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"Sí, maestro..."

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Relato escrito por Valldemar. Hilo original aquí.



La noche era lluviosa, la neblina que atravesaba el bosque aquel séptimo día del mes hacía dificultosa el tránsito por el lugar. El aire cargado de mal augurio y de oscuridad inusitada hacía que el corazón del más fiero depredador se encogiese de miedo y se ocultase en la cueva más cercana, todo estaba listo para iniciar el ritual más macabro y pagano que se habría conocido en los alrededores de Stranhbrad. La primavera había llegado acompañada de lluvias torrenciales y alguna que otra borrasca de viento, pero aún así se sentía una calidez inusitada incluso en la misma neblina que envolvía el lugar, la luna estaba medio llena y refulgía con una intensa luminosidad amarillenta. El agua que caía de las hojas de los árboles hasta chocar contra las rocas del suelo era el único ruido que hiciese compañía a cualquiera que se hubiese perdido tomando mal un sendero desde Alterac. En el pueblo del afable Stranhbrad, los lugareños se sentían comodos en sus hogares a la luz de una chimenea y quizás una agradable cena en familia, pero no. En la casa de los Jordersson, el abuelo Jordersson senior, alarmó a la familia al completo, desesperadamente trató de salir de la casa con un hacha que antaño usaba para traer el pan al hogar. Un robusto melenudo de barba negra como el ébano agarró de los hombros al anciano, sus miradas se encontraron la una a la otra y este dijo: ¡Por mi santa madre, qué pretendes suegro!- Le arrebató el arma y lo contuvo, para ser un hombre de más de setenta años aún podía resistir la fuerza del bravucón que era, por desgracia, el marido de su querida Dayanne. El viejo se trataba de colar entre las piernas de su nuero gateando para salir por la puerta, este, sin embargo; le cogió de la camisa con parches rojos y lo tiró hacía dentro. Dayanne, una jovial mujer de pelo castaño recogido con un moño se tapó la boca y dijo desde la mesa: ¡Deja a mi padre, le harás daño Breston!- Le echó a un lado y se agachó para ver que le ocurría al viejo !@#$rsson que parecía desesperado por salir fuera. -¡Debemos salvarla querida hija, se la ha llevado, debemos salvarla! - ¿De qué habla padre? ¿A quién se han llevado? - ¡A tú hermana, entró antes y se la ha llevado! ¡Dame el hacha, lo mataré yo mismo! - ¡¿A quién te refieres?!-. La mujer se cogió las faldas un poco y subió corriendo las escaleras hasta la habitación de sus hermanos pequeños, abrió la puerta con la esperanza de que su padre solo hubiese soñado, o que incluso solo hubiese caído en la demencia senil común entre los de su edad. Pero no, la cama de la pequeña Samanta estaba revuelta, la ventana abierta y la cama de los dos gemelos estaba igual, solo que esta estaba manchada de algo negro y maloliente. Se acercó y abrazó las sabanas de la cama, con los ojos llorosos dirigió la mirada a la ventana abierta de par en par y se asomó con prisa y brusquedad a esta. Breston trataba de apaciguar a su preocupadísimo suegro, él y Breston nunca se habían llevado bien y en reiteradas ocasiones casi llegan a las manos por debatir la forma en la que el bruto de Breston la trataba. Sin dudas, era un energúmeno sumido en su propio mundo donde todo giraba entorno a él, haciendo de cada persona de su entorno, y especialmente a Dayanne a quién había tomado en mano un año antes, como propiedad suya; para tratarlos como inferiores y burlarse de ellos. Sus enormes manos agarraron el cráneo del anciano y del pozo de calañas y falsedades del alto obrero, salieron estas palabras: Cierra el pico, maldito buitre, me tienes harto ya con tus estupideces. Si sigues amargándome la noche, o tratando de que MÍ mujer te haga caso, estrujaré tu cuello y apretaré y apretaré hasta que no puedas más. Lanzando un gruñido, Jorgersson padre metió su delgado dedo indice en el ojo de pupila negra de su nuero, cuando este se llevó las manos a la zona herida el viejo corrió con todo su alma hasta la entrada al bosque donde esperaba ver la figura del secuestrador con su hija pidiendo ayuda. Dayanne bajó corriendo las escaleras y observó a la gigantesca mole de carne y cretinidad pura a la que daba todo su amor cada noche tirada en el suelo, maldiciendo y frotándose el ojo. -Cariño...- Posó su mano en el hombro de su esposo y este le soltó un empujón de desprecio que la tiró hasta la mesa. -¡Calla maldita pécora, tu maldito padre me ha hecho esto!- Señaló su ojo enrojecido y la agarró del pelo, su mirada estaba llena de furia y estaba dispuesto a hacer que su mujer pagara el precio. -Ahora, vas a hacer como que tu hermana sigue en la cama, y tú y yo pasaremos una noche romántica. Lo has entendido y me harás caso.- Le apretó el cuello y sonrió, ese bastardo era de lo peor y lo menos que le preocupaba era la seguridad de la niña, y muchísimo menos la del viejo. La arrastró hasta el cuarto donde dormían y la tiró a la cama, y aunque ella gritó y trató de convencerle de que debían salir en busca de los niños y su padre, Breston hizo oídos sordos y sacando la botella de hidromiel de un estante empezó a arrancarle las ropas mientras gotas de alcohol caían por sus labios. Lagrimas de desesperación e impotencia impregnaban las sabanas en aquél momento.

