asedio y capitulación forzosa, yo había empezado a tontear con la magia, y no con mujeres, cacerías o festines, pues, cómo todo hechicero experimenta alguna vez en su vida, no hay mayor dicha que la de sentir que la misma catarsis encarnada en la Magia me llenara, inflamara mis pulmones y hinchiera de orgullo y poder mi delgado pecho; era lo que más amaba después del conocimiento que poseía, poseí y poseeré, pues ansiaba, ya desde niño ser un prócer archimago, avezado en las artes de lo Arcano.

Volviendo al asedio, por supuesto, mi buen padre intento dialogar con los rectos paladines, instándoles a que se marcharan, alegando que no estaba de parte del rey Perenolde en el conflicto, pero un fuerte mazazo en la caja torácica le hizo cambiar de opinión para siempre. A Lyanne, mi madre, la mataron también, cegándola con un chorro de agua bendita, para que un lacayo de la Mano de Plata le atravesara el corazón que tanto había palpitado de amor por su amante esposo y por su joven hijo: la guarnición superviviente del derrotado castillo, aunque claudicó, fue ejecutada por traición: una bonita palabra que sueltan los majaderos dementes y fanáticos cuándo no saben justificar su arbitrariedad y falta de razón.

Cuándo las huestes de Lordaeron ya habían entrado al castillo, a matar, asesinar, saquear y !@#$%r, escuché por primera vez en mi vida a la voz desconocida en mi mente, hecho que marcó un hito en mi persona y que cambiaría el futuro para siempre, para bien o para mal, pues no puedo observar aún los hilos que ha tejido el caprichoso destino para mí. En aquel momento en el que yo me hallaba escondido en la biblioteca, estaba temblando de puro terror y miedo, sabiendo que los paladines no tardarían en llegar y que acabarían lo empezado cuándo mi padre, el último conde de Selwyn, fue ejecutado con premeditación, bajeza y pura maldad encarnada en el fanatismo. Aquella voz, se limitó a susurrar mi nombre, y yo, asustado, mire a todos lados. ¿Cómo alguien había entrado allí, si las puertas estaban atrancadas?

— ...Adalberth... — susurró, con una voz suave, acariciante cómo el terciopelo y modulada, pero a su vez, firme y autoritativa

Al principio, creí que eran meras imaginaciones mías, que el miedo me había hecho enloquecer. Más tarde se repitió, la llamada se volvió a dirigir a mí. Me instó a dirigirme a uno de los salones en los que mi padre preparaba sus conjuros. Ante el atril de oro de mi padre, en un círculo de arena y velas, usadas para asuntos que me eran arcanos, se personó una figura vestida con una túnica negra, encapuchada, con una larga barba y una nariz aguileña. La figura, tornándose incorpórea por momentos, oscilando en el aire, me susurró:

— Tengo la clave de tu salvación, pequeño humano.

Sentí miedo. ¿Para qué negarlo? Para más inri, los temibles lordaneses aporreaban con saña la puerta de la biblioteca. ¿Qué harían con mis libros? Si se atrevían a tocarlos, tendrían que pasar por encima de mi cadáver. Y eso harían, posible. Eso predicaba la Luz Sagrada, la destrucción del conocimiento del que querían librarse; un pueblo ignorante al que controlar y adoctrinar conforme a sus anticuadas creencias, puesto que aquella no era, hecho sabido por todos los magos, que no era más que una manifestación áurea y curativa de la Magia. Mire a la figura vestida de negro, sorprendido y temeroso.

— Salvaré tu vida y tú, a cambio, deberás... — entonó la figura, con voz sugerente. Nada que ver con el viejo decrépito que tenía delante. En aquél momento, por m imente pasó el hecho de que alguna vez terminaría así, sentí un dolor tan irremediable e inevitable como la muerte que algún día me alcanzaría, inexorable pero lentamente, tarde o temprano me llegaría

— No sé si salvarás mi vida, anciano, pues con gusto la entregaré si salvas este tesoro de las manos de los autoproclamados elegidos de la Luz. — contesté, reuniendo los pedazos de valor que me quedaban, temblando con profusión mis delgadas y huesudas rodillas, pero intentando mantenerme estoico cuál héroe.

— Intentaré hacerlo, pero te necesito vivo. — el viejo desaparecía por momentos.
— No lo intentarás. Lo harás. — ordené, tomando posesión de mi cuerpo el espíritu inquisitorial, estúpido y repelente que tienen todos los nobles que han sido criados bajo la férrea y firme doctrina de los inútiles estamentos sociales, anticuados para una raza pensante como la nuestra, y más dignos de los animales arathorianos que de los cultivados magos.

Ayudado por el hechicero, siete días más tarde un niño de doce años, al borde de la muerte, pertrechado con un libro de hechizos bajo el brazo llegó a la Ciudad de Dalaran.== Capítulo dos: La Ciudad Violeta
“El hechizo no hace al mago, si no la forma en que lo utiliza' – Archimago Gareus Tuercaplata.