Por su parte, el anciano seguía a la busca del secuestrador, llegando a un sendero que los lugareños dejaron de usar hace años por mal estado del camino, una señal escrita a letra temblorosa rezaba lo siguiente "El que se arme de valor y pase por este camino, perderá todo rastro de nobleza y valentía de su ser". Eso no detuvo al viejo Jorgersson, sabía quién había raptado a sus hijos. Era un hombre que se quedó viudo muy pocos años atrás, sus dos retoños eran en realidad hijos adoptados que se encontraron en la puerta de la capilla una mañana antes de la misa, pero su querida Samanta era la única niña que sí compartía lazos sanguíneos con él (exceptuando, como no, a Dayanne). Estaba decidido a encontrarla, lo juraba por la Luz, por su honor de hombre, por todo eso y más ignoró la advertencia y vagó por el camino. ¿Qué demonios le pasaba al bosque? Estaba como...apagado, por el amor de la Luz, estaban en primavera y la dichosa niebla no deja ver nada, pensó el viejo. Seguidamente buscó con la mirada alguna pista, alguna huella o un destello en la oscuridad, pero se topó de bruces con un ciémpies sobre una piedra. El insecto era enormemente grande, media casi cuatro pies de largo y estaba devorando algo...Se acercó con miedo, por su parte el espantoso ser de cientos de patas se ocultó con prisa bajo un hueco en las raíces de un árbol. -N-No...no...no...- Se tapó con las manos el rostro, su labio inferior temblaba y un tic en el ojo derecho hizo presencia; lo que comía el ciempiés era un corazón del tamaño de una mano de adulto, lo que le decía al anciano que uno de sus pequeños había muerto de forma trágica... Corrió abriéndose paso entre la maleza y a cada paso que daba escuchaba voces y veía trozos de sus dos hijos varones atravesando el camino. -¡¿Alfred, Christoph dónde estáis?!- Empezó a reír como un loco, estaba claro que sus dos hijos habían sido asesinados por su captor y la bella y caprichosa dama llamada Locura había invadido su mente. -¡Salid niños, dejad de engañarme con estos intestinos de animales otra vez y traed a vuestra hermana!- Sonrío y agarró el extremo de un intestino grueso que chorreaba sangre y un espeso líquido negro, se tambaleó mareado y se sentó en la hierba, apoyado en un árbol enorme. De la copa del árbol caía un chorrito de sangre; al alzar la vista contempló un ciempiés muchísimo más grande que el que vio antes y devorando un gran pedazo de pierna. Movió ritmicamente sus antenas y se tiró sobre Jorgersson. Entre aullidos de dolor empezó a rodar por el suelo, fue entonces cuando un enjambre de insectos se abalanzó sobre él saliendo de todas partes. Un fin bastante macabro para tal hombre, que solo quería recuperar a su familia...

...A escasos metros del rincón donde el viejo Jorgersson era tragado por una marea de diminutas (Y no tan diminutas) criaturitas del bosque, un lobo observaba el dantesco espectáculo que el ciempiés y su prole habían montado con el anciano. Olfateó el aire y alzó ambas orejas al oír el crujido de unas ramas detrás de él. Unos ojos azules intensos y una barba de chivo se dejaban ver a contraluz bajo la luna en ese momento, debía medir casi lo mismo que un humano normal pero unos centímetros por encima de ellos, iba ataviado con una toga marrón y una capa de piel de oso grisácea. En las manos llevaba una espada corta bien afilada. El lobo actuó lo más rápido que pudo saltando sobre el recién llegado, pero el otro era más veloz y en un abrir y cerrar de ojos hizo un movimiento de muñeca y le cortó la cabeza al animal. Cayó de forma seca sobre las hojas y el suelo que casi no se podía ver debido a la neblina que cubría todo el lugar, incluyendo el cuerpo cada vez más demacrado e irreconocible de Jorgersson padre. El hombre limpió la sangre de la hoja sobre el lomo del mismo lobo y sonrió, a la luz de la luna su rostro era feo y poco agraciado.

El cuerpo del viejo había quedado reducido a un montón de huesos y carne pegada a estos sobre la hierba, aún quedaba un cacho del intestino de uno de los niños cuando el desquiciado clamaba que Samanta dejara de jugar con su cordura. El extraño se colocó mejor la capucha y miró a ambos lados por si algún transeúnte nocturno había visto la escena, por suerte todo estaba muy en calma. Una caminata que duró un buen rato, casi eran las tres de la madrugada, le condujo de nuevo a su "casa" junto a la orilla del río y pudo deshacerse de sus ropajes. En la caseta todo era muy tosco; mesas de madera viejas, un cazo y una sartén viejos y una cama -si se le podía llamar así- que no daba la impresión de dar un sueño cómodo ni de lejos. Se tomó su tiempo para acercarse al extremo de la casa con una trampilla y un candado, de ella provenía un ruido parecido al chillido de una infante. ¿Sería esa Samanta?

-Prronto...prronto darrá comienzo...- Dijo en voz baja para sí mismo, mojando sus manos en un cuenco de madera y echándose agua en la cara y frotando. Cogió un paño sucio y se secó la frente y las mejillas. Mirando al reflejo que podía verse en el cuenco se daba cuenta de que su fealdad, su barba de chivo, sus rasgos solo dignos de un sátiro como en las leyendas que los viajeros contaban, serían algo ínfimo cuando llegase el momento en el que el ritual diese fin. Siempre había sido ridiculizado en el pueblo, no solo por su apariencia, sino por su familia. Los Dushan siempre habían sido nativos de Stranhbrad y la gente los quería, pero no opinaban igual de la rama paterna de la familia puesto que el padre de Grigori -el protagonista- siempre se comportaba extraño pero afable con los demás. Nadie habría dicho nunca que el primogénito de los Dushan Herzov acabaría loco y mataría a dos de sus hermanas, aunque lo que más impactó no fue el asesinato en sí, sino el modo de hacerlo... Pero de eso ya había llovido mucho, Grigori había crecido y cuidaba de sus ancianos padres, de vez en cuando se reunían sus padres con las hermanas pequeñas que fueron enviadas al orfanato, a Grigori le parecían reuniones hipócritas y de mal gusto, ya que sus padres no se quedaron muy cuerdos después de que Kronas asesinará y !@#$%ra a sus hermanas. (Sí, en ese orden...). Cuando se encontraban en la taberna del pueblo, Grigori les echaba en cara lo arpías que habían sido, lo manipuladoras e impías que eran, ya que habían abusado de la enfermedad de sus propios padres para vivir en Ventormenta y casarse con dos botarates nobles. Sí, una familia muy unida...