Dalaran, en aquellos turbulentos días, estaba repleta de bullicio y vida. La sangre corría por las callejuelas al igual que el oro: todo el mundo robaba a todo el mundo; jóvenes estudiosos leían a la tenue luz del sol matinal; ancianos hechiceros platicaban acerca de los enigmas de la magia, y a la vez transcurrían más de mil situaciones y conversaciones en la vez en la Capital del Saber, la serenísima Dalaran, luz de luces. Y así, impresa en mi memoria, siempre recordaré la ciudad, cómo la más sabia e igualitaria, la más grácil y bella y la más portentosa, entre todas las urbes del globo en el que vivimos. Al haber perdido yo mi níveo hogar, precisaba de un nuevo refugio, y lo encontré en la Ciudad de la Magia, en mitad de la cruenta y sangrienta Segunda Guerra, en la que nadie al sur de Thandol, disponía de hogar, pues o lo arrasaban los orcos, o lo confiscaban los ejércitos de la recién creada Alianza de Lordaeron. Muchos insultan a la gran Dalaran, afirmando que no es más hogar que el de hechiceros pedantes, pretenciosos y cínico, o de jóvenes ambiciosos y curiosos sin el más mínimo redaño. Yo me precio de ser ambos, y me enorgullezco de ser de la violeta ralea de Dalaran, pese a la sombra bajo la que me veo envuelto para lograr la más bella de las utopías.

En definitiva, llegué a Dalaran vestido con harapos, armado con una pequeña varita de endrino que sirvió de arma a mi padre; con el rostro enmarcado por profundas ojeras, sin más oro que el que antaño reluciese en mis ahora sucios cabellos y con un libro colgado en el cinturón de cuero, el cuál dejé de usar a mi llegada a Dalaran debido a la inusitada delgadez de mi cuerpo, ya acrecentada con mi periplo entre la nieve y la noche. No me acerqué, evidentemente a ningún centro urbano, temeroso de que los asesinos de mi estirpe y los destructores de mi hogar se encontrasen allí, de modo que, imprudentemente, fui por viejas sendas que solo los forestales cazadores y yo, en mis devaneos veraniegos cruzábamos y crucé las desiertas llanuras nevadas de Alterac. Sobrevivir en la nieve habría sido una proeza heroica digna de una canción que cantarían bellas bardos pelirrojas, si no hubiera sido por aquel viejo chamán que me salvó la vida: un anciano orco. En mi éxodo por las Montañas de Alterac, caí al suelo, muerto de hambre, rendido al canto de la muerte que me acechaba desde hacía días, desde las escasas sombras que el sol proyectaba. Y, de pronto, como una titánica sombra, se personó ante mí el viejo orco, que por motivos ignotos para mí hoy día, me dio agua en un odre y me llevó en brazos a la tosca cueva en la que vivía, repleta de pinturas y pieles, encendió mediante su magia chamánica un fuego y esperó hasta que despertara. Cuándo abrí los ojos, sumido en delirantes sueños acerca de muerte y fuego, puséme en pie y me aferré a la varita de endrino que antaño mi padre sujetara. Apuntando al orco, osé gritar, por encima del crepitar de las llamas de la hoguera que iluminaba el rostro de aquel ser al que tenía por animal, enmarcado por poderosos colmilos y una mirada casi vacía.

— ¿¡Quién eres? — mi mano temblaba de puro miedo, al igual que mi cuerpo, pero me mantuve en pie.
— Drem'lok tral 'el nodar osh tar. Nosh. — se golpeó el pecho con fuerza. Mis conocimientos del idioma orco se limitaban a una burda imitación de sangre y trueno, ya que solía compararlo a modo de chanza con el ladrar de los perros, cómo el viejo y triste Archambaud.

Nunca supe ni sabré su nombre, pero sí su rostro, que quedaría enmarcado en mi memoria cómo una de las cosas más terroríficas, y a la vez, apacibles del mundo. No era odioso ni bruto, cómo se decía de su raza, si no que era calmado y meditabundo, y solía guardar grandes espacios de silencio en el que escrutábamos nuestros ojos el uno al otro en silencio, esperando una palabra que jamás descifraríamos. A los pocos días de descanso y alimentación digna, me puse en pie y me despedí del anciano chamán, que me estrechó la mano. No cómo signo de cortesía, pues dudo que conociera que era, si no de respeto y comprensión, prendidos en aquella vetusta mirada que me acompañaría el resto de mi vida.

Tras separarme del orco y salir de su cómoda y espaciosa cueva, la cuál jamás, en mis periplos por Alterac, lograría volver a encontrar, cómo si se hubiera evaporado en un negro designio fortuito, lo que me lleva a pensar que en realidad no fue más que un pasaje onírico de mi vida, en el que soñé todo. Pero el calor de la mano del orco desechan esos pensamientos, y aunque no suela dirigir mi mente hacia aquel chamán, cuándo lo hago, lo hago con el mismo respeto que me dio él. Caminé paso a paso por el camino nevado, pesado e interminable, pues era pleno invierno en plena Alterac, una tortura que esperé no volver a pasar. Días mas tarde, al fin llegué a Dalaran, observando ensimismado las gloriosas y esbeltas estructuras, fruto de la mezcla de los estilos arquitectónicos de los altos elfos y los humanos, violeta y oro superpuestos por encima de una nublada bóveda azul, repleta de estrellas cuándo está vacía de nimbos. Cuándo atravesé las vetustas y ancianas piedras rúnicas protectoras de la ciudad, me sentí por fin seguro tras siete días puro terror y miedo. Recuerdo que, cuándo me lanzaron por primera vez una maldición de miedo, ví fuego, nieve y una bóveda de oscuridad laureada por una luna de plata, ominosa y terrible, pero fríamente hermosa.

Unas grandes puertas doradas, con caras ornamentaciones de vigilantes ojos hechizantes, rodeados de volutas de magia y partículas mágicas. Dos estirados altos elfos guardianes vestido de violeta y de oro se me acercaron con suma parsimonia y lentitud, regodeandise, mirándome con obvio esperpento provocado por mi espantoso aspecto, que más que evocar al de un joven noble cultivado, parecía el de un niño ladrón y mendigo. Sin embargo, sus labios, encogidos en un rictus de casi superioridad inhérita, se entreabrieron al ver la varita de endrino de mi padre Adalbern y su libro de hechizos. Me preguntaron muy bordescamente que era lo que deseaba, y me dejaron en blanco. Durante las horas muertas, planeé miles de palabras que decir cuándo llegase a la desconocida Dalaran, pero de mis labios solo salieron un torrente de palabras que hicieron que el quel'dorei de la derecha sonriera burlonamente. El de la izquierda volvió a preguntar.

— ¿Qué es lo que deseas, chico? — ya se preparaba a echarme de las puertas y privarme del acceso de la ciudad, cuándo, aturullado, repuse, entre gallos y rapidez:
— ¡Soy Adalberth Selwyn! ¡De la Torre de Plata! Los lordaneses han saqueado y destruido Alterac. — la visión del perro de Lotario aullar sobre las piedras que se habían hundido sobre su cadáver invadió mi mente. La visión de mi padre morir a manos de los paladines volvió a mi mente. La visión de mi madre siento atravesada por la espada de aquél lordanés volvió a mi mente.

Los recuerdos se unieron en un gran torbellino. Mi vista se ennegreció. Mis párpados cayeron. Y mi mente se dejó caer en el dulce sueño del desmayo, acunado por las pesadillas que emponzoñarían mis momentos oníricos el resto de mi vida.

Capítulo tres: De como conocí a Abenthy
“La verdadera maestría de las Grandes Artes es saber cuándo no utilizarlas.” - Archimago Valven Fireseal

Abrí los ojos lenta y pesadamente, iluminado incómodamente por la oscilante luz de la lámpara mágica de la habitación en la que estaba durmiendo plácidamente hasta que oí los pasos de una persona dentro de mi espacioso cuarto. Eran andares tranquilos, pero sonoros, propios de alguien que quería que se supiera de su presencia, sin tener que llamar a la puerta. Me incorporé con delicadeza de la cama, y observé a quién tenía delante mía, evidentemente sorprendido por su presencia en mi cuarto. ¿Cómo había entrado?. Para mi supino sonrojo, era una mujer, una niña como yo, quizás un poco más mayor, con la tez oscura, los cabellos negros recogidos prácticamente en un moño que dejaba ver su delgado cuello de cisne. Vestía unas sencillas y nada aparatosas togas rosas -para dolor de mis aún no acostumbradas a la luz cuencas oculares- que no ensalzaban ni sus virtudes femeninas ni sus ojos castaños, como su pelo. Me miró de arriba a abajo, estando yo semidesnudo en la cama, y arrugó la nariz con desprecio, hablándome con voz petulante

— El maestro Abenthy quiere hablar con usted, joven Selwyn. Le hemos dejado ropa adecuada en el armario y un balde lleno de agua en los baños. — la humana sonrió repelentemente, mientras yo la miraba desde la cama, apoyado con los codos en el mullido colchón que me había regalado sueños y buen reposar a la espalda. La chica hablaba con una voz parecida a la de un quel'dorei, pero con un indudable acento propio de los habitantes de Dalaran.

— Lo primero, ¿dónde puñetas estoy? — tras el desafortunado dónde, apareció una nota menor en mis cuerdas vocales que provocó un gallo, lo que hizo que la humana se echara a reír en mi cara. Mi rostro enrojeció de ira y vergüenza. Yo obviamente, era mucho más inteligente que ella, pero de mis labios no salió más palabra que un débil y triste— ¿Tú no tienes gallos, o qué?

— Lo cierto es que no, repelente alteraquiense. Será mejor que vayas a lavarte y te presentes ante el maestro Abenthy. Vestido adecuadamente. Hemos tenido que quemar... — la chica sonrió en esa ligera pausa, y, por supuesto sentí ganas de saltar sobre ella. — tus harapos. ¿Todos los alteraquienses vestís así?

Respiré aliviado, ya que no habían tocado mi último libro, mirándolo de soslayo reposar tranquilamente sobre la mesita de noche de la habitación.

— No, y si todas las de Dalaran lo hacéis así, me marcharé pronto por la puerta grande, ¿pero dónde está tu maestro? Ese tal Abenthy — pregunté, exaltado con aquella pedante, que se creía con derecho a tutearme y a tratarme con condescendencia. Nunca he soportado a esa gente. Quizás por eso no me suela soportar a mí mismo en muchas ocasiones.

— No soy de Dalaran, eso es lo primero. El maestro Abenthy está en la Ciudadela Violeta, niño, y te lleva esperando desde hace rato — la adolescente se marchó sin mediar, con el cuello bien alto y la nariz arrugada por el disgusto. Para mí mismo, me dije que posiblemente tendría antepasados quel'dorei, de los que había heredado la petulancia, soberbia inútil y supina estupidez.

Sin más dilación, me puse en pie y me dirigí a la bañera repleta de agua que estaba en el baño, en la que lavé mi cuerpo con profusión, pues estaba sucio del lago viaje. Una vez me sequé con las toallas violetas, me vestí con la ropa que me habían prestado, llevando una toga más larga que yo, que mee venía grande. Salí en silencio de mis aposentos, bajé las escaleras, no sin antes pisarle la cola a un gato sin “pretenderlo”, ganándome la iracunda mirada de la camarera del local en el que estaba aposentado, que resultó ser taberna y posada a su vez.

No sé que clase de magia hay en gran parte de las tabernas del mundo, pero las camareras de esos lugares siempre disponen de un amplio arsenal femenino y unos cabellos rojos cómo el fuego. Siempre me han fascinado las mujeres pelirrojas, así que me acerqué a ella y le pedí algo de beber, esperando que no me escupiera en la bebida. En aquella ocasión, fue la primera vez que bebí coñac fuerte, con lo que mi rostro se alteró, más ni lo escupí ni comenté su poderoso sabor. Tras pagar la consumición con dinero prestado, me dirigí con pasos tambaleantes por las enlosadas calles de Dalaran, hasta arribar la Ciudadela Violeta, con parsimonia, pompa y porte, siendo testigo de cómo los aprendices me miraban, entre recelosos y celosos, pues portaba la esbelta varita de mi padre colgada de la to!@# su libro de hechizos.

Cuándo caminé lentamente por las escalinatas de la estructura, me topé con un aprendiz de mago castaño, con entrecejo poblado y cara de despistado, vestido de rosa, con pintas de ir bastante atareado, sujetando unos libros que pesaban posiblemente más que él. Decidí mostrarme magnánimo y ayudarlo con el peso de tales joyas, pero este, apurado cómo estaba, trató de negarse como buenamente pudo. Ya sabéis, la típica negación de aquel que la necesita pero no la acepta por piro orgullo; así que no insistí en demasía y le dejé con sus asuntos. Que me pidan ellos la ayuda, yo no la ofreceré, fue mi premisa desde entonces.

Me perdí varias veces por la Ciudadela, hasta que un muchacho pálido, llamado Ethel, de aspecto serio y circunspecto, me guió por la mayor sede de saber de Azeroth. En una de las muchas puertas que abrimos, interrumpimos una magistral clase, dirigida a un público adulto y protagonizada por un gnomo, en otra, una rata polimorfiada en león intentó devorarnos hasta que un maestro apurado la devolvió a su espado original, para asombro de sus aprendices. Y a la sexta, fue la vencida: nos hallábamos en una habitación revestida de estantes repletos de libros y escritos, con una mesa de despacho al final de la sala, de la que un hombre viejo con una amplia calva y una barba corta, vestido con unas togas grises y con un collar que representaba una piedra, se levantó de dónde estaba sentado y se acercó con paso débil y comedido.

— ¡Ah, joven Adalberth, al fin llegas! Gracias por traerlo hasta aquí Ethel, puedes marcharte. — el viejo echó al pálido aprendiz con la mano, en un gesto amable, pero imperativo. Tras marcharse Ethel, el venerable anciano se giró, me miró al rostro, sonrió ampliamente y me dijo:

— Bienvenido a casa, Adalberth.

El león en invierno.
Primera parte.
Capítulo uno: Una reunión fuera de lo común.
"La única ventaja de jugar con fuego es que aprende uno a no quemarse." - Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde.

Era un niño. Me encantaría poder afirmar con orgullo que sigo siéndolo, pero el incansable y destructor tiempo me lo impide. Una serie de casualidades del destino, unas ganas irrefrenables de saber y un adelanto fehaciente a mi edad me hicieron pensar que era alguien adulto, culto y maduro cuándo apenas era un infante que cuándo hablaba la boca, tenía patéticos gallos y sonaba tan pedante cómo los antiguos tomos y escrituras en los que con tanta avidez y codicia por el conocimiento me sumergía, esperando aumentar aún más mi cultivado léxico. No me explayaré mucho en deciros que soy, pues el decir lo que uno es, cuándo se trata de algo bueno, es una pura muestra de soberbia vana y vacua.

En general, era alguien silencioso y reservado. Apenas sí intercambiaba palabra alguna con cualquiera de mis estultos compañeros, que se afanaban en aprender los hechizos más ofensivos, rastreando a escondidas los pequeños libros de hechizos que el profesorado de Dalaran, encabezado por Abenthy, nos obligaba a leer. El hecho de que me obligaran a leer algo que ya sabía era un asunto que me ponía enfermo, pues notaba que no avanzaba; en las oscuras noches de insomnio me pensaba que mi mente se vería relegada al más negro vacío de mediocridad en el que vivían mis compañeros de clase, que más que magos parecían escuderos de un viejo paladín.

Entonces, un lluvioso día, decidí remediar aquél terrible asunto que corroía mi mente y emponzoñaba mi alma, yendo a la biblioteca general de la orgullosa Ciudad Violeta, en la cuál prácticamente vivía cuándo no degustaba las obligatorias comidas en el comedor - hecho que hacía con un libro en la mano y apartado - o cuándo no dormía con un tomo cerrado en mi mesilla de noche. En definitiva, muchos se imaginaban y se imaginan el cielo cómo un lugar repleto de nubes y ángeles femeninos de la Luz vestidos con escasas ropas, o cómo un paraíso celestial repleto de querubines que cantaran odas en nombre de los dioses a los que adoraban, pero yo me imagino el cielo cómo una biblioteca infinita, llena de libros y llena de oportunidades para mostrar lo aprendido.

Sonriendo, consciente de lo que iba a hacer, crucé los anchos desfiladeros de estanterías repletas de tomos, por desgracia, arcanos e ignotos para muchos de los habitantes de Dalaran, exceptuando a la élite mágica que gobernaba y gobierna nuestra ciudad púrpura. Caminaba en el más estricto silencio, para no molestar a los estudiosos y con la esperanza de no ser molestado por alguno de mis compañeros de clase, los cuáles, en su desgraciada mayoría, cuándo abrían la boca, el valioso pan subía un par de centavos más. Me acerqué al mostrador, que reposaba al final de la vastísima sala que servía de refugio a los apreciados volúmenes, libros, vademécumes, y opúsculos escritos tiempo ha por manos que ahora se encuentran marchitas por esa cortesana cara a la que unos llaman tiempo y otros llamamos muerte.

La estirada bibliotecaria, que por su desagradable expresión no disfrutaba demasiado de su empleo, enarcó una de sus largas cejas para mirar al pequeño niño, que de puntillas se había acercado a su mostrador y ahora se agarraba a la pulida madera, mirándola con verdes ojos escrutantes a la par que severos. Era una alta elfa que quizás antaño fuera hermosa, pero el polvo de la biblioteca y la luz de la empapada cristalera violeta que reposaba sobre nuestras cabezas habían agriado su existencia y su belleza marchita. Tan solo sus consumidos ojos mostraban una chispa de ingenio y curiosidad. Se escuchaban de fondo tenues susurros, el caer de la lluvia fuera de la biblioteca y el ligero chasquido de los zapatos de algún insensato.

— ¿Qué es lo que quieres? — preguntó la quel'dorei, acercando su anguloso rostro al mío, que era más redondo y humilde. Se ajustó los anteojos, y me dedicó una severa mirada, influenciada por el hecho de que se llevaba a matar con aquél vanidoso y resabido joven humano.

"Este repelente niño ya viene a robarme mis valiosos libros", parecía decir su ancestral mirada, que me escrutaba. Era hecho consabido por toda la Dalaran la cuál me conocía, que cuándo iba a la biblioteca, salía tan cargado cómo una mujer vanidosa y rica de una tienda de ropa de última moda., y también era hecho conocido que no había nada más orgulloso, pedante, auto retórico y superficial que un alto elfo, hecho que yo me afanaba en desmentir inconscientemente en mis duelos dialécticos con la bibliotecaria, cargados de puro rencor el uno del otro. Usualmente, aquella mujer miraba con escepticismo y desprecio los muchos libros que cogía, y en ocasiones, incluso fingía olvidarse de apuntar alguno cuando los devolvía para que me cayera un castigo y no pudiese sacar más.

— Necesito el permiso de segundo grado para acceder a los libros de las estanterías N y S. — contesté yo en el tono más desafiante que un niño de doce años podía sacar de sus labios. La bibliotecaria enarcó una de sus largas cejas, de nuevo, y me miró, cómo entre escandalizada y sorprendida.
— Cursas en el inicial y fácil primer grado, jovenzuelo. Esos libros no estarán a tu alcance hasta dentro de un año, o más cuándo finalices tu instrucción primaria. Me temo que es imposible, por no decir improbable, aunque pase una edad entera. — remató en un tono evidentemente victorioso, cómo si se regodeara de mi expresión, que ahora la miraba ligeramente enfadado.
— No puedo esperar un año entero para avanzar en mis estudios, bibliotecaria. Y cómo comprenderéis, no tengo una longeva vida, aunque pienso que es una bendición el hecho de no tenerla — repuse yo, enfrentándome a ella.
— Esos libros que quieres retirar están lejos de tu ínfimo alcance intelectual y el de toda tu raza. — afirmó ella, cómo indicando que lo que le dijera era indiferente y me ignorara. — Si por un casual dentro de un año consigues tu permiso, vuelve aquí y retira los escritos que necesito. Puedes irte. — la quel'dorei estampó un sello violeta sobre uno de los ejemplares que debía estar catalogando, ignorándome.
— Le repito, altanera elfa, que no voy a esperar un año o más, hecho que dudo, para venir aquí a sacar unos libros que necesito ahora mismo. — contesté yo, en voz más alta, con las manos temblando de disgusto.
— Yo sí. Puedes irte y volver dentro de un año con el permiso y tendrás tus libros, insolente humano. En mi privilegiada biblioteca se cumplen las reglas de la Ciudad Violeta, y no las de un ínfimo niño que se cree prócer literato y tan solo es una minúscula pulga en un circo. — insultó ella, con total maldad, premeditación y alevosía. Pinchó dónde más dolía, la muy hija de un chacal.

No contesté nada, sin más me giré en seco y me marché, alborotado, dando grandes y sonoros pasos por el suelo de la biblioteca.
— Esto no quedará así. — juré, mientras que de mis ojos se escapaban lágrimas, que ahora, en el cénit de mi sapiencia, comprendo que no eran de odio, si no de dolor.

Dolor por no poder avanzar. Dolor por no poder saber más. Y por esto, queridos lectores, la burocracia de todo sistema político, es, sinceramente, papel mojado.

Capítulo dos: De cómo Adalberth fue a quejarse al maestro Abenthy.
"Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. " — Alekséi Konstantínovich Tolstói.

Una de las cosas más espantosas y a la par que deliciosas de las que disponemos en el mundo, es la lluvia. Oh, sí, la lluvia es increíblemente bella, cuándo estás detrás de una ventana degustando un libro, o cuándo estás intentando relajarte tumbado en el diván, mientras escuchas el repiquetear del agua sobre los ventanales. Aquella lluviosa tarde de enero, yo caminaba por las calles de Dalaran, y menudo era el aguacero que caía sobre mi cabeza, empapando mis dorados cabellos y mojando mis ropajes; pero aquello, en esos momentos, me importaba más bien poco, pues lo que más deseaba era venganza contra aquella urraca melindrosa que se creía con derecho a privarme a mí de algo que era un bien de primerísima necesidad. Me dirigía a través de las embarradas calles de Dalaran a la casa del maestro Abenthy, dónde acostumbraba a tomar el té con él y un selecto grupo de alumnos privilegiados, bien por su eminente intelecto o bien por la cantidad de tierras que sus nobles padres tuvieran afeudadas. En aquel maravilloso club de las intelectualidades, de pensadores en formación académica, yo era el más joven, yendo a la zaga de aquella niña repipi que hacía pocos meses había entrado a mi habitación y se había comportado de la misma manera que yo hubiera hecho con ella. La cuestión es que ella lo hizo antes que yo, y eso la convirtió en una enconada rival a la que dejar por los suelos cuándo abriera la boca, hecho que se produciría a menudo si no fuera por mi escasa capacidad de elocuencia, que encontraba en el terrible punto de los tartamudeos y de los gallos. Con el tiempo, ese hecho iría cambiando para convertirme en el literato ácido y sarcástico que soy ahora, aunque de vez en cuándo, en el trato a las personas del sexo opuesto, aún aparecen los fantasmas del pasado y me entorpecen todavía la lengua con maldad y alevosía.

En definitiva, andaba caminando por la embarrada Dalaran, cuándo, enfrascado en la observación de las losas del pavimento púrpura de la ciudad, choqué de bruces con alguien y caímos ambos al suelo. Mi bonita capa negra repleta de bolsillos cargados de componentes y objetos de valor de manchó de barro, y la otra persona estropeó su vestido. Era una joven rubia de piel pálida, un poco más joven que yo; y a su lado se encontraba una anciana dueña que sujetaba una sombrilla y ayudaba a su señora a ponerse en pie. Les dediqué a ambas unas profusas disculpas, reverencié y seguí caminando hasta la casa de Abenthy, sin saber si quiera con quién me acababa de topar y sin saber que años más tarde, volvería a tropezar con ella en Ventormenta. Nada más llegar al portón de la casa de el venerable maestro, llamé a la puerta con fuerza, mientras la lluvia torrencial seguía cayendo rauda sobre las calles de Dalaran. Me abrió uno de los jóvenes ayudantes del maestro, que por nombre tenía Alcuino, que me ofreció unas toallas. Tras secarme rápidamente en el vestíbulo, acudí junto con el adlátere del maestro hasta la biblioteca del venerable archimago, que disponía de una gran colección privada que yo tendría el placer de heredar cuándo la muerte atacó con virulencia al poderoso hechicero, cuyos años de estudio de los enigmas de lo Arcano poco o nada le valieron empuñar. Una alfombra dorada y violeta me guió hasta el maestro, que leía apaciblemente en su sillón.

— Adalberth, aquí estáis, ¿qué es lo que necesitáis? —preguntó Abenthy, sentado encima de un sillón dorado y violeta, a cuyo lado reposaba una mesita repleta de libros tenuemente iluminados por la luz de un candil mortecino. Tan mortecino cómo aquél anciano que me miraba con amabilidad, sí, pero también con un deje de envidia pintado en sus ojos marrones.
— Necesito hablar con vos, maestro. Es urgente. — comenté yo, y tomé asiento en uno de los sillones que usaba Abenthy para estudiar, una vez él me indicó que lo hiciera. Ya en aquella tierna edad cumplía con el protocolo, aunque no con la típica vacua galantería.
— Hable, pues. ¿Qué te aflige? — inquirió Abenthy, depositando un tratado acerca de runas avanzadas encima de la mesita. Su nariz aguileña, mostrada de perfil, destacaba prominentemente en su rostro, pues el maestro observaba la cristalera empapada que representaba un terrible combate entre un mago entogado y un caballero embutido en placas.
— Necesito avanzar, maestro. Hoy he intentado sacar unos libros de la biblioteca de la Ciudad y esa arpía que tenéis por cuidadora del saber me lo ha impedido. ¡Es intolerable! — rematé yo, ligeramente exaltado con el recuerdo de la conversación anterior, de la cuál ni las lágrimas ni las lluvias habían apagado la ira que latía en mí. — Exijo permiso para celebrar el examen de primer grado para poder acceder a la sección N y S del Archivo Mágico de la ciudad.
— El protocolo dicta que debe de pasar un año entero antes de poder presentarte a dichas pruebas, pues es hecho consabido por todos que son peligrosas. En ellas, el crisol de la magia del mago se templa y... — empezó a perorar Abenthy. Yo apreté mi cuadrada mandíbula y le espeté:
— No me venga con citas de otros archimagos, maestro. El protocolo no es más que una reminiscencia de la tradición; la tradición es conservadurismo y el conservadurismo no es más que un estancamiento cultural. — apunté yo, cuyas tendencias políticas magocráticas ya empezaban a formarse peligrosamente hacia la anarquía o hacia los teoremas del archimago Ithryon Mardigan. En general, ese hecho no agradaba a demasiados de mis superiores, salvo a Abenthy, que observaba mi evolución cómo persona con extrema atención y primor.
— Recíteme las siete artes liberales que le he enseñado, Adalberth. — comentó el maestro, acariciando la llama de la vela con ligero interés.
— El trivium, relacionado con la elocuencia, es conformado por la gramática, la diáletica y la retórica. — recité yo, casi de memoria. A pesar de saberme las artes liberales, no entendía por qué el maestro se afanaba en hacérmelas recitar ahora.
— ¿Y las otras cuatro? — preguntó el, con aire distraído.
— El quadrivium se basa en las disciplinas de la lógica matemática, compuesta por la música, la aritmética, la geometría y la astronomía. — contesté yo, con un toque de resquemor, pues no era demasiado ducho en las matemáticas, pero sí comprendía la música y me interesaba la astronomía.
— Se nota demasiado, Adalberth, que sus preferencias son el trivium y no el quadrivium. Su personalidad se basa en el fuego de la elocuencia y el saber, y no en la fría lógica de la matemática, que es tan inalterable y eterna cómo el tiempo. Atempere su fuego interior y vuelva a pedirme el examen. — sentenció el anciano maestro, acariciándose la larga barba de la que disponía y de la cuál fardaba ante sus colegas y a la cuál solo, entre chanzas, se le equiparaba las del poderoso Antonidas.
— Pero... necesito avanzar, archimago. No puedo quedarme estancado en las clases que ofrece el sistema educativo de Dalaran.
— Lo lamento mucho. Deberá buscar otros medios para obtener esos libros, o convencerme de que realmente los merece y no se considera superior.

Lo que, en su infinita y vasta sabiduría el archimago Timodeas Abenthy no sabía, es que, con lo que acababa de decir, acababa de despertar bruscamente al orgullo de un noble. El orgullo, ahora lo comprendo demasiado bien, es una fea bestia que nos hace cometer estupideces y que nos rodea de un bonito halo rojo. Lo que iba a hacer a continuación sí era una verdadera estupidez, y aunque recibí mi castigo debido por ella, no me arrepiento de nada. Me puse en pie y me despedí del maestro Abenthy con una reverencia.

— Con Norgannon. — musitó él.

¡Cuán lejos estaba yo del Titán del Saber, enfrascado aún en mi creciente ira!



Humano Brujo 90
10800

Capítulo tres: Llaves y magia.
"Acción es elocuencia" - William Shakespeare.

Escribía en una de mis libretas de apuntes mientras el profesor de Transmutación peroraba para el aula entera acerca de las ínclitas artes de la alquimia que tanto se ufanaba en ensalzar, quizás en demasía, pero con razón más justificada. Algunos de los aprendices que estábamos en aquellas clases de mañana lluviosa en Dalaran éramos jóvenes estrellas en un firmamento negro sin constelación, y cada profesor trataba de ganarse a un alumno para su causa y su asignatura, fuera cómo fuese, de modo que nos vendían su respectiva escuela de la Magia cómo mejor supieran, para utilizar y dirigir a los ingenuos jóvenes aprendices cómo armas en muchas de las rencillas que enfrentaban a muerte a varios profesores y que solían terminar con interminables juicios y combates verbales en el mismo Senado de Dalaran, presididos por el augusto Antonidas, que desde su trono mágico, era la cabeza del estado mágico aquellos días.

He hablado mucho de la ciudad de Dalaran, pero no he hablado de su organización interna ni de su forma exacta. La ciudad era una vieja y noble ciudad, repleta de estatuas de egregios reyes muertos y con miles de angostos callejones que dan lugar a pequeñas tiendas y relicarios en las que uno puede comprar casi cualquier cosa, si tiene el suficiente dinero para pagarla. Los capiteles de la ciudad se alzaban en los altos cielos rosados, pero sin llegar a arañar a las nubes que de vez en cuándo se personaban para darnos chaparrones y aumentar el ritmo del desagüe de las famosas cloacas, en las que uno podía vender a su madre y apostar que la misma ganaría un combate a muerte a uno de esos temibles gladiadores que tanto furor causaban aquellos tiempos. En las calles, repletas de espacios verdes, se debatía acerca de todo tipo de temas, sin restricción o intolerancia intelectual alguna, pues los ancianos no prohibían hablar a los jóvenes, si no que les rebatían, y en más de una ocasión, se aumentaba el saber y conocimiento común de ambos en un fructífero debate verbal. En general, Dalaran era para mí un paraíso, ligeramente apagado debido a las necedades de algunos de mis colegas aprendices o debido a estúpidas bibliotecarias que ni se esmeraban en hacer su papel en la poderosa red burocrática que gobernaba Dalaran.

Hablaba con pura vehemencia con la que lanzaba invectivas a lo que no me gustara, aprendiendo de los discusiones de los venerables senadores del estado, que despilfarraban palabras en las largas sesiones de la Cámara de los Magócratas, repleta de debates sin sentido, luchas de poder, intrigas palaciegas y miles de asuntos más que se entremezclaban con una política ampliamente representada en el ámbito de la orden del Kirin Tor. Solo diré que cada senador del Kirin Tor era un mundo distinto, y que años más tarde no me costaría demasiado sumarme a uno de los grupos más liberales y sabios del Senado, los conocidos vulgarmente cómo los populares, que se enfrentaban a muerte en una pugna con otro grupo más conservador del Senado, conocido cómo los optimates, y que estaba formado por muchos magos que abogaban por las tradiciones y que, a diferencia de prácticamente toda Dalaran, sí sabrían decirte hasta el nombre de su bisabuelo materno.

Muchos de estos ancianos y sabios senadores mágicos formaban parte de grandes familias que siempre se apoyaban entre sí, por lo usualmente había ventaja por parte de los optimates debido a su amplía red clientelar de espías e informadores, de las cuáles los populares no disponían, y por ende, ellos sabían muchos de nuestros secretos y nosotros de ellos no. En definitiva, Dalaran, es, fue y será, una ciudad de luces e intrigas, una ciudad hecha de verdades y mentiras, y desde luego, una ciudad llena de sonrisas y dagazos en la espalda.

En fin, en aquellos momentos, yo era preso de la vil oratoria de mi profesor de Transmutación, un hombre bastante joven e inexperto que solía equivocarse al recitar las propiedades básicas de la asignatura que le habrían asignado a dedo. Las bases de dicha Escuela de la Magia Arcana yo ya las había aprendido sobradamente durante mi instrucción autodidacta en el reino de Alterac. De modo que, me dedicaba, pluma y tinta en mano, a escribir. No escribía acerca del género novelístico, cómo hago ahora en mis ratos libres, si no que, siguiendo las pautas que habían dejado filósofos más grandes y sabios que yo, hablaba, debatía y contestaba a doctas preguntas que yo mismo me hacía, acerca de la propia existencia, la vida, o la misma política. Escribía básicamente, por qué podía hacerlo, pues era alguien callado, pálido y silencioso, sentado al final del aula, tras una estantería repleta de libros, por lo que solía pasar desapercibido por parte del profesorado y tenía margen para hacer lo que me placiera. Con cada sesión de filosofía autoplanteada, lograba nuevas cotas de saber, mejoraba mis puntos de vista y me convertía cada vez más rápido en un filósofo firmemente influenciado por los grandes pensadores humanos y quel'doreis clásicos acerca de los que tanto leía y en cuyas épocas tanto había deseado vivir. En aquellas clases en las que el tiempo fluía cómo agua en un río, asenté las bases de mi educación, escribiendo o leyendo. En aquellas tardes, se fraguó en mí la idea de mi primer libro, Retórica Lógica, en el cuál preguntaba y respondía miles de preguntas acerca de la vida en sí sin caer en la pedantería de las guías de autoayuda, si no desenmascarando poco a poco los secretos que el mundo deparara.

En general, solía dedicarme a estudiar cosas que no sabía en todas las clases que se impartían regularmente, adelantándome en temas a mis coétaneos compañeros de estudio o a mis masestros, salvo cuándo el anciano maestro de turno soltara algo particularmente interesante, fuera una batallita o una anécdota que yo me afanaba en registrar en mis abarrotadas libretas repletas de letras negras, relucientes, finas y elaboradas, cargadas de saber y escritas con primor por alguien que realmente amaba la palabra escrita. En aquellos momentos, yo era el único que rasgueaba la pluma, supuestamente tomando apuntes, mientras mis estultos compañeros tomaban nota mental de lo que decía el profesor Thadd. En aquellos momentos, mientras me planteaba el hecho de que si algo que un loco ve es realmente real, me pareció oír que el mismo profesor hablaba de las propiedades del bezoar, una piedra que se criaba en el estómago de una cabra y que tenía maravillosas propiedades mágicas. Un alumno particularmente charlatán y cruel hablaba acerca del resultado de la polimorfia que hizo a otro compañero suyo, mientras el profesor trataba de hablar, ignorando al joven alumno, que ignoraba a su vez al profesor, cómo si se tratara de una casa de locos.

— Las propiedades curativas del bezoar se equiparan a las del... — peroraba el profesor, mirando al techo y tratando de recordar a lo que se equiparaba.
— Y entonces, me coloqué al lado a Thomas, y le dije: ¡Eh, cerdo, mira tu verdadera forma! — el alumno molesto, cuyo nombre no alcanzo a recordar, hizo gestos con las manos para representar la polimorfia que había hecho al tal Thomas, posiblemente en cerdo. Lo más ingenioso que un alumno medio de Dalaran podía ofrecer al mundo aquellos días eran polimorfias.
— Las cabras son animales que no poseen propiedades mágicas y que por lo tanto... — decía ahora el profesor Thadd, enrevesado en su explicación acerca de las posibilidades que tenía la transmutación y sus ingredientes.
— ¡Jajajaja! ¿Y lo transformaste en cerdo? — preguntó el alumno que se sentaba al lado del avezado polimorfa.
— En general, las medidas para hacer cambiar a la materia en otra materia en aspecto se basan en la correcta formulación del hechizo. En general, solo hacen falta unos gestos con las manos. Repitan conmigo. — los alumnos que no prestaban atención – la inmensa mayoría – se giraron para mirar al maestro Thadd hacer el gesto de las manos. En general, hacía falta tiempo para aprender a mover las manos en esa forma, y los alumnos lo intentaban con nulos resultados que apenas rozaban las chispitas en los dedos.

Miré a los lados, evidentemente nervioso. A mi derecha no se sentaba nadie, y ante mí solo estaban los alumnos y alumnas que imitaban torpemente, cómo simios, al profesor Thadd, que se ufanaba en demostrarles la correcta forma de conjurar una polimorfia con una especie de cobaya de pruebas que trataba de escapar desesperadamente de su jaula de hierro.

—Simios... — murmuré, más pensativo que hiriente. En mi defensa he de decir que solo tenía doce años, que no me agradaban para nada las injusticias, y mucho menos después de lo que me habían hecho tanto el profesor Abenthy, cómo la bibliotecaria quel'dorei. En silencio, apunté al muchacho que había transformado en cerdo al otro y cerré los ojos, moviendo las manos por detrás de la espalda vestida de púrpura de una niña que se sentaba delante.

El profesor convirtió a la parda cobaya en un gato blanco que maulló, al mismo tiempo que yo utilizaba el mismo hechizo para convertir al avezado polimorfo en mono. De pronto, prácticamente toda el aula se puso en pie, y, o se echó a reír a carcajadas al ver a su compañero convertirse en mono, o, hablando de dos o tres canes fieles, trató de ayudarlo. El profesor avanzó pidiendo calma entre el tumulto de aprendices hacia el chico hecho simio, que gritaba y gritaba en sonidos animalescos. Los que antes se reían ahora se acercaron a formar un círculo alrededor del mono, que gemía y gritaba de desesperación. Eran bastantes, y apenas se notó cuándo deslicé una de mis finas manos por la cartera del profesor Thadd y saca, discretamente, una reluciente llave dorada que sería, no solo el camino a mi salvación, si no la que abriría el camino a la biblioteca y con ella, los ansiados volúmenes que mis enjutas manos tanto deseaban sujetar...

Spotlights de otros wikis

Wiki al azar