Volvió en sí cuando el chillido de un grupo de chotacabras en las ramas de un árbol cerca de la caseta le asustó. Se asomó abriendo la puerta y comprobaba si alguien había aprovechado su momento en el limbo para acercarse al lugar, solo estaba él y la niebla. Cerró la puerta colocando una tabla de madera en la puerta y sacó de una bolsa de cuero un libro negro, las páginas estaban todas manchadas de colores negros y dibujos macabros; imágenes cripticas sobre seres que salían de un mar oscuro que invadían tierra firme y masacraban a los habitantes de los pueblos. Y todos los dibujos y garabatos estaban acompañados de frases ininteligibles y escritas con tinta negra y con mucha prisa. Acarició el lomo del libro y hojeó un poco las páginas y se hizo una extraña seña en la frente con los dedos, no, no era la señal de la Luz, esta era más larga de hacer y parecía muy complicada de recordar. Tras estar unos minutos en silencio tomo aire y abrió la puerta de la trampilla del suelo, de esta salió un olor a sudor y agua de mar muy fuerte. Se tuvo que tapar un poco con la mano para no tener nauseas y bajó las escaleras de piedra que conducían a un pasadizo con un par de antorchas, y una puerta de madera al final del mismo. Giró el pomo y miró a un rincón, donde se hallaba una niña pequeña de no más de 10 años encadenada y tirada en el suelo. La niña abrió los ojos, sus verdes y preciosos ojos llorosos se clavaron en Grigori, que de forma impasible la observaba y murmuraba cosas para él mismo.

-¡Señor, déjeme salir, por favor!- Imploraba la pequeña de pelo rubio recogido en una coleta, su vestido con el que había ido a dormir era blanco y su morena denotaba que se pasaba mucho tiempo al aire libre. A Grigori no le importó lo más mínimo las suplicas de la niña, solo leía el libro y ordenaba brebajes y herramientas en una mesa al otro lado de la estancia. El lugar era de piedra, había una pequeña entrada a una gruta que llevaba al mar y estaba todo decorado con muñecos extraños y amuletos oscuros. Agarrando un bote de sal hizo un circulo grande en el suelo y dibujaba con una tiza símbolos raros, todos eran de formas enrevesadas y de formas circulares.

-¡Le juro que jamás le contare a mi padre nada de lo que me ha hecho, a mi ni a mis hermanos! ¡Pero sea bueno y déjeme marchar!- Sollozando y empezando a dejar caer mucosidad de la nariz y lágrimas de desesperación, tiraba de sus cadenas y pataleaba. -Calla, ahorra serrvirás a mi señor, el Dios Antiguo...- Hizo gala de la sonrisa más macabra que pudo haber hecho un ser humano en la faz de Azeroth y se quitó la túnica, tirándola a un lado y quedando semidesnudo con un calzón. La niña no sabía que intenciones tenía el hijo de los Herzov, a ella siempre le advirtieron de que si veía a uno de la familia se acercase al adulto más cercano y los evitase, le enseñaron que eran gente rara y que como gente rara que eran debían ser ignorados.

-...Bohr yl, iä shonágeith piocya mandruress za or tilu gha mar...- Un cántico desconocido, recitado con una voz grave casi gutural por el alto barbudo que se abría de brazos mientras sentía el poder de la oscuridad invadiendole. -Kamu'siethnolomári boshaj kieg vandrurebeth...-¿Q-Qué dice?...-. No dejaba de llorar y se sentía mucho más angustiada que antes, por su mente infantil solo pasaban pensamientos de su familia y sus hermanos descuartizados en el bosque al tratar de huir, solo podía esperar lo más lógico en casos de un rito como ese: Su sacrificio.  Sin dejar de pronunciar aquel cántico misterioso tiró de las cadenas de la niña haciéndola caer al suelo, paró y clavando la mirada en el libro. -Ahorra, eres mía...Tu mente y tu sangre me serán útiles para contactar con los grandes seres de más allás de las estrellas- Dijo señalando una página con dibujos de bolas con tentáculos cayendo en el mundo y haciendo de él un lugar horripilante. Sacó de la funda de cuero sobre la mesa la espada de antes, besándola y acercando con las cadenas a Samanta. -Ahorra...<desenvaina su espada y sonríe> ¡Paga tributo a tu maestrro, pequeña vividorra! - S-Sí...mi maestro... Dejando caer una lágrima por su mejilla, Samanta cayó bajo la locura.

